| Señoras y señores: Después del considerable avance que con las últimas conferencias hemos dado a nuestra labor expositiva, quiero abandonar por un momento la materia para dirigirme directamente a vosotros. Sé, desde luego, que os halláis descontentos. Os habéis formado una idea distinta de lo que debía ser una «Introducción al Psicoanálisis», y no esperabais oír la exposición de una teoría, sino la de una serie de ejemplos extraídos de la vida real. Me diréis asimismo que en una ocasión, cuando os expuse el paralelo anecdótico titulado En el bajo y en el principal, llegasteis a comprender, sin esfuerzo, algo de la etiología de las neurosis, pero que lamentáis que se tratase de una anécdota imaginativa y no de una observación real. Igualmente, cuándo al principio de esta serie de conferencias os di a conocer dos interesantes casos clínicos, revelándoos, en cada uno de ellos, la relación de los síntomas con la vida del enfermo y haciéndoos asistir después a la desaparición de dichos síntomas, pudisteis ver con toda claridad el «sentido» de los mismos. Esperabais, pues, verme perseverar en este camino; pero, por el contrario, me he dedicado a desarrollar ante vosotros extensas y complicada teorías, nunca completas, manejando conceptos en cuyo conocimiento no os había aún hecho penetrar, pasando de la concepción descriptiva a la concepción dinámica y de ésta a la «económica», y dejándoos en la duda de si cada uno de los términos técnicos por mí empleados correspondía a una noción distinta o si existían algunos que, poseyendo idéntico significado, no eran aplicados alternativamente sino por razones eufónicas. Por último, os he presentado puntos de vista tan vastos como los del principio del placer, el principio de la realidad y el patrimonio hereditario filogénico, y en lugar de mostraros el acceso a una disciplina, he hecho desfilar ante vosotros algo que a medida que yo lo iba evocando se alejaba de vuestra inteligencia.
¿Por qué no he iniciado la introducción a la teoría de las neurosis por la exposición de aquello que sobre ellas os es ya conocido y ha suscitado desde hace largo tiempo vuestro interés? ¿Por qué no he comenzado por hablaros de la naturaleza particular de los neuróticos, de sus incomprensibles reacciones a la vida de relación social y a las influencias exteriores, de su irritabilidad y de su falta de previsión y adaptación? ¿Por qué no os he conducido poco a poco desde la inteligencia de las formas simples, que pueden observarse todos los días, a la de los problemas relacionados con las manifestaciones más extremas y enigmáticas de la neurosis? Reconozco lo acertado de estas vuestras observaciones, y no tengo la pretensión de presentaros los defectos de mi arte expositiva como méritos particulares de la misma. Llegaré incluso a concederos que una distinta forma de exposición hubiera sido quizá más provechosa para vosotros, y en realidad mi intención era la de seguir un diferente sistema en estas lecciones; pero no siempre resulta fácil realizar nuestros propósitos, por razonables que sean, pues la materia misma que de desarrollar se trata impone un determinado curso y nos desvía de nuestras primeras intenciones.
Incluso una labor tan sencilla, aparentemente, como la de ordenar un material que conocemos a fondo no depende siempre de nuestra exclusiva voluntad, sino que va realizándose por sí misma, dejándonos reducidos a investigar, a posteriori, por qué en nuestra exposición han ido ordenándose los materiales en una forma dada, con preferencia a otra cualquiera. En nuestro caso, una de las razones a que quizá obedece el curso seguido es la de que el título de «Introducción al Psicoanálisis» no resulta ya apropiado para la parte de nuestra exposición referente a las neurosis. La introducción al psicoanálisis se contrae más bien al estado de los actos fallidos y los sueños, pues la teoría de las neurosis constituye ya el psicoanálisis mismo. De todos modos, no creo que me hubiera sido posible daros a conocer en tan poco tiempo el contenido de la teoría de las neurosis empleando una forma menos sintética y condensada.
