Prólogo a la segunda edición - 1909
Lejos está el autor de esta pequeña obra de ilusionarse por ella dadas las deficiencias y oscuridades que contiene. Pese a todo ha resistido la tentación de introducir en ella resultados de investigaciones de los últimos cinco años, con el propósito de no destruir su unidad y su carácter documentario. Por consiguiente, ha reimpreso el texto original con pequeñas modificaciones, contentándose con añadir unas pocas notas al pie de página. Su más ferviente deseo es que el libro crezca rápidamente y que lo que un tiempo fue novedad sea algo aceptado por todos y que lo que era imperfecto sea reemplazado por algo mejor. Viena, diciembre 1909.
Prólogo de la tercera edición - 1914 [1915]
Habiendo observado durante un decenio la recepción y la influencia que tuvo este libro, quisiera dotar su tercera edición con algunas advertencias destinadas a evitar malentendidos y pretensiones desmesuradas que pudieran planteársele. Por tanto, señalaré ante todo que la presente exposición parte siempre de la experiencia médica cotidiana, procurando profundizarla y conferirle significación científica merced a los resultados de la investigación psicoanalítica. Estos Tres ensayos para una teoría sexual no pueden contener sino lo que el psicoanálisis obliga a aceptar o permite confirmar. De ahí que sea imposible ampliarlos jamás hasta integrar una completa «teoría sexual», y comprensible que ni siquiera adopten posición frente a muchos problemas importantes de la vida sexual. Pero no se crea que por eso que dichos capítulos omitidos del magno tema quedaron ignorados por el autor o fueron relegados por considerarlos accesorios. Más la subordinación de este trabajo, a las experiencias psicoanalíticas que estimularon su redacción no se expresa únicamente en la selección del material, sino también en su disposición. En todas sus partes se mantiene determinada jerarquía: los factores accidentales ocupan el primer plano, mientras que los disposicionales quedan en el fondo; la evolución ontogenética se considera con preferencia a la filogenética. Sucede que lo accidental desempeña en el análisis el principal papel y puede ser elaborado casi íntegramente por éste; lo disposicional, en cambio, sólo surge tras lo accidental, como algo evocado por lo vivenciado, pero cuya consideración excedería ampliamente el campo de acción del psicoanálisis.
Análogas condiciones dominan la relación entre ontogenia y filogenia. La ontogenia puede ser considerada como repetición de la filogenia, en la medida en que ésta no sea modificada por vivencias más recientes. La disposición filogenética se manifiesta tras el proceso ontogenético. En el fondo, empero, la disposición no es sino el sedimento de las vivencias pretéritas de la especie, a las cuales se agregan las vivencias más recientes del individuo como suma de los factores accidentales. Junto a la constante subordinación a la investigación psicoanalítica, debo destacar, como característica de este trabajo mío, la deliberada independencia de la investigación biológica. He procurado evitar la introducción de expectaciones científicas basadas en la biología sexual general o en la de especies determinadas en este estudio, al cual la técnica del psicoanálisis nos permite someter la función sexual del ser humano. Cierto es que mí objetivo consistía en explorar las nociones que la investigación psicológica puede aportar a la biología de la vida sexual humana. De tal manera logré señalar conexiones y analogías que resultan de esta exploración; más no por ello hubo de confundirme la circunstancia de que el método psicoanalítico condujera en muchos puntos importantes a concepciones y resultados que discrepaban apreciablemente de los fundados únicamente en la biología. En esta tercera edición he introducido numerosas adiciones, pero renuncié a individualizarlas en el texto, como en ediciones anteriores. La labor científica en nuestro campo de estudio ha moderado actualmente el ritmo de sus progresos, pero ciertos complementos a este trabajo eran imprescindibles para que mantuviera su congruencia con la literatura psicoanalítica más reciente. Viena, octubre de 1914.
Prólogo de la cuarta edición - 1920
Concluido el reflujo de la marea bélica, podemos comprobar satisfechos que el interés por la investigación psicoanalítica se ha mantenido incólume en toda la amplitud del mundo. Sin embargo, no todas las partes de nuestra doctrina han tenido idéntico destino. Las nociones y los postulados puramente psicológicos del psicoanálisis acerca del inconsciente, la represión, el conflicto patógeno, el beneficio derivado de la enfermedad, los mecanismos de la formación de síntomas, entre otros, gozan de creciente aceptación y son reconocidos hasta por quienes son, en principio, nuestros adversarios. Más el lector de nuestra doctrina que linda con la biología, y cuyos fundamentos expone este pequeño trabajo, sigue suscitando permanente antagonismo y aún ha sido motivo de que personas que durante largo tiempo se dedicaron intensamente al psicoanálisis se apartaran del mismo y adoptaran nuevas concepciones tendientes a reducir el papel del factor sexual, tanto en la vida psíquica del ser normal como en la del enfermo. Sin embargo, no puedo resolverme a creer que esta parte de la ciencia psicoanalítica discrepe de la realidad en medida mucho mayor que sus demás sectores. Tanto el recuerdo como las comprobaciones incesantemente renovadas me demuestran que es el producto de una observación no menos minuciosa y libre de preconceptos. Por otro lado, no es difícil explicar aquella disociación del reconocimiento público.
En primer lugar, sólo aquellos investigadores dotados de la paciencia y la habilidad técnica necesarias para llevar el análisis hasta los primeros años infantiles del paciente, podrán confirmar los comienzos de la vida sexual humana que aquí se describen. Con frecuencia se carece aún de la posibilidad de realizar dicha exploración, pues la acción médica exige una resolución más rápida del caso clínico. En cuanto a las personas no médicas que ejercen el psicoanálisis, ni siquiera tienen acceso a este sector y carecen de toda posibilidad de formarse un juicio sustraído a la influencia de sus propias repulsiones y de sus prejuicios. En efecto, si el hombre supiera cómo aprender algo de la observación directa del niño, estos tres ensayos bien podrían haber quedado sin ser escritos.
Luego, es menester recordar que gran parte del contenido de este trabajo -la acentuación de la importancia de la vida sexual para todas las actividades humanas y la ampliación del concepto de sexualidad, aquí intentada- ha suscitado siempre las más enconadas resistencias contra el psicoanálisis. Dejándose llevar por la inclinación hacia las frases grandilocuentes, se ha llegado a hablar del «pansexualismo» en el psicoanálisis, lanzándole el reproche absurdo de que pretendería explicarlo «todo» a partir de la sexualidad. Podría asombrarnos semejante actitud si olvidáramos hasta qué punto los propios factores afectivos inducen a la confusión y al olvido. En efecto, ya hace tiempo el filósofo Arturo Schopenhauer enfrentó al hombre con toda la extensión de las influencias que los impulsos sexuales -en el sentido cotidiano del término- ejercen sobre sus actos y sus aspiraciones: ¡y un mundo entero de lectores habría sido incapaz de olvidar tan completamente una advertencia tan perentoria! En lo que se refiere a la «ampliación» del concepto de la sexualidad, impuesta por el análisis de los niños y de los denominados perversos, recordaré a cuantos contemplan desdeñosamente el psicoanálisis desde su encumbrado punto de vista cuán estrechamente coincide la sexualidad ampliada del psicoanálisis con el Eros del divino Platón . Viena, mayo de 1920.
Las aberraciones sexuales
Para explicar las necesidades sexuales del hombre y del animal supone la Biología la existencia de un «instinto sexual», del mismo modo que supone para explicar el hambre de un instinto de nutrición. Pero el lenguaje popular carece de un término que corresponda al de «hambre» en lo relativo a lo sexual. La ciencia usa en este sentido la palabra libido . La opinión popular posee una bien definida idea de la naturaleza y caracteres de este instinto sexual. Se cree firmemente que falta en absoluto en la infancia; que se constituye en el proceso de maduración de la pubertad, y en relación con él, que se exterioriza en los fenómenos de irresistible atracción que un sexo ejerce sobre el otro, y que su fin está constituido por la cópula sexual o a lo menos por aquellos actos que a ella conducen. Existen, sin embargo, poderosas razones para no ver en estos juicios más que un reflejo harto infiel de la realidad. Analizándolos detenidamente, descubrimos en ellos multitud de errores, inexactitudes e inadvertencias. Antes de entrar en su discusión fijaremos el sentido de los términos que en la misma hemos de emplear. La persona de la cual parte la atracción sexual la denominaremos objeto sexual, y el acto hacia el cual impulsa el instinto, fin sexual. La experiencia científica nos muestra que tanto respecto al objeto como al fin existen múltiples desviaciones, y que es necesaria una penetrante investigación para establecer las relaciones que dichas anormalidades guardan con lo considerado como normal.
Desviaciones respecto al objeto sexual
A la teoría popular del instinto sexual corresponde la poética fábula de la división del ser humano en dos mitades -hombre y mujer-, que tienden a reunirse en el amor. Causa, pues, una gran extrañeza oir que existen hombres y mujeres cuyo objeto sexual no es una persona de sexo contrario, sino otra de su mismo sexo. A estas personas se las denomina homosexuales; o mejor, invertidas, y el hecho mismo, inversión. Su número es muy elevado, aunque sea difícil establecerlo con alguna exactitud.
La inversión
Conducta de los invertidos. -Los invertidos se conducen muy diferentemente unos de otros: a) Son invertidos absolutos; esto es, su objeto sexual tiene necesariamente que ser de su mismo sexo, no siendo nunca el sexo opuesto objeto de su deseo sexual, sino que los deja fríos o despierta en ellos manifiesta repulsión sexual. Los invertidos absolutos masculinos son, en general, incapaces de realizar el acto sexual normal o no experimentan placer alguno al realizarlo. b) Son invertidos antígenos (hermafroditas psicosexuales); esto es, su objeto sexual puede pertenecer indistintamente a uno u otro sexo. La inversión carece, pues, aquí de exclusividad. c) Son invertidos ocasionales, o sea que bajo determinadas condiciones exteriores -de las cuales ocupan el primer lugar la carencia de objeto sexual normal y la imitación- pueden adoptar como objeto sexual a una persona de su mismo sexo y hallar satisfacción en el acto sexual con ella realizado.
Los invertidos muestran asimismo múltiples diferencias en lo que respecta a su manera de juzgar el peculiar carácter de su instinto sexual. Para unos, la inversión es algo tan natural como para el hombre normal la orientación heterosexual de su libido, y defienden calurosamente su licitud. Otros, en cambio se rebelan contra ella y la consideran como una compulsión morbosa.
Otras variantes se refieren a las circunstancias temporales. La inversión puede datar de la primera época a que alcanzan los recuerdos del individuo o no haber aparecido hasta un determinado momento, anterior o posterior a su pubertad. Asimismo puede conservarse durante toda la vida, desaparecer temporalmente, no representar sino un episodio en el curso del desarrollo normal, y hasta manifestarse en un estado avanzado de la existencia del sujeto, después de un largo período de actividad sexual normal. Se ha observado también una oscilación periódica entre el objeto sexual normal y el invertido. De particular interés son aquellos casos en los que la libido cambia de rumbo, orientándose hacia la inversión después de una penosa experiencia con el objeto sexual normal. Estas diversas variantes se manifiestan, en general, independientemente unas de otras. En los casos extremos de inversión puede suponerse casi siempre que dicha tendencia ha existido desde muy temprana edad en el sujeto y que él mismo se siente de perfecto acuerdo con ella. Muchos autores rehúsan formar una unidad con los diversos casos antes indicados y prefieren acentuar las diferencias existentes entre estos grupos en lugar de sus caracteres comunes; conducta inspirada en su concepto favorito de la inversión. Más por muy justificadas que estén tales diferenciaciones no puede dejar de reconocerse la existencia de numerosos grados intermedios pareciendo así imponerse la idea de una serie gradual.
