| Señoras y señores: No quiero abandonar el tema de los sueños sin antes ocuparme de las principales dudas a que las nuevas teorías expuestas en las páginas que preceden pueden dar motivo. Muchas de tales vacilaciones deben de haber surgido ya, durante el curso de estas conferencias, en el ánimo de aquellos que las han seguido con alguna atención.
1º. Tendréis quizá la impresión de que, aun aplicando correctamente nuestra técnica, adolecen de una tal inseguridad los resultados de la interpretación onírica, que no es posible realizar una reducción cierta del sueño manifiesto a las ideas latentes. En apoyo de vuestra opinión alegaréis, en primer lugar, que no sabemos nunca si un elemento dado del sueño debe ser comprendido en su sentido estricto o en sentido simbólico, pues los objetos empleados a título de símbolos no por ello pierden su significación propia. No pudiéndonos apoyar en circunstancia objetiva ninguna para decidir sobre este punto, quedaría la interpretación abandonada al arbitrio del intérprete. Además, a consecuencia de la fusión de los contrarios que la elaboración onírica efectúa no se sabe nunca de un modo cierto si un elemento determinado del sueño debe ser interpretado en sentido negativo o en sentido positivo, ni si lo debemos aceptar tal y como aparece en el contenido manifiesto o sustituirlo por su contrario, circunstancia que somete de nuevo el resultado a nuestro arbitrio. En tercer lugar, y dada la frecuencia de las inversiones en el sueño, puede el intérprete considerar como una de ellas cualquier fragmento del contenido manifiesto. Por último, invocaréis el hecho de haber oído decir que raras veces puede afirmarse con certeza que la interpretación hallada es la única posible, y que siendo así, corremos el riesgo de aceptar una que no es sino aproximadamente verosímil. La conclusión que de todo esto deduciréis será lo que de en estas condiciones queda abandonado al arbitrio del intérprete un campo de acción demasiado amplio, incompatible con la certidumbre objetiva de los resultados. O también podéis suponer que el error no depende del sueño y que las insuficiencias de nuestra interpretación provienen de la inexactitud de nuestras teorías e hipótesis.
Las observaciones consignadas son innegablemente ciertas; pero no creo que justifican las conclusiones que de ellas deducís, y según las cuales la interpretación onírica tal y como la practicamos queda abandonada a la arbitrariedad, haciendo dudar los defectos que sus resultados presentan de la eficacia de nuestro procedimiento y de la verdad de las teorías en que se basa. Si en lugar de hablar del arbitrio del intérprete dijeseis que la interpretación depende de la habilidad, de la experiencia y de la inteligencia del mismo, tendría que sumarme a vuestra opinión. El factor personal no puede ser eliminado, por lo menos cuando nos hallamos ante los más intrincados problemas de la interpretación. Pero esto sucede igualmente en toda práctica científica. Nada puede impedir que unos profesionales manejen con más perfección que otros una determinada técnica, cualquiera que ésta sea. Sin embargo, la arbitrariedad que en la interpretación onírica, por ejemplo, en la traducción de los símbolos, parece existir, queda siempre neutralizada por completo, pues los lazos existentes entre las ideas del sueño y entre el sueño mismo y la vida del sujeto y, además, toda la situación psíquica en la que el sueño aparece, permiten escoger una sola de las interpretaciones posibles y rechazar todas las demás por no tener relación alguna con el caso de que se trata.
Por otro lado, la conclusión en que deducís, de las imperfecciones de la interpretación, la inexactitud de nuestras hipótesis, pierde toda su fuerza en cuanto observamos que la indeterminación del sueño constituye precisamente uno de sus necesarios caracteres. He dicho anteriormente, y sin duda lo recordaréis, que la elaboración onírica da a las ideas latentes una forma de expresión primitiva, análoga a la escritura figurada. Pues bien: todos estos primitivos sistemas de expresión presentan tales indeterminaciones y dobles sentidos, y no por ello tenemos derecho a poner en duda la posibilidad de su empleo. Sabéis ya que la reunión de los contrarios que la elaboración onírica realiza es semejante a lo que se denomina «oposición de sentido de las palabras primitivas» en las lenguas más antiguas. El lingüista K. Abel (1884), al que debemos este punto de vista, nos previene contra la creencia de que las frases en que se empleaban tales palabras ambivalentes poseyeran por ello un doble sentido, pues el orador podía disponer de la entonación y del gesto para indicar el sentido deseado, el cual quedaba, además, determinado por el contexto del discurso. En la escritura, en la que no caben los recursos del gesto y la entonación, se fijaba el sentido por medio de un signo figurado independiente de la pronunciación. Así, a la palabra egipcia ken se le agregaba en la escritura jeroglífica la figura de un hombre en pie o perezosamente acurrucado, según había de significar «fuerte» o «débil». De este modo se evitaban las equivocaciones, a pesar de la multiplicidad de sentido de los sonidos verbales y los signos.