Se trataba de daros una idea de conjunto del sentido y de la importancia de los síntomas y del mecanismo y condiciones interiores y exteriores de su formación, y esto es lo que he intentado conseguir en mis explicaciones, pues ello constituye por el momento el nódulo de lo que el psicoanálisis puede enseñaros, aunque todavía nos queda mucho que decir sobre la libido y su desarrollo y también sobre el desarrollo del yo. Las premisas de nuestra técnica y las nociones de lo inconsciente y de la represión (de la resistencia) nos son ya conocidas, por lo que sobre ellas os expuse en mi primera serie de conferencias. Más adelante, en una de las próximas lecciones, os señalaré la dirección en que la labor psicoanalítica continúa su progreso orgánico. Por lo pronto, no os he ocultado que todas nuestras deducciones no han sido extraídas sino de un solo grupo de afecciones nerviosas: esto es, de las llamadas neurosis de transferencia, y que incluso al analizar el mecanismo de la formación de síntomas me he atenido exclusivamente a la neurosis histérica. Resulta, pues, que, aun suponiendo que no haya logrado con mi exposición haceros adquirir un sólido y detallado conocimiento de estas materias, siempre os habré dado una exacta idea de los medios con los que el psicoanálisis labora, de los problemas que se plantea y de los resultados que he obtenido.
He supuesto que hubierais deseado verme comenzar la exposición de las neurosis por la descripción de la conducta de los sujetos neuróticos ante la vida, de los sufrimientos que su enfermedad les causa y de la forma en que se defienden contra ella o a ella se adaptan. Es ésta, desde luego, una materia interesante, instructiva y nada difícil de exponer, pero hubiera sido peligroso comenzar por ella. De hacerlo así, habríamos corrido el peligro de no llegar a descubrir lo inconsciente, dejar pasar inadvertida la gran importancia de la libido y apreciar los hechos de un modo idéntico a como lo hace el yo del enfermo, al cual no podemos considerar como juez imparcial, pues siendo el yo el poder que niega lo inconsciente y lo reprime, no está capacitado para formular un juicio equitativo. Entre los objetos reprimidos, figuran en primera línea las exigencias sexuales rechazadas, y, por tanto, no podremos nunca formarnos una idea de su magnitud e importancia ateniéndonos al concepto de que de ellos posee el yo. Desde el momento en que descubrimos el proceso de la represión, vemos la imposibilidad de aceptar como juez del litigio a ninguna de las dos partes litigantes, y mucho menos a la que aparece como victoriosa. Sabemos ya, en efecto, que todo lo que el yo podría decirnos habría de inducirnos en error. Si hemos de creer sus manifestaciones, fue siempre y en toda ocasión activo, habiendo creado, por propia voluntad, sus síntomas. Pero nos consta que muchas veces hubo de mantenerse en absoluta pasividad, actitud que trata de ocultar a nuestros ojos, aunque algunas veces -así, en las neurosis obsesivas- no consiga ni siquiera iniciar tal intento y se vea obligado a confesar la existencia de fuerzas extrañas que se le imponen y contra las que le cuesta enorme esfuerzo defenderse.
Aquellos que sin desalentarse ante estas advertencias acepten como verdaderas las falsas indicaciones del yo, eludirán con gran facilidad todos los obstáculos que se oponen a la interpretación psicoanalítica de lo inconsciente, de la sexualidad y de la pasividad del yo, y podrán afirmar, como lo hace A. Adler, que el carácter «neurótico» es la causa de la neurosis y no su efecto, pero no podrán explicar el menor detalle de la formación de síntomas ni interpretar el sueño más insignificante. Vais a preguntarme si no sería posible reconocer la parte que corresponde al yo en los estados neuróticos y en la formación de síntomas sin dejar de lado, de una manera demasiado flagrante, los factores descubiertos por el psicoanálisis. Interrogación a la que os responderé que ello debe ser ciertamente posible y llegará un día en que se realice, pero que dada la orientación seguida por nuestra disciplina, no debe ser ésta su labor inicial. Lo que sí podemos es predicar el momento en que el psicoanálisis habrá de dedicarse a ella. Existen neurosis en las que el yo participa con mucha mayor intensidad que en aquellas que hemos estudiado hasta el momento. Son éstas las neurosis que denominamos «narcisistas», cuyo examen analítico nos permitirá determinar con toda certidumbre e imparcialidad la participación del yo en la participación de las afecciones neuróticas.