Concepto de la inversión. -El primer juicio sobre la inversión consistió en considerarla como un signo congénito de degeneración nerviosa; juicio fundado en que los observadores científicos la hallaron primeramente en individuos enfermos de los nervios o que producían la impresión de estarlo. Esta teoría entraña dos asertos, que deben ser juzgados independientemente: el innatismo y la degeneración.
Degeneración. -El empleo arbitrario del término «degeneración» suscita en este caso, como en todos, múltiples objeciones. Ha llegado a ser costumbre atribuir a degeneración todos aquellos síntomas patológicos que no son de origen traumático o infeccioso. La clasificación de Magnan de los degenerados ha hecho compatible un diagnóstico de degeneración con el más perfecto funcionamiento del sistema nervioso. En tales circunstancias puede preguntarse qué utilidad y qué nuevo contenido posee aún tal diagnóstico. Parece más apropiado, por tanto, no hablar de degeneración: primero, en aquellos casos en que no aparecen juntas varias graves anormalidades y, segundo, cuando no aparece gravemente dañada, en general, la capacidad de existencia y funcionamiento.
Varios hechos nos demuestran que los invertidos no pueden considerarse en este sentido como degenerados: 1º. Porque se halla la inversión en personas que no muestran otras graves anormalidades. 2º. Porque aparece asimismo en personas cuya capacidad funcional no se halla perturbada, y hasta en algunas que se distinguen por un gran desarrollo intelectual y elevada cultura ética. 3º. Porque cuando se prescinde ante estos pacientes de la propia experiencia médica y se tiende a abarcar un horizonte más amplio se tropieza, en dos direcciones distintas, con hechos que impiden considerar la inversión como signo degenerativo. a) Debe tenerse muy en cuenta que la inversión fue una manifestación frecuentísima, y casi una institución, encargada de importantes funciones, en los pueblos antiguos en el cenit de su civilización. b) Se la encuentra extraordinariamente difundida en muchos pueblos salvajes y primitivos, mientras que el concepto de degeneración suele limitarse a civilizaciones elevadas (J. Bloch). Hasta en los pueblos civilizados europeos ejercen máxima influencia sobre la difusión y el concepto de la inversión las condiciones climatológicas y raciales.
Innatismo. -El innatismo sólo se ha aceptado, como puede suponerse, para la primera y más extensa categoría de los invertidos, y precisamente por la afirmación de tales personas de no haberse manifestado en ellas en ninguna época de su vida otra distinta dirección del instinto sexual. La existencia de las otras dos clases, en especial de la tercera, es difícil ya de conciliar con la tesis de un carácter congénito. De aquí la tendencia de todos los representantes de esta opinión a separar de los demás el grupo de los invertidos absolutos, lo cual implica la renuncia a establecer un juicio de valor general sobre la inversión. Esta sería, pues, en unos casos de carácter innato y, en otros, habría aparecido de modo distinto. La opinión contraria a ésta sostiene que la inversión es un carácter adquirido del instinto sexual. En defensa de esta hipótesis se alegan los hechos siguientes: 1º. En muchos invertidos (aún en los absolutos) puede señalarse una impresión sexual que actuó intensamente sobre ellos en las primeras épocas de su vida, y de la cual constituye una perdurable consecuencia la inclinación homosexual. 2º. En otros muchos puede revelarse la actuación de determinadas influencias exteriores de la vida, que en época más o menos temprana han conducido a la fijación de la inversión (trato exclusivo con individuos del mismo sexo, vida común en la guerra o prisión, peligros del comercio heterosexual, celibato, debilidad sexual, etc.). 3º. La inversión puede ser suprimida por sugestión hipnótica, cosa que constituiría un milagro si se tratase de un carácter congénito.
Desde este punto de vista, puede negarse, en general, la existencia de una inversión congénita. Puede objetarse (Havelock Ellis) que un penetrante examen de los casos considerados como de inversión innata revelaría siempre la existencia de un suceso infantil, determinante de la dirección de la libido, no conservado en la memoria del individuo, pero susceptible de ser atraído a ella por un tratamiento psíquico apropiado. Siguiendo a estos autores, podría definirse la inversión como una frecuente variante del instinto sexual, determinada por cierto número de circunstancias exteriores de la vida. Esta afirmación, aparentemente plausible, queda, sin embargo, contradicha por la observación de que muchas personas caen en la adolescencia bajo iguales influencias sexuales -seducción, masturbación mutua-, sin hacerse por ello invertidos o seguir siéndolo perdurablemente. Así, pues, se llega obligadamente a suponer que la alternativa -innatismo o adquisición- o es incompleta o no entraña todas las circunstancias de la inversión.
Explicación de la inversión. -Ni con la hipótesis de la inversión congénita ni con la contraria de la inversión adquirida queda explicada la esencia de la inversión. En el primer caso habrá que especificar qué es lo que se considera innato en ella si no se quiere aceptar la burda explicación de que una persona trae ya establecida al nacer la conexión de su instinto sexual con un objeto sexual predeterminado. En la segunda hipótesis se plantea la cuestión de si las diversas influencias accidentales bastan por sí solas para explicar la adquisición sin la existencia de algo favorable a la misma en el individuo, cosa inadmisible, según ya hemos visto.
Bisexualidad. -Para explicar la posibilidad de una inversión sexual se ha seguido, desde Frank Lydstone, Kiernan y Chevalier, una ruta intelectual que entraña una nueva contradicción de las opiniones corrientes. Según éstas, el individuo humano no puede ser más que hombre o mujer. Pero la ciencia conoce casos en los que los caracteres sexuales aparecen borrosos, dificultando la determinación del sexo ya en el terreno anatómico. Los genitales de estos sujetos de sexo indeterminado reúnen caracteres masculinos y femeninos (hermafroditismo). En algunos casos excepcionales coexisten en el mismo individuo los órganos genitales de los dos sexos (hermafroditismo propiamente dicho), aunque por lo general aparezcan ambos más o menos atrofiados. Lo más importante de estas anormalidades es qué facilitan de un modo inesperado la comprensión de la constitución normal, a la cual corresponde cierto grado de hermafroditismo anatómico. En ningún individuo masculino o femenino, normalmente desarrollado, dejan de encontrarse huellas del aparato genital del sexo contrario qué o perduran sin función alguna como órganos rudimentarios o han sufrido una transformación, dirigida a la adoptación de funciones distintas.
La hipótesis deducible de estos hechos anatómicos, ha largo tiempo conocidos, es la de una disposición bisexual originaria, que en el curso de la evolución se ha ido orientando hacia la monosexualidad, pero conservando algunos restos atrofiados del sexo contrario. De aquí no había más que un paso para transportar esta hipótesis al dominio psíquico y explicar la inversión como manifestación de un hermafroditismo psíquico. Para dejar resuelto el problema sólo faltaba comprobar una coincidencia regular de la inversión con los signos anímicos y somáticos del hermafroditismo. Más esta esperada coincidencia no se presentó. No se pueden imaginar tan estrechas las relaciones entre el supuesto hermafroditismo psíquico y el comprobado hermafroditismo anatómico. Lo que sí se encuentra con frecuencia en los invertidos es una disminución del instinto sexual (Havelock Ellis) y ligeras atrofias anatómicas de los órganos. Con frecuencia, pero no regularmente, ni siquiera en la mayoría de los casos. Esto obliga a reconocer que la inversión y el hermafroditismo somático son totalmente independientes una de otro.
Se ha atribuido, asimismo, un gran valor a los llamados caracteres sexuales secundarios y terciarios, y se ha hecho resaltar su conjunta aparición en los invertidos (H. Ellis). También en esto hay algo verdadero; más no debe olvidarse que los caracteres sexuales secundarios y terciarios surgen con frecuencia en el sexo contrario, constituyendo indicios de hermafroditismo, pero sin que al mismo tiempo se muestre modificado el objeto sexual en el sentido de una inversión. El hermafroditismo psíquico ganaría en verosimilitud si paralelamente a la inversión del objeto sexual apareciera una modificación de los demás caracteres, tendencias y cualidades anímicas. Más tal inversión del carácter sólo puede esperarse hallarla con alguna regularidad en las mujeres invertidas; en los hombres puede coincidir con la inversión la más completa virilidad psíquica. Si se quiere mantener la hipótesis del hermafroditismo psíquico, habrá de añadirse, por lo menos, que sus diversas manifestaciones no muestran sino muy escasa condicionalidad recíproca. Igualmente sucede en el hermafroditismo somático. Según J. Halban, también las atrofias orgánicas aisladas y los caracteres sexuales secundarios aparecen relativamente independientes entre sí.
La teoría de la bisexualidad ha sido expuesta en su forma más simple por uno de los defensores de los invertidos masculinos: «Cerebro femenino en cuerpo masculino.» Más no conocemos los caracteres de un «cerebro femenino». La sustitución del problema psicológico por el anatómico es tan ociosa como injustificada. La tentativa de explicación de Krafft-Ebing parece más exactamente planteada que la de Ulrich, pero en esencia es similar a ella. Krafft-Ebing ponía que la disposición bisexual da al individuo centros cerebrales masculinos y femeninos, al mismo tiempo que órganos sexuales somáticos de ambos sexos. Dichos centros no se desarrollan hasta la época de la pubertad, y principalmente, bajo la influencia de la glándula sexual, independiente de ellos en la disposición. Pero hablar de «centros» masculinos y femeninos es lo mismo que hablar de cerebros de uno u otro sexo, y ni siquiera sabemos si podemos aceptar para las funciones sexuales localizaciones cerebrales (centros) como las aceptamos para la palabra. Habremos de retener, sin embargo, dos ideas: que también en cuanto a la inversión debe tenerse en cuenta la disposición bisexual, aunque no sepamos en qué puede consistir tal disposición fuera de lo puramente anatómico, y se trata de perturbaciones que atacan el instinto sexual durante su desarrollo.
Objeto sexual de los invertidos. -La teoría del hermafroditismo psíquico supone que el objeto sexual del invertido es el contrario al del normal. El hombre sucumbiría, como la mujer, al encanto emanado de las cualidades físicas y espirituales masculinas, y, sintiéndose mujer, buscaría al hombre. Más aún cuando esto sea exacto para toda una serie de invertidos, está, sin embargo, muy lejos de revelar un carácter general de la inversión. Es innegable que muchos invertidos masculinos conservan los caracteres psíquicos de su sexo; no poseen sino muy pocos caracteres secundarios del otro sexo y buscan, en su objeto sexual, rasgos psíquicos propiamente femeninos. Si esto no fuera así, no se explicaría por qué la prostitución masculina que se ofrece a los invertidos trata -hoy como en la antigüedad- de copiar a las mujeres en los vestidos, aspecto exterior y modales, sin que esta imitación parezca ofender al ideal de los homosexuales masculinos. En la Grecia antigua, donde hombres de una máxima virilidad aparecen entre los invertidos, se ve claramente que no era el carácter masculino de los efebos, sino su proximidad física a la mujer, así como sus cualidades psíquicas femeninas -timidez, recato y necesidad de alguien que les sirva de maestro y apoyo- , lo que encendía el amor de los hombres. En cuanto el efebo se hacía hombre dejaba de ser objeto sexual para los individuos del mismo sexo y se convertía quizá, a su vez, en pederasta. El objeto sexual es, por tanto, en este caso, como en otros muchos, no el sexo igual, sino la reunión de los dos caracteres sexuales, la transacción entre dos deseos orientados hacia cada uno de los dos sexos, transacción en la que se conserva como condición la masculinidad del cuerpo (de los genitales) y que constituye, por decirlo así, el reflejo de la propia naturaleza bisexual.
