| Señoras y señores: Hemos visto ya que la función de la libido pasa por un largo desarrollo hasta llegar a la fase llamada normal, o sea aquella en la que entra al servicio de la procreación. En la presente conferencia me propongo exponeros la significación que para la etiología de las neurosis posee esta circunstancia. Creo hallarme de completo acuerdo con las enseñanzas de la patología general, admitiendo que dicho desarrollo comporta dos peligros: el de inhibición y el de la regresión. Quiere esto decir que, dada la tendencia a variar, propia de los procesos biológicos, puede suceder que no todas las fases preparatorias transcurran con absoluta corrección y lleguen a su término definitivo, pues ciertas partes de la función pueden estancarse de una manera duradera en alguna de estas tempranas fases y obstruir así la marcha total del desarrollo.
Busquemos en otros dominios algún proceso análogo. Cuando todo un pueblo abandona los lugares en que habita para buscar nuevas tierras en que establecerse, hecho que se produjo frecuentemente en las épocas primitivas de la historia humana, no llega nunca en su totalidad al nuevo país. Aparte de otras causas de eliminación, debió de suceder, frecuentemente, que pequeños grupos o asociaciones de emigrantes se fueran fijando en diversos lugares del camino, mientras que el grueso del pueblo continuaba su marcha. O para elegir una comparación más próxima: las glándulas seminales de los mamíferos superiores, originariamente situadas en lo más profundo de la cavidad abdominal sufren en un momento dado de la vida intrauterina un desplazamiento que las transporta al extremo inferior del tronco y casi a flor de piel. A consecuencia de esta emigración, existe un gran número de individuos en los que una de dichas glándulas ha permanecido en la cavidad abdominal o se ha localizado definitivamente en el canal inguinal que ambas deben franquear normalmente, pudiendo suceder asimismo que este canal quede abierto en vez de cerrarse después del paso de las glándulas, como sucede en los casos normales.
En el primer trabajo científico que, siendo aún un joven estudiante, realicé bajo la dirección de Von Brücke, hube de ocuparme del origen de las raíces nerviosas posteriores de la médula en un pescado de forma aún muy arcaica, y hallé que las fibras nerviosas de dichas raíces emergían de grandes células situadas en la corteza posterior de la sustancia gris, circunstancia que no se observa ya en otros vertebrados. Pero no tardé en descubrir que tales células nerviosas aparecían también fuera de la sustancia gris y se extendían a lo largo de todo el trayecto que conduce hasta el ganglio llamado espinal de la raíz posterior, descubrimiento del que hube de deducir que las células de dichas masas ganglionares han emigrado de la médula espinal para situarse a lo largo del trayecto radicular de los nervios. Esta emigración ha sido confirmada por la historia de la evolución; pero en el pequeño pescado objeto de mi estudio aparecía de una manera evidente, pues el trayecto recorrido quedaba marcado por las células escalonadas en el camino. Un reflexivo examen de estas comparaciones os revelará los defectos de que adolecen y, por tanto, creo que lo mejor será exponeros ya directamente el pensamiento psicoanalítico sobre esta cuestión.
En toda tendencia sexual puede, a nuestro juicio, darse el caso de que algunos de los elementos que la componen permanezcan estancados en fases evolutivas anteriores, cuando otros han alcanzado ya el fin propuesto. Claro es que concebimos cada una de estas tendencias como una corriente que avanza sin interrupción desde el comienzo de la vida, y que al descomponerla, como lo hacemos, en varios impulsos sucesivos usamos de un procedimiento hasta cierto punto artificial. La impresión que, sin duda, experimentáis de que todas estas representaciones precisan de más amplio esclarecimiento es perfectamente justa; pero tal labor habría de llevarnos demasiado lejos. Me limitaré, pues, a indicaros por el momento que tal estancamiento de una tendencia parcial en una temprana fase del desarrollo es lo que hemos convenido en denominar técnicamente fijación.
El segundo peligro de tal desarrollo gradual es el de que aquellos elementos que no han experimentado fijación alguna emprenden, en cambio, una marcha retrógrada y vuelven así a fases anteriores, proceso al que damos el nombre de regresión, y que se verifica cuando una tendencia llegada ya a un avanzado estadio de su desarrollo tropieza en el ejercicio de su función, esto es, en el logro de la satisfacción que constituye su fin, con graves obstáculos exteriores. Todo hace creer que fijación y regresión no son independientes una de otra. Cuanto más considerable haya sido la fijación durante el curso del desarrollo, más dispuesta se hallará la función a eludir las dificultades exteriores por medio de la regresión, retrocediendo hasta los elementos fijados, y menos capacidad de resistencia poseerá, al llegar a puntos avanzados de su desarrollo, para vencer los obstáculos exteriores que se opongan a la definitiva perfección del mismo. Un pueblo que al emigrar vaya dejando en su camino fuertes destacamentos, retrocederá en su busca en cuanto sufra una derrota o tropiece con un enemigo superior, y al mismo tiempo tendrá tantas más probabilidades de ser derrotado y tener que recurrir a tal retirada cuanto mayores sean las fuerzas que ha dejado atrás.
