| Señoras y señores: La exposición que sobre la nerviosidad común desarrollé en mi última conferencia debió de pareceros tan incompleta como insuficiente. Me doy cuenta perfecta de ello, y pienso que lo que más ha debido de asombraros es no encontrar en ella nada referente a la «angustia», síntoma del que se queja la mayoría de los nerviosos como de su más terrible sufrimiento. Esta angustia puede, en efecto, revestir extraordinaria intensidad e impulsar al enfermo a cometer las mayores insensateces. Merece, pues, ser objeto de un detenido examen en capítulo aparte. No creo tener necesidad de definir la angustia. Todos vosotros habéis experimentado, aunque sólo sea una vez en la vida, esta sensación, o, dicho con mayor exactitud, este estado afectivo. Y, sin embargo, nadie se ha preocupado hasta el día de investigar por qué son precisamente los nerviosos los que con más frecuencia y mayor intensidad sufren de este estado de angustia. Quizá se haya encontrado natural esta circunstancia, como lo muestra la general costumbre de emplear indiferentemente, como sinónimos, los términos «nervioso» y «angustiado». Pero al hacerlo así se comete un grave error, pues hay individuos «angustiados» que no padecen neurosis ninguna, y, en cambio, neuróticos que no presentan entre sus síntomas el de la propensión a la angustia.
De todos modos, lo cierto es que el problema de la angustia constituye un punto en el que convergen los más diversos e importantes problemas y un enigma cuya solución habrá de proyectar intensa luz sobre toda nuestra vida psíquica. No afirmaré poder daros una solución completa, pero ya supondréis que el psicoanálisis ha dedicado toda atención a este problema y trata de resolverlo, como ha resuelto tantos otros, por medios diferentes de los empleados por la medicina académica. Esta concentra todo su interés en la investigación del determinismo anatómico de la angustia, y declarando que se trata de una irritación de la médula oblongata, diagnostica una neurosis del nervus vagus. El bulbo o médula alargada es, desde luego, algo muy serio. Por mi parte, he dedicado a su estudio mucho tiempo de intensa labor. Pero hoy en día debo confesar que desde el punto de vista de la comprensión psicológica de la angustia nada me es más indiferente que el conocimiento del trayecto nervioso seguido por las excitaciones que de él emanan.
Ante todo, debo indicaros que se puede tratar extensamente de la angustia sin relacionarla para nada con los estados neuróticos. Existe, en efecto, una angustia real, independiente por completo de la angustia neurótica, y que se nos muestra como algo muy racional y comprensible, pudiendo ser definida como una reacción a la percepción de un peligro exterior, esto es, de un daño esperado y previsto. Esta reacción aparece enlazada al reflejo de fuga y podemos considerarla como una manifestación del instinto de conservación. Mas,¿ante qué objetos y en qué situaciones se produce la angustia? Ello depende, naturalmente, de los conocimientos del individuo y de su sentimiento de potencia ante el mundo exterior. El miedo que al salvaje inspira la vista de un cañón y la angustia que experimenta ante un eclipse solar nos parecen naturales. En cambio, el europeo, que sabe manejar las armas de fuego y predecir el eclipse, no experimenta en ninguno de los dos casos la menor angustia. A veces, lo que produce esta sensación es, por lo contrario, el saber demasiado, pues entonces prevemos el peligro mucho antes de su llegada. De este modo, el salvaje experimentará miedo al advertir en el bosque la huella de un peligroso animal, huella que para el europeo carecerá de toda significación, y el marino observará con terror una pequeña nube, anuncio de ciclón, mientras que el pasajero no verá en ella amenaza ninguna.
Reflexionando más detenidamente, nos vemos obligados a reconocer que nuestro juicio sobre la racionalidad y la adaptación a un fin de la angustia real debe ser sometido a una revisión. La única actitud racional ante la amenaza de un peligro consistiría en comparar nuestras propias fuerzas con la gravedad de dicha amenaza y decidir después si el miedo más eficaz de escapar al peligro es la fuga, la defensa o incluso el ataque. En esta actitud no hay lugar alguno para la angustia, lo cual no puede influir en el desarrollo de los hechos, constituyendo, en cambio, un nuevo peligro para el sujeto, pues cuando alcanza una cierta intensidad llega a paralizar toda acción de defensa, impidiendo incluso la fuga. Generalmente, la reacción a un peligro es un compuesto de sentimiento de angustia y acción defensiva. El animal asustado experimenta angustia y huye; pero únicamente la fuga responde a un fin, mientras que la angustia carece de él en absoluto. Estas consideraciones nos inclinan a ver en la angustia algo incongruente y desprovisto de todo fin. Pero analizando la situación a que da origen, lograremos quizá formarnos una más exacta idea de su naturaleza. Lo primero que en tal situación observamos es que el sujeto se halla preparado a la aparición del peligro, circunstancia que se manifiesta en el incremento de la atención sensorial y de la tensión motriz. Este estado de espera y de preparación es incontestablemente favorable, y su falta traería consigo graves consecuencias para el sujeto.