Más inequívocas son las manifestaciones homosexuales en la mujer. Las invertidas activas presentan con gran frecuencia caracteres somáticos y psíquicos masculinos, y los exigen femeninos en su objeto sexual. De todos modos, también la homosexualidad femenina presenta formas muy diversas y múltiples variantes.
Fin sexual de los invertidos. -Hemos de retener como un hecho importante el de que el fin sexual de los invertidos no es, en modo alguno, unitario. Entre los hombres, la inversión no supone necesariamente el coito per anum. La masturbación aparece muchas veces como fin exclusivo, y las limitaciones del fin sexual -hasta la mera efusión sentimental- son aquí más frecuentes aún que en el amor heterosexual. En las mujeres son también muy diversos los fines sexuales de las invertidas, y entre ellos parece ser preferido el contacto con las mucosas bucales.
Conclusión. -No nos es posible deducir de lo hasta aquí expuesto una explicación satisfactoria de la génesis de la inversión, pero sí podemos observar que nuestras investigaciones nos han conducido a un resultado que puede ser de mayor importancia que la solución del problema en un principio planteado. Resulta que nos habíamos representado como excesivamente íntima la conexión del instinto sexual con el objeto sexual. La experiencia adquirida en la observación de aquellos casos que consideramos anormales nos enseña que entre el instinto sexual y el objeto sexual existe una soldadura cuya percepción puede escaparnos en la vida sexual normal, en la cual el instinto parece traer consigo su objeto. Se nos indica así la necesidad de disociar hasta cierto punto en nuestras reflexiones el instinto y el objeto. Probablemente, el instinto sexual es un principio independiente de su objeto, y no debe su origen a las excitaciones emanadas de los atractivos del mismo.
Impúberes y animales como objetos sexuales
Mientras que las personas cuyo objeto sexual no pertenece al sexo normalmente apropiado para serlo -esto es, los invertidos- se presentan a los ojos del observador como un conjunto de individuos sin más tara quizá que su desviación sexual, aquellas otras que eligen como objeto sexual sujetos impúberes (niños) nos parecen constituir casos aislados de aberración. Sólo excepcionalmente son los impúberes objeto sexual exclusivo; en la mayoría de los casos llegan tan sólo a serlo cuando un individuo cobarde e impotente acepta tal subrogado, o cuando un instinto impulsivo inaplazable no puede apoderarse en el momento de un objeto más apropiado. De todos modos, no deja de arrojar cierta luz sobre la naturaleza del instinto sexual el hecho de permitir tanta variación y tal degradación de su objeto, cosa que el hambre, mucho más estrictamente ligada al suyo, sólo admitiría en los casos extremos. Lo mismo puede decirse con respecto al comercio sexual con animales, nada raro entre los campesinos, y en el que la atracción sexual rebasa los límites de la especie. Por razones estéticas limitaríamos gustosamente a los enfermos mentales estas y otras graves aberraciones del instinto sexual, pero ello no es posible. La experiencia enseña que en tales enfermos no se observan aberraciones sexuales distintas de las que aparecen en individuos sanos y en razas y clases sociales enteras. Así, encontramos con desoladora frecuencia atentados sexuales cometidos en niños por sus maestros y guardadores, tan sólo porque a éstos se les presentan más ocasiones para ello que a otras personas. Los enfermos mentales muestran únicamente tales aberraciones en un grado más elevado o -cosa especialmente significativa- llevadas a la exclusividad y sustituyendo a la satisfacción sexual normal.
Esta singular relación de las variantes sexuales con la escala gradual que va desde la salud a la perturbación mental da mucho que pensar. Me inclino a opinar que los problemas que aquí se nos plantean constituyen una indicación de que los impulsos de la vida sexual pertenecen a aquellos qué aún normalmente son los peor dominados por las actividades anímicas más elevadas. Aquellos individuos que son mentalmente anormales en un aspecto cualquiera, ético o social, son asimismo -conforme me ha mostrado mi experiencia- anormales en su vida sexual. En cambio, son anormales sexuales muchas personas que en todas las demás cuestiones se hallan dentro del tipo general y han seguido el desarrollo cultural humano, cuyo punto débil continúa siendo la sexualidad. Como resultado general de estas elucidaciones deduciríamos que bajo una gran cantidad de condiciones, y sorprendentemente, en muchos individuos, la naturaleza y el valor del objeto sexual pasan a un lugar secundario, siendo algo diferente de esto lo esencial y constante en el instinto sexual .
Desviaciones relativas al fin sexual
Como fin sexual normal se considera la conjunción de los genitales en el acto denominado coito, que conduce a la solución de la tensión sexual y a la extinción temporal del instinto sexual (satisfacción análoga a la saciedad en el hombre). Pero aun el acto sexual más normal integra visiblemente aquellos elementos cuyo desarrollo conduce a las aberraciones que hemos descrito como perversiones. En calidad de fines sexuales preliminares se admiten ciertas relaciones intermediarias (existentes en el camino que conduce al coito) con el objeto sexual, tales como la contemplación y tocamiento del mismo. Estos actos están, de una parte, ligados con una sensación de placer por sí mismos, y de otra, elevan la excitación, que debe durar hasta la realización del fin sexual definitivo. Uno de estos contactos, el de ambas mucosas labiales, ha obtenido después -constituyendo el beso- un alto valor sexual en muchos pueblos (entre ellos los más civilizados), a pesar de que las partes del cuerpo que en él entran en juego no pertenecen al aparato genital, sino que forman la entrada del digestivo. Existen, pues, factores que permiten ligar las perversiones a la vida sexual normal y son aprovechables para la clasificación de las mismas. Las perversiones son alternativamente: a) transgresiones anatómicas de los dominios corporales destinados a la unión sexual; o b) detenciones en aquellas relaciones intermedias con el objeto sexual que normalmente deben ser rápidamente recorridas en el camino hacia el fin sexual definitivo.
Transgresiones anatómicas
Supervaloración del objeto sexual. -La valoración psíquica que recae sobre el objeto sexual como fin del instinto sexual no se limita, más que en rarísimos casos, a los genitales del mismo, sino que se extiende a todo su cuerpo y posee la tendencia de incluir todas las sensaciones emanadas del objeto. Igual sobreestimación aparece en el campo psíquico, mostrándose como una ofuscación lógica (debilidad del juicio) respecto a las funciones anímicas y perfecciones del objeto sexual y como una docilidad crédula para con los juicios exteriorizados por el mismo. La credulidad del amor constituye así una fuente importante, si no la primitiva, de la autoridad. Esta supervaloración sexual es lo que tan mal tolera la limitación del fin sexual a la conjunción de los genitales y lo que ayuda a elevar a la categoría de fin sexual actos en que entran en juego otras partes del cuerpo. La importancia de la supervaloración sexual puede estudiarse fácilmente en el hombre, cuya vida erótica ha llegado a ser asequible a la investigación, mientras que la de la mujer, en parte por las limitaciones impuestas por la cultura y, en parte, por la silenciación convencional y la insinceridad de las mujeres, permanece aún envuelta en impenetrable oscuridad.
Empleo sexual de las mucosas bucales y labiales. -El empleo de la boca como órgano sexual se considera una perversión cuando los labios o la lengua de una persona entran en contacto con los genitales de la otra, y no, en cambio, cuando ambas mucosas labiales tocan una con otra. En esta excepción yace la conexión con lo normal. El que abomina de las otras prácticas, usadas quizá desde los más primitivos tiempos de la Humanidad, considerándolas como perversiones, obedece a una bien definida sensación de repugnancia que le protege de la aceptación de tal fin sexual. Los límites de esta repugnancia son, sin embargo, puramente convencionales: individuos que besan con pasión los labios de una bella muchacha no podrán emplear sin repugnancia su cepillo de dientes, aún no teniendo razón ninguna para suponer que su propia cavidad bucal, que no les produce asco, está más limpia que la de la muchacha. La repugnancia se nos muestra aquí como un factor susceptible de cerrar el camino a la sobreestimación sexual, pero también de ser vencido por la libido. Habremos, pues, de considerarla como uno de los poderes que contribuyen a limitar el fin sexual. Estos poderes se detienen ante los genitales mismos; pero no cabe duda de que también los genitales del sexo contrario pueden ser por sí mismo objeto de repugnancia y que esta conducta corresponde a las características de todos los histéricos (especialmente de los del sexo femenino). La fuerza del instinto sexual se complace en dedicarse al vencimiento de esta repugnancia.
Empleo sexual del orificio anal. -En el empleo sexual del ano se ve más claramente que en el caso anterior el hecho de ser la repugnancia lo que imprima a este fin sexual el carácter de perversión. A mi sentir -y espero que no se vea en esta observación un decidido prejuicio teórico- la razón en que se funda esta repugnancia, o sea, la de que dicha parte del cuerpo sirve para la excreción y entra en contacto con lo repugnante en sí -los excrementos-, no es mucho más sólida que la que dan las muchachas histéricas para explicar su repugnancia ante los genitales masculinos; esto es, que sirven para la expulsión de la orina. El papel sexual de la mucosa anal no se halla en ningún modo limitado al comercio sexual entre individuos masculinos. Su preferencia no constituye nada característico de la inversión. Parece, al contrario, que la poedicatio del hombre debe su papel a la analogía con el acto realizado con la mujer, al paso que la masturbación recíproca es el fin sexual más frecuente en los invertidos.
Importancia de otras partes del cuerpo. -La extensión sexual a otras partes del cuerpo no ofrece en ninguna de sus variantes nada esencialmente nuevo, ni añade nada para el conocimiento del instinto sexual, que sólo en esto exterioriza su intención de apoderarse del objeto sexual en su totalidad. Más, al lado de la supervaloración sexual, aparece en las extralimitaciones anatómicas un segundo factor extraño al conocimiento vulgar de estas cuestiones. Determinadas partes del cuerpo, como las mucosas bucales y anales, que aparecen siempre en estas prácticas, reclaman un derecho a ser consideradas y tratadas como genitales. Ya veremos cómo esta pretensión queda justificada por el desarrollo del instinto sexual y satisfecha en la sintomatología de ciertos estados patológicos.
Sustitución inapropiada del objeto sexual. Fetichismo. -Una particularísima impresión nos es producida por aquellos casos en que el objeto sexual normal es sustituido por otro relacionado con él, pero al mismo tiempo totalmente inapropiado para servir al fin sexual normal. Quizá hubiésemos hecho mejor, desde el punto de vista del orden expositivo, en citar este interesantísimo grupo de aberraciones del instinto sexual al tratar de las desviaciones con respecto al objeto, pero lo aplazamos hasta haber expuesto el factor de la supervaloración sexual, del cual dependen estos fenómenos, a los cuales se enlaza una renuncia al fin sexual. El sustitutivo del objeto sexual es, en general, una parte del cuerpo muy poco apropiada para fines sexuales (los pies o el cabello) o un objeto inanimado que está en visible relación con la persona sexual, y especialmente con la sexualidad de la misma (prendas de vestir, ropa blanca). Este sustitutivo se compara, no sin razón, con el fetiche en el que el salvaje encarna a su dios.