Existe, sin embargo, una determinada relación del yo con su neurosis, que por su evidencia podemos ya desde un principio tomar en consideración. No parece faltar en ningún caso; pero donde con mayor precisión se nos muestra es en una enfermedad a cuya inteligencia no hemos llegado aún: en la neurosis traumática. Habéis de saber que en la determinación y el mecanismo de todas las formas posibles de neurosis hallamos siempre la intervención de los mismos factores, variando únicamente la importancia de cada uno de ellos con respecto a la formación de síntomas. Sucede con estos elementos lo que con los actores de una compañía teatral, los cuales tienen marcado cada uno su empleo especial -galán, joven, graciosa, barba, etc.-; pero, llegado el día de su beneficio, escogen siempre un papel de naturaleza distinta. De este modo resulta que en la histeria se nos muestran con mayor evidencia que en ninguna otra neurosis las fantasías que se convierten en síntomas; en las neurosis obsesivas son las resistencias y las formaciones reaccionales lo que predomina en el cuadro sintomático; en la paranoia ocupa el primer lugar, a título de delirio, aquello que al estudiar los sueños calificamos de elaboración secundaria, y así sucesivamente.
Desde este punto de vista descubrimos en las neurosis traumáticas, y sobre todo en las provocadas por los horrores de la guerra, un móvil personal egoísta, utilitario y defensivo, que es incapaz de crear por sí solo la enfermedad, pero que contribuye a la aparición de la misma y la mantiene una vez surgida. Este motivo intenta proteger el yo contra los peligros cuya amenaza ha constituido la causa ocasional de la enfermedad y hará imposible la curación mientras que el enfermo no se halle garantizado contra el retorno de dichos peligros o no haya recibido una compensación por haberse expuesto a ellos. Tal interés del yo en el nacimiento y la persistencia de la neurosis no es privativo de los trastornos traumáticos, sino común a todas las dolencias neuróticas. Ya hube de indicaros que el yo coadyuva a la persistencia del síntoma, pues halla en éste algo que ofrece satisfacción a sus tendencias represoras. Además, la solución del conflicto por medio de la formación de síntomas es la más cómoda y mejor adaptada al principio del placer, pues ahorra al yo una penosa y considerable labor interna. Hay casos en los que incluso el mismo médico se ve obligado a convenir en que la neurosis constituye la solución más inofensiva, y desde el punto social, más ventajosa, de un conflicto, pronunciándose, por tanto, en favor de aquella misma enfermedad que ha sido llamada a combatir. No es esto cosa que deba asombrarnos sobre manera, pues el médico sabe que hay en el mundo otras miserias distintas de la enfermedad neurótica y otros sufrimientos quizá mas reales y todavía más rebeldes, y sabe también que la necesidad puede obligar a un hombre a sacrificar su salud cuando este sacrificio individual puede evitar una inmensa desgracia de la que sufrirían muchos otros. Si de este modo se ha podido decir que el neurótico se refugia en la enfermedad para escapar a un conflicto, hay que convenir en que en determinados casos se halla justificada esta fuga, y el médico, si se da cuenta de la situación, debería retirarse en silencio y con todos los respetos.
