De esta conducta del niño puede deducirse la fuerza relativa de las tendencias masculinas y femeninas que habrán de manifestarse en su vida sexual. Las primeras vivencias total o parcialmente sexuales del niño en relación con su madre son naturalmente de carácter pasivo. Es ésta la que le amamanta, le alimenta, le limpia, le viste y le obliga a realizar todas sus funciones fisiológicas. Parte de la libido del niño se mantiene adherida a estas experiencias y goza de las satisfacciones con ellas vinculadas, mientras que otra parte intenta su conversión en actividad. Primero, el proceso de ser amamantado por el pecho materno es sustituido por la succión activa. En sus demás relaciones con la madre, el niño se conforma con la independencia, es decir, con hacer por sí mismo lo que antes se le hacía, o con la repetición activa de sus vivencias pasivas en el ego, o bien realmente convierte a la madre en objeto, adoptando frente a ella el papel de sujeto activo. Esta última reacción, que se lleva a cabo en el terreno de la actividad propiamente dicha, me pareció increíble por mucho tiempo, hasta que la experiencia refutó todas mis dudas.
Raramente oímos que una niña pequeña quiera lavar o vestir a la madre o inducirla a realizar sus necesidades. Es cierto que a veces le dice: «Ahora vamos a jugar que soy yo la madre y tú la hija»; pero generalmente realiza estos deseos activos en forma indirecta al jugar con su muñeca, representando ella a la madre y la muñeca a la niña. El hecho de que las niñas sean más afectas que los varones a jugar con muñecas suele interpretarse como un signo precoz de la feminidad incipiente. Eso es muy cierto; pero no se debería olvidar que lo expresado de tal manera es la faz activa de la feminidad y que dicha preferencia de la niña probablemente atestigüe el carácter exclusivo de su vinculación a la madre, con descuido total del objeto paterno. La sorprendente actividad sexual de la niña en relación con su madre se manifiesta, en sucesión cronológica, a través de impulsos orales, sádicos, finalmente, también fálicos, dirigidos a la madre. Es difícil precisar aquí los detalles respectivos, pues se trata a menudo de oscuros impulsos que el niño no pudo captar psíquicamente en el momento de ocurrir, que por ello debieron experimentar una interpretación ulterior, y que se expresan en el análisis en formas que no son, por cierto, las que tuvieron originalmente. En ocasiones los hallamos transferidos al ulterior objeto paterno, al cual no pertenecen y en el que dificultan sensiblemente nuestro entendimiento de toda la situación. Los deseos agresivos orales y sádicos se manifiestan en la forma que les fue impuesta por la represión precoz, es decir, en el temor de ser muerta por la madre, un temor que, si ingresa en la consciencia, justifica a su vez los propios deseos de muerte contra la madre. Sería imposible establecer con qué frecuencia dicho miedo a la madre se funda en una hostilidad inconsciente de ésta adivinada por el hijo o la hija. (El miedo de ser devorado hasta ahora lo hallé sólo en hombres, es referido al padre; pero probablemente sea el producto de transformación de la agresión oral dirigida contra la madre. La persona que el niño quiere devorar es la madre, que lo ha nutrido; en el caso del padre, falta esta motivación obvia de tal deseo.)
Las mujeres caracterizadas por una poderosa vinculación con la madre, en cuyos análisis he podido estudiar la fase preedípica, siempre me narraron que al aplicarles la madre enemas e irrigaciones intestinales solían oponerle la mayor resistencia, reaccionando con miedo y con aullidos de rabia. Probablemente ésta sea una actitud muy habitual o aun invariable en todos los niños. Sólo llegué a comprender las razones de tal rebeldía particularmente violenta a través de un comentario de Ruth Mack Brunswick, que estudiaba los mismos problemas simultáneamente conmigo: el acceso de furia después de una enema sería comparable al orgasmo consiguiente a una excitación genital. La angustia concomitante debería comprenderse como una transformación del deseo de agresión así animado. Creo que realmente ocurre así, y que en la fase sádico-anal la intensa excitación pasiva de la zona intestinal despierta un acceso de agresividad que se manifiesta directamente como furia o, a consecuencia de su supresión, como angustia.