El tipo de transición a las formas de fetichismo, con renuncia a un fin sexual normal o perverso, lo constituyen aquellos casos en los cuales, para que el fin sexual haya de ser realizado, es preciso que el objeto sexual posea una condición fetichista (un determinado color de cabello, un traje especial o hasta un defecto físico). Ninguna otra de las variantes del instinto sexual limítrofes ya con lo patológico merece tanto nuestra atención como ésta, por la singularidad de los fenómenos cuya aparición motiva. Para todos estos casos parece constituir una condición previa la disminución del impulso hacia el fin sexual normal (debilidad funcional del aparato sexual). La conexión con lo normal se nos ofrece en la necesaria supervaloración sexual psicológica del objeto sexual, que se extiende inevitablemente a todo lo que con él se halla en conexión asociativa. Así, pues es regularmente propio del amor normal cierto grado de tal fetichismo, sobre todo en aquellos estadios del enamoramiento en los que el fin sexual normal es inasequible o en los que su realización aparece aplazada.
¡Dadme un pañuelo de su pecho,
o una liga que presionare su rodilla!
[Goethe: FAUSTO.]
El caso patológico surge cuando el deseo hacia el fetiche se fija pasando sobre esta condición y se coloca en lugar del fin normal o cuando el fetiche se separa de la persona determinada y deviene por sí mismo único fin sexual. Estas son las condiciones generales para el paso de simples variantes del instinto sexual a aberración patológica.
En la elección del fetiche se demuestra -como Binet fue el primero en afirmar y ha sido confirmado después por numerosas pruebas- la influencia continuada de una intimidación sexual experimentada, la mayor parte de las veces, en la primera infancia, fenómeno comparable a la proverbial capacidad de perdurar del primer amor en los normales. (On revient toujours à ses premiers amours.) Tal motivación es especialmente clara en los casos de simple condicionalidad fetichista del objeto sexual. Más adelante volveremos a encontrar en otras cuestiones la importancia de las tempranas impresiones sexuales. En otros casos es una asociación de ideas simbólicas, casi siempre inconsciente en el sujeto, lo que le ha conducido a la sustitución del objeto por el fetiche. Los caminos seguidos para establecer estas asociaciones no siempre pueden indicarse con seguridad (el pie es, por ejemplo, un antiquísimo símbolo sexual que aparece ya en el mito , y las pieles deben quizá su papel de fetiche a la asociación con el cabello que recubre el mons veneris). Más, tampoco este simbolismo parece ser siempre independiente de sucesos sexuales infantiles.
Fijación de los fines sexuales preliminares.
Aparición de nuevos fines sexuales. -Todas las circunstancias externas e internas que dificultan o alejan la consecución del fin sexual normal (impotencia, coste elevado del objeto sexual, peligros del acto sexual) favorecen, como es comprensible, la tendencia a permanecer en los actos preparativos, convirtiéndolos en nuevos fines sexuales que pueden sustituirse al normal. Un penetrante examen muestra siempre que estos nuevos fines se hallan todos -hasta los de más extraña apariencia- indicados en el acto sexual normal.
Tocamiento y contemplación. -Para la consecución del fin sexual normal es indispensable -por lo menos al hombre- una cierta medida de tocamiento. Son, además, universalmente conocidos el aumento de excitación y la nueva fuente de placer que aportan las sensaciones del contacto con la epidermis del objeto sexual. Así, pues, la detención en el tocar no puede apenas contarse entre las perversiones cuando el acto sexual continúa luego hasta su fin. Igual sucede con la contemplación derivada del tocamiento en ultimo término. La impresión visual es el camino por el que más frecuentemente es despertada la excitación libidinosa, y con ella -si es permisible esta manera teleológica de considerar la cuestión- cuenta la selección dejando desarrollarse hasta la belleza al objeto sexual. La ocultación del cuerpo, exigida por la civilización, mantiene despierta la curiosidad sexual, que tiende a contemplar el objeto por descubrimiento de las partes ocultas, pero que puede derivarse hacia el arte (sublimación) cuando es posible arrancar su interés de los genitales y dirigirlo a la forma física y total. Una detención en este fin sexual intermediario de la contemplación sexualmente acentuado es, en cierto grado, patrimonio de todos los normales y hasta es lo que les da la posibilidad de dirigir cierta cantidad de su libido hacia fines artísticos más elevados. Por el contrario, la contemplación constituye una perversión: a) cuando se limita exclusivamente a los genitales; b) cuando aparece ligada con el vencimiento de una repugnancia (voyeurs), espectadores del acto de excreción; c) cuando en vez de preparar el fin sexual normal, lo reprime.
Esto último es lo que constituye el carácter típico de los exhibicionistas, los cuales si se me permite concluir un resultado general del único caso de esta perversión que me ha sido posible someter al análisis, muestran sus genitales para qué, en reciprocidad, les sean enseñados los de la parte contraria. En los voyeurs y los exhibicionistas resulta un curioso carácter que nos ocupará aún más intensamente en las aberraciones que a continuación examinaremos. El fin sexual se encuentra aquí en un doble desarrollo en forma activa y pasiva. El poder que se opone al deseo de contemplar o ser contemplado y que es vencido a veces por éste es el pudor (como antes la repugnancia).
Sadismo y masoquismo. -La tendencia a causar dolor al objeto sexual o ser maltratado por él es la más frecuente e importante de las perversiones, y sus dos formas, activa y pasiva, han sido denominadas, respectivamente, por Krafft-Ebing sadismo y masoquismo. Otros autores prefieren denominarla algolagnia, nombre que hace resaltar el placer de causar dolor, la crueldad, mientras que el nombre escogido por Krafft-Ebing acentúa, o pone en primer término, el placer de sufrir toda clase de humillaciones y sometimiento. Las raíces de la algolagnia activa o sadismo pueden hallarse fácilmente en el sujeto normal. La sexualidad de la mayor parte de los hombres muestra una mezcla de agresión, de tendencia a dominar, cuya significación biológica estará quizá en la necesidad de vencer la resistencia del objeto sexual de un modo distinto a por los actos de cortejo. El sadismo corresponderá entonces a un componente agresivo del instinto sexual exagerado, devenido independiente y colocado en primer término por medio de un desplazamiento. El concepto del sadismo comprende desde una posición activa y dominadora con respecto al objeto sexual hasta la exclusiva conexión de la satisfacción con la humillación y mal trato del mismo. En sentido estricto, solamente el último caso extremo puede denominarse perversión.
De un modo análogo, el concepto de masoquismo reúne todas las actitudes pasivas con respecto a la vida erótica y al objeto sexual, siendo la posición extrema la conexión de la satisfacción con el voluntario padecimiento de dolor físico o anímico producido por el objeto sexual. El masoquismo, como perversión, parece alejarse más del fin sexual normal que la perversión contraria; es dudoso si aparece originariamente o si más bien se desarrolla siempre partiendo del sadismo y por una transformación de éste. Con frecuencia puede verse que el masoquismo no es otra cosa que una continuación del sadismo, dirigida contra el propio yo, que se coloca ahora en el puesto del anterior objeto sexual. El análisis clínico de los casos extremos de perversión masoquista lleva siempre a revelar la acción conjunta de una amplia serie de factores que exageran la predisposición original pasiva y le hacen experimentar una fijación (complejo de castración, conciencia de la culpa). El dolor que en esta perversión ha de ser superado constituye, como antes la repugnancia y el pudor, la resistencia que se coloca enfrente de la libido. El sadismo y el masoquismo ocupan entre las perversiones un lugar particular, pues la antítesis de actividad y pasividad que constituye su fundamento pertenece a los caracteres generales de la vida sexual.
La historia de la civilización humana nos enseña, sin dejar lugar a dudas, que la crueldad y el instinto sexual están íntimamente ligados; pero en las tentativas de explicar esta conexión no se ha ido más allá de hacer resaltar los elementos agresivos de la libido. Según algunos autores, este elemento agresivo, mezclado al instinto sexual, constituye un resto de los placeres caníbales; eso es, una participación del aparato de aprehensión puesto al servicio de la satisfacción de la otra gran necesidad, más antigua ontogénicamente , se ha afirmado también que cada dolor lleva en sí y por sí mismo la posibilidad de una sensación de placer. Por lo pronto, nos contentaremos con hacer constar nuestra creencia de que la explicación dada hasta ahora a esta perversión no es, ni con mucho, satisfactoria y que es probable que en ella se reúnan varias tendencias psíquicas para producir un solo efecto. La particularidad más singular de esta perversión está, sin embargo, constituida por el hecho de que sus dos formas, activa y pasiva, aparecen siempre conjuntamente en la misma persona. Aquel que halla placer en producir dolor a otros en la relación sexual está también capacitado por gozar del dolor que puede serle ocasionado en dicha relación como de un placer. Un sádico es siempre, al mismo tiempo, un masoquista, y al contrario. Lo que sucede es que una de las dos formas de la perversión, la activa o la pasiva, puede hallarse más desarrollada en el individuo y constituir el carácter dominante de su actividad sexual . Vemos así aparecer, regularmente, determinadas tendencias perversas como pares contradictorios, hecho cuya alta importancia teórica comprobaremos más adelante. Es indudable que la existencia del par contradictorio sadismo-masoquismo no se puede derivar directamente de la existencia de una mezcla agresiva. En cambio, nos sentimos inclinados a relacionar tales antítesis con la de masculino y femenino, que se presenta en la bisexualidad; contradicción que en el psicoanálisis queda reducida a la de actividad y pasividad.
Generalidades sobre las perversiones en conjunto
Variación y enfermedad. -Los médicos que primero estudiaron las perversiones en casos típicos y bajo condiciones especiales se inclinaron, naturalmente, a atribuirles e! carácter de un estigma patológico o degenerativo, como ya vimos al tratar de la inversión. Sin embargo, es más fácil demostrar aquí, en los casos de inversión, el error de estas opiniones. La experiencia cotidiana muestra que la mayoría de estas extralimitaciones, o por lo menos las menos importantes entre ellas, constituyen parte integrante de la vida sexual del hombre normal y son juzgadas por éste del mismo modo que otras de sus intimidades. En circunstancias favorables, también el hombre normal puede sustituir durante largo tiempo el fin sexual normal por una de estas perversiones o practicarla simultáneamente. En ningún hombre normal falta una agregación de carácter perverso al fin sexual normal, y esta generalidad es suficiente para hacer notar la impropiedad de emplear el término «perversión» en un sentido peyorativo. Precisamente en los dominios de la vida sexual se tropieza con especiales dificultades, a veces insolubles, cuando se quiere establecer una frontera definitiva entre las simples variantes dentro de la amplitud fisiológica y los síntomas patológicos.
En algunas de estas perversiones es, sin embargo, de tal naturaleza el nuevo fin sexual, que necesitan ser estudiadas separadamente. Ciertas perversiones se alejan tanto de lo normal, que no podemos por menos de declararlas patológicas, particularmente aquellas -coprofagía, violación de cadáveres- en las cuales el fin sexual produce asombrosos rendimientos en lo que respecta al vencimiento de las resistencias (pudor, repugnancia, espanto o dolor). Pero tampoco en estos casos puede esperarse con seguridad hallar regularmente en el sujeto otras anormalidades de carácter grave o una perturbación mental. Tampoco aquí puede negarse el hecho de que personas de conducta normal en todas las actividades pueden, sin embargo, presentar caracteres patológicos en lo relativo a la vida sexual y bajo el dominio del más desenfrenado de todos los instintos. En cambio una manifiesta anormalidad en otras relaciones vitales se halla siempre en conexión con una conducta sexual anormal. En la mayoría de los casos, el carácter patológico de la perversión no se manifiesta en el contenido del nuevo fin sexual, sino en su relación con el normal. Cuando la perversión no aparece al lado de lo normal (fin sexual y objeto), sino que, alentada por circunstancias que la favorecen y que se oponen en cambio a las tendencias normales, logra reprimir y sustituir por completo a estas últimas; esto es, cuando presenta los caracteres de exclusividad y fijación, es cuando podremos considerarla justificadamente como un síntoma patológico.