Para la acertada inteligencia de las neurosis importa mucho no perder de vista esta relación entre la fijación y la regresión, pues poseemos en ella un importantísimo punto de apoyo para el examen que de la etiología de dichas afecciones nos proponemos emprender. Pero antes quiero deciros aún algunas palabras sobre la regresión. Dado nuestro conocimiento del desarrollo de la función de la libido, no os sorprenderá oír que existen dos clases de regresión: retorno a los primeros objetos que la libido hubo de revestir, objetos que, como ya sabemos, son de naturaleza incestuosa, y retroceso de toda la organización sexual a fases anteriores. Ambos géneros de regresión aparecen en las neurosis de transferencia y desempeñan en su mecanismo un importantísimo papel, observándose sobre todo, y con una monótona regularidad, el retorno a los primeros objetos de la libido. Aún podríamos ampliar considerablemente nuestras consideraciones sobre las regresiones de la libido si pudiéramos detenernos a examinar los procesos que de esta naturaleza se efectúan en otro grupo de neurosis -las llamadas narcisistas-, pero es ésta una labor que no entra por ahora en el cuadro de nuestros propósitos. Sólo os diré que estas afecciones nos revelan nuevos procesos evolutivos de la función de la libido y nos muestran, por tanto, nuevas especies de regresión.
Creo importante poneros sin más tardanza en guardia contra una posible confusión entre regresión y represión y ayudaros a obtener una precisa idea de las relaciones existentes entre ambos conceptos. Represión es -como sin duda recordáis- aquel proceso merced al cual un acto susceptible de devenir consciente y que, por tanto, forma parte del sistema preconsciente, deviene inconsciente y es retrotraído así a este último sistema. Hay también represión cuando el acto psíquico inconsciente no es siquiera admitido en el vecino sistema preconsciente, sino por el contrario, rechazado por la censura al llegar a los umbrales de la preconsciencia. No existe, pues, entre el concepto de represión y el de sexualidad relación alguna, hecho que os ruego no dejéis nunca de tener en cuenta. La represión es un proceso puramente psicológico, que caracterizaremos aún mejor calificándolo de tópico. Queremos con esto decir que posee una relación con nuestra metáfora de los compartimientos psíquicos o, renunciando a esta grosera representación auxiliar, con la estructura del aparato psíquico, constituido por varios sistemas diferentes.
La comparación que de estos dos procesos hemos emprendido nos muestra que hasta ahora sólo hemos empleado la palabra «regresión» en un especialísimo sentido. Dando a este término su significación general, esto es, la de retorno desde una fase evolutiva superior a otra inferior, puede incluso quedar subordinada la represión a la regresión, pues el primero de estos procesos puede también ser descrito como un retorno a una fase anterior en el desarrollo de un acto psíquico. Pero en la represión no nos interesa especialmente esta dirección retrógrada, pues hallamos también represión, en el sentido dinámico, cuando un acto psíquico es retenido en la fase inferior constituida por lo inconsciente. La represión es un concepto puramente descriptivo. Hasta ahora, al hablar de regresión y establecer las relaciones de la misma con el retorno de la libido a fases anteriores de su desarrollo, esto es, a algo que difiere totalmente de la represión, y es por completo independiente de ella. Tampoco podemos afirmar que la regresión de la libido sea un proceso puramente psicológico y no sabríamos asignarle una localización determinada en el aparato psíquico. Aunque ejerce sobre la vida psíquica una profundísima influencia, el factor que domina en ella es el orgánico.
Estas especulaciones os parecerán, sin duda, harto áridas. Pero su aplicación clínica puede hacérnoslas más comprensibles. La histeria y la neurosis obsesiva son -como ya sabéis- las dos afecciones principales del grupo de las neurosis de transferencia. En la histeria existe siempre una regresión de la libido a los primeros objetos sexuales de naturaleza incestuosa, pero falta todo retorno a una fase primaria de la organización sexual, siendo, en cambio, la represión la que desempeña en el mecanismo de esta enfermedad el papel principal. Si me permitís completar con una construcción teórica el inatacable conocimiento que hemos logrado adquirir de la histeria, podré describiros la situación en la forma siguiente: La reunión de las tendencias parciales bajo la primacía de los órganos genitales queda conseguida, pero las consecuencias que de esta unión se derivan tropiezan con la resistencia del sistema preconsciente, enlazado a la conciencia. La organización genital resulta, pues, válida para lo inconsciente, mas no para lo preconsciente, y esta repulsa por parte del sistema preconsciente motiva la aparición de un cuadro que presenta ciertas analogías con el estado anterior a la primacía de los órganos genitales, pero que, en realidad, es algo muy distinto. De las dos regresiones de la libido, aquella que se dirige hacia una fase anterior de la organización sexual es, desde luego, la más interesante. Pero como en la histeria falta esta última regresión y como toda nuestra concepción de las neurosis se resiente aún de la influencia del estudio de la histeria, llevado a cabo con anterioridad, la importancia de la regresión de la libido no se nos ha mostrado sino muy posteriormente a la de la represión.