Pero hagamos abstracción de estos casos excepcionales. En los ordinarios, el hecho de refugiarse en la neurosis procura al yo una determinada ventaja de orden interno y naturaleza patológica, ventaja a la que en determinadas ocasiones se añade otra de orden exterior, cuyo valor real es muy variable. Tomemos el ejemplo más frecuente de este género. Una mujer a la que su marido maltrate y explote sin consideración alguna se refugiará en la neurosis cuando a ello coadyuve su constitución, cuando sea demasiado cobarde o demasiado honrada para mantener un secreto comercio con otro hombre, cuando no sea bastante fuerte para desafiar los prejuicios sociales y separarse de su marido, cuando no experimente el deseo de rehacer su vida o buscar un marido mejor y cuando, además, le impulse, a pesar de todo, su instinto sexual hacia su verdugo. La neurosis constituirá para esta mujer un arma defensiva y hasta un instrumento de venganza. De su matrimonio no le estaba permitido lamentarse y, en cambio, de su enfermedad puede hacerlo. Hallando en el médico un poderoso auxiliar, obliga a su marido, que en circunstancias normales no tenía para ella consideración ninguna, a respetarla, a hacer gastos considerables y a permitirse ausentarse de su casa y escapar por algunas horas a la tiranía conyugal. En los casos en que la ventaja exterior o accidental que la enfermedad procura de este modo al yo es considerable y no puede ser reemplazada por ninguna otra más real, el tratamiento de la neurosis corre el peligro de no tener eficacia alguna.
Vais a objetarme que estas ventajas procuradas por la enfermedad constituyen un argumento favorable a la concepción que antes rechazamos, y según la cual es el yo el que crea y quiere la neurosis. Nada de eso: los hechos que acabo de relataros no son, en todo caso, más que una prueba de que el yo se complace en la neurosis, y no habiendo podido evitarla, la utiliza del mejor modo posible. En la medida en que la neurosis presenta ventajas, el yo se acomoda a ella sin esfuerzo, pero al lado de tales ventajas existen también graves daños. Resulta así, generalmente, que el yo realiza un mal negocio dejándose sumir en la neurosis, pues paga demasiado cara la atenuación del conflicto y no consigue sino cambiar los sufrimientos que el mismo le infligía por las sensaciones de dolor inherentes a los síntomas, sensaciones que traen consigo una mayor magnitud de displacer. En esta situación intentará el yo desembarazarse de lo que los síntomas tienen de doloroso sin renunciar a las ventajas que saca de la enfermedad, pero todos sus esfuerzos serán baldíos, circunstancia demostrativa de que su actividad no es tan completa como él mismo suponía.
En el tratamiento de los neuróticos puede comprobarse sin dificultad que aquellos enfermos que más se lamentan de su padecimiento no son luego los que menores resistencias oponen a nuestra labor terapéutica. Más bien al contrario. Pero comprenderéis fácilmente que todo aquello que contribuye a aumentar las ventajas del estado patológico tiene que intensificar la resistencia de la represión y agravar las dificultades terapéuticas. A la ventaja que procura el estado patológico, y que nace, por decirlo así, con el síntoma, debemos añadir otra nueva que se manifiesta más tarde. Cuando una organización psíquica, tal como la enfermedad, se ha mantenido durante un cierto tiempo, acaba por comportarse como una entidad independiente, manifestando una especie de instinto de conservación y estableciendo un modus vivendi con los demás sectores de la vida psíquica, incluso con aquellos que en el fondo le son hostiles. De este modo encuentra siempre ocasión de mostrarse de nuevo útil y aprovechable, llegando a desempeñar una función secundaria muy apropiada para consolidar y proteger su existencia. A título de aclaración os expondré un ejemplo extraído de la vida cotidiana: un honrado obrero que gana su vida con su trabajo queda inválido a consecuencia de un accidente profesional. Imposibilitado ya para trabajar, ve asegurada en parte su existencia por la pequeña renta que le pasa el patrono a cuyo servicio se hallaba cuando le ocurrió el accidente, y aprende, además, a utilizar su desgracia para dedicarse a la mendicidad. Resulta, pues, que su actual vida miserable reposa sobre el mismo hecho que puso término a su honrado pasar anterior. Poniendo término a su invalidación, le quitaríais sus medios de subsistencia, y, por tanto, habréis primero de comprobar su capacidad para retornar a su antiguo trabajo. Aquello que en la neurosis corresponde a este aprovechamiento secundario de la enfermedad puede ser considerado como una ventaja secundaria que viene a añadirse a la primaria.