Participación psíquica en las perversiones. -Quizá precisamente en las más horribles perversiones es donde puede reconocerse la máxima participación psíquica en la transformación del instinto sexual. Prodúcese aquí una labor anímica a la que, no obstante sus espantosos resultados, no se puede negar la calidad de una idealización del instinto. La omnipotencia del amor no se muestra quizá en ningún otro lado tan enérgica como en estas aberraciones. Lo más alto y lo más bajo se hallan más íntima y enérgicamente reunidos que en ningún otro lado como en la sexualidad: Vom Himmel durch die Welt zur Hölle («Desde el cielo, a través del mundo, hasta el infierno», Goethe, Fausto).
Dos conclusiones. -En el estudio de las perversiones hemos llegado al conocimiento de que el instinto sexual tiene que luchar contra determinados poderes psíquicos que se le oponen en calidad de resistencia, siendo entre ellos los que más claramente se muestran: el pudor y la repugnancia. Aparece, pues, justificada la sospecha de que estos poderes participan en la labor de mantener el instinto dentro de los límites de lo considerado como normal, y cuando se desarrollan tempranamente, antes que el instinto sexual alce su plena fuerza, son los que marcan la dirección del desarrollo del mismo. Hemos observado también que algunas de las perversiones investigadas sólo llegan a ser comprensibles por la conjunción de varios motivos. Cuando pueden someterse al análisis, esto es, a una descomposición, es señal de que son de naturaleza compuesta. De aquí podemos deducir que el instinto sexual no es, quizá, algo simple, sino compuesto, y cuyos componentes vuelven a separarse unos de otros en las perversiones. De este modo, la clínica habría atraído nuestra atención sobre fusiones que en la uniforme conducta normal habrían perdido su expresión.
El instinto sexual en los neuróticos
El psicoanálisis. -Una importantísima aportación para el conocimiento del instinto sexual, en personas que se hallan próximas a la normal, nos es dada por una fuente a la que sólo podemos llegar por un determinado camino. No hay más que un medio de obtener resultados fundamentales y acertados sobre la vida sexual de los denominados psiconeuróticos (histeria, neurosis obsesiva, la falsamente denominada «neurastenia», la dementia praecox y la paranoia). Este medio es someterlos a la investigación psicoanalítica, de la que se sirve el procedimiento curativo que J. Breuer y yo comenzamos a emplear en 1893 y que denominamos, por entonces, «catártico». Debo anticipar aquí, y repetir con respecto a otras publicaciones mías, que estas psiconeurosis reposan, por lo que de mí experiencia clínica he podido concluir, sobre fuerzas instintivas de carácter sexual. No quiero decir con esto que la energía del instinto sexual proporcione una ayuda a las fuerzas que mantienen los fenómenos patológicos (síntomas). Mí afirmación se refiere únicamente a que esta participación es la única constante y constituye la fuente enérgica más importante de la neurosis, de manera que la vida sexual de dichas personas se exterioriza exclusiva, predominante o parcialmente en estos síntomas, los cuales, como ya lo hemos indicado en otro lugar, no son sino la expresión de la vida sexual de los enfermos. La prueba de esta afirmación ha sido dada por una cantidad cada día mayor de psicoanálisis verificados durante veinticinco años en personas histéricas o atacadas de otras neurosis diferentes. De los resultados de estos análisis he dado cuenta en otros libros y seguiré dándola en mis publicaciones sucesivas.
El psicoanálisis llega a suprimir los síntomas histéricos, partiendo de la hipótesis de que son la sustitución o transcripción de una serie de procesos tendencias y deseos anímicos afectivos, a los que un particular proceso psíquico (la represión) ha impedido llegar a su normal exutorio por medio de la actividad anímica consciente. Estos complejos psíquicos retenidos en estado inconsciente tienden a una exteriorización correspondiente a su valor afectivo, a una descarga y la encuentran en la histeria por el proceso de la conversión en fenómenos somáticos; esto es, en síntomas histéricos. Por medio de una técnica especial, que permite reducir de nuevo tales síntomas a representaciones afectivas ya conscientes, se puede hallar la naturaleza y el origen de estos productos psíquicos anteriormente inconscientes.
Hallazgos del psicoanálisis. -De este modo se ha llegado al conocimiento de que los síntomas representan un sustitutivo de tendencias que toman su fuerza de las fuentes del instinto sexual. De completo acuerdo con esto se halla lo que sabemos sobre los histéricos, tomados aquí como ejemplo de los psiconeuróticos en general, sobre su carácter antes de contraer la enfermedad y sobre las causas que la originaron. El carácter histérico deja revelarse una represión sexual que sobrepasa la medida normal y un desarrollo exagerado de aquellas resistencias contra el instinto sexual que se nos han dado a conocer como pudor, repugnancia y moral, manifestándose en estos enfermos una aversión instintiva a ocupar su pensamiento en la reflexión sobre las cuestiones sexuales, aversión que en los casos típicos da el resultado de conservarlos en una total ignorancia sexual hasta los años de la madurez sexual.
Este rasgo característico, esencial de la histeria, queda encubierto con frecuencia a la vista del observador superficial por el segundo factor constitucional de la enfermedad; esto es, por el poderoso desarrollo del instinto sexual; pero el análisis psicológico logra descubrirlo siempre, y resuelve el misterio lleno de contradicción de la histeria por el establecimiento del par contradictorio formado por una necesidad sexual superior a la normal y una exagerada repulsa de todo lo sexual. La ocasión favorable a la aparición de la enfermedad surge en las personas predispuestas a la histeria cuando, como resultado del propio proceso de maduración o de circunstancias exteriores, se presenta en ellas la exigencia sexual de un modo imperativo. Entre el apremio del instinto y la resistencia de la repulsa sexual surge entonces, como recurso, la enfermedad, que no resuelve el conflicto, sino que intenta eludirlo por la transformación de las ideas libidinosas en síntomas. Constituye tan sólo una excepción aparente el que una persona histérica -por ejemplo, un hombre- haya contraído su enfermedad a causa de una emoción trivial o de un conflicto en cuyo punto medio no se halle el interés sexual. El psicoanálisis puede entonces demostrar regularmente que el componente sexual del conflicto es el que ha hecho posible la aparición de la enfermedad, privando a los procesos psíquicos de su normal exutorio.
Neurosis y perversión. -Gran parte de las contradicciones surgidas contra estas opiniones mías se explica por el hecho de que se considera coincidente la sexualidad, de la que yo derivo los síntomas psiconeuróticos, con el instinto sexual normal. Pero el psicoanálisis nos aclara aún más esta cuestión, mostrándonos que los síntomas no se originan nunca (o por lo menos exclusiva y predominantemente) a costa del instinto sexual denominado normal, sino que representan una exteriorización de aquellos instintos que se considerarían como perversos en el más amplio sentido de la palabra, y se exteriorizan directa y conscientemente en propósitos fantaseados o en actos. Los síntomas se originan, por tanto, en parte, a costa de la sexualidad anormal. La neurosis es, por decirlo así, el negativo de la perversión. El instinto sexual de los psiconeuróticos muestra todas las aberraciones que hemos estudiado como desviaciones de la vida sexual normal y manifestaciones de una vida sexual patológica.
a) En la vida anímica inconsciente de todos los neuróticos puede comprobarse una tendencia a la inversión y a la fijación de la libido sobre personas del mismo sexo. Seria necesario un profundo y detenido estudio para recoger toda la importancia de este factor en la constitución del cuadro de la enfermedad. Más, por ahora, nos limitaremos a asegurar que la tendencia inconsciente a la inversión no falta nunca en la histeria masculina y presta los mayores servicios para su explicación.
b) En el psiquismo inconsciente de los psiconeuróticos existen y actúan como agentes de la producción síntomas todas aquellas tendencias a las extralimitaciones anatómicas que hemos estudiado antes, y entre ellas, con particular frecuencia e intensidad aquellas que hacen elevarse a la categoría de genitales las mucosas bucales y anales.
c) Entre las causas de la formación de síntomas psiconeuróticos desempeñan un papel importante los instintos parciales, que aparecen casi siempre formando pares antitéticos y que hemos estudiado como aportadores de nuevos fines sexuales, esto es, los instintos de contemplación y de exhibición y el instinto pasivo y activo de crueldad. La presencia de este último instinto es indispensable para la comprensión de la naturaleza dolorosa de los síntomas y rige casi siempre una parte de la conducta social del enfermo. Por medio de esta conexión de la libido con la crueldad tiene lugar la transformación del amor en odio y de los sentimientos cariñosos en hostiles, que es característica en una gran serie de neurosis, especialmente en la paranoia. El interés de estos resultados queda acrecentado por determinadas peculiaridades de los hechos objeto de este estudio.
a) Cuando se descubre en lo inconsciente uno de estos instintos, apto para formar con su contrario uno de los pares de que hemos hablado, aparece siempre actuando simultáneamente este otro instinto antitético. Toda perversión «activa» queda así acompañada siempre, en estos casos, del factor antagónico correspondiente. El sujeto que es exhibicionista inconsciente es al mismo tiempo voyeur y aquel que sufre de las consecuencias de una represión de tendencias sádicas sufre también de síntomas producidos por fuentes de inclinación masoquista. La coincidencia absoluta con la conducta de la perversión «positiva» correspondiente es un dato que debe tenerse muy en cuenta. Más, en el cuadro de la enfermedad desempeñan indistintamente una u otra de las tendencias antitéticas el papel dominante.
b) En los casos definidos de psiconeurosis, sólo raras veces se encuentra desarrollado uno solo de estos instintos perversos. En general, se halla una gran cantidad de los mismos totalmente desarrollados y aparecen huellas de todos los restantes, pero la intensidad de cada uno es independiente del desarrollo de los demás. También para esto nos proporciona el estudio de las perversiones positivas la exacta contrapartida.
Instintos parciales y zonas erógenas
Si revisamos los resultados de nuestra investigación de las perversiones positivas y negativas, nos inclinaremos a referirlas a una serie de «instintos parciales», que no constituyen nada primario, sino que permiten un subsiguiente análisis. Bajo el concepto de «instinto» no comprendemos primero más que la representación psíquica de una fuente de excitación, continuamente corriente o intrasomática, a diferencia del «estimulo» producido por excitaciones aisladas procedentes del exterior. Instinto es, pues, uno de los conceptos límites entre lo psíquico y lo físico. La hipótesis más sencilla y próxima sobre la naturaleza de los instintos sería la de que no poseen por si cualidad alguna, debiendo considerarse tan sólo como cantidades de exigencia de trabajo para la vida psíquica. Lo que diferencia a los instintos unos de otros y les da sus cualidades especificas es su relación con sus fuentes somáticas y sus fines. La fuente del instinto es un proceso excitante en un órgano, y su fin más próximo está en hacer cesar la excitación de dicho órgano.