Los antiguos sistemas de expresión (por ejemplo, las escrituras de estas lenguas primitivas) presentan numerosas indeterminaciones que no toleraríamos en nuestras lenguas actuales. Así, en determinadas escrituras semíticas sólo se designan las consonantes de las palabras, correspondiendo al lector la labor de colocar las vocales omitidas, guiándose por su conocimiento del idioma y por el sentido total. La escritura jeroglífica procedía de un modo análogo, circunstancia que nos impide llegar al conocimiento de la pronunciación del egipcio primitivo. En la escritura sagrada de los egipcios hallamos todavía otras indeterminaciones, pues quedaba al arbitrio del sujeto el ordenar las imágenes de derecha a izquierda o de izquierda a derecha, y en la lectura hemos de atenernos al precepto de seguir la dirección de los rostros de las figuras, pájaros, etcétera. Pero el escritor podía también ordenar los signos figurados en un sentido vertical, y cuando se trataba de hacer inscripciones sobre pequeños objetos, determinadas consideraciones de estética o simetría podían llevarle a adoptar cualquier otra sucesión de signos. Por último, lo que más nos desorienta en la escritura jeroglífica es el hecho de que la misma ignora la separación de las palabras. Los signos se suceden sobre el papiro a igual distancia unos de otros, y nunca se sabe si un signo determinado forma todavía parte del que le precede o constituye el comienzo de una palabra nueva. No sucede así en la escritura cuneiforme persa, en la cual las palabras quedan separadas por una cuña oblicua.
La lengua y la escritura chinas, muy antiguas, son todavía empleadas en la actualidad por cuatrocientos millones de hombres. No creáis que yo las domine; pero sí me he documentado sobre ellas con la esperanza de hallar en sus particularidades algunas analogías con las indeterminaciones de los sueños, esperanza que se ha confirmado plenamente. La lengua china se halla, en efecto, llena de tales indeterminaciones. Conocido es que se compone de un gran número de sonidos monosilábicos que pueden ser pronunciados tanto aisladamente como combinándolos por parejas. Uno de los principales dialectos chinos posee cerca de 400 sílabas de esta clase, pero como su vocabulario consta de unas cuatro mil palabras, resulta que a cada sílaba corresponden diez significaciones, y dado que el contexto no permite siempre adivinar aquella que la persona que pronuncia una sílaba dada quiere dar a entender al oyente, ha habido necesidad de inventar una gran cantidad de medios destinados a evitar los errores. Entre estos medios citaremos la asociación de dos sílabas en una sola palabra y la pronunciación de la misma sílaba en cuatro tonos diferentes. Una circunstancia aún más interesante para nuestra comparación es la de que esta lengua no posee gramática. No existe una sola de sus palabras monosilábicas de la que podamos decir si es sustantivo, adjetivo o verbo, ni tampoco recibe ninguna de las modificaciones destinadas a expresar el género, el número, el tiempo y el modo. Se nos muestra, pues, este idioma como reducido a su materia prima, estado muy semejante al que presenta nuestro lenguaje abstracto después de sufrir la disociación a que la elaboración onírica le somete eliminando la expresión de las relaciones.