De él se deriva, por una parte, la acción motora que va desde la fuga a la defensa activa, y por otra, aquello que experimentamos como un estado de angustia. Cuanto más restringido es el desarrollo de la angustia, más rápida y racionalmente se lleva a cabo la transformación del estado de preparación ansiosa en acción. Resulta, pues, que el estado de preparación ansiosa es útil y ventajoso mientras que el desarrollo de angustia se nos muestra siempre como perjudicial y contrario al fin. No me parece necesario entrar aquí en la discusión de si el lenguaje corriente designa o no con las palabras «angustia», «miedo» y «susto» la misma cosa. A mi juicio, la angustia se refiere tan sólo al estado, haciendo abstracción de todo objeto, mientras que en el miedo se halla precisamente concentrada la atención sobre una determinada causa objetiva. La palabra «susto» me parece, en cambio, poseer una significación especialísima y designar, sobre todo, el efecto de un peligro al que no nos hallábamos preparados por un previo estado de angustia. Puede decirse, por tanto, que el hombre se defiende contra el susto por medio de la angustia.
Resulta de todos modos que el uso corriente da a la palabra «angustia» una vaga e indeterminada significación susceptible de múltiples interpretaciones. La mayor parte de las veces se entiende por angustia el estado subjetivo provocado por la percepción del desarrollo de angustia, estado que se considera como de carácter afectivo. Ahora bien: ¿qué es lo que desde el punto de vista dinámico consideramos como un estado afectivo? Algo muy complicado. Un estado afectivo comprende, ante todo, determinadas inervaciones o descargas, y además ciertas sensaciones. Estas últimas son de dos clases: percepciones de acciones motoras realizadas, y sensaciones directas de placer y displacer que imprimen al estado afectivo lo que pudiéramos llamar su tono fundamental. No creo, sin embargo, que con estas consideraciones hayamos agotado todo lo que sobre la naturaleza de los estados afectivos puede decirse. En algunos de ellos creemos poder remontarnos más allá de estos elementos y reconocer que el nódulo en derredor del cual ha cristalizado la totalidad se halla constituido por la repetición de cierto suceso importante y significativo vivido por el sujeto. Este suceso puede no ser sino una impresión muy pretérita, de un carácter muy general, y perteneciente a la prehistoria de la especie y no a la del individuo. Para que me comprendáis mejor os diré que el estado afectivo presenta la misma estructura que la crisis de histeria, y es, como ella, el residuo de una reminiscencia. Podemos comparar, por tanto, la crisis de histeria a un estado afectivo individual de nueva formación y considerar el estado afectivo normal como la expresión de una histeria genérica que ha llegado a ser hereditaria.
No creáis que este conocimiento de los estados afectivos es patrimonio reconocido de la Psicología normal. Trátase, por lo contrario, del resultado exclusivo de las investigaciones psicoanalíticas. Lo que la Psicología nos dice sobre dichos estados, por ejemplo, la teoría de James-Lange, resulta para nosotros, psicoanalistas, tan incomprensible que ni siquiera podemos entrar a discutirlo. Sin embargo, he de hacer constar que tampoco nosotros nos hallamos plenamente seguros de la exactitud de nuestros conocimientos sobre esta materia. La labor de investigación que a ella hemos dedicado no constituye todavía sino un primer intento de orientarnos en tan oscuro dominio. Hecha esta advertencia, continuaré mi exposición. Creemos saber qué temprana impresión es la que reproduce el estado afectivo caracterizado por la angustia y nos decimos que el acto de nacer es el único en el que se da aquel conjunto de afectos de displacer, tendencias de descarga y sensaciones físicas que constituye el prototipo de la acción que un grave peligro ejerce sobre nosotros, repitiéndose en nuestra vida como un estado de angustia. La causa de la angustia que acompañó al nacimiento fue el enorme incremento de la excitación, incremento consecutivo a la interrupción de la renovación de la sangre (de la respiración interna). Resulta, pues, que la primera angustia fue de naturaleza tóxica.
La palabra «angustia» (del latín angustiae, estrechez; en alemán, Angst), hace resaltar precisamente la opresión o dificultad para respirar que en el nacimiento existió como consecuencia de la situación real y se reproduce luego casi regularmente en el estado afectivo homólogo. Es también muy significativo el hecho de que este primer estado de angustia corresponda al momento en que el nuevo ser es separado del cuerpo de su madre. Naturalmente, poseemos el convencimiento de que la predisposición a la repetición de este primer estado de angustia ha quedado incorporada a través de un número incalculable de generaciones al organismo humano, de manera que ningún individuo puede ya escapar a dicho estado afectivo, aunque, como el legendario Macduff, haya sido «arrancado de las entrañas de su madre»; esto es, aunque haya venido al mundo de un modo distinto del nacimiento natural. En cambio, ignoramos cuál ha podido ser el prototipo del estado de angustia en animales distintos de los mamíferos y cuál es el conjunto de sensaciones que en estos seres corresponde a nuestra angustia.
