| Paralelamente con esta primera diferencia fundamental corre otra que concierne a la elección de objeto. El primer objeto amoroso del varón es la madre, debido a que es ella la que lo alimenta y lo cuida durante la crianza; sigue siendo su principal objeto hasta que es reemplazado por otro, esencialmente similar o derivado de ella. También en la mujer la madre debe ser el primer objeto, pues las condiciones primarias de la elección objetal son iguales en todos los niños. Al final del desarrollo de la niña, empero, es preciso que el hombre-padre se haya convertido en el nuevo objeto amoroso, o sea, que, a medida que cambia de sexo, la mujer debe cambiar también el sexo del objeto. Lo que ahora hemos de estudiar son los caminos que recorre esta transformación, cuán íntegra o incompleta llega a ser y qué posibilidades evolutivas surgen en el curso de este desarrollo. Ya hemos reconocido asimismo que otra diferencia entre los sexos concierne a su relación con el complejo de Edipo. Tenemos al respecto la impresión de que todas nuestras formulaciones sobre dicho complejo únicamente pueden aplicarse, en sentido estricto, al niño del sexo masculino, y tenemos razón en rechazar el término de «complejo de Electra», que tiende a destacar la analogía de la situación en ambos sexos. Sólo en el niño varón existe esa fatal conjunción simultánea de amor hacia uno de los padres y de odio por rivalidad contra el otro. En el varón es entonces el descubrimiento de la posibilidad de la castración, evidenciado por la vista de los genitales femeninos, el que impone la transformación del complejo de Edipo, el que lleva a la creación del superyó y el que inicia así todos los procesos que convergen hacia la inclusión del individuo en la comunidad cultural. Una vez internalizada la instancia paterna, formando el superyó, queda todavía por resolver la tarea de desprender a éste de aquellas personas cuyo representante psíquico fue primitivamente.
A través de tan notable curso evolutivo, el agente empleado para restringir la sexualidad infantil es precisamente aquel interés genital narcisista que se concentra en la preservación del pene. En el hombre también subsiste, como residuo de la influencia ejercida por el complejo de castración, cierta medida de menosprecio por la mujer, a la que se considera castrada. De éste surge en casos extremos una inhibición de la elección objetal, que ante un reforzamiento por factores orgánicos puede llevar a la homosexualidad exclusiva. Muy distintas, en cambio, son las repercusiones del complejo de castración en la mujer. Esta reconoce el hecho de su castración, y con ello también la superioridad del hombre y su propia inferioridad; pero se rebela asimismo contra este desagradable estado de cosas. De tal actitud dispar parten tres caminos evolutivos. El primero conduce al apartamiento general de la sexualidad. La mujer en germen, asustada por la comparación de sí misma con el varón, se torna insatisfecha con su clítoris, renuncia a su activación fálica y con ello a su sexualidad en general, así como a buena parte de sus inclinaciones masculinas en otros sectores. Si adopta el segundo camino, se aferra en tenaz autoafirmación a la masculinidad amenazada; conserva hasta una edad insospechada la esperanza de que, a pesar de todo, llegará a tener alguna vez un pene, convirtiéndose ésta en la finalidad cardinal de su vida, al punto que la fantasía de ser realmente un hombre domina a menudo largos períodos de su existencia. También este «complejo de masculinidad» de la mujer puede desembocar en una elección de objeto manifiestamente homosexual. Sólo una tercera evolución, bastante compleja, conduce en definitiva a la actitud femenina normal, en la que toma al padre como objeto y alcanza así la forma femenina del complejo de Edipo. Así, en la mujer dicho complejo representa el resultado final de un prolongado proceso evolutivo; la castración no lo destruye, sino que lo crea; el complejo escapa a las poderosas influencias hostiles que tienden a destruirlo en el hombre, al punto que con harta frecuencia la mujer nunca llega a superarlo. Por eso también los resultados culturales de su desintegración son más insignificantes y menos decisivos en la mujer que en el hombre.