Otra hipótesis interina de la teoría del instinto, a la cual no nos podemos sustraer, es la de que de los órganos del cuerpo emanan excitaciones de dos clases, fundadas en diferencias de naturaleza química. Una de estas clases de excitación la designaremos como la específicamente sexual, y el órgano correspondiente como «zona erógena» del instinto parcial de ella emanado. En las tendencias perversas que dan a la cavidad bucal y al orificio anal una significación sexual, el papel de la zona erógena se descubre sin dificultad ninguna, pues puede observarse con toda precisión que dicha zona se conduce como una parte del aparato genital. En la histeria, estas partes del cuerpo y las mucosas que a ellas corresponden llegan a ser, bajo la excitación de los procesos sexuales normales, la residencia de nuevas sensaciones y transformaciones de la inervación -y hasta de procesos que pueden compararse a la erección-, al igual de los genitales propiamente dichos. La importancia de las zonas erógenas como aparatos accesorios y subrogados de los genitales aparece en la histeria más claramente que en ninguna otra de la psiconeurosis, con lo cual no quiero afirmar que en otras formas de la enfermedad deba concedérsele una menor atención. Lo que pasa es qué en estas otras formas aparece menos claramente su actuación, porque en ellas (neurosis obsesiva, paranoia) la formación de síntomas tiene lugar en las regiones del aparato psíquico más alejadas de los centros que rigen las funciones físicas. En la neurosis obsesiva lo más singular es la importancia de los impulsos, los cuales crean nuevos fines de las zonas erógenas. Sin embargo, en el placer de contemplación y exhibición, el ojo constituye una zona erógena, y en los componentes de dolor y de crueldad del instinto sexual lo que adopta esta misión es la piel, que en determinadas partes del cuerpo se ha diferenciado para constituir los órganos de los sentidos y ha sufrido modificaciones hasta formar las mucosas, siendo, por tanto, la zona erógena at exochn (por excelencia).
Explicación del aparente predominio de la sexualidad perversa en las psiconeurosis
Las explicaciones anteriores han falseado, quizá, el concepto de la sexualidad de los psiconeuróticos. Parece resultar de ellas que la disposición constitucional de los mismos los aproxima a la perversión, alejándolos, en cambio, otro tanto de lo normal. Es muy posible, en efecto, que la disposición constitucional de estos enfermos, además de una exagerada cantidad de represión sexual y una exagerada energía del instinto sexual, contenga una extraordinaria inclinación perversa en su más amplio sentido. Pero la investigación de los casos menos graves enseña que esta última hipótesis no es absolutamente necesaria, o por lo menos no debe contarse con ella obligadamente en el juicio de los efectos morbosos. En la mayoría de los psiconeuróticos la enfermedad aparece después de la pubertad y bajo las exigencias de la vida sexual normal. Contra ésta se alza ante todo la represión o surge la enfermedad a causa de que la libido ve llegada su satisfacción por medios normales. En ambos casos la libido se conduce como una corriente cuyo lecho principal fuera desplazado y llenase los caminos colaterales, que hasta el momento habían permanecido, quizá, vacíos. De este modo, la tendencia de los psiconeuróticos a las perversiones -tan intensa aparentemente y siempre negativa- está, quizá, colateralmente condicionada o por lo menos, colateralmente reforzada. El hecho es que la represión sexual debe colocarse como factor interior al lado de aquellos otros, exteriores, constituidos por la limitación de libertad, inasequibilidad del objeto normal sexual, peligros del acto sexual normal, etc., factores que hacen aparecer todo género de perversiones en individuos que de otro modo hubieran permanecido normales.
En los casos individuales de neurosis pueden aparecer grandes diferencias, siendo unas veces el factor regulador el grado innato de inclinación a la perversión, y otras, la elevación colateral del mismo por el apartamiento de la libido del objeto y del fin sexual normal. Sería injusto construir una antítesis donde lo que hay es una relación de cooperación. La neurosis producirá sus más altos rendimientos cuando la constitución y los sucesos exteriores actúen conjuntamente en el mismo sentido. Una constitución francamente orientada hacia la neurosis podrá prescindir del apoyo de las experiencias vividas, y un suceso traumático podrá producir la neurosis en un individuo de constitución media. Este punto de vista es también válido en otros distintos sectores en cuanto se trata de la importancia etiológica del elemento congénito y del elemento adquirido. Si se prefiere suponer que la tendencia a las perversiones es una de las características de la constitución psiconeurótica, cabrá diferenciar muy diversas constituciones de este género, según la zona erógena o el instinto parcial que predominen. Lo que aún no se ha averiguado es si existe una relación particular entre cierta disposición perversa y una determinada forma patológica. Este punto, como muchos otros de ese sector, no ha sido todavía estudiado.
Indicación del infantilismo de la sexualidad
El descubrimiento de los impulsos perversos como agentes de la producción de síntomas en las psiconeurosis ha elevado considerablemente el número de hombres que pueden contarse entre los perversos. No es sólo que los neuróticos constituyan una numerosa clase humana; es también que la neurosis, con todas sus formas, constituye una serie que conduce hasta el tipo normal, circunstancia que ha permitido a Moebius afirmar muy justificadamente que todos somos algo histéricos. En consecuencia, la extraordinaria difusión de las perversiones nos impone la hipótesis de que tampoco la disposición a las mismas es una excepción, sino que forma parte de la constitución considerada como normal. Como ya hemos visto, se ha discutido mucho sobre si las perversiones dependen de condiciones congénitas o tienen su origen en impresiones casuales, según lo admite Binet con respecto al fetichismo. Por nuestra parte, creemos posible decidir la cuestión con la hipótesis de que en las perversiones existe, desde luego, algo congénito, pero algo que es congénito en todos los hombres, constituyendo una disposición general de intensidad variable, que puede ser acentuada por las influencias exteriores.
Se trata de raíces innatas del instinto sexual, qué, en una serie de casos, se desarrollan hasta constituirse en verdaderos substratos de la actividad sexual (perversión) y otras veces experimentan una represión insuficiente y, dando un rodeo, se apoderan, como síntomas patológicos, de una gran parte de la energía sexual, mientras que en los casos mas favorables, entre ambos extremos hacen surgir, por una limitación efectiva y una elaboración determinada, la vida sexual normal. Diremos, además, que la constitución supuesta que muestra las semillas de todas las perversiones no puede ser revelada más que en los niños, aunque en ellos no aparezcan todos estos instintos más que en una modesta intensidad. De esta manera llegamos a la fórmula de que los neuróticos conservan su sexualidad en estado infantil o han retrocedido hasta él. Por tanto, nuestro interés se dirigirá hacia la vida sexual de los niños, y perseguiremos en ellos el funcionamiento de las influencias que rigen el proceso evolutivo de la sexualidad infantil hasta su desembocadura en la perversión, en la neurosis o en la vida sexual normal.
La sexualidad infantil
Negligencia de lo infantil. -De la concepción popular del instinto sexual forma parte la creencia de que falta durante la niñez, no apareciendo hasta el período de la pubertad. Constituye esta creencia un error de consecuencias graves, pues a ella se debe principalmente nuestro actual desconocimiento de las circunstancias fundamentales de la vida sexual. Un penetrante estudio de las manifestaciones sexuales infantiles nos revelaría probablemente los rasgos esenciales del instinto sexual, descubriéndonos su desarrollo y su composición de elementos procedentes de diversas fuentes. No deja de ser singular el hecho de que todos los autores que se han ocupado de la investigación y explicación de las cualidades y reacciones del individuo adulto hayan dedicado mucha más atención a aquellos tiempos que caen fuera de la vida del mismo; esto es, a la vida de sus antepasados que a la época infantil del sujeto, reconociendo, por tanto, mucha mas influencia a la herencia que a la niñez. Y, sin embargo, la influencia de este período de la vida sería más fácil de comprender que la de la herencia y debería ser estudiada preferentemente.
En la literatura existente sobre esta materia hallamos, desde luego, algunas observaciones referentes a prematuras actividades sexuales infantiles, erecciones, masturbación o incluso actos análogos al coito, pero siempre como sucesos excepcionales y curiosos o como ejemplos de una temprana corrupción. No sé de ningún autor que haya reconocido claramente la existencia de un instinto sexual en la infancia, y en los numerosos trabajos sobre el desarrollo del niño falta siempre el capítulo relativo al desarrollo sexual .
Amnesia infantil. -La razón de esta singular negligencia me parece hallarse, en parte, en consideraciones convencionales de los autores, consecuencia de su propia educación, y, por otro lado, en un fenómeno psíquico que hasta ahora ha eludido toda explicación. Me refiero a la peculiar amnesia que oculta a los ojos de la mayoría de los hombres, aunque no de todos, los primeros años de su infancia hasta el séptimo o el octavo. No se nos habría ocurrido hasta ahora maravillarnos de esta amnesia, aunque había gran razón para ello, pues los que durante la infancia nos han rodeado nos comunican posteriormente que en estos años, de los que nada hemos retenido en nuestra memoria, fuera de algunos incomprensibles recuerdos fragmentarios, hubimos de reaccionar vivamente ante determinadas impresiones, sabiendo ya exteriorizar en forma humana dolores y alegrías, mostrando abrigar amor, celos y otras pasiones que nos conmovían violentamente, y ejecutando actos que fueron tomados por los adultos como prueba de una naciente capacidad de juicio. Más de esto no recordamos nada al llegar a la edad adulta. ¿Por qué razón permanece tan retrasada nuestra memoria con respecto a nuestras demás actividades anímicas, cuando tenemos fundados motivos para suponer que en ninguna otra época es esta facultad tan apta como en los años de la infancia para recoger las impresiones y reproducirlas luego?.
De otro lado hemos de suponer, o podemos convencernos de ello por la investigación psicológica, que las impresiones olvidadas, no por haberlo sido, han desaparecido de nuestra memoria sin dejar hondísima huella en nuestra vida psíquica y haber constituido una enérgica determinante de todo nuestro ulterior desarrollo. No puede existir, por tanto, una real desaparición de las impresiones infantiles; debe más bien tratarse de una amnesia análoga a aquella que comprobamos en los neuróticos con respecto a los sucesos sobrevenidos en épocas más avanzadas de la vida y que consiste en una mera exclusión de la conciencia (represión). Más ¿cuáles son las fuerzas que llevan a cabo esta represión de las impresiones infantiles? El que resolviera este problema habría aclarado difinitivamente la esencia de la amnesia histérica. De todos modos, hemos de señalar que la existencia de la amnesia infantil nos proporciona un nuevo punto de comparación entre el estado anímico del niño y el del psiconeurótico, entre los cuales descubrimos ya una analogía al inferir que la sexualidad de los psiconeuróticos conserva la esencia infantil o ha retrocedido hasta ella. ¿Por qué, pues, no ha de poder referirse también la amnesia infantil a las emociones sexuales de la niñez? Esta posible conexión de la amnesia infantil con la histérica entraña máxima importancia.
La amnesia histérica, puesta al servicio de la represión, es tan sólo explicable por la circunstancia de que ya el individuo posee un acervo de huellas mnémicas que han sido sustraídas a la disposición consciente y que atraen, por conexión asociativa, aquellos elementos sobre los cuales actúan, desde la conciencia, las fuerzas repelentes de la represión. Sin la amnesia infantil puede decirse que no existiría la amnesia histérica. Opino, pues, que la amnesia infantil, que convierte para cada individuo la propia niñez en algo análogo a una época prehistórica y oculta a sus ojos los comienzos de su vida sexual, es la culpable de que, en general, no se conceda al período infantil un valor en cuanto al desarrollo de la vida sexual. Un único observador no puede llenar las lagunas que esto ha producido en nuestro conocimiento. Ya en 1896 hice yo resaltar la importancia de los años infantiles en la génesis de determinados fenómenos esenciales, dependientes de la vida sexual y desde entonces no se ha cesado de llamar la atención sobre el factor infantil en todo lo referente a las cuestiones sexuales.