Tendréis quizá curiosidad por saber cómo hemos podido llegar a la idea de que es el acto del nacimiento el que constituye la fuente y el prototipo del estado afectivo caracterizado por la angustia. La especulación no ha contribuido casi en absoluto a tal hallazgo, pues en cierto modo fue el ingenuo pensamiento popular lo que orientó al mío en una tal dirección. Un día -hace ya muchos años- nos hallábamos reunidos en un restaurante varios jóvenes médicos de hospital y el interno de la sala de obstetricia nos relató una divertida anécdota de la que había sido testigo en los últimos exámenes de comadronas. Una de las aspirantes a este título, preguntada por lo que significaba la presencia de meconio en las aguas durante el parto, respondió sin vacilar que ello probaba que el niño experimentaba angustia. Esta respuesta hizo reír a los examinadores, y la alumna fue suspendida; mas, por lo que a mí respecta, tomé en silencio su partido y comencé a sospechar que la pobre mujer había tenido la justa intuición de una importantísima relación. Pasemos ahora a la angustia neurótica. ¿Cuáles son las nuevas manifestaciones y relaciones que la angustia nos muestra en estos enfermos? Sobre este tema hay mucho que decir. En primer lugar hallamos en los neuróticos un estado general de angustia, esto es, una angustia que podríamos calificar de flotante, dispuesta a adherirse al contenido de la primer representación adecuada. Esta angustia influye sobre los juicios del sujeto, elige las esperas y espía atentamente toda ocasión que pueda justificarla, mereciendo de este modo el calificativo de angustia de espera, o espera ansiosa, que hemos convenido en asignarle. Las personas atormentadas por esta angustia prevén siempre las eventualidades más terribles, ven en cada suceso accidental el presagio de una desdicha y se inclinan siempre a lo peor cuando se trata de un hecho o suceso inseguro.
La tendencia a esta espera de la desdicha es un rasgo de carácter propio de gran número de individuos que fuera de esto no presentan ninguna enfermedad, siendo considerados como gente de humor sombrío o pesimista. Pero cuando esta angustia de espera alcanza ya cierta intensidad, corresponde casi siempre a una afección nerviosa a la que he dado el nombre de neurosis de angustia y situado entre las neurosis actuales. Una segunda forma de la angustia presenta, inversamente a aquella que acabo de describir, conexiones más bien psíquicas y aparece asociada a determinados objetos y situaciones. Es ésta la angustia que caracteriza a las diversas «fobias» tan numerosas como singulares. El eminente psicólogo americano Stanley Hall se ha tomado recientemente el trabajo de presentarnos toda la serie de estas fobias bajo nuevos nombres griegos, relación que semeja la de las plagas de Egipto, con la diferencia de que el número de las fobias excede considerablemente de diez. Oíd todo lo que puede llegar a objeto o contenido de una fobia: la oscuridad, el aire libre, los espacios descubiertos, los gatos, las arañas, las orugas, las serpientes, los ratones, las tormentas, las puntas agudas, la sangre, los espacios cerrados, las multitudes humanas, la soledad, el paso por puentes, las travesías por mar, los viajes en ferrocarril, etc. Al intentar orientarnos en este caso, vemos la posibilidad de distinguir tres grupos.
Algunos de estos objetos o situaciones tienen algo de siniestros incluso para nosotros los normales, pues nos recuerdan un peligro, razón por la cual no nos parecen incomprensibles las fobias correspondientes, aunque sí exagerada su intensidad. Así, experimentamos casi todos un sentimiento de repulsión a la vista de las serpientes, hasta el punto de que puede decirse que esta fobia es generalmente humana. Carlos Darwin ha descrito de una manera impresionante la angustia que, aun hallándose protegido por un grueso cristal, experimentó a la vista de uno de estos reptiles que se dirigía hacia el. En un segundo grupo ordenamos los casos en los que existe todavía un peligro; pero tan lejano, que no acostumbramos normalmente tenerlo en cuenta. Sabemos, en efecto, que un viaje en ferrocarril puede exponernos a accidentes que evitaríamos permaneciendo en casa, y sabemos que el barco en que vamos puede naufragar, pero no por ello dejamos de viajar sin experimentar angustia ninguna ni pensar siquiera en tales peligros. Es igualmente cierto que caeríamos al agua si el puente que cruzamos se hundiese en aquel momento pero esto ocurre tan raras veces, que semejante idea no tiene por qué preocuparnos. También la soledad trae consigo determinados peligros y está justificado que procuremos evitarla en ciertas circunstancias, pero ello no quiere decir que no podamos, bajo ningún pretexto y en ninguna ocasión, soportarla un momento. Todo esto se aplica igualmente a las multitudes, a los espacios cerrados, a las tormentas, etc. Lo que en estas fobias de los neuróticos nos parece extraño, no es tanto su contenido como su intensidad. La angustia que causan es absolutamente incoercible. A veces llegamos a sospechar que, aunque los neuróticos declaran provocada su angustia por objeto y situaciones que en determinadas circunstancias pueden motivar igualmente la del hombre normal, no son en el fondo tales objetos y situaciones a los que su angustia es imputable.