Debemos, pues, esperar que nuestros puntos de vista encuentren nuevas ampliaciones y modificaciones cuando, además de la histeria y de la neurosis obsesiva, incluyamos en nuestra investigación las neurosis narcisistas. Al contrario de lo que sucede en la histeria, el proceso que en la neurosis obsesiva presenta mayor importancia y regula la aparición de los síntomas es la regresión de la libido a la fase preliminar sádico-anal. El impulso amoroso tiene que presentarse en estos casos bajo una máscara sádica, y la representación obsesiva «quisiera matarte» no significa otra cosa -una vez despojada de determinados agregados, no accidentales, sino indispensables- que «quisiera gozarte». Añadid a esto que simultáneamente se ha verificado una regresión con respecto al objeto y que, por tanto, tales impulsos vienen a recaer sobre las personas más próximas y amadas, y tendréis una idea del horror que en el enfermo han de despertar tales representaciones obsesivas y de cuán ajenas ha de considerarlas a su percepción consciente. También la represión desempeña en estas neurosis un importantísimo papel, pero que resulta muy difícil de precisar y definir en una exposición tan sintética y rápida como la que aquí me veo obligado a haceros. La regresión de la libido no podría producir nunca por sí sola y sin el acompañamiento de la represión una neurosis, sino que conduciría únicamente a una perversión. Vemos, pues, que la represión es el proceso más propio de la neurosis y aquel que mejor la caracteriza. Más adelante tendré, quizá, ocasión de exponeros lo que sobre el mecanismo de las perversiones hemos averiguado, y entonces veréis que se trata de algo mucho más complicado de lo que generalmente se supone.
Espero que me perdonaréis la amplitud con que he tratado de la fijación y la regresión de la libido cuando sepáis que todo lo que sobre estas cuestiones os he expuesto constituye una preparación al estudio de la etiología de las neurosis. Sobre esta etiología no os he dado, hasta ahora, sino un único dato: el de que los hombres enferman de neurosis cuando ven negada la posibilidad de satisfacer su libido, o sea -empleando el mismo término de que antes hube de servirme- por frustración, siendo los síntomas un sustitutivo de la satisfacción denegada. Naturalmente, no quiere esto decir que toda privación de la satisfacción libidinosa convierta en neurótico al individuo sobre el que recae, sino tan sólo que el factor privación existe en todos los casos de neurosis analizados. Por tanto, vemos que nuestro principio no es reversible, y supongo os habréis dado también cuenta de que no constituye por sí solo un total esclarecimiento del misterio de la etiología de las neurosis, sino solamente la expresión de una de sus condiciones esenciales.
Ignoramos todavía si para la discusión ulterior de este principio deberemos insistir principalmente sobre la naturaleza de la frustración, o sobre la idiosincrasia del sujeto que la sufre, pues la privación sólo raras veces resulta completa y absoluta, y para devenir patógena tiene que recaer sobre aquella forma de satisfacción que el sujeto exige y es la única de la que es capaz. Hay, en general, numerosos medios que permiten soportar sin peligro de neurosis la privación de satisfacción libidinosa y conocemos individuos capaces de infligirse esta privación sin daño alguno. No son felices, y añoran de continuo la satisfacción de lo que se ven privados, pero no caen enfermos. Debemos, además, tener en cuenta que las tendencias sexuales son -si me es permitido expresarme así- extraordinariamente plásticas. Pueden reemplazarse recíprocamente, y una sola puede asumir la intensidad de las demás, resultando de este modo que cuando la realidad rehúsa la satisfacción de una de ellas existe una posible compensación en la satisfacción de otra. Podemos, pues, compararlas a una red de canales comunicantes, y esto a pesar de su subordinación a la primacía genital, dos características difíciles de conciliar.
Además, tanto las tendencias parciales de la sexualidad como la corriente sexual resultante de su síntesis, poseen una gran facilidad para variar de objeto, cambiando uno de difícil acceso por otro más asequible, propiedad que constituye una fuente de resistencia a la acción patógena de una privación. Entre estos factores que oponen una acción que pudiéramos calificar de profiláctica a la nociva de las privaciones existe uno que ha adquirido una particular importancia social, y consiste en que una vez que la tendencia sexual ha renunciado al placer parcial o al que procura el acto de la procreación, reemplaza tales fines por otro que presenta con ellos relaciones de origen, pero que ha cesado de ser sexual para hacerse social. Damos a este proceso el nombre de «sublimación», y efectuándolo así, nos adherimos a la opinión general que concede un valor más grande a los fines sociales que a los sexuales, considerando a estos últimos, en el fondo, como egoístas. La sublimación no es, además, sino un caso especial del apoyo de tendencias sexuales en otras no sexuales. Más adelante trataré de esta cuestión con un mayor detalle.