Sin embargo, he de advertiros de un modo general que no debéis estimar muy por bajo la importancia práctica de la ventaja procurada por el estado patológico, pero tampoco dejar que influya con exceso en la concepción teórica. Abstracción hecha de las excepciones antes reconocidas, nos recuerda esta ventaja los ejemplos de inteligencia de los animales que Oberländer ilustró en el Fliegende Blätter: Un árabe, montado en su camello, pasa por un estrecho sendero tallado en una abrupta montaña. En una revuelta del camino se halla de repente ante un león dispuesto a saltar sobre él. La montaña a un lado y al otro un abismo, cierran toda salida. No hay tampoco tiempo de volver grupas y huir del peligro. El árabe se ve perdido. Pero el camello, más inteligente, encuentra el medio de burlar al león, arrojándose con su jinete al abismo, donde ambos quedan destrozados. De este mismo género es la ayuda que al enfermo presta la neurosis. Es muy posible que la solución del conflicto por la formación de síntomas no constituya sino un proceso automático, estimulado por la inferioridad del individuo ante las exigencias de la vida y en el que el hombre renuncia a utilizar sus mejores y más elevadas energías. Pero si hubiera posibilidad de escoger, debería preferirse la derrota heroica; esto es, la consecutiva a un noble cuerpo a cuerpo con el Destino.
Debo exponeros todavía las demás razones por las que no he comenzado mi exposición de la teoría de las neurosis con la relativa al estado neurótico corriente. Creéis, quizá, que si he procedido así ha sido porque de otro modo hubiera encontrado más dificultades para establecer la etiología sexual de las neurosis. Nada de eso. En las neurosis de transferencia es necesario comenzar por la interpretación de los síntomas para poder llegar a tal etiología y, en cambio, en las formas ordinarias de las neurosis llamadas actuales, la importancia etiológica de la vida sexual aparece con particular evidencia. Hace ya más de veinte años que hube de llegar a esta conclusión al preguntarme por qué los médicos nos obstinamos en dejar a un lado, al examinar a nuestros enfermos nerviosos, su actividad sexual. Por aquel entonces sacrifiqué a estas investigaciones la simpatía de que gozaba cerca de los enfermos, pero no fue muy fácil comprobar que una vida sexual normal excluye toda posibilidad de contraer neurosis alguna de las llamadas actuales. Cierto es que esta afirmación borra las diferencias individuales y adolece de la vaguedad inherente al concepto de «lo normal»; pero, de todos modos, posee todavía un valor de orientación. En la época a que me estoy refiriendo llegué incluso a establecer relaciones específicas entre determinadas formas de nerviosidad y ciertas perturbaciones sexuales particulares, y estoy convencido de que hoy en día volvería a realizar idénticas observaciones si dispusiese de un análogo conjunto de enfermos que someter a observación. Con gran frecuencia llegué a comprobar que individuos limitados a una satisfacción sexual incompleta (por ejemplo, la masturbación manual), habían contraído una forma determinada de neurosis actual, y que esta forma era reemplazada por otra distinta cuando el sujeto adoptaba un régimen sexual diferente, aunque legalmente poco recomendable. De este modo me fue posible adivinar las transformaciones de la vida sexual del enfermo por los cambios y reflejos de su estado patológico y adquirí asimismo la costumbre de mantener mis hipótesis y perseverar hasta vencer la insinceridad del enfermo y arrancarle una completa confesión, aunque el resultado fuera que mis clientes me abandonasen para dirigirse a otros médicos que ponían menor insistencia en informarse sobre su vida sexual.