Queda todavía un tercer grupo de fobias que escapan por completo a nuestra comprensión. Cuando vemos a un hombre maduro y robusto experimentar angustia al tener que atravesar una calle o una plaza de su ciudad natal, cuyos más ocultos rincones le son familiares, o vemos a una mujer de apariencia normal dar muestras de un insensato terror porque un gato ha rozado la fimbria de su falda o ha visto cruzar un ratón ante su paso, ¿cómo podemos establecer una relación entre la angustia del sujeto y un peligro que, sin embargo, existe evidentemente para él ? Por lo que respecta a las fobias que tienen por objeto determinados animales, es indudable que no puede tratarse de una exageración de antipatías generalmente humanas, pues tenemos la prueba contraria en el hecho de que numerosas personas no pueden pasar al lado de un gato sin llamarle ni acariciarle. El ratón, tan temido por las mujeres, ha prestado su nombre a una expresión cariñosa muy corriente, y se da el caso de que una muchacha a la que encanta oírse llamar «mi querido ratoncito» por su novio, grita horrorizada en cuanto ve a uno de los graciosos animalitos de este nombre. Por lo que respecta a los individuos que experimentan la angustia de las calles y plazas, no hallamos otro medio de explicar su estado sino diciendo que se conducen como niños. La educación trata de hacer comprender al niño que tales situaciones constituyen un peligro para él, que, por tanto, no debe afrontarlas yendo solo. De igual manera se conducen los agoráfobos, que, incapaces de atravesar sin compañía una calle, no experimentan la menor angustia cuando alguien cruza con ellos.
Las dos formas de angustia que acabamos de describir, esto es, la angustia de espera, libre de toda conexión, y la angustia asociada a las fobias, son independientes una de otra. No puede decirse que una de ellas represente una fase muy avanzada de la otra, y sólo de un modo excepcional y como accidental aparecen alguna vez conjuntamente. El más intenso estado de angustia general no se manifiesta fatalmente por medio de fobias y, en cambio, personas cuya vida se halla envenenada por la agorafobia, permanecen totalmente exentas de la angustia de espera, fuente de pesimismo. Se ha demostrado que determinadas fobias, tales como la del espacio, la del ferrocarril, etc., no se adquieren más que en la edad madura, constituyendo una grave enfermedad, mientras que otras, tales como la de la oscuridad, la de los animales y la de la tormenta, pueden existir desde los primeros años de la vida y pasan como singularidades o extravagancias del sujeto. Cuando un individuo presenta una fobia de este último grupo, podemos sospechar justificadamente que posee todavía otras más del mismo género. Debo añadir que situamos todas estas fobias en el cuadro de la histeria de angustia; esto es, que las consideramos como enfermedades muy afines a la histeria de conversión.
La tercera forma de la angustia neurótica nos plantea un enigma presentando una absoluta carencia de relación entre la angustia y un peligro cuya amenaza la justifique. En la histeria, por ejemplo, acompaña esta angustia a los demás síntomas histéricos o surge en una excitación cualquiera que nos hacia esperar una manifestación afectiva, pero no la de la angustia. Por último, puede también producirse sin causa ninguna aparente y en una forma incomprensible, tanto para nosotros como para el enfermo, constituyendo un acceso espontáneo y libre, sin que exista peligro alguno o pretexto de peligro cuya exageración pudiera haberlo provocado. En el curso de estos accesos espontáneos comprobamos que el conjunto al que damos el nombre de estado de angustia es susceptible de disociación. El acceso puede ser reemplazado en su totalidad por un único pero muy intenso síntoma -temblores, vértigos, palpitaciones u opresión-, faltando o apareciendo apenas marcado aquel sentimiento general característico de la angustia. Y sin embargo, estos estados, a los que damos el nombre de «equivalentes de la angustia», deben ser asimilados a ella desde todos los puntos de vista, tanto clínicos como etiológicos.
Surgen aquí dos interrogaciones: ¿existe un enlace cualquiera entre la angustia neurótica, en la que el peligro no desempeña papel ninguno o sólo mínimo, y la angustia real, que es siempre y esencialmente una reacción a un peligro? ¿Y cómo hemos de comprender esta angustia neurótica? Quisiéramos, ante todo, salvar el principio de que cada vez que esta angustia se presenta debe de existir algo que la provoca. La observación clínica nos proporciona un cierto número de elementos susceptibles de ayudarnos a comprender la angustia neurótica, elementos cuya significación quiero analizar ante vosotros.
a) No es difícil establecer que la angustia de espera o estado de angustia general depende íntimamente de ciertos procesos de la vida sexual, o más exactamente, de ciertas aplicaciones de la libido. El caso más sencillo e instructivo de este género es el de las personas que se exponen a una excitación frustrada; es decir, aquellas en las que violentas excitaciones sexuales no hallan una derivación suficiente ni llegan a un término satisfactorio. Tal es, por ejemplo, el caso de los hombres durante los noviazgos y de las mujeres cuyos maridos no poseen una potencia sexual normal o abrevian o hacen abortar, por precaución, el acto sexual. En estas circunstancias desaparece la excitación libidinosa para dejar paso a la angustia, tanto en la forma de angustia de espera como en las de accesos o sus equivalentes. La interrupción del acto sexual, como medida preventiva del embarazo de la mujer, constituye, cuando se convierte en régimen sexual normal, una frecuentísima causa de neurosis de angustia, sobre todo en las mujeres, hasta el punto de que siempre que nos hallamos ante un caso de este género habremos de pensar, ante todo, en la posibilidad de una tal etiología. Procediendo así tendremos numerosas ocasiones de comprobar que la neurosis de angustia desaparece en cuanto el sujeto renuncia a la restricción sexual.