Posiblemente no estemos errados al declarar que esta diferencia de la interrelación entre los complejos de Edipo y de castración es la que plasma el carácter de la mujer como ente social. Advertimos así que la fase de exclusiva vinculación materna, que cabe calificar de preedípica, es mucho más importante en la mujer de lo que podría ser en el hombre. Múltiples manifestaciones de la vida sexual femenina que hasta ahora resultaba difícil comprender pueden ser plenamente explicadas por su reducción a dicha fase. Así, por ejemplo, hace tiempo hemos advertido que muchas mujeres eligen a su marido de acuerdo con el modelo del padre o lo colocan en el lugar de éste; pero en el matrimonio repiten con ese marido su mala relación con la madre. El marido debía heredar la relación con el padre, y en realidad asumió la vinculación con la madre. Esto se comprende fácilmente como un caso obvio de regresión. La relación materna fue la más primitiva; sobre ella se estructuró la relación con el padre, y ahora en el matrimonio lo primitivo vuelve a emerger de la represión. En efecto, la transferencia de los lazos afectivos del objeto materno hacia el paterno constituyó el contenido esencial del desarrollo que condujo a la feminidad.
Muchísimas mujeres despiertan la impresión de que todo el período de su madurez se halla inmerso en los conflictos con el marido, tal como su juventud estuvo dedicada a los conflictos con la madre. En tales casos, cuanto acabamos de exponer nos induce ahora a concluir que dicha actitud hostil hacia la madre no es una consecuencia de la rivalidad implícita en el complejo de Edipo, sino que se originó en la fase anterior y simplemente halló un reforzamiento y una oportunidad de aplicarse en la situación edípica, como lo confirma también la investigación analítica directa. Nuestro interés de concentrarse ahora en los mecanismos que actúan en el desprendimiento del objeto materno, tan intensa y exclusivamente amado. Estamos dispuestos a encontrarnos no con un único factor semejante, sino con toda una serie de factores que convergen hacia un mismo fin. Entre estos factores destácanse algunos que son condicionados por las circunstancias generales de la sexualidad infantil, o sea, que rigen igualmente para la vida amorosa del varón. En primero y principal término, cabe mencionar aquí los celos de otras personas, de los hermanos y hermanas, de los rivales, entre los que también se cuenta el padre. El amor del niño es desmesurado: exige exclusividad, no se conforma con participaciones. Pero posee también una segunda característica: carece en realidad de un verdadero fin; es incapaz de alcanzar plena satisfacción, y esa es la razón esencial de que esté condenado a terminar en la defraudación y a ceder la plaza a una actitud hostil. En épocas ulteriores de la vida, la falta de gratificación final puede facilitar asimismo otros resultados. En efecto, dicho factor puede asegurar el mantenimiento imperturbado de la catexia libidinal, como sucede en las relaciones amorosas inhibidas en su fin; pero bajo el imperio de los procesos evolutivos ocurre siempre que la libido abandona la posición insatisfactorio para buscar otra nueva.
Otro motivo, mucho más específico para el desprendimiento de la madre, resulta del efecto que el complejo de castración ejerce sobre la pequeña criatura carente de pene. En algún momento la niña descubre su inferioridad orgánica; naturalmente, esto ocurre más temprano y con mayor facilidad si tiene hermanos varones o compañeros de juego masculinos. Ya hemos visto cuáles son las tres vías que divergen de este punto: a) hacia la suspensión de toda la vida sexual; b) hacia la obstinada y desafiante sobreacentuación de la propia masculinidad; c) a los primeros arranques de la feminidad definitiva. No es fácil precisar cronológicamente la ocurrencia de estos procesos ni establecer el curso típico que siguen; aun el momento en que se descubre la castración es variable, y muchos otros factores parecen ser inconstantes y depender de la casualidad. Así, también interviene aquí la condición de la propia actividad fálica de la niña, el hecho de que ésta sea descubierta o no, y a qué punto le es coartada una vez descubierta. La niña pequeña, por lo general, descubre espontáneamente su modo particular de actividad fálica -la masturbación con el clítoris-, que al principio transcurre, sin duda, libre de toda fantasía. La intervención de la higiene corporal en la provocación de esta actividad suele reflejarse en la fantasía, tan frecuente, de haber sido seducida por la madre, la nodriza o la niñera. Dejamos indecisa la cuestión de si la masturbación de la niña es desde un comienzo más rara y menos enérgica que la del varón; bien podría ser así. La seducción real es asimismo relativamente frecuente; parte de otros niños o de la madre, la nodriza o la niñera, que quieren calmar, adormecer o colocar al niño en dependencia de ellas mismas. La seducción, cuando interviene, perturba siempre el curso natural del desarrollo y deja a menudo consecuencias profundas y persistentes.