Esta reacción parece extinguirse gradualmente en el curso de los años ulteriores. Al considerar los impulsos pasivos de la fase fálica destácase el hecho de que la niña incrimina siempre a la madre como seductora, por haber percibido forzosamente sus primeras sensaciones genitales, o en todo caso las más poderosas, mientras era sometida a la limpieza o a los cuidados corporales por la madre o por las niñeras que la representaban. Muchas madres me han contado que sus pequeñas hijas de dos o tres años gozaban de estas sensaciones e incitaban a la madre a exacerbarlas con toques o fricciones repetidas. Creo que el hecho de que la madre sea la que inevitablemente inicia a la niña en la fase fálica es el motivo de que en las fantasías de sus años ulteriores el padre aparezca tan regularmente como seductor sexual. Al apartarse de la madre, la niña también transfiere al padre la responsabilidad de haberla iniciado en la vida sexual. Finalmente, en la fase fálica aparecen también poderosos deseos activos dirigidos hacia la madre. La actividad sexual de este período culmina en la masturbación clitoridiana; probablemente la niña acompañe ésta con fantasía de su madre; pero a través de mi experiencia no acierto a colegir si realmente imagina un fin sexual determinado ni cuál podría ser este fin. Sólo una vez que todos sus intereses han experimentado un nuevo impulso por la llegada de un hermanito o de una hermanita menor podemos reconocer claramente tal fin. La niña pequeña, igual que el varoncito, quiere creer que es ella la que le ha hecho a la madre este nuevo niño, y su reacción ante dicho suceso, tanto como su conducta frente al recién llegado, son iguales que en el varón. Bien sé que esto parece absurdo; pero ello quizá sólo obedezca a que tal idea nos es tan poco familiar.
El desprendimiento de la madre es un paso importantísimo en el desarrollo de la niña e implica mucho más que un mero cambio de objeto. Ya hemos descrito cómo se produce y cuáles son las múltiples motivaciones que se aducen para explicarlo; agregaremos ahora que se observa, paralelamente con el mismo, una notable disminución de los impulsos sexuales activos y una acentuación de los pasivos. Es cierto que los impulsos activos han sido más afectados por la frustración, pues demostraron ser totalmente irrealizables y, por tanto, fueron más fácilmente abandonados por la libido; pero tampoco las tendencias pasivas han escapado a las defraudaciones. Con el desprendimiento de la madre cesa también a menudo la masturbación clitoridiana, y es muy frecuente que la niña pequeña, al reprimir su masculinidad previa, también perjudique definitivamente buena parte de su vida sexual en general. La transición al objeto paterno se lleva a cabo con ayuda de las tendencias pasivas, en la medida en que hayan escapado al aniquilamiento. El camino hacia el desarrollo de la feminidad se halla ahora abierto a la niña, salvo que haya sido impedido por los restos de la vinculación preedípica a la madre, que acaba de ser superada.
Si echamos una mirada retrospectiva a las fases del desarrollo sexual femenino que hemos descrito, se nos impone determinada conclusión acerca de la feminidad en general: hemos comprobado la actuación de las mismas fuerzas libidinales que operan en el niño del sexo masculino, y pudimos convencernos de que en uno como en otro caso siguen durante cierto período idénticos caminos y producen los mismos resultados. Ulteriormente, ciertos factores biológicos las apartan de sus fines primitivos y aun conducen tendencias activas, masculinas en todo sentido, hacia las vías de la feminidad. Dado que no podemos descartar el concepto de que la excitación sexual obedece a la acción de determinadas sustancias químicas, parecería obvio esperar que la bioquímica nos revele algún día dos agentes distintos, cuya presencia produciría respectivamente la excitación sexual masculina y la femenina. Pero esta esperanza no es evidentemente menos ingenua que aquella otra, felizmente superada hoy, de que sería posible aislar bajo el microscopio los distintos factores causales de la histeria, la neurosis obsesiva, la melancolía, etc. También en el quimismo de la sexualidad las cosas deben ser un tanto más complicadas. Para la psicología, sin embargo, es indiferente si en el cuerpo existe una sola sustancia estimulante sexual, o dos, o un sinnúmero de ellas. El psicoanálisis nos ha enseñado a manejarnos con una sola libido, aunque sus fines, o sea, sus modos de gratificación, puedan ser activos y pasivos. En esta antítesis, sobre todo en la existencia de impulsos libidinales con fines pasivos radica el resto de nuestro problema. |