La relación existente entre esta restricción y los estados de angustia ha sido reconocida incluso por medios ajenos al psicoanálisis, pero también se ha intentado subvertirla alegando que las personas que la practican son precisamente aquellas que poseen una previa disposición a la angustia. Esta hipótesis queda, sin embargo, desmentida en forma categórica por la actitud de la mujer, cuya actuación sexual es de naturaleza esencialmente pasiva, siendo el hombre quien la determina y dirige. Cuanto más ardiente sea el temperamento de una mujer, y sea ésta, en consecuencia, más inclinada a las relaciones sexuales y más capaz de hallar en ellas una amplia satisfacción, más enérgicamente reaccionará al coitus interruptus por manifestaciones de angustia, reacción que no tendrá, en cambio, efecto en las mujeres atacadas de anestesia sexual o poco libidinosas. La abstinencia sexual, tan calurosamente preconizada en nuestros días por los médicos, no favorece, naturalmente, la producción de estados de angustia más que en aquellos casos en los que la libido, privada de derivación satisfactoria, alcance un cierto grado de intensidad y no queda descargada en su mayor parte por la sublimación. El curso del estado patológico depende siempre de factores cuantitativos. Pero aun en aquellos casos en los que no se trata de una enfermedad, sino tan sólo del carácter personal del sujeto, observamos sin esfuerzo que la restricción sexual es propia de individuos de carácter indeciso y asustadizo, resultando incompatible, en cambio, con la intrepidez y la osadía. Por diversas que sean las restricciones y complicaciones que las numerosas influencias de la vida civilizada pueden imponer a estas relaciones entre el carácter y la vida sexual, nunca deja de comprobarse que la angustia y la restricción sexual son directamente proporcionales.
No os he comunicado aún la totalidad de las observaciones que confirman esta relación entre la libido y la angustia. Entre ellas está la referente al influjo ejercido en la producción de las enfermedades caracterizadas por la angustia por aquellas fases de la vida que, como la pubertad y la menopausia, favorecen la exaltación de la libido. En ciertos estados de excitación puede también observarse directamente la combinación de angustia y de libido y la sustitución final de ésta por aquélla. De tales hechos sacamos una doble impresión: ante todo, nos parece observar que se trata de una acumulación de libido, cuyo curso normal es obstruido, y en segundo lugar, que los procesos a los que asistimos son únicamente de naturaleza somática. En un principio no vemos cómo la angustia nace de la libido y sólo comprobamos que ésta ha desaparecido y que su lugar ha sido ocupado por la angustia.
b) El análisis de las psiconeurosis, y más esencialmente el de la histeria, nos proporciona otra indicación importantísima. Sabemos ya que en esta enfermedad aparece con frecuencia la angustia acompañando a los síntomas, pero observamos también una angustia independiente de los mismos y que se manifiesta como un estado permanente o en forma de accesos. Los enfermos no saben decir por qué experimentan angustia, y a consecuencia de una elaboración secundaria fácil de observar enlazan su estado a las fobias más corrientes, tales como las de la muerte, de la locura o de un ataque de apoplejía. Cuando analizamos la situación que ha engendrado la angustia o los síntomas a que acompaña, llegamos casi siempre a descubrir la corriente psíquica normal que no ha alcanzado su fin y ha sido reemplazada por el fenómeno de angustia. O para expresarnos de otra manera: volvemos a construir el proceso inconsciente como si no hubiera sufrido una represión y hubiese proseguido sin obstáculo su desarrollo hasta llegar a la conciencia. Este proceso hubiera sido acompañado por un cierto estado afectivo, y nos sorprende comprobar que este estado afectivo, concomitante a la evolución normal, es siempre sustituido, después de la represión, por angustia, cualquiera que sea su calidad propia. Así, pues, cuando nos hallamos en presencia de un estado de angustia histérica, tenemos derecho a suponer que su complemento inconsciente se halla constituido por un sentimiento de la misma naturaleza -angustia, vergüenza, confusión- , por una excitación positivamente libidinosa o por un sentimiento hostil y agresivo, como el furor o la cólera. La angustia constituye, pues, la moneda corriente por la que se cambia o pueden cambiarse todas las excitaciones afectivas cuando su contenido de representaciones ha sucumbido a la representación.
c) Un tercer dato nos es proporcionado por el examen de aquellos enfermos que ejecutan actos obsesivos, enfermos a los que la angustia respeta en absoluto mientras obedecen a su obsesión. Pero cuando intentamos impedirles la realización de dichos actos -abluciones, ceremoniales, etc.-, o cuando por si mismos se atreven a renunciar a ellos, experimentan una terrible angustia que los obliga a ceder de nuevo en su enfermedad. Comprendemos entonces que la angustia se hallaba disimulada detrás del acto obsesivo y que éste no era llevado a cabo sino como un medio de sustraerse a ella. Así, pues, si la angustia no se manifiesta al exterior en la neurosis obsesiva, es por haber sido reemplazada por los síntomas. En la histeria hallamos también una idéntica relación como resultado de la represión, apareciendo la angustia aisladamente o acompañando a los síntomas, o produciéndose un conjunto de síntomas más completo y carente de angustia. Podemos, pues, decir de una manera abstracta que los síntomas no se forman sino para impedir el desarrollo de la angustia, que sin ellos sobrevendría inevitablemente. Esta concepción sitúa la angustia en el centro mismo del interés que nos inspiran los problemas relativos a las neurosis.