En la lengua china queda abandonada la determinación del sentido, en todos los casos ambiguos, a la inteligencia del oyente auxiliada por el contexto. Así, he anotado, como ejemplo, un proverbio chino cuya traducción literal es la siguiente: «Poco que ver, mucho que maravillosos.» Este proverbio no es difícil de comprender. Puede significar que «cuanto menos cosas se han visto, más ocasiones encuentra uno de maravillarse», o que «hay mucho que admirar para aquel que ha visto poco». Naturalmente no puede hablarse de una elección entre estas dos traducciones, que sólo gramaticalmente difieren. Sin embargo, se nos asegura que, a pesar de tales indeterminaciones, la lengua china constituye un excelente medio para la expresión del pensamiento. Así, pues, la indeterminación no trae consigo necesariamente la multiplicidad de sentidos. Cierto es que, por otro lado, debemos reconocer que en lo que concierne al sistema de expresión del sueño, la situación es mucho menos favorable que en el caso de las lenguas y escrituras antiguas, pues éstas se hallan, después de todo, destinadas a servir de instrumento de comunicación; esto es, calculadas para ser comprendidas cualesquiera que sean los medios que a ellos coadyuven, carácter de que el sueño carece en absoluto. El sueño no se propone decir nada a nadie, y lejos de ser un instrumento de comunicación, se halla destinado a permanecer incomprendido. No debemos, pues, asombrarnos ni dejarnos inducir en error, aunque resultara que un gran número de polivalencias e imprecisiones del sueño escapase a toda determinación. El único resultado seguro del paralelo que entre el fenómeno onírico y los idiomas más antiguos hemos llevado a cabo es el de que las indeterminaciones que se han querido utilizar como un argumento contra el acierto de nuestras interpretaciones oníricas son normalmente inherentes a todos los primitivos sistemas de expresión.
El grado de comprensibilidad real del sueño no puede ser determinado sino por la experiencia práctica. A mi juicio, es harto elevado, y los resultados obtenidos por los analíticos que han seguido una buena disciplina confirman en absoluto mi opinión. El público, en general, se complace siempre en oponer un escepticismo despreciativo a las dificultades e incertidumbres de una nueva contribución científica; conducta, a mi entender, injusta. Muchos de vosotros ignoráis quizá que al comenzar a descifrarse las inscripciones babilónicas se produjo uno de estos movimientos de escepticismo. Hubo incluso un tiempo en el que la opinión pública llegó hasta a tachar de bromistas a los descifradores de inscripciones cuneiformes y a calificar de charlatanería todas las investigaciones de este género. Pero, en 1857, la Royal Asiatic Society llevó a cabo una prueba decisiva. Invitó a cuatro de los más eminentes especialistas, Rawlinson, Hincks, Fox Talbot y Oppert, a dirigirle, bajo sobre lacrado, cuatro traducciones independientes de una inscripción cuneiforme que acababa de ser descubierta, y después de haber comparado las cuatro lecturas, pudo declarar que coincidían suficientemente para justificar una absoluta confianza en los resultados anteriormente obtenidos. Las burlas de los profanos fueron entonces extinguiéndose poco a poco, y el desciframiento de los documentos cuneiformes prosiguió efectuándose con una seguridad cada día mayor.
2º. Otra serie de objeciones se basa en la impresión, que también habréis experimentado, de que muchas de las soluciones que nos hallamos obligados a aceptar a consecuencia de nuestras interpretaciones parecen artificiales y traídas por los cabellos, y a veces hasta cómicas y chistosas. Las objeciones de este género son tan frecuentes, que la única dificultad para exponer alguna de ellas es la de elegir. Escogeré, pues, al azar la última que ha llegado hasta mi conocimiento. En la libre Suiza, un director de instituto ha sido recientemente declarado cesante por haberse ocupado del psicoanálisis. Naturalmente, protestó contra esta arbitraria medida, y un periódico de Berna publicó el informe de las autoridades escolares a consecuencia del cual se había decretado la cesantía, informe del que me limitaré a copiar aquí aquello que al psicoanálisis se refiere: «Además, muchos de los ejemplos incluidos en el libro citado del doctor Pfister muestran un carácter rebuscado y artificioso. Es verdaderamente singular que un director del instituto acepte, sin crítica alguna, tales afirmaciones y apariencias de prueba.» Este es el tono del informe que se quiere hacer aceptar como decisión de una serena e imparcial autoridad; pero a mi juicio, es más bien tal imparcialidad la que puede calificarse de mera apariencia artificiosa.