Supondréis, quizá, que merced a todos estos medios que permiten soportar la privación pierde ésta toda su importancia. Pero, en realidad, no sucede así, y la frustración conserva toda su fuerza patógena. Los medios que a ella oponemos son, generalmente, insuficientes, y el grado de insatisfacción de la libido que el hombre puede soportar es limitado. La plasticidad y la movilidad de la libido no alcanzan en todos los hombres un igual nivel, y la sublimación no puede nunca suprimir sino una parte de la libido, existiendo, además, muchos sujetos que no poseen la facultad de sublimar sino en grado muy restringido. La principal de estas restricciones es aquella que recae sobre la movilidad de la libido, pues limita extraordinariamente el número de fines y objetos que pueden proporcionar al individuo la necesaria satisfacción. Recordando que un desarrollo incompleto de la libido comporta numerosas fijaciones muy variadas de la misma a fases anteriores a la organización y a objetos primitivos, fases y objetos que la mayor parte de las veces no son ya capaces de procurar una satisfacción real, reconoceréis que la fijación de la libido constituye, después de la frustración, un importantísimo factor etiológico de las neurosis, hecho que podemos esquematizar diciendo que la fijación de la libido constituye en la etiología de las neurosis el factor interno, o sea la predisposición, y, en cambio, la frustración, el factor accidental externo.
Se me presenta aquí una excelente ocasión, que no quiero desaprovechar, para aconsejaros os abstengáis de intervenir en una superflua discusión que sobre estas materias se ha desarrollado. El mundo científico acostumbra tomar una parte de la verdad y sustituirla a la verdad completa, discutiendo luego todo el resto, no menos verdadero, en favor del fragmento desglosado. Por medio de este procedimiento han surgido diversas ramificaciones del movimiento psicoanalítico, ramificaciones que aceptan únicamente las tendencias egoístas y niegan las sexuales, no reconocen la influencia de la vida pretérita del sujeto, sino tan sólo la de los deberes reales, impuestos por la sociedad, etc. De un modo análogo se ha hecho también objeto de controversia la cuestión a que ahora nos referimos más especialmente, y se discute si las neurosis son enfermedades exógenas o endógenas, consecuencia necesaria de una determinada constitución o producto de ciertas acciones traumáticas nocivas, planteándose asimismo el problema de si son motivadas por la fijación de la libido y otras particularidades de la constitución sexual o por la influencia de la frustración. Mas tales dilemas poseen tan escaso sentido como este otro que yo podría plantearos: ¿El niño nace por haber sido procreado por el padre o por haber sido concebido por la madre?
Naturalmente, nos responderéis que ambas condiciones son igualmente indispensables. Pues bien: en la etiología de la neurosis sucede algo muy análogo, si no idéntico. Desde el punto de vista etiológico, las enfermedades neuróticas pueden ordenarse en una serie en la que los dos factores, constitución sexual e influencias exteriores, o si se prefiere, fijación de la libido y frustración, se hallan representados de tal manera, que cuando uno de ellos crece, el otro disminuye. En uno de los extremos de esta serie se hallan los casos límites de los cuales podemos afirmar con perfecta seguridad que, dado el anormal desarrollo de la libido del sujeto, habría éste enfermado siempre, cualesquiera que fuesen los sucesos exteriores de su vida y aunque ésta se hallase totalmente desprovista de accidentes. Al otro extremo hallamos los casos de los que, por el contrario, podemos decir que el sujeto hubiera escapado, desde luego, a la neurosis si no se hubiera encontrado en una determinada situación. En los casos intermedios nos hallamos en presencia de combinaciones tales, que a una mayor predisposición, dependiente de la constitución sexual, corresponde una parte menor de influencias nocivas sufridas durante el curso de la vida, e inversamente. En estos sujetos, la constitución sexual no habría producido la neurosis sin la intervención de influencias nocivas, y estas influencias no habrían sido seguidas de un efecto traumático si las condiciones de la libido hubieran sido diferentes. Podría quizá conceder en esta serie un cierto predominio a la predisposición, pero una tal concesión por parte mía habría de depender siempre de los límites que convinierais en asignar a la neurosis.
Para facilitar nuestra labor de exposiciones daremos a estas series el nombre de «series complementarias». Más adelante tendremos ocasión de establecer otras análogas. La tenacidad con que la libido se adhiere a determinados objetos y orientaciones, o sea lo que pudiéramos llamar su viscosidad, se nos muestra como un factor independiente que varía en cada individuo, y cuyas normas nos son totalmente desconocidas. No debemos despreciar como desprovista de importancia la intervención de este factor en la etiología de las neurosis, pero tampoco habremos de considerar demasiado íntima su relación con esta etiología. Tal viscosidad de la libido -dependiente de causas ignoradas- aparece también ocasionalmente en individuos normales y se nos muestra, asimismo a título de factor determinante, en personas que forman una categoría opuesta a la de los neuróticos, esto es, en los perversos. Ya antes del psicoanálisis (Binet) era conocida la posibilidad de descubrir en la anamnesis de los perversos la huella de una temprana impresión que trajo consigo una orientación anormal del objeto y desviaciones a las que la libido del perverso quedó después fijada durante toda la vida. Con gran frecuencia resulta imposible determinar qué es lo que capacita a tales impresiones para ejercer sobre la libido una atracción tan irresistible.