Nuestras observaciones sobre las neurosis de angustia nos llevaron a la conclusión de que la desviación de la libido de su aplicación normal, desviación que engendra la angustia, constituye el resultado final de procesos puramente somáticos. El análisis de la histeria y de las neurosis obsesivas nos ha permitido completar esta conclusión, mostrándonos que desviación y angustia pueden resultar igualmente de una negativa a intervenir de los factores psíquicos. A esto se reducen todos nuestros conocimientos sobre la génesis de la angustia neurótica, sin que veamos tampoco, por ahora, medio posible de ampliarlos. Otro de los problemas que nos habíamos propuesto esclarecer, esto es, el de fijar las conexiones existentes entre la angustia neurótica resultante de una aplicación anormal de la libido y la angustia real que corresponde a una reacción a un peligro, parece aún más intrincado. Experimentamos la impresión de que se trata de cosas completamente heterogéneas, pero no poseemos medio alguno que nos permita distinguir en nuestra sensación estas dos angustias una de otra. Sin embargo, tomando como punto de partida nuestra afirmación -tantas veces repetida- de la existencia de una oposición entre el yo y la libido, acabamos por descubrir la conexión buscada. Sabiendo que el desarrollo de angustia es la reacción del yo ante el peligro y constituye la señal para la fuga, nada puede impedirnos admitir, por analogía, que también en la angustia neurótica busca el yo escapar a las exigencias de la libido y se comporta con respecto a este peligro interior del mismo modo que si de un peligro exterior se tratase. Este punto de vista justificaría la conclusión de que siempre que existe angustia hay algo que la ha motivado; pero aún podemos llevar más allá el paralelo iniciado. Del mismo modo que la tendencia a huir ante un peligro exterior queda anulada por la decisión de hacerle frente y la adopción de las necesarias medidas de defensa, así también es interrumpido el desarrollo de angustia por la formación de síntomas.
Pero el deseado esclarecimiento de las relaciones existentes entre la angustia y los síntomas tropieza ahora con una nueva dificultad. La angustia, que significa una huida del yo ante su libido, es, sin embargo, engendrada por esta última. Este hecho, que dista mucho de ser evidente, es, sin embargo, real, y nos recuerda la necesidad de no olvidar que la libido de una persona es algo inherente a la misma y no puede oponerse a ella como un factor externo. Lo que aún permanece oscuro para nosotros es la dinámica tópica del desarrollo de la angustia, o sea la cuestión de saber cuáles son las energías psíquicas gastadas en estas ocasiones y cuáles los sistemas psíquicos de que provienen. No me es posible prometeros una solución definitiva de estas interrogaciones; pero llamando en auxilio de nuestra labor especulativa a la observación directa y a la investigación psicoanalítica, procederemos al examen de dos interesantes cuestiones susceptibles de proporcionarnos algún esclarecimiento: la génesis de la angustia en los niños y la procedencia de la angustia neurótica asociada a las fobias. La angustia infantil es algo muy frecuente, resultando harto difícil diagnosticar si se trata de angustia neurótica o real y quedando incluso anulado el valor de esta diferenciación por la actitud del niño. No nos asombra, en efecto, que el niño experimente angustia al hallarse ante personas, situaciones y objetos que le son desconocidos, y nos explicamos esta reacción por su debilidad y su ignorancia. Le atribuimos, pues, una intensa tendencia a la angustia real, tendencia que no tendríamos inconveniente en considerar como innata, a título de predisposición hereditaria. Siendo así, no haría el niño sino reproducir la actitud del hombre primitivo, que por su ignorancia y falta de medios de defensa hubo de experimentar angustia ante todo aquello que resultaba nuevo para él.
Aún hoy en día hallamos esta actitud en los salvajes, a los cuales inspiran el más profundo terror cosas familiares ya para el hombre civilizado e incapaces de provocar en él la menor angustia. No nos extrañaría, por tanto, descubrir que por lo menos una parte de las fobias infantiles son idénticas a las que podemos suponer que padecía el hombre primitivo. Por otro lado, no podemos menos de advertir que no todos los niños se hallan sujetos a la angustia en la misma medida, y que aquellos que manifiestan una angustia particular ante toda clase de objetos y de situaciones, son precisamente los futuros neuróticos. La disposición neurótica se traduce, pues, también en una tendencia acentuada a la angustia real, mostrándose la angustia como el estado primario e imponiéndose la conclusión de que si el niño, y más tarde el adulto, experimentan angustia ante la intensidad de su libido, es por hallarse predispuesto a angustiarse por todo. Esta conclusión nos llevaría a negar que la angustia pueda ser un producto de la libido, y tomándola como punto de partida de una investigación de las condiciones de la angustia real, llegaríamos a la teoría de que la causa primera de la neurosis no es otra que la conciencia de la propia debilidad e impotencia -o el sentimiento de inferioridad, según término de A. Adler- cuando esta conciencia persiste en el sujeto más allá de la época infantil.
Todo el razonamiento que antecede parece tan sencillo como atractivo, mas su único resultado sería el de desplazar el enigma de la nerviosidad. La persistencia del sentimiento de inferioridad y, por consiguiente, de la condición de la angustia y de la formación de síntomas, nos parece algo tan seguro e inevitable, que si aceptásemos la teoría antes expuesta, lo enigmático y necesitado de explicación no sería la nerviosidad, sino lo que consideramos como estado de salud normal. Pero la observación directa de la angustia infantil nos revela que al principio sólo la presencia de personas extrañas es susceptible de provocar este estado en el niño, el cual no experimenta, en cambio, sensación angustiosa ninguna en situaciones en las que tales personas no intervienen.