Resulta verdaderamente divertido ver la rapidez y la seguridad con la que algunos sujetos se pronuncian sobre el tan espinoso problema de la psicología de lo inconsciente, fundándose tan sólo en su primera impresión. Pareciendo las interpretaciones rebuscadas y forzadas o simplemente desagradables, se deduce que tienen que ser falsas y que la labor verificada por el psicoanalítico carece de todo valor. Ni un solo minuto acude a su espíritu la idea de que puede haber importantes razones para que las interpretaciones presenten tal apariencia y que, por tanto, puede ser interesante investigar cuáles son dichas razones. Las afirmaciones a las que más particularmente se contrae la crítica a que nos estamos refiriendo son las relativas a los resultados del desplazamiento, que, como ya sabéis, constituye el factor más poderoso de la censura onírica, la cual lo utiliza para crear aquellas formaciones sustitutivas que hemos descubierto como alusiones. Pero se trata de alusiones difíciles de reconocer como tales, siendo muy difícil llegar hasta su substrato, al cual se enlazan por medio de asociaciones externas en extremo singulares y a veces por completo desusadas. En todos estos casos nos hallamos ante algo que debe permanecer oculto, fin al cual tiende la censura. Ahora bien: cuando sabemos que una cosa ha sido escondida, no debemos esperar encontrarla en el lugar en que normalmente debía hallarse. La policía que actualmente tiene a su cargo la vigilancia de las fronteras es, desde este punto de vista, mucho más inteligente que las autoridades escolares suizas, pues no se contenta con registrar las carteras y los bolsillos de los viajeros sospechosos, sino que supone que los presuntos espías o contrabandistas pueden haberse ocultado el cuerpo del delito en aquellos lugares en que menos puede esperarse hallarlo, por ejemplo, entre las suelas de su calzado. Si los objetos escondidos son descubiertos, se dirá que ha costado trabajo buscarlos, pero no que el registro ha sido infructuoso.
Admitiendo que pueda haber entre un elemento latente del sueño y su sustitución manifiesta las conexiones más lejanas y singulares, y hasta cómicas y aparentemente chistosas, no hacemos sino conformarnos a la experiencia adquirida en un gran número de interpretaciones, cuya solución nos ha sido impuesta por circunstancias objetivas, pues es muy raro que la misma quede abandonada por completo al libre arbitrio del intérprete, el cual, además, sería incapaz de descubrir en algunos casos el enlace que existe entre un elemento latente y su sustitución manifiesta. Pero el sujeto nos proporciona unas veces la traducción completa, merced a una idea que acude directamente a su imaginación a propósito del sueño (cosa muy hacedera para él, puesto que es en su propia persona donde se ha producido dicha formación sustitutiva), y pone otras a nuestra disposición tantos y tan excelentes materiales, que la solución, lejos de exigir una penetración particular, se impone por sí misma. En aquellas ocasiones en que el sujeto no acude en nuestra ayuda por alguno de estos dos medios, el elemento manifiesto dado permanecerá incomprensible para nosotros.
Permitidme que os cite un caso que he tenido ocasión de observar recientemente. Una de mis pacientes perdió a su padre mientras se hallaba ella sometida al tratamiento psicoanalítico, y desde este momento aprovecha toda ocasión para evocar en sueños al muerto. En uno de estos sueños se le aparece su padre y le dice: Son las doce y cuarto, las doce y media, la una menos cuarto, palabras a propósito de las cuales recordó mi paciente que su padre gustaba de que todos sus hijos acudiesen con gran puntualidad a las horas de comer. Este recuerdo poseía, desde luego, una relación con el elemento del sueño al que se refería, pero no hacía posible formular conclusión alguna sobre el origen del mismo. Mas, por otro lado, los resultados que durante aquellos días rendía el tratamiento permitían deducir que una determinante actitud crítica cuidadosamente reprimida de la paciente con respecto a su amado y venerado padre no era por completo ajena a la producción del sueño. Continuando la evocación de sus recuerdos, en apariencia cada vez más alejados de su sueño, relató la sujeto haber tomado parte la víspera en una conversación sobre Psicología, en la que uno de sus parientes había dicho que «el hombre primitivo (der urmensch) alienta aún en todos nosotros». Este recuerdo es el que nos da la buscada clave. La frase de su pariente fue para la señora una excelente ocasión de resucitar a su padre en sueños, transformándole en el hombre-reloj (Unhrmensch) y haciéndole anunciar los cuartos de la hora meridiana.