No pudo tampoco pasarme inadvertido que la etiología del estado patológico no se refería siempre, obligadamente, a la vida sexual. Unos sujetos enferman, en efecto, a consecuencia de una perturbación sexual; pero, en cambio, otros se ven atacados de una dolencia neurótica después de pérdidas pecuniarias importantes o de una grave enfermedad orgánica. La explicación de esta variedad no se nos ha mostrado sino más tarde, cuando comenzamos a entrever las relaciones recíprocas, hasta entonces solamente sospechadas, entre el yo y la libido, pero ha ido completándose y haciéndose cada vez más satisfactoria a medida que nuestro conocimiento de dichas relaciones ha ganado en profundidad. Para que una persona enferme de neurosis es necesario que su yo haya perdido la facultad de reprimir la libido en una forma cualquiera. Cuando más fuerte es el yo, más fácil le será llevar a cabo tales represiones. Toda debilitación de sus energías, cualquiera que sea la causa a que obedezca, traerá consigo efectos idénticos a los provocados por el exagerado crecimiento de las exigencias de la libido, y hará, por tanto, posible el nacimiento de una neurosis. Entre el yo y la libido existen todavía otras relaciones más íntimas, cuyo examen dejaremos para más adelante, pues carecen de conexión con el punto concreto de que nos ocupamos. Lo que por el momento resulta más importante e instructivo para nosotros es que en todos los casos, y cualquiera que sea el motivo ocasional de la enfermedad, son los síntomas proporcionados por la libido, circunstancia que testimonia de un aprovechamiento anormal de la misma.
Debo atraer ahora vuestra atención sobre la diferencia fundamental que existe entre los síntomas de las neurosis actuales y los correspondientes a las psiconeurosis, grupo este último al que pertenecen las neurosis de transferencia, cuyo estudio venimos realizando. En muchos casos se derivan los síntomas de la libido, constituyendo aprovechamientos anormales de la misma, a título de satisfacciones sustitutivas; pero los síntomas de las neurosis actuales -pesadez de cabeza, sensación de dolor, irritación de un órgano, debilitación o inhibición de una función- carecen de «sentido»; esto es, de significación psíquica. No sólo limitan al cuerpo su campo de exteriorización -conducta idéntica a la de los síntomas histéricos-, sino que constituyen procesos exclusivamente somáticos, en cuya génesis faltan todos aquellos complicados mecanismos psíquicos que antes examinamos. Corresponde, pues, en realidad, al concepto que durante mucho tiempo se ha tenido de los síntomas psicoanalíticos. Pero entonces, ¿cómo es posible que constituyan aprovechamientos de la libido, la cual es, como ya hemos visto, una fuerza psíquica? Muy sencillo. Permitidme evocar una de las primeras objeciones que se opusieron a nuestra disciplina. Decíase que el psicoanálisis perdía el tiempo queriendo establecer una teoría puramente psicológica de los fenómenos neuróticos, labor estéril por completo, dado que las teorías psicológicas no podrían jamás proporcionarnos la explicación de una enfermedad. Pero al esgrimir este argumento se olvidaba que la función sexual no es ni puramente psíquica ni puramente somática, sino que ejerce a la vez su influencia sobre la vida anímica y sobre la vida corporal. Si hemos reconocido en los síntomas de las psiconeurosis manifestaciones psíquicas de perturbaciones sexuales, no podemos ya asombrarnos de hallar en las neurosis actuales los efectos somáticos directos de dichas perturbaciones.
Para la concepción de estas últimas neurosis nos proporciona la clínica médica una preciosa indicación, que ha sido ya tomada en cuenta por diversos autores. Las neurosis actuales manifiestan en todos los detalles de su sintomatología, así como en su peculiar cualidad de influir sobre todos los sistemas orgánicos y sobre todas las funciones, una incontestable analogía en los estados patológicos ocasionados por la acción crónica de sustancias tóxicas exteriores o por la supresión brusca de las mismas, esto es, con las intoxicaciones y los estados de abstinencia. El parentesco entre estos dos grupos de afecciones resulta todavía más íntimo cuando se trata de estados patológicos que, como la enfermedad de Basedow, atribuimos a la acción de sustancias tóxicas no procedentes del exterior y ajenas al organismo, sino producto de los procesos químicos del soma. A mi juicio, nos impone estas analogías la conclusión de que las neurosis actuales son consecuencia de perturbaciones del metabolismo de las sustancias sexuales, sea que la producción de toxinas resulte superior a la que el individuo puede soportar, sea que determinadas condiciones internas o incluso psíquicas perturben el adecuado aprovechamiento de dichas sustancias.