Como ya hemos visto, la prohibición de la masturbación actúa como incentivo para abandonarla, pero también como motivo para rebelarse contra la persona que la prohibe, es decir, contra la madre o sus sustitutos, que ulteriormente se confunden siempre con ella. La terca y desafiante persistencia en la masturbación parece abrir la vía hacia el desarrollo de la masculinidad. Aun cuando el niño no haya logrado dominarla, el efecto de la prohibición aparentemente ineficaz se traduce en los ulteriores esfuerzos para librarse a toda costa de una gratificación cuyo goce le ha sido malogrado. Cuando la niña alcanza la madurez, su elección de objeto puede ser influida todavía por este propósito firmemente sustentado. El resentimiento por habérsele impedido la libre actividad sexual tiene considerable intervención en el desprendimiento de la madre. El mismo tema vuelve a activarse después de la pubertad, cuando la madre asume su deber de proteger la castidad de la hija. No olvidemos, naturalmente, que la madre se opone de idéntica manera a la masturbación del varón, suministrándole así también a éste un poderoso motivo de rebelión. Cuando la niña pequeña descubre su propia deficiencia ante la vista de un órgano genital masculino, no acepta este ingrato reconocimiento sin vacilaciones ni resistencias. Como ya hemos visto, se aferra tenazmente a la expectativa de adquirir alguna vez un órgano semejante, cuyo anhelo sobrevive aún durante mucho tiempo a la esperanza perdida.
Invariablemente, la niña comienza por considerar la castración como un infortunio personal; sólo paulatinamente comprende que también afecta a ciertos otros niños y, por fin, a determinados adultos. Una vez admitida la universalidad de esta característica negativa de su sexo, desvalorízase profundamente toda la feminidad y con ella también la madre. Es muy posible que la precedente descripción de las reacciones de la niña pequeña frente al impacto de la castración y a la prohibición del onanismo despierte en el lector la impresión de algo confuso y contradictorio; mas ello no es culpa exclusiva del autor. En realidad, hallar una descripción que se ajuste a todos los casos es casi imposible. En los distintos individuos encontramos las más dispares reacciones, y aun en un mismo individuo coexisten actitudes antagónicas. Al intervenir por primera vez la prohibición ya está planteado el conflicto, que desde ese momento acompañará todo el desarrollo de la función sexual. Es particularmente difícil obtener una clara visión de los hechos, debido al esfuerzo necesario para discernir los procesos psíquicos de esa fase frente a los ulteriores que se superponen a ellos y que los deforman en la memoria.