Voy a relataros un caso observado por mí mismo. Un hombre al que los órganos genitales y todos los demás encantos de la mujer dejan hoy indiferente, pero que experimenta, en cambio, una excitación sexual irresistible a la vista de un pie calzado en determinada forma, recuerda una escena de su infancia, que desempeñó un papel decisivo en la fijación de su libido. Teniendo seis años de edad, se hallaba un día sentado sobre un taburete, junto a su institutriz, que se disponía a darle lección de inglés. La institutriz, una solterona seca y fea, con acuosos ojos azules y nariz respingona, se había herido en un pie y lo tenía apoyado sobre una silla y calzado con una zapatilla de terciopelo, quedando la pierna cuidadosa y decentemente oculta entre las faldas.
Pues bien: los pies delgados y de salientes tendones, como el de la fea institutriz, es lo que llegó a ser para nuestro sujeto, después de un tímido ensayo de normal actividad sexual, durante su pubertad, el único objeto sexual, objeto cuya atracción se hace irresistible cuando la persona correspondiente muestra algún otro parecido con la institutriz inglesa. Esta fijación de la libido ha hecho de nuestro sujeto, no un neurótico, sino un perverso, o sea lo que denominamos un fetichista del pie. Como veis, aunque la fijación excesiva y precoz de la libido constituye un factor etiológico indispensable de las neurosis, su acción se extiende más allá del cuadro de estas afecciones. Resulta, pues, que tampoco la fijación puede considerarse como el factor etiológico decisivo. El problema de la determinación de la neurosis parece de este modo complicarse. La investigación psicoanalítica nos revela, en efecto, un nuevo factor, que no figura en nuestra serie etiológica y que aparece con máxima evidencia en aquellas personas cuya salud se ve perturbada de repente por una dolencia neurótica. En estos sujetos descubrimos siempre indicios de una oposición de deseos o, siguiendo nuestra acostumbrada forma de expresión, de un conflicto psíquico. Una parte de la personalidad manifiesta determinados deseos, y otra parte se opone y los rechaza. Sin un conflicto de este género no existe neurosis, circunstancia que no habrá ya de extrañaros, pues sabéis que nuestra vida psíquica se halla constantemente removida por conflictos cuya solución nos incumbe hallar.
Mas para que semejante conflicto devenga patógeno han de concurrir ciertas condiciones particulares, y, por tanto, habremos de preguntarnos cuáles son estas condiciones, entre qué fuerzas psíquicas se desarrollan tales conflictos patógenos y cuáles son las relaciones que existen entre el conflicto y los demás factores determinantes. Espero poder dar a estas interrogaciones respuestas satisfactorias, aunque abreviadas y esquemáticas. El conflicto es provocado por la frustración, la cual obliga a la libido, que carece de satisfacción, a buscar otros objetos y caminos, siendo condición indispensable que tales nuevos caminos y objetos provoquen el desagrado de una cierta fracción de la personalidad, la cual impone su veto, en un principio, al nuevo modo de satisfacción. A partir de este punto se inicia el proceso de la formación de síntomas, proceso que más adelante investigaremos y las tendencias libidinosas rechazadas consiguen manifestarse por caminos indirectos, aunque no sin ceder en cierto modo a las exigencias de los elementos hostiles, aceptando determinadas deformaciones y atenuaciones. Tales caminos indirectos son los de la formación de síntomas, viniendo estos últimos a constituir la satisfacción nueva o sustitutiva que la privación ha hecho necesaria.
La importancia del conflicto psíquico se manifiesta aun en el hecho de que para que una frustración exterior se haga patógena es necesario que se añada a ella una frustración interior. Claro es que cada una de estas frustraciones -exterior e interior- se refiere a objetos diferentes y sigue camino distinto. La frustración exterior aleja determinada posibilidad distinta, estallando entonces el conflicto en derredor de esta última. Si doy aquí a mi exposición una forma particular, ello obedece al oculto sentido implícito de su contenido y que no es otra cosa que la posibilidad de que en las épocas primitivas del desarrollo humano hayan sido determinadas las abstenciones interiores por reales obstáculos exteriores. Pero, ¿cuáles son las fuerzas de las que emanan la oposición a la tendencia libidinosa; esto es, cuál es la otra parte actuante en el conflicto patógeno? Tales fuerzas son -en sentido general -las tendencias no sexuales, a las que designamos con el nombre genérico de «instintos del yo». El psicoanálisis de las neurosis de transferencia no nos ofrece medio alguno de aproximarnos a su comprensión, y sólo nos es dado llegar a un cierto conocimiento de su naturaleza por las resistencias que se oponen al análisis. El conflicto patógeno surge, por tanto, entre los instintos del yo y los instintos sexuales. En determinados casos experimentamos la impresión de que se trata de un conflicto entre diferentes tendencias puramente sexuales, apariencia que no contradice en nada nuestra afirmación, pues de las dos tendencias sexuales en conflicto, una es siempre 'ego-sintónica', por decirlo así, mientras que la otra provoca la defensa del yo. Volvemos, pues, al conflicto entre el yo y la sexualidad.