La sabiduría popular ha profesado siempre estas ideas sobre la naturaleza del deseo sexual, diciendo que el amor es una «embriaguez», que el enamoramiento puede ser provocado por determinadas bebidas o «filtros», hipótesis con la que cambia el origen del agente, de endógeno en exógeno. Con este motivo podríamos recordar aquí la existencia de zonas erógenas y la afirmación de que la excitación sexual puede nacer en los más diversos órganos. Fuera de esto, el término «metabolismo sexual» o «quimismo de la sexualidad» es para nosotros un término sin contenido. No sabemos nada sobre tal materia ni podemos siquiera decidir si existen dos sustancias diferentes, a las que, respectivamente, calificaríamos de «masculina» y «femenina», o si se trata de una sola toxina sexual, causa de todas las excitaciones de la libido. El edificio teórico del psicoanálisis creado por nosotros no es, en realidad, sino una superestructura que habremos de asentar algún día sobre una firme base orgánica. Mas, por el momento, no tenemos posibilidad de hacerlo.
Lo que caracteriza al psicoanálisis como ciencia no es la materia de que trata, sino la técnica que emplea. Sin violentar su naturaleza, puede ser aplicada tanto a la historia de la civilización, a la ciencia de las religiones y a la Mitología como a la teoría de las neurosis. Su único fin y su única función consisten en descubrir lo inconsciente en la vida psíquica. Los problemas que se enlazan a las neurosis actuales, cuyos síntomas son, probablemente, consecuencia de lesiones tóxicas directas, no se prestan al estudio psicoanalítico, el cual no puede proporcionar ningún esclarecimiento sobre ellos y debe, por tanto, resignar esta labor en manos de la investigación medicobiológica. Si os hubiese prometido una «Introducción a la teoría de la neurosis», hubiese debido comenzar por las formas más simples de las neurosis actuales para llegar a las afecciones psíquicas más complicadas, consecutivas a las perturbaciones de la libido. Este hubiera sido, indudablemente, el orden más natural. A propósito de las primeras, hubiera debido presentaros todo aquello que nuestra labor de investigación nos ha descubierto, y una vez llegado a la psiconeurosis, os hubiera hablado del psicoanálisis como del medio técnico auxiliar más importante de todos aquellos de que disponemos para esclarecer estos estados. Pero mi intención era exponeros una «Introducción al Psicoanálisis», y siendo éste el título de mis conferencias, me interesaba mucho más daros una idea del psicoanálisis que haceros adquirir determinados conocimientos sobre la neurosis. Este propósito me dispensaba de colocar, en primer término las neurosis actuales, materia perfectamente estéril desde el punto de vista del psicoanálisis. Creo haber seguido de este modo el camino más ventajoso para vosotros, pues el psicoanálisis merece, por sus profundas premisas y sus múltiples relaciones, el interés de toda persona culta, y, en cambio, la teoría de las neurosis no es sino un capítulo de la Medicina, semejante a muchos otros.
