Los de excepción
La labor psicoanalítica se plantea siempre la tarea de mover al paciente a renunciar a un placer próximo e inmediato. No es que haya de renunciar en general al placer; ello es cosa de la que difícilmente puede creerse capaz a un hombre, y hasta la religión tiene que basar sus exigencias al renunciar al placer terrenal en la promesa de otorgar a cambio una medida infinitamente mayor de placer en el más allá. No; el enfermo ha de renunciar tan sólo a aquellas satisfacciones a las que sigue, indefectiblemente, un daño; no ha de hacer más que someterse a una privación temporal, aprender a trocar el placer inmediato por otro más seguro, aunque más lejano. O dicho de otro modo: debe llevar a cabo, bajo la dirección del médico, aquel avance desde el principio del placer al principio de la realidad, que diferencia al hombre maduro del niño. En esta obra educativa, el mejor conocimiento del médico apenas desempeña un papel decisivo; no puede decir, por lo general, el enfermo nada distinto de lo que al mismo puede dictarle su propio entendimiento. Pero no nos es igual saber algo por nosotros mismos que oírselo decir por otro; el médico desempeña el papel de este otro sujeto eficiente y se sirve de la influencia que un hombre ejerce sobre los demás. Recordaremos también que en el psicoanálisis es cosa habitual sustituir lo originario y radical a lo derivado y mitigado, y diremos, en consecuencia, que el médico se sirve en su obra educativa de un componente cualquiera del amor. No hace, probablemente, más que repetir en tal educación ulterior el proceso que hizo posible, en general, la primera educación. Junto a la necesidad, es el amor el gran educador, y el hombre en vías de formación es movido por el amor de los que le rodean a acatar los mandamientos de la necesidad, ahorrándose así los castigos que su infracción acarrea.
Si de esta suerte exigimos del enfermo una renuncia provisional a una cualquiera satisfacción placiente, un sacrificio, una disposición a aceptar temporalmente el dolor para llegar a un mejor fin, o incluso tan sólo la resolución de someterse a una necesidad que a todo obliga, tropezamos con algunos sujetos que se rebelan contra tal exigencia, alegando una motivación especial. Dicen que ya han sufrido y se han privado bastante, que tienen derecho a que no se les impongan más restricciones y que no están dispuestos a someterse a ninguna nueva necesidad displaciente, pues son excepciones y se proponen seguir siéndolo. En un enfermo mío de este género, tal pretensión aparecía exacerbada hasta la convicción de que sobre él velaba una providencia especial que había de preservarle de tan dolorosos sacrificios. Contra seguridades interiores que se manifiestan con tal fuerza, de nada sirven los argumentos del médico, y hasta su influjo personal fracasa en un principio, imponiéndosele, de este modo, la tarea de investigar las fuentes que alimentan el nocivo prejuicio del sujeto. Ahora bien: es indudable que a todos nos gustaría dárnoslas de «excepciones» y pretender, en consecuencia, la obtención de privilegios sobre los demás. Pero justamente por ello se hace precisa una motivación especial, no siempre dada cuando alguien se proclama y se conduce realmente como excepción. Probablemente existe más de una de estas motivaciones; en los casos por mí investigados he conseguido descubrir en los destinos anteriores de los enfermos una peculiaridad común. Su neurosis se enlazaba a un suceso displaciente o a un padecimiento de sus primeros años infantiles, del que se sentían inocentes, estimándolo como una ofensa injusta inferida a su persona. Los privilegios que derivaban de esta injusticia y el desenfreno de ellos resultante habían contribuido no sólo a agudizar los conflictos, que más tarde condujeron a la explosión de la neurosis. En uno de estos pacientes, la citada actitud ante la vida se constituyó al averiguar el sujeto que un doloroso padecimiento orgánico, que le había impedido lograr sus aspiraciones, era de origen congénito.
Mientras lo creyó posteriormente adquirido, lo soportó con paciencia; pero desde el momento en que supo que constituía una parte de su herencia biológica, se hizo rebelde. Otro paciente, el joven que se creía guardado por una providencia especial había sido víctima en la lactancia de una infección que casualmente le transmitió su nodriza, y durante toda su vida ulterior se había alimentado de sus pretensiones de indemnización, como de un seguro de accidente, sin sospechar en qué fundaba tales pretensiones. En su caso, el análisis llegó a este resultado valiéndose de oscuros restos mnémicos y de la interpretación de los síntomas, y fue objetivamente confirmado por los familiares del sujeto. Por razones fácilmente comprensibles no me es posible comunicar la mayoría de los detalles de estos y otros historiales clínicos. Ni quiero tampoco adentrarme en el examen de su analogía con la deformación del carácter, consecutiva a largos años de una infancia enfermiza, y con la conducta de pueblos enteros de un pretérito colmado de sufrimientos. Sí señalaré, en cambio, una figura, creación de un máximo poeta, en el carácter de la cual la pretensión a la excepción aparece enlazada al factor de la inferioridad congénita y motivada por él.