Siempre que el psicoanálisis ha considerado un suceso psíquico como un producto de tendencias sexuales, se le ha objetado, con indignación, que el hombre no se compone exclusivamente de sexualidad; que existen en la vida psíquica tendencias e intereses distintos de los sexuales y que no debemos derivarlo todo de la sexualidad, etc. Por una vez, nos satisface en extremo hallarnos de acuerdo con nuestros adversarios. En efecto, el psicoanálisis no ha olvidado jamás que existen también fuerzas instintivas no sexuales; se basa precisamente en la definida separación existente entre los instintos sexuales y los instintos del yo, y ha afirmado, contra todas las objeciones, que las neurosis no son producto exclusivo de la sexualidad, sino del conflicto entre ésta y el yo. En su labor de analizar y definir la misión de los instintos sexuales, tanto en la vida normal como en circunstancias patológicas, no ha tropezado con nada que le incite a negar la existencia y significación de los instintos del yo, y si se ha ocupado, en primer lugar, de los instintos sexuales, ha sido por ser éstos los que en las neurosis demuestran una más precisa significación.
Tampoco es exacto pretender que el psicoanálisis no se interesa por la parte no sexual de la personalidad. La separación entre el yo y la sexualidad es precisamente lo que por vez primera nos ha hecho ver con toda evidencia que los instintos del yo sufren a su vez un significativo desarrollo que no es ni totalmente independiente de la libido ni se halla exento por completo de reacción contra ella. En honor a la verdad, hemos de confesar que el desarrollo del yo nos es mucho menos conocido que el de la libido, mas esperamos que el estudio de las neurosis narcisistas nos permita penetrar en la estructura del yo. Ferenczi ha llevado ya a cabo una interesante tentativa de establecer teóricamente las fases de dicho desarrollo, y poseemos, por lo menos, dos sólidos puntos de apoyo para formular un juicio sobre el mismo. Sería inexacto decir que los intereses libidinosos de una persona son desde un principio y necesariamente contrarios a sus intereses de autoconservación, pues lo que sucede es que el yo tiende a adaptarse a su organización sexual en todas y cada una de las etapas de su desarrollo. La sucesión de las diferentes fases evolutivas de la libido se realiza probablemente conforme a un programa preestablecido; mas no puede negarse que puede ser influida por el yo, debiendo existir un cierto paralelismo y una cierta concordancia entre las fases del desarrollo del yo y las de la libido y pudiendo nacer un factor patógeno de la perturbación de esta concordancia. Mucho nos interesaría determinar cómo se comporta el yo en aquellos casos en los que la libido experimenta una fijación a una fase dada de su desarrollo. El yo puede adaptarse a esta fijación, haciéndose perverso, o sea infantil, en proporción directa a la importancia de la misma, pero puede también rebelarse contra ella, y sufre entonces una represión correlativa a la fijación de la libido.
Veamos, pues, que el tercer factor de la etiología de las neurosis, la tendencia a los conflictos, depende tanto del desarrollo del yo como del de la libido, descubrimiento que completa nuestra concepción de la determinación de las dolencias neuróticas, cuyas condiciones etiológicas serán, aparte de la frustración, como factor de orden general, la fijación de la libido, que marca la orientación de la enfermedad y la tendencia al conflicto, derivada del desarrollo del yo, que ha rechazado los sentimientos libidinosos. La situación no es, pues, tan complicada ni tan difícil de comprender como sin duda os pareció en un principio, aunque bueno será advertiros que todavía nos queda mucho que hablar sobre esta cuestión. A lo ya dicho habremos de añadir todavía importantísimas consideraciones, y sobre todo habremos de someter a un análisis más profundo muchos de los puntos ya examinados.
Para mostraros la influencia que el desarrollo del yo ejerce sobre la constitución del conflicto, y, por tanto, sobre la determinación de las neurosis, os expondré un ejemplo que, aunque imaginario, no es nada inverosímil, y que me ha sido inspirado por el título de una comedia de Nestroy: En el bajo y en el principal. En el bajo habita el portero, y en el principal, el propietario de la casa, persona rica y estimada. Ambos tienen hijos, y supondremos que la hija del propietario no encuentra dificultad alguna para jugar, sin que nadie la vigile, con la hija del portero. Puede entonces suceder que los juegos de estas niñas lleguen a tomar un carácter erótico, esto es, sexual, mostrándose una a otra los órganos genitales y procurándose recíprocamente una excitación de los mismos. La hija del propietario, que, a pesar de sus cinco o seis años, ha podido tener ocasión de realizar determinadas observaciones sobre la sexualidad de los adultos, puede muy bien desempeñar en nuestra historia el papel de corruptora. Aun cuando estos juegos no duran mucho tiempo, bastan para activar en las dos niñas ciertas tendencias sexuales, que, una vez terminados dichos juegos, continúan manifestándose durante algunos años por la masturbación. Hasta aquí marchan paralelos los destinos de nuestras dos protagonistas, pero el desenlace es diferente para cada una.
