Sabemos que las mujeres dominadas por una fuerte vinculación con el padre son harto numerosas y que no por ello necesitan ser neuróticas. Estudiando a este tipo de mujeres he podido reunir ciertas observaciones que me propongo exponer aquí y que me han llevado a determinada concepción de la sexualidad femenina. Dos hechos despertaron ante todo mi atención. Primero, el análisis demostró que cuando la vinculación con el padre ha sido particularmente intensa, siempre fue precedida por una fase de no menos intensa y apasionada vinculación exclusivamente materna. Salvo el cambio de objeto, la segunda fase apenas agregó un nuevo rasgo a la vida amorosa. La primitiva relación con la madre se había desarrollado de manera muy copiosa y multiforme. De acuerdo con el segundo hecho, la duración de esta vinculación con la madre había sido considerablemente menospreciada. En efecto, en cierto número de casos persistía hasta bien entrado el cuarto año, y en un caso hasta el quinto año de vida, o sea, que abarcaba, con mucho, la mayor parte del primer florecimiento sexual. Hasta hube de aceptar la posibilidad de que muchas mujeres queden detenidas en la primitiva vinculación con la madre, sin alcanzar jamás una genuina reorientación hacia el hombre.
Con ello la fase preedípica de la mujer adquiere una importancia que hasta ahora no se le había asignado. Puesto que en este período caben todas las fijaciones y represiones a las cuales atribuimos la génesis de las neurosis, parecería necesario retractar la universalidad del postulado según el cual el complejo de Edipo sería el núcleo de la neurosis. Quien se sienta reacio, empero, a adoptar tal corrección, de ningún modo precisa hacerlo. En efecto, por un lado es posible extender el contenido del complejo de Edipo hasta incluir en él todas las relaciones del niño con ambos padres, y por el otro, también se puede tener debida cuenta de estas nuevas comprobaciones, declarando que la mujer sólo alcanza la situación edípica positiva, normal en ella, una vez que ha superado una primera fase dominada por el complejo negativo. En realidad, durante esta fase el padre no es para la niña pequeña mucho más que un molesto rival, aunque su hostilidad contra él nunca alcanza la violencia característica del varón. Después de todo, hace ya tiempo que hemos renunciado a toda esperanza de hallar un paralelismo puro y simple entre el desarrollo sexual masculino y el femenino.
Nuestro reconocimiento de esta fase previa preedípica en el desarrollo de la niña pequeña es para nosotros una sorpresa, análoga a la que en otro campo representó el descubrimiento de la cultura minoico-miceniana tras la cultura griega. Todo lo relacionado con esta primera vinculación materna me pareció siempre tan difícil de captar en el análisis, tan nebuloso y perdido en las tinieblas del pasado, tan difícil de revivir, como si hubiese sido víctima de una represión particularmente inexorable. Esta impresión mía probablemente obedeciera, empero, a que las mujeres que se analizaron conmigo pudieron, precisamente por ello, aferrarse a la misma vinculación paterna en la que otrora se refugiaron al escapar de la fase previa en cuestión. Parecería, en efecto, que las analistas como Jeanne Lampl-de Groot y Helene Deutsch, por ser del sexo femenino, pudieron captar estos hechos más fácil y claramente, porque contaban con la ventaja de representar sustitutos maternos más adecuados en la situación transferencial con las pacientes sometidas a su tratamiento. Por mi parte, tampoco he logrado desentrañar totalmente ninguno de los casos en cuestión, de modo que me limitaré a exponer mis conclusiones más generales y sólo daré unos pocos ejemplos de las nuevas nociones que ellos me han sugerido. Entre éstas se cuentan la conjetura de que dicha fase de vinculación materna guardaría una relación particularmente íntima con la etiología de la histeria, lo que no puede resultar sorprendente si se reflexiona que ambas, la fase tanto como la neurosis en cuestión, son característicamente femeninas; además, que en esta dependencia de la madre se halla el germen de la ulterior paranoia de la mujer.
Parece, en efecto, que este germen radica en el temor -sorprendente, pero invariablemente hallado- de ser muerta (¿devoradas?) por la madre. Es plausible conjeturar que dicha angustia corresponde a la hostilidad que la niña desarrolla contra su madre a causa de las múltiples restricciones impuestas por ésta en el curso de la educación y de los cuidados corporales, y que el mecanismo de la proyección sea facilitado por la inmadurez de la organización psíquica infantil. |