Así, por ejemplo, el hecho de la castración será concebido más tarde como castigo por la actividad masturbatoria; pero su ejecución será atribuida al padre, o sea, dos nociones que no pueden haber correspondido, por cierto, a ningún hecho original. También el niño varón teme siempre la castración por parte del padre, a pesar de que en su caso, igual que en la niña, la amenaza procedió por lo general de la madre. Como quiera que sea, al final de esa primera fase de vinculación a la madre emerge, como motivo más poderoso para apartarse de ella, el reproche de no haberle dado a la niña un órgano genital completo; es decir, el de haberla traído al mundo como mujer. Un segundo reproche, que no arranca tan atrás en el tiempo, resulta un tanto sorprendente: es el de que la madre no le ha dado a la niña suficiente leche, el de que no la amamantó bastante. En nuestras modernas condiciones culturales esto suele ser muy cierto; pero seguramente no lo es tan a menudo como se sostiene en el curso de los análisis. Parecería más bien que dicha acusación expresara la insatisfacción general de los niños que, bajo las condiciones culturales de la monogamia, son destetados al cabo de seis a nueve meses, mientras que la madre primitiva se dedicaba exclusivamente a su hijo durante dos a tres años.
Sucede como si nuestros hijos hubiesen quedado para siempre insatisfechos, como si nunca hubiesen sido lactados suficientemente. No estoy seguro, sin embargo, de que analizando niños que han sido amamantados tan prolongadamente como los de los pueblos primitivos, no nos encontraríamos también con idéntica queja: tan inmensa es la codicia de la libido infantil. Aun si repasamos toda la serie de motivaciones que el análisis ha revelado para el desprendimiento de la madre -que descuidó proveer a la niña con el único órgano genital adecuado, que no la nutrió suficientemente, que la obligó a compartir con otros el amor materno, que nunca llegó a cumplir todas las demandas amorosas; finalmente, que primero estimuló la propia actividad sexual de la hija para prohibirla luego-, aun entonces nos parecen insuficientes para justificar la hostilidad resultante. Algunos de estos reproches son consecuencias irremediables de la índole misma de la sexualidad infantil; otros parecen racionalizaciones adoptadas a posteriori para explicar el incomprensible cambio de los sentimientos. Lo cierto posiblemente sea que la vinculación a la madre debe por fuerza perecer, precisamente por ser la primera y la más intensa, a semejanza de lo que tan a menudo se comprueba en los primeros matrimonios de mujeres jóvenes, contraídos en medio del más apasionado enamoramiento. Tanto en éste como en aquel caso, la relación amorosa probablemente fracase al chocar con los inevitables desengaños y con la multiplicación de las ocasiones aptas para la agresión. Los segundos matrimonios resultan por lo general mucho mejores.
No podemos aventurarnos a sostener que la ambivalencia de las catexias emocionales sea una ley psicológica universalmente válida, es decir, que sea en principio imposible sentir gran amor por una persona sin que se le agregue un odio quizá igualmente grande, o viceversa. Es evidente que el adulto normal logra mantener separadas estas dos actitudes y que no se siente compelido a odiar a su objeto amado y a amar a su enemigo. Esto parece ser, empero, el resultado de un desarrollo ulterior. En las primeras fases de la vida amorosa la ambivalencia es evidentemente la regla. En muchos seres este rasgo arcaico persiste durante la vida entera, y en el neurótico obsesivo lo característico es que el amor y el odio mantengan un equilibrio mutuo en todas sus relaciones objetales. También en los primitivos cabe aceptar el predominio de la ambivalencia. Podemos concluir, por consiguiente, que la intensa vinculación de la niña pequeña con su madre debe estar dominada por una poderosa ambivalencia y que, reforzada por los demás factores mencionados, es precisamente ella la que determina que la niña se aparte de la madre. En otros términos, una vez más nos encontramos con una consecuencia de una de las características universales de la sexualidad infantil. Contra este intento de explicación plantéase al punto una objeción: ¿Cómo es posible que el varón logre mantener intacta su vinculación con la madre sin duda no menos poderosa que la de la niña? La respuesta no es menos rápida: Porque puede resolver su ambivalencia contra la madre transfiriendo toda su hostilidad al padre. En primer término, empero, semejante respuesta sólo puede formularse después de haber estudiado detenidamente la fase preedípica en el varón, y en segundo lugar, probablemente sea más prudente confesar en principio que aún no hemos llegado al fondo de estos procesos los cuales, después de todo, apenas comenzamos a conocer. |