La hija del portero se entregará a la masturbación hasta la aparición de los menstruos renunciará después sin gran dificultad a ella, tomará un amante, tendrá quizá un hijo, emprenderá una carrera cualquiera y llegará acaso a ser una artista conocida, acabando, de este modo, en aristócrata. Es posible también que su destino sea menos brillante, pero de todos modos vivirá el resto de su vida sin resentirse del ejercicio precoz de su sexualidad ni contraer neurosis ninguna. Muy distinto será el destino de la hija del propietario. Aun antes de salir de la infancia, experimentará el sentimiento de haber hecho algo malo, renunciará en seguida, pero después de una terrible lucha, a la satisfacción masturbadora y guardará de ella un recuerdo y una impresión deprimentes. Más tarde, cuando, llegada a la pubertad, comiencen a revelársele las circunstancias del comercio sexual, rechazará con una intensa repugnancia -cuya causa no acertará a explicarse- todo nuevo conocimiento sobre esta cuestión y preferirá permanecer en la ignorancia. Probablemente se sentirá de nuevo dominada por una irresistible tendencia a la masturbación de la que no se atrevería a lamentarse. Más tarde, a la edad en que las mujeres comienzan a pensar en el matrimonio, contraerá una neurosis que cerrará su acceso a la vida normal y destruirá todas sus esperanzas de felicidad. El análisis de esta neurosis nos mostrará que la enferma, joven educada, inteligente e idealista, ha reprimido por completo sus tendencias sexuales, inconscientes en ella, pero íntimamente enlazadas a los insignificantes juegos de la infancia.
La diferencia que existe entre estos dos destinos, a pesar de la identidad de los sucesos iniciales, depende de que el yo de una de nuestras protagonistas ha experimentado un determinado desarrollo, y en cambio, el de la otra, no. Para la hija del portero, la actividad sexual ha sido en todo momento algo natural y lícito. En cambio, la hija del propietario ha sufrido la influencia de la educación que ha inspirado a su yo ideales de pureza y continencia incompatibles con la actividad sexual, quedando debilitado merced a esta formación intelectual su interés por la misión que se halla llamada a desempeñar como mujer. Tal desarrollo moral e intelectual, superior al de su camarada de juegos infantiles, es lo que ha provocado el conflicto en que se halla con las exigencias de su sexualidad. Quiero insistir aún sobre un segundo punto de la evolución del yo, tanto por determinadas perspectivas, muy vastas, que su conocimiento puede abrir ante nosotros, como porque las conclusiones que de este examen vamos a deducir justifican nuestra afirmación de que existe una definida separación entre las tendencias del yo y las sexuales, separación difícil de observar a primera vista. Para formular un juicio sobre estos dos desarrollos -el del yo y el de la libido- hemos de admitir una premisa que hasta ahora no hemos tenido suficientemente en cuenta. Ambos desarrollos no son, en el fondo, sino legado y repeticiones abreviadas de la trayectoria evolutiva que la Humanidad entera ha recorrido a partir de sus orígenes y a través de un largo espacio del tiempo.
Este origen filogénico del desarrollo de la libido resulta, a nuestro juicio, fácilmente reconocible. Recordad que en determinados animales se halla el aparato genital íntimamente relacionado con la boca, es inseparable del aparato de excreción o aparece enlazado a los órganos de movimiento, circunstancias todas de las que hallaréis una interesante exposición en el libro de W. Bölsche. Vemos, por tanto, que la organización sexual de los animales puede limitarse a cualquier fijación perversa. En el hombre resulta más difícil de comprobar este punto de vista filogénico, pues sucede que aquellas particularidades que en el fondo son heredadas resultaban también adquiridas de nuevo en el curso del desarrollo individual, a causa probablemente de que las condiciones que impusieron anteriormente la adquisición de una particularidad dada persisten todavía y continúan ejerciendo su acción sobre todos los individuos sucesivos.