Por lo que respecta a los objetos, únicamente más tarde comienzan a ser susceptibles de provocar dicha sensación en el infantil sujeto. Pero si el niño experimenta angustia a la vista de personas extrañas, no es porque les atribuya malas intenciones ni porque, comparando su propia debilidad a la potencia de las mismas, vea en ellas un peligro para su existencia, su seguridad y su euforia. Este tipo del niño desconfiado, que vive con el constante temor de una agresión, y al que todo parece hostil, no pasa de ser una equivocada construcción teórica. Es mucho más exacto afirmar que si el niño se asusta a la vista de rostros extraños, es porque espera siempre ver el de su madre, persona familiar y amada, y la tristeza y decepción que experimenta se transforman en angustia. Trátase pues, de una libido que se hace inutilizable, y que no pudiendo ser mantenida en suspensión, halla su derivación en la angustia. No constituye, ciertamente, una casualidad el que en esta situación característica de la angustia infantil se encuentre reproducida la condición del primer estado de angustia que acompaña al acto del nacimiento, o sea a la separación de la madre.
Las primeras fobias de situaciones que observamos en el niño son las que se refieren a la oscuridad y la soledad. La primera persiste a veces durante toda la vida, y la ausencia de la persona amada que cuida al niño, esto es, de la madre, es común a ambas. Un niño, angustiado por hallarse en la oscuridad, se dirige a su tía, que se encuentra en una habitación vecina, y le dice: «Tía, háblame; tengo miedo.» «¿Y de qué te sirve que te hable, si de todas maneras no me ves?» «Hay más luz cuando alguien habla», responde el niño. La tristeza que se experimenta en la oscuridad se transforma de este modo en angustia ante la oscuridad. Por tanto, resulta inexacto afirmar que la angustia neurótica es un fenómeno secundario y un caso especial de la angustia real, pues la observación directa del niño nos muestra algo que, conduciéndose como angustia real, tiene con la angustia neurótica un esencialísimo rasgo común: la procedencia de una libido inempleada. El niño no parece hallarse sujeto a la verdadera angustia real sino en un mínimo grado. En todas las situaciones que pueden convertirse más tarde en condiciones de fobias, tales como la altura, el viaje en ferrocarril o en barco, etc., no manifiesta el niño angustia ninguna, hallándose tanto más protegido contra ella cuanto mayor es su ignorancia. Hubiera sido deseable que hubiese recibido en herencia un mayor número de instinto de preservación de la vida, pues ello facilitaría extraordinariamente la labor de las personas encargadas de vigilarle e impedirle exponerse a peligros sucesivos. Pero en realidad el niño comienza por tener de sus fuerzas una idea exagerada, y se conduce sin experimentar angustia porque ignora el peligro. Corre al borde del agua, sube a las balaustradas de las ventanas, juega con objetos cortantes y con fuego; esto es, hace todo aquello que puede perjudicarle y preocupar a los que lo rodean. Sólo a fuerza de educación acaban los adultos por despertar en el niño la angustia real, pues, naturalmente, no puede permitirse que se instruya por experiencia personal.
Si hay niños que han experimentado la influencia de esta educación por la angustia en una medida tal que acaban por encontrar por sí mismos peligros de los que no se les ha hablado y contra los que no se les había puesto en guardia, ello depende de que su constitución trae consigo una necesidad libidinosa más pronunciada o de que desde muy temprano han contraído malas costumbres en lo que concierne a la satisfacción libidinosa. Nada de extraño tiene que estos niños lleguen a ser más tarde neuróticos, pues, como ya sabemos, lo que más facilita el nacimiento de una neurosis es la incapacidad de soportar durante un período de tiempo más o menos largo una considerable represión de la libido. Observaréis que en estas consideraciones reconoceremos toda la importancia del factor constitucional, importancia que, por otra parte, jamás hemos discutido. A lo que sí nos oponemos es a que se prescinda de los restantes factores, atendiendo únicamente al constitucional, o a que se sitúe a éste en primer término en aquellos casos en los que tanto la observación directa como el análisis demuestran que carecen de toda intervención o no desempeña sino un secundario papel.
Así, pues, la observación directa del estado de angustia en los niños nos ha llevado a las siguientes conclusiones: la angustia infantil no tiene casi ningún punto de contacto con la angustia real y se aproxima, por lo contrario, considerablemente a la angustia neurótica de los adultos. Como ésta, debe su origen a la libido inempleada y constituye el objeto erótico de que carece por un objeto o una situación exteriores. El análisis de las fobias no nos descubre ya grandes novedades, pues su desarrollo es idéntico al de la angustia infantil. La libido inempleada sufre en ellas una incesante transformación en angustia real aparente y el más mínimo peligro queda así capacitado para constituir un sustitutivo de las exigencias libidinosas. Esta concordancia entre las fobias y la angustia infantil no puede ya sorprendernos, pues las fobias infantiles no son únicamente el prototipo de aquellas otras más tardías que incluimos en el cuadro de la histeria de angustia, sino también su condición directa previa y su estado preliminar. Toda fobia histérica se remonta a una angustia infantil y la continúa aun cuando posea distinto contenido y deba, por tanto, recibir una diferente denominación. Las dos enfermedades no difieren entre sí más que desde el punto de vista del mecanismo. En el adulto no basta, para que la angustia se transforme en libido, el que ésta permanezca momentáneamente inempleada, pues el adulto ha aprendido hace ya mucho tiempo a mantener su libido en suspensión o a darle distinto empleo.