En el monólogo inicial de la Vida y muerte del rey Ricardo III, de Shakespeare, dice Gloucester, coronado más tarde rey con aquel nombre:
«...Pero yo, que no he sido hecho para los juegos placenteros ni formado para poder admirarme en un espejo; yo, cuyas rudas facciones no pueden reflejar las gracias del amor ante una ninfa inactiva y diáfana; yo, a quien la caprichosa Naturaleza ha negado las bellas proporciones y los nobles rasgos, y a quien ha enviado antes de tiempo al mundo de los vivos disforme, incompleto, bosquejado apenas y hasta tal punto contrahecho y desgraciado, que los perros me ladran cuando me encuentran a su paso. Si no puedo ser amante ni tomar parte en los placeres de estos bellos días de felicidad, he de determinarme a ser un malvado y a odiar con toda mi alma esos goces frívolos.»
Nuestra primera impresión ante este discurso-programa será, quizá, la de echar de menos toda relación con nuestro tema. Ricardo parece decir tan sólo: Me aburro en estos tiempos ociosos y quiero divertirme. Mas como mi deformidad me veda las distracciones amorosas, me adjudicaré el papel de malvado, e intrigaré, asesinaré y haré cuanto me plazca. Una motivación tan frívola ahogaría todo posible interés en el espectáculo si detrás de ella no se escondiese algo más serio. Y, además, la obra sería psicológicamente imposible, pues el poeta tiene que saber crear en nosotros un fondo secreto de simpatía hacia su héroe si hemos de poder admirar sin contradicción interior su valentía y su destreza, y una tal simpatía sólo puede estar fundada en la comprensión, en el sentimiento de una posible comunidad interior con él.
Creo, por tanto, que el monólogo de Ricardo no lo dice todo; se limita a apuntar algo, dejando a nuestro cargo desarrollar lo apuntado. Y en cuanto llevamos a cabo esta labor complementaria desaparece, en efecto, toda apariencia de frivolidad, se nos muestra todo al alcance de la amargura y la minuciosidad con que Ricardo ha descrito su figura deformada y se nos hace claramente perceptible la comunidad que fuerza nuestra simpatía hacia el malvado. Lo que Ricardo ha querido decir es lo siguiente: La Naturaleza ha cometido conmigo una grave injusticia negándome una figura agradable que conquiste el amor de los demás. Así, pues, la vida me debe una compensación que yo me procuraré. Tengo derecho a considerarme como una excepción y a superar los escrúpulos por los que otros se dejan detener en su camino. Puedo cometer injusticias, pues se han cometido conmigo... Y ahora sentimos ya que también nosotros podríamos llegar a ser como Ricardo, e incluso que lo somos ya en pequeña escala. Ricardo es una ampliación gigantesca de una faceta que también en nosotros encontramos. Todos creemos tener motivo para estar descontentos de la Naturaleza por desventajas infantiles o congénitas; y todos exigimos compensación de tempranas ofensas inferidas a nuestro narcisismo, a nuestro amor propio.
¿Por qué la Naturaleza no nos ha hecho presente de la dorada cabellera de Balder, de la fuerza física de Sigfrido, de la elevada frente del genio o de la noble fisonomía del aristócrata? ¿Por qué hemos nacido en un hogar burgués y no en un palacio real? También a nosotros nos gustaría ser bellos y distinguidos como aquellos a los que tales gracias envidiamos. Pero es un sutil arte económico del poeta no dejar que un héroe exprese en alta voz y sin residuo todos los motivos secretos que le mueven. Con ello nos obliga a completarnos, ocupa nuestra actividad mental, la desvía de la reflexión crítica y mantiene nuestra identificación con el protagonista. Un poeta mediocre daría, en cambio, expresión consciente a todo lo que quisiera comunicarnos y se hallaría entonces frente a nuestra inteligencia fría y libremente móvil, que haría imposible la ilusión. No queremos abandonar los de «excepción» sin observar que la pretensión de las mujeres a privilegios especiales y a la liberación de tantas necesidades de la vida se funda en la misma razón. La labor psicoanalítica nos ha llevado, en efecto, a descubrir que las mujeres se consideran perjudicadas por la Naturaleza, privadas de un elemento somático y relegadas a segundo término, y que la enemiga de algunas hijas contra su madre tiene como última raíz el reproche de haberlas parido mujeres y no hombres. |