El período de latencia sexual de la infancia y sus interrupciones
Los hallazgos extraordinariamente frecuentes de impulsos sexuales, supuestamente excepcionales en la infancia, así como el descubrimiento de los recuerdos infantiles inconscientes de los neuróticos, permiten bosquejar el siguiente cuadro de la conducta sexual durante la época infantil. Parece cierto que el recién nacido trae consigo al mundo impulsos sexuales en germen, qué, después de un período de desarrollo, van sucumbiendo a una represión progresiva, la cual puede ser interrumpida a su vez por avances regulares del desarrollo sexual o detenida por particularidades individuales. Sobre las leyes y períodos de este proceso evolutivo oscilante no se conoce nada con seguridad. Parece, sin embargo, que la vida sexual de los niños se manifiesta ya en una forma observable hacia los años tercero y cuarto.
Inhibiciones sexuales. -Durante este período de latencia, total o simplemente parcial, se constituyen los poderes anímicos que luego se oponen al instinto sexual y lo canalizan, marcándole su curso a manera de dique. Ante los niños nacidos en una sociedad civilizada experimentamos la sensación de que estos diques son una obra de la educación, lo cual no deja de ser, en gran parte, cierto. Pero, en realidad, esta evolución se halla orgánicamente condicionada y fijada por la herencia y puede producirse sin auxilio ninguno por parte de la educación. Esta última se mantendrá dentro de sus límites, constriñiéndose a seguir las huellas de lo orgánicamente preformado, imprimirlo más profundamente y depurarlo.
Formación reactiva y sublimación. -¿Con qué elementos se constituyen estos diques tan importantes para la cultura y la normalidad ulteriores del individuo? Probablemente a costa de los mismos impulsos sexuales infantiles, que no han dejado de afluir durante este período de latencia, pero cuya energía es desviada en todo o en parte de la utilización sexual y orientada hacia otros fines. Los historiadores de la civilización coinciden en aceptar que este proceso, en el que las fuerzas instintivas sexuales son desviadas de sus fines sexuales y orientadas hacia otros distintos -proceso al que se da el nombre de sublimación-, proporciona poderosos elementos para todas las funciones culturales. Por nuestra parte añadiremos que tal proceso interviene igualmente en el desarrollo individual y que sus orígenes se remontan al período de latencia sexual infantil . También sobre el mecanismo de esta sublimación puede formularse una hipótesis. Los impulsos sexuales de estos años infantiles serían inaprovechables, puesto que la función reproductora no ha aparecido todavía, circunstancia que constituye el carácter esencial del período de latencia. Pero, además, tales impulsos habrían de ser perversos de por sí, partiendo de zonas erógenas e implicando tendencias que, dada la orientación del desarrollo del individuo, sólo podrían provocar sensaciones displacientes. Harán, pues, surgir fuerzas psíquicas contrarias que erigirán para la supresión de tales sensaciones displacientes los diques psíquicos ya citados (repugnancia, pudor, moral).
Interrupciones del período de latencia. -Sin hacernos ilusiones sobre la naturaleza hipotética y la deficiente claridad de nuestro conocimiento de los procesos del período de latencia infantil, queremos volver a la realidad para observar que esta utilización de la sexualidad infantil representa un ideal educativo, del cual se desvía casi siempre el desarrollo del individuo en algún punto y con frecuencia en muchos. En la mayoría de los casos logra abrirse camino un fragmento de la vida sexual que ha escapado a la sublimación, o se conserva una actividad sexual a través de todo el período de latencia hasta el impetuoso florecimiento del instinto sexual en la pubertad. Los educadores se conducen -cuando conceden alguna atención a la sexualidad infantil- como si compartieran nuestras opiniones sobre la formación de los poderes morales de defensa a costa de la sexualidad, y como si supieran que la actividad sexual hace a los niños ineducados, pues persiguen todas las manifestaciones sexuales del niño como «vicios», aunque sin conseguir grandes victorias sobre ellos. Debemos, por tanto, dedicar todo nuestro interés a estos fenómenos tan temidos por la educación, pues esperamos que ellos nos permitan llegar al conocimiento de la constitución originaria del instinto sexual.
Manifestaciones de la sexualidad infantil
El «chupeteo» del pulgar. -Por motivos que veremos más adelante, tomaremos como tipo de las manifestaciones sexuales infantiles el «chupeteo» (succión productora del placer), a la cual ha dedicado un excelente estudio el pediatra húngaro Lindner. La succión o el «chupeteo», que aparece ya en los niños de pecho y puede subsistir hasta la edad adulta e incluso conservarse en ocasiones a través de toda la vida, consiste en un contacto seccionador rítmicamente repetido y verificado con los labios, acto al que falta todo fin de absorción de alimento. Una parte de los mismos labios, la lengua o cualquier otro punto asequible de la piel del mismo individuo (a veces hasta el dedo gordo de un pie), son tomados como objeto de la succión. Al mismo tiempo aparece a veces un instinto de aprehensión, que se manifiesta por un simultáneo pellizcar rítmico del lóbulo de la oreja, y puede también apoderarse de esta misma u otra cualquiera parte del cuerpo de otra persona con el mismo fin. La succión productora de placer está ligada con un total embargo de la atención y conduce a conciliar el sueño o a una reacción motora de la naturaleza del orgasmo.
Con frecuencia se combina con la succión productora de placer el frotamiento de determinadas partes del cuerpo de gran sensibilidad: el pecho o los genitales exteriores. Muchos niños pasan así de la succión a la masturbación. Lindner ha reconocido claramente y ha hecho resaltar con toda audacia la naturaleza sexual de este acto. Frecuentemente se considera el «chupeteo» como una de las «mañas» sexuales del niño. Numerosos pediatras y neurólogos niegan en absoluto esta hipótesis; más su contraria opinión, fundada en una confusión entre lo sexual y lo genital, plantea el difícil e inevitable problema de establecer qué carácter general debe atribuirse a las manifestaciones sexuales de los niños. Por mi parte, opino que el conjunto de aquellas manifestaciones en cuya esencia hemos penetrado por medio de la investigación psicoanalítica nos da derecho a considerar el «chupeteo» como una manifestación sexual y a estudiar en ella precisamente los caracteres esenciales de la actividad sexual infantil.
Autoerotismo. -Debemos dedicar toda nuestra atención a este ejemplo. Hagamos resaltar, como el carácter más notable de esta actividad sexual, el hecho de que el instinto no se orienta en ella hacia otras personas. Encuentra su satisfacción en el propio cuerpo; esto es, es un instinto autoerótico para calificarlo con el feliz neologismo puesto en circulación por Havelock Ellis. Se ve claramente que el acto de la succión es determinado en la niñez por la busca de un placer ya experimentado y recordado. Con la succión rítmica de una parte de su piel o de sus mucosas encuentra el niño, por el medio más sencillo, la satisfacción buscada. Es también fácil adivinar en qué ocasión halla por primera vez el niño este placer, hacia el cual, una vez hallado, tiende siempre de nuevo. La primera actividad del niño y la de más importancia vital para él, la succión del pecho de la madre (o de sus subrogados), le ha hecho conocer, apenas nacido, este placer. Diríase que los labios del niño se han conducido como una zona erógena, siendo, sin duda, la excitación producida por la cálida corriente de la leche la causa de la primera sensación de placer.
En un principio la satisfacción de la zona erógena aparece asociada con la del hambre. La actividad sexual se apoya primeramente en una de las funciones puestas al servicio de la conservación de la vida, pero luego se hace independiente de ella. Viendo a un niño que ha saciado su apetito y que se retira del pecho de la madre con las mejillas enrojecidas y una bienaventurada sonrisa, para caer en seguida en un profundo sueño, hemos de reconocer en este cuadro el modelo y la expresión de la satisfacción sexual que el sujeto conocerá más tarde. Posteriormente la necesidad de volver a hallar la satisfacción sexual se separa de la necesidad de satisfacer el apetito, separación inevitable cuando aparecen los dientes y la alimentación no es ya exclusivamente succionada, sino mascada.
El niño no se sirve, para la succión, de un objeto exterior a él, sino preferentemente de una parte de su propio cuerpo, tanto porque ello le es más cómodo como porque de este modo se hace independiente del mundo exterior, que no le es posible dominar aún, y crea, además, una segunda zona erógena, aunque de menos valor. El menor valor de esta segunda zona le hará buscar posteriormente las zonas correspondientes de otras personas; esto es, los labios. (Pudiera atribuirse al niño la frase siguiente: «Lástima que no pueda besar mis propios labios.») No todos los niños realizan este acto de la succión. Debe suponerse que llegan a él aquellos en los cuales la importancia erógena de la zona labial se halla constitucionalmente reforzada. Si esta importancia se conserva, tales niños llegan a ser, en su edad adulta, inclinados a besos perversos, a la bebida y al exceso en el fumar; más, si aparece la represión, padecerán de repugnancia ante la comida y de vómitos histéricos. Por la duplicidad de funciones de la zona labial, la represión se extenderá al instinto de alimentación. Muchas de mis pacientes con perturbaciones anoréxicas, globo histérico, opresión en la garganta y vómitos, habían sido en sus años infantiles grandes «chupeteadores». En el acto de la succión productora de placer hemos podido observar los tres caracteres esenciales de una manifestación sexual infantil. Esta se origina apoyada en alguna de las funciones fisiológicas de más importancia vital, no conoce ningún objeto sexual, es autoerótica, y su fin sexual se halla bajo el dominio de una zona erógena. Anticiparemos ya que estos caracteres son aplicables asimismo a la mayoría de las demás actividades del instinto sexual infantil.
El fin sexual de la sexualidad infantil
Caracteres de las zonas erógenas. -Del ejemplo de la succión pueden deducirse aún muchos datos para el conocimiento de las zonas erógenas. Son estas parte de la epidermis o de las mucosas en las cuales ciertos estímulos hacen surgir una sensación de placer de una determinada cualidad. No cabe duda que los estímulos productores de placer están ligados a condiciones especiales que no conocemos. El carácter rítmico debe juzgar entre ellas un importante papel. Menos decidida aún está la cuestión de si se puede considerar como «específico» el carácter de la sensación de placer que la excitación hace surgir. En esta «especificidad» estaría contenido el factor sexual. En las cuestiones del placer y del dolor anda aún la Psicología tan a tientas, que la hipótesis más prudente es la que debe preferirse. Más tarde llegaremos quizá a bases sólidas sobre las cuales podamos apoyar la «especificidad» de la sensación de placer. La cualidad erógena puede hallarse señaladamente adscrita a determinadas partes del cuerpo. Existen zonas erógenas predestinadas, como nos enseña el ejemplo del «chupeteo»; pero el mismo ejemplo nos demuestra también que cualquier otra región de la epidermis o de la mucosa puede servir de zona erógena; esto es, que posea a priori una determinada capacidad para serlo.
Así pues, la cualidad del estímulo influye más en la producción de placer que el carácter de la parte del cuerpo correspondiente. El niño que ejecuta la succión busca por todo su cuerpo y escoge una parte cualquiera de él, que después, por la costumbre, será la preferida. Cuando en esta busca tropieza con una de las partes predestinadas (pezón, genitales), conservará ésta siempre tal preferencia. Una capacidad de desplazamiento análoga reaparece después en la sintomatología de la histeria. En esta neurosis, la represión recae principalmente sobre las zonas genitales propiamente dichas y éstas transmiten su excitabilidad a las restantes zonas erógenas, que en la vida adulta han pasado a un segundo término y que en estos casos vuelven a comportarse nuevamente como genitales. Pero, además, como sucede en la succión, toda otra parte del cuerpo puede llegar a adquirir igual excitabilidad que los genitales y ser elevada a la categoría de zona erógena. Las zonas erógenas y las histerógenas muestran los mismos caracteres.