Pero cuando la libido forma parte de un proceso psíquico que ha sucumbido a la represión, reaparecen las circunstancias dadas anteriormente en el niño, el cual no sabía aún establecer diferencia alguna entre lo consciente y lo inconsciente y esta regresión hacia la fobia infantil proporciona a la libido un medio cómodo de transformarse en angustia. Recordáis, sin duda, cuán ampliamente hemos tratado en estas conferencias de la represión; pero nuestra labor sobre esta materia se ha dirigido siempre a perseguir los destinos de las representaciones que a dicho proceso sucumbían, por ser este punto el más fácil de dilucidar y exponer. En cambio, hemos dejado siempre a un lado lo referente a la suerte corrida por el estado afectivo asociado a la representación reprimida, y solamente ahora averiguamos que el primer destino de este estado afectivo consiste en sufrir la transformación en angustia, cualquiera que hubiese podido ser su cualidad en condiciones normales. Esta transformación del estado afectivo constituye la parte más importante del proceso de represión, pero también la más difícil de elucidar, dado que no podemos afirmar la existencia de estados afectivos inconscientes, del mismo modo que afirmamos la de representaciones de este orden. Las representaciones permanecen idénticas a sí mismas, sean o no conscientes, y podemos muy bien indicar lo que corresponde a una representación inconsciente. Pero un estado afectivo es un proceso de descarga y debe ser juzgado de muy distinta manera que una representación. Sin haber analizado y elucidado a fondo nuestras premisas relativas a los procesos psíquicos, no nos es posible indicar qué es lo que en lo inconsciente corresponde al estado afectivo. Es ésa además, una labor que no podemos emprender aquí, pero por lo pronto mantendremos nuestra hipótesis de que el desarrollo de la angustia se halla íntimamente enlazado al sistema de lo inconsciente.
Os indiqué antes que la transformación de angustia, o, más exactamente, la descarga bajo la forma de angustia, constituye el primero de los destinos reservados de la libido reprimida, y debo ahora añadir que no es éste ni su único destino ni su destino definitivo. En el curso de las neurosis aparecen procesos que tienden a obstruir este desarrollo de la angustia y lo logran de diferentes modos. En las fobias, por ejemplo, se distinguen claramente dos fases del proceso neurótico. La primera es la de la represión de la libido y su transformación en angustia, fase que queda ligada a un peligro exterior. Durante la segunda se van constituyendo todos los medios de defensa destinados a impedir un contacto con este peligro, que queda tratado como un hecho exterior. La represión corresponde a una tendencia de fuga del yo ante la libido considerada como un peligro; y así, pues, la fobia viene a constituir una especie de defensa contra el peligro exterior que reemplaza ahora a la temida libido. La falta de resistencia del sistema de defensa empleado en las fobias depende de que la fortaleza, inexpugnable desde el exterior, no lo es, en cambio, desde el interior. La proyección al exterior del peligro representado por la libido no puede jamás conseguirse de una manera perfecta, y por esta razón existen en las demás neurosis otros sistemas de defensa contra el posible desarrollo de la angustia. Es éste un capítulo muy interesante de la psicología de la neurosis, pero desgraciadamente no podemos abordarlo en estas lecciones, pues además de que nos llevaría muy lejos, se trata de materias cuya comprensión exige conocimientos especiales muy profundos. Por tanto, me limitaré a añadir a lo ya expuesto una única observación. Os he hablado de una contracarga a la que el yo recurre en los casos de represión, carga que se halla obligado a mantener sin solución de continuidad para que la represión perdure. Pues bien: esta misma defensa es la que tiene a su cargo la creación de los diversos medios de protección contra el desarrollo de angustia subsiguiente al proceso represor.
Pero volvamos a las fobias. Creo haberos demostrado que, interesándonos tan sólo por su contenido y limitándonos a investigar por qué un objeto o una situación llegan a convertirse en objeto de una fobia, no nos es posible llegar más que a un deficientísimo conocimiento de estos singulares fenómenos. El contenido de una fobia es a la misma, aproximadamente, lo que al sueño su fachada manifiesta. Bajo determinadas reservas, podemos admitir que entre tales contenidos existen algunos que, como lo ha demostrado Stanley Hall, se hallan capacitados desde luego por herencia filogénica para convertirse en objeto de angustia, hipótesis confirmado por el hecho de que muchos de estos objetos no presentan con el peligro sino relaciones puramente simbólicas. Las consideraciones que anteceden nos han revelado la esencial importancia que en la psicología de la neurosis presenta el problema de la angustia y nos han mostrado la estrecha relación existente entre el desarrollo de angustia, la libido y el sistema de lo inconsciente. Sólo una laguna observamos aún en nuestra teoría: la relativa al hecho- difícilmente contestable -de tener que admitir la angustia real como una manifestación de los instintos de conservación del yo.
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