Podríamos decir que estas condiciones que primitivamente fueron creadoras se han convertido en evocadoras. Es, además, incontestable que la marcha del desarrollo predeterminado pueda quedar perturbada y modificada en cada individuo por influencias exteriores recientes. Lo que sí conocemos, desde luego, es la fuerza que ha impuesto a la Humanidad este desarrollo, y cuya acción continúa ejerciéndose en la misma dirección. Esta fuerza es nuevamente la frustración, impuesta por la realidad o, para llamarla con su verdadero nombre, la necesidad, que es un carácter esencial de la vida. La Anagch (Ananke), severa educadora a la que el hombre debe mucho, es la que con su rigor ha motivado efectos nocivos en los neuróticos, pero es éste un peligro inherente a toda educación. Proclamando que la necesidad vital constituye el motor del desarrollo, no disminuimos en absoluto la importancia de las «tendencias evolutivas internas» cuando la existencia de éstas se deja comprobar. Ahora bien: conviene observar que las tendencias sexuales y las de autoconservación no se conducen de igual manera con respecto a la necesidad real. Los instintos de conservación y todo lo que con ellos se relaciona son más fácilmente educables y aprenden tempranamente a plegarse a la necesidad y a conformar su desarrollo a las indicaciones de la realidad, cosa concebible, dado que no pueden procurarse de otro modo los objetos de que precisan y sin los que el individuo corre el peligro de perecer. Las tendencias sexuales, que no tienen al principio necesidad ninguna de objeto e incluso ignoran esta necesidad, son más difíciles de educar. Viviendo una existencia que podríamos calificar de parasitaria, asociada a la de otros órganos del soma, y siendo susceptibles de hallar una satisfacción autoerótica sin salir del cuerpo mismo del individuo, escapan a la influencia educadora de la necesidad real, y en la mayor parte de los hombres guardan, en determinadas circunstancias, durante toda la vida, este carácter arbitrario, caprichoso, refractario y enigmático.
Añadid a esto que el individuo deja de ser accesible a la educación, precisamente en el momento en que sus necesidades sexuales alcanzan su intensidad definitiva. Los educadores conocen ya esta circunstancia, y es quizá de esperar que los resultados del psicoanálisis les mueven a desplazar la más intensa presión educadora sobre la época en que realmente puede resultar eficaz; esto es, sobre la primera infancia. El sujeto infantil llega a su completa formación a la edad de cuatro o cinco años, y en adelante se limita a manifestar lo adquirido hasta dicha edad. Para hacer resaltar toda la significación de la diferencia que hemos establecido entre los dos grupos de instintos, habremos de introducir en nuestra exposición una de aquellas consideraciones a las que convinimos en calificar de «económicas», abordando así uno de los dominios más importantes, pero desgraciadamente más oscuros, del psicoanálisis. Nos planteamos, en efecto, el problema de averiguar si la labor de nuestro aparato psíquico tiende a la consecución de un propósito fundamental cualquiera, problema al que respondemos, en principio, afirmativamente, añadiendo que, según todas las apariencias, nuestra actividad psíquica tiene por objeto procurarnos placer y evitarnos displacer, hallándose automáticamente regida por el principio del placer.
Mucho nos interesaría averiguar cuáles son las condiciones del placer y del displacer, mas carecemos de elementos para llegar a este conocimiento. Lo único que podemos afirmar es que el placer se halla en relación con la disminución, atenuación o extinción de las magnitudes de excitación acumuladas en el aparato psíquico, mientras que el dolor va paralelo al aumento o exacerbación de dichas excitaciones. El examen del placer más intenso accesible al hombre, esto es, del placer experimentado en la realización del acto sexual, no nos permite duda alguna sobre este punto. Dado que en estos actos acompañados de placer se trata de los destinos de grandes magnitudes de excitación o de energía psíquica, damos a las consideraciones con ellos relacionadas el nombre de económicas. Observamos asimismo que la labor que incumbe al aparato psíquico y la función que el mismo ejerce pueden ser también descritas de una manera más general que insistiendo sobre la adquisición del placer. Puede decirse que el aparato psíquico sirve para dominar y suprimir las excitaciones e irritaciones de origen externo e interno. Por lo que respecta a las tendencias sexuales, es evidente que desde el principio al fin de su desarrollo constituyen un medio de adquisición de placer, función que cumplen sin la menor discontinuidad. Tal es igualmente al principio el objetivo de las tendencias del yo; pero bajo la presión de la necesidad, gran educadora, acaban éstas por reemplazar el principio del placer por una modificación.
La misión de desviar el dolor se les impone con la misma urgencia que la de adquirir el placer, y el yo averigua que es indispensable renunciar a la satisfacción inmediata, diferir la adquisición de placer, soportar determinados dolores y renunciar, en general, a ciertas fuentes de placer. Así educado, el yo se hace razonable y no se deja ya dominar por el principio del placer, sino que se adapta al principio de la realidad, que en el fondo tiene igualmente por fin el placer; pero un placer que, si bien diferido y atenuado, presenta la ventaja de ofrecer la certidumbre que le procuran el contacto con la realidad y la adaptación a sus exigencias. El paso del principio del placer al principio de la realidad constituye uno de los progresos más importantes del desarrollo del yo. Sabemos ya que los instintos sexuales no franquean sino tardíamente y como forzados y constreñidos estas fases del desarrollo del yo, y más tarde veremos qué consecuencias pueden deducirse para el hombre de estas relaciones más laxas que existen entre su sexualidad y la realidad exterior. Si el yo del hombre experimenta un desarrollo y tiene, al igual de su libido, su historia evolutiva, no puede ya sorprendernos la existencia de regresiones del yo a fases anteriores de su desarrollo, regresiones cuya influencia en la etiología y curso de las enfermedades neuróticas habremos de examinar detenidamente.
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