Fin sexual infantil. -El fin sexual del instinto infantil consiste en hacer surgir la satisfacción por el estímulo apropiado de una zona erógena elegida de una u otra manera. Esta satisfacción tiene que haber sido experimentada anteriormente para dejar una necesidad de repetirla, y no debe sorprendernos hallar que la naturaleza ha encontrado medio seguro de no dejar entregado al azar el hallazgo de tal satisfacción . Con respecto a la zona bucal, hemos visto ya que el dispositivo que llena esta función es la simultánea conexión de esta parte del cuerpo con la ingestión de los alimentos. Ya iremos encontrando otros dispositivos análogos como fuentes de la sexualidad. El estado de necesidad que exige el retorno de la satisfacción se revela en dos formas distintas: por una peculiar sensación de tensión, que tiene más bien un carácter displaciente, y por un estímulo o prurito, centralmente condicionado y proyectado en la zona erógena periférica. Puede, por tanto, formularse también el fin sexual diciendo que está constituido por el acto de sustituir el estímulo proyectado en la zona erógena por aquella otra excitación exterior que hace cesar la sensación de prurito, haciendo surgir la de satisfacción. Esta excitación exterior consistirá, en la mayoría de los casos, en una manipulación análoga a la succión. El hecho de que la necesidad pueda ser también despertada periféricamente, por una verdadera transformación de la zona erógena, concuerda perfectamente con nuestros conocimientos psicológicos. Unicamente puede extrañarnos que una excitación necesite para cesar una segunda y nueva excitación producida en mismo sitio.
Las manifestaciones sexuales masturbatorias
Comprobamos con satisfacción que ya no nos queda mucho que averiguar acerca de la actividad sexual infantil, una vez que el examen de una única zona erógena nos ha revelado los caracteres esenciales del instinto. Las diferencias principales se refieren tan sólo al procedimiento empleado para alcanzar la satisfacción. Este procedimiento, que para la zona buco-labial consistía, según ya hemos visto, en la succión, quedaría constituido por otras distintas actividades musculares, según la situación y las propiedades de la zona erógena de que se trate.
Actividad de la zona anal. -También la zona anal es, como la zona bucolabial, muy apropiada por su situación para permitir el apoyo de la sexualidad en otras funciones fisiológicas. La importancia erógena originaria de esta zona ha de suponerse muy considerable. Por medio del psicoanálisis llegamos a conocer, no sin asombro, qué transformación experimentan las excitaciones sexuales emanadas de la zona anal y con cuánta frecuencia conserva esta última, a través de toda la vida, cierto grado de excitabilidad genital. Los trastornos intestinales, tan frecuentes en los años infantiles, hacen que no falten nunca a esta zona intensas excitaciones. Los catarros intestinales padecidos en la infancia convierten al sujeto -empleando la expresión corriente- en un individuo «nervioso», y ejercen, en posteriores enfermedades de carácter neurótico, una influencia determinante sobre las manifestaciones sintomáticas de la neurosis, a cuya disposición ponen una gran cantidad de trastornos digestivos. Teniendo en cuenta el carácter erógeno de la zona anal, el cual es conservado permanentemente por la misma, cuando menos en una forma modificada, no podremos ya burlarnos de la antigua opinión médica que atribuía a las hemorroides una gran importancia para la génesis de ciertos estados neuróticos.
Aquellos niños que utilizan la excitabilidad erógena de la zona anal, lo revelan por el hecho de retardar el acto de la excreción, hasta que la acumulación de las materias fecales produce violentas contracciones musculares, y su paso por el esfinter, una viva excitación de las mucosas. En este acto, y al lado de la sensación dolorosa, debe de aparecer una sensación de voluptuosidad. Uno de los mejores signos de futura anormalidad o nerviosidad es, en el niño de pecho, la negativa a verificar el acto de la excreción cuando se le sienta sobre el orinal; esto es, cuando le parece oportuno a la persona que está a su cuidado, reservándose el niño tal función para cuando a él le parece oportuno verificarla. Naturalmente el niño no da importancia a ensuciar su cuna o sus vestidos, y sólo tiene cuidado de que al defecar no se le escape la sensación de placer accesoria. Las personas que rodean a los niños sospechan también aquí la verdadera significación de este acto, considerando como un «vicio» del niño la resistencia a defecar en el orinal. El contenido intestinal se conduce, pues, al desempeñar la función de cuerpo excitante de una mucosa sexualmente sensible, como precursor de otro órgano que no entrará en acción sino después de la infancia. Pero, además, entraña para el infantil sujeto otras varias e importantes significaciones. El niño considera los excrementos como una parte de su cuerpo y les da la significación de un «primer regalo», con el cual puede mostrar su docilidad a las personas que le rodean o su negativa a complacerlas. Desde esta significación de «regalo» pasan los excrementos a la significación de «niño»; esto es, qué según una de las teorías sexuales infantiles representan un niño concebido por el acto de la alimentación y parido por el recto.
La retención de las masas fecales intencionada, por tanto, al principio, para utilizarlas en calidad de excitación masturbadora de la zona anal o como un medio de relación del niño, constituye además una de las raíces del estreñimiento tan corriente en los neurópatas. La importancia de la zona anal se refleja luego en el hecho de que se encuentran pocos neuróticos que no posean sus usos y ceremonias especiales, escatológicos, mantenidos por ellos en el más profundo secreto. En los niños de más edad no es nada raro hallar una excitación masturbatoria de la zona anal con ayuda de los dedos y provocada por un prurito condicionado centralmente o mantenido periféricamente.
Actividad de las zonas genitales. -Entre las zonas erógenas del cuerpo infantil hállase una que, si ciertamente no desempeña el papel principal ni puede ser tampoco el substrato de las primeras excitaciones sexuales, está, sin embargo, destinada a adquirir una gran importancia en el porvenir. Tanto en el sexo masculino como en el femenino se halla esta zona relacionada con la micción (pene, clítoris), y en los varones, encerrada en un saco mucoso, de manera que no pueden faltarle estímulos, producidos por las secreciones, que aviven tempranamente la excitación sexual.
Las actividades sexuales de esta zona erógena, que pertenecen al verdadero aparato sexual, constituyen el comienzo de la ulterior vida sexual «normal». La situación anatómica, el contacto con las secreciones, los lavados y frotamientos de la higiene corporal y determinadas excitaciones accidentales (como la emigración de los oxiuros en las niñas), hacen inevitable que la sensación de placer que puede emanar de esta parte del cuerpo se haga notar en los niños ya en su más temprana infancia y despierte en ellos un deseo de repetición. Si consideramos el conjunto de circunstancias antes apuntadas y pensamos que la aplicación de las reglas de higiene corporal produce resultados excitantes iguales a los que la suciedad produciría, habremos de concluir que el onanismo del niño de pecho, al cual no escapa ningún individuo, prepara la futura primacía de esta zona erógena con respecto a la actividad sexual. El acto que hace cesar el estímulo y determina la satisfacción consiste en un frotamiento con la mano o en una presión en los muslos, uno contra otro. Este último acto es el más frecuente en las muchachas. La preferencia de los niños por el frotamiento con la mano nos indica qué importantes aportaciones proporcionará en lo futuro el instinto de aprehensión a la actividad sexual masculina.
Para mayor claridad, distinguiremos tres fases de la masturbación infantil; la primera de ellas pertenece a la edad de la lactancia; la segunda, a la corta época de florecimiento de la actividad sexual, aproximadamente hacia el cuarto año, y solamente la tercera corresponde a la masturbación de la pubertad, que es casi la única a que hasta hoy se ha dado importancia.
Segunda fase de la masturbación infantil. -La masturbación del niño de pecho desaparece aparentemente después de corto tiempo, pero puede conservarse sin solución de continuidad hasta la pubertad, constituyendo entonces la primera gran desviación del desarrollo propuesto a todo hombre civilizado. En los años infantiles posteriores a la lactancia, generalmente antes del cuarto año, suele despertar nuevamente el instinto sexual de esta zona genital y conservarse hasta una nueva represión o continuar sin interrupción ninguna. Se presentan aquí casos muy diferentes, para cuya explicación habríamos de analizar cada uno de ellos en particular, pero todas las peculiaridades de esta segunda actividad sexual infantil dejan en la memoria del individuo las más profundas huellas (inconscientes) y determinan el desarrollo de su carácter cuando sigue poseyendo salud, o la sintomatología de su neurosis cuando enferma después de la pubertad. En este último caso se olvida este período sexual y se desplazan los recuerdos conscientes con él ligados. Ya he formulado mi opinión de que la amnesia infantil normal está ligada a esta actividad sexual infantil. La investigación psicoanalítica consigue volver a traer a la conciencia lo olvidado y hacer desaparecer de esta manera una obsesión emanada de este material psíquico inconsciente.
Retorno de la masturbación del niño de pecho. -La excitación sexual de la época de la lactancia retorna en los años infantiles antes indicados, como un prurito centralmente condicionado, que impulsa a la satisfacción onanista o como un proceso que, al igual de la polución que aparece en la época de la pubertad, alcanza la satisfacción sin ayuda de acto ninguno. Este último caso es el más frecuente en las muchachas durante la segunda mitad de la infancia. No se ha llegado a comprender totalmente su condicionalidad, y parece ser consecuencia muchas veces, de un período anterior de onanismo activo. La sintomatología de estas manifestaciones sexuales es muy escasa. El aparato urinario aparece aquí en lugar del aparato genital, aún no desarrollado. La mayoría de las cistopatías que sufren los niños en esta época son perturbaciones sexuales. La enuresis nocturna corresponde, cuando no representa un ataque epiléptico, a una polución. La reaparición de la actividad sexual depende de causas internas y motivos externos. La sintomatología de la neurosis y la investigación psicoanalítica nos ayudan a descubrir estas causas y a determinarlas con la mayor fijeza.
Más tarde hablaremos de las causas internas. Los motivos externos casuales presentan en esta época una importancia extraordinaria y duradera. Ante todo hallamos la influencia de la seducción o corrupción, que trata a los niños tempranamente como objetos sexuales y les enseña, bajo circunstancias impresionantes, cómo lograr la satisfacción de las zonas genitales, satisfacción que luego permanecen, en la mayoría de los casos, obligados a renovar por medio del onanismo. Dicha influencia puede ser efectuada por personas adultas o por otros niños. No tengo que arrepentirme de la importancia dada por mí, en mí artículo sobre la etiología de la histeria, publicado en 1896, a estos casos de corrupción, aunque entonces no sabía aún cuántos individuos que no han salido, en años posteriores, de la normalidad sexual, puede también haber pasado por las mismas experiencias, y atribuí, por tanto, mayor importancia a la corrupción que a los factores dados en la constitución y en el desarrollo. Es indudable que en los niños no es necesaria la corrupción o seducción para que en ellos se despierte la vida sexual, pues ésta puede surgir espontáneamente por causas interiores.
Disposición perversa polimórfica. -Es muy interesante comprobar que bajo la influencia de la seducción puede el niño hacerse polimórficamente perverso; es decir, ser inducido a toda clase de extralimitaciones sexuales. Nos enseña esto qué en su disposición peculiar trae ya consigo una capacidad para ello. La adquisición de las perversiones y su práctica encuentran, por tanto, en él muy pequeñas resistencias, porque los diques anímicos contra las extralimitaciones sexuales; o sea, el pudor, la repugnancia y la moral, no están aún constituidos en esta época de la vida infantil o su desarrollo es muy pequeño. El niño se conduce en estos casos igual que el tipo corriente de mujer poco educada, en la cual perdura, a través de toda la vida, dicha disposición polimórfica perversa, pudiendo conservarse normalmente sexual, pero también acepta |