Sin embargo, tenéis derecho a esperar que dediquemos también cierto interés a las neurosis actuales, y realmente nos hallamos obligados a hacerlo así, aunque no sea más que por las estrechas relaciones clínicas que con la psiconeurosis presentan. Por tanto, os diré que distinguimos tres formas puras de neurosis actuales: la neurastenia, la neurosis de angustia y la hipocondría. Esta división ha provocado, desde luego, numerosas objeciones. Los nombres que la constituyen son de uso corriente, pero las cosas que designan son indeterminadas e inciertas. Hay incluso médicos que se oponen a toda clasificación del mundo caótico de los fenómenos neuróticos y a todo establecimiento de unidades clínicas y de individualidades patológicas, llegando hasta rechazar la división en neurosis actuales y psiconeurosis. A mi juicio, van estos médicos demasiado lejos y no siguen el camino que conduce al progreso. Cierto es que estas formas de neurosis sólo raras veces se presentan aisladas, apareciendo casi siempre combinadas entre sí o con una afección psiconeurótica, pero esta circunstancia no nos autoriza a renunciar a su división. Pensad tan sólo en la diferencia que la Mineralogía establece entre la oritognosia y la geognosia. Los minerales son descritos como individuos, sin duda por la circunstancia de presentarse con frecuencia como cristales precisamente circunscritos y separados de lo que los rodea.
Las rocas, en cambio, se componen de conjuntos de minerales, cuya asociación, lejos de ser accidental, se halla determinada por las condiciones de su formación. Nuestra teoría de las neurosis no posee aún un suficiente conocimiento del punto de partida del desarrollo para construir algo análogo a la geognosia. Pero obramos seguramente con acierto comenzando por aislar de la totalidad las entidades clínicas que conocemos y que, por su parte, pueden ser comparadas a los minerales. Entre los síntomas de la neurosis actuales y los de la psiconeurosis existe una relación interesantísima que nos proporciona una importante contribución al conocimiento de la formación de los síntomas psiconeuróticos. Sucede, en efecto, que el síntoma de la neurosis actual constituye con frecuencia el nódulo y la fase preliminar del síntoma psiconeurótico. Esta relación se nos muestra con particular evidencia entre la neurastenia y aquella neurosis de transferencia a la que damos el nombre de histeria de conversión entre la neurosis de angustia y la histeria de angustia y entre la hipocondría y aquellas formas de que más adelante hablaremos, designándolas bajo el nombre de parafrenias (demencia precoz y paranoia).
Tomemos como ejemplo el dolor de cabeza o los dolores lumbares histéricos. El análisis nos demuestra que por la condensación y el desplazamiento han llegado a ser estos dolores una satisfacción sustitutiva de toda una serie de fantasías o recuerdos libidinosos. Pero hubo un tiempo en que eran reales, siendo un síntoma directo de una intoxicación sexual, o sea la expresión somática de una excitación libidinosa. No pretendemos que todos los síntomas histéricos contengan un nódulo de este género; pero, de todos modos, es éste un caso particularmente frecuente, y la histeria utiliza con gran preferencia, para la formación de sus síntomas, todas las influencias normales y patológicas que la excitación libidinosa ejerce sobre el soma. Desempeñan éstas entonces el papel de los granos de arena que las ostras perlíferas van recubriendo con su nacarada secreción. Los pasajeros signos de excitación sexual que acompañan al acto sexual son, igualmente, utilizados por la psiconeurosis como un apropiadísimo material para la formación de síntomas.
Existe aún otro análogo proceso que presenta un interés particular desde el punto de vista del diagnóstico y del tratamiento. En aquellas personas que, aunque predispuestas a la neurosis, no la han contraído aún, puede a veces una alteración somática patológica -por inflamación o lesión - despertar la elaboración de síntomas, convirtiéndose el síntoma proporcionado por la realidad en representante de todas las fantasías inconscientes que espiaban la primera ocasión de manifestarse. En los casos de este género puede el médico seguir los diferentes tratamientos: intentará suprimir la base orgánica sin cuidarse de las manifestaciones neuróticas que en ella se sustentan o, por el contrario, combatir la neurosis ocasionalmente surgida sin atender a la causa orgánica que le ha servido de pretexto. De la eficacia de cada uno de estos procedimientos podremos juzgar por los efectos que se obtengan, pero es muy difícil establecer reglas generales para estos casos mixtos.
|