Hay aquí, evidentemente, algo que hace pensar en un juego de palabras, circunstancia que en muchas ocasiones ha hecho que se atribuyan al intérprete tales ingeniosidades, cuyo autor es el propio sujeto del sueño. Existen todavía otros ejemplos en los cuales no resulta nada fácil decidir si nos hallamos en presencia de un chiste o de un sueño. Pero recordaréis que a propósito de algunas equivocaciones orales surgieron en nosotros las mismas dudas. Un individuo cuenta haber soñado que iba en el automóvil de su tío y que éste le daba un beso. Apenas iniciado el análisis, nos da el sujeto mismo la interpretación de su sueño, el cual entraña la idea de «autoerotismo» (término tomado de la teoría de la libido y que significa la satisfacción erótica sin participación de un objeto exterior). ¿Debemos acaso pensar que el sujeto se ha permitido burlarse de nosotros presentándonos como un sueño algo que no constituye sino un juego de palabras perfectamente consciente? A mi juicio, no. Pero si el sueño ha existido realmente, ¿de qué proviene una tan singular semejanza con el juego de palabras? Esta interrogación me ha hecho apartarme ocasionalmente de mis estudios acostumbrados para someter a una minuciosa y penetrante investigación el chiste mismo. Como resultado de este estudio hemos descubierto que la génesis del chiste es un proceso en el que una serie de ideas preconscientes queda abandonada a la elaboración inconsciente, de la cual surge después en calidad de chiste. Bajo la influencia de lo inconsciente sufre dicha serie de ideas la acción de los mecanismos peculiares de lo inconsciente; esto es, de la condensación y del desplazamiento, procesos cuya actuación hemos comprobado también en la elaboración onírica. A este hecho es al que debemos atribuir exclusivamente la semejanza que en algunos casos encontramos entre el chiste y el sueño. Pero el «chiste onírico» constituye un fenómeno intencionado que, por razones que un detenido estudio del chiste nos ha revelado, no nos proporciona aquella aportación de placer inherente al chiste real. El «chiste onírico» nos parece «malo» y no nos mueve a risa.
Nos aproximamos aquí a la primitiva y clásica interpretación de los sueños que al lado de gran cantidad de material inutilizable nos ha legado muchas excelentes interpretaciones de un insuperable acierto. Una de éstas es la que de un sueño de Alejandro Magno citan con algunas variantes Plutarco y Atermidoro de Daldis. En la época en que asediaba a la ciudad de Tiro, sin lograr vencer su encarnizada resistencia (322 antes de J. C.), vio el rey en sueños un sátiro danzando. El adivino Aristandro, que formaba parte del cortejo real, interpretó este sueño descomponiendo la palabra satyros sa Tnroe (Tiro es tuyo) y creyó, por tanto, poder prometer al rey la toma de la ciudad. A consecuencia de esta interpretación, que a pesar de su artificiosa apariencia era innegablemente exacta, decidió Alejandro continuar el sitio, que ya pensaba levantar, y acabó por conquistar la plaza.
3º. Os habrá impresionado, sin duda, averiguar que también personas que en calidad de psicoanalistas se han ocupado durante mucho tiempo de la interpretación onírica han formulado después objeciones contra nuestra concepción de los sueños. Pero lo singular hubiera sido que un tan rico venero de nuevos errores hubiese quedado sin explotar, y de este modo los errores de concepto en que tales psicoanalistas han incurrido y las indebidas generalizaciones que han llevado a cabo han engendrado afirmaciones tan equivocadas como las que se fundan en la concepción médica del sueño. Una de tales afirmaciones os es ya conocida. Se pretende en ella que los sueños constituyen tentativas de adaptación al presente y de ejecución de futuras obligaciones, persiguiendo, por tanto, una «tendencia prospectiva» (A. Maeder). Ya hemos demostrado que esta teoría reposa en una confusión entre el sueño y las ideas latentes del mismo y que, en consecuencia, elimina por completo la elaboración onírica. En tanto en cuanto se propone caracterizar la vida anímica inconsciente, a la que las ideas latentes pertenecen, no es esta teoría ni nueva ni completa, pues la actividad psíquica inconsciente se ocupa de muchas cosas más que de la preparación del porvenir. En otra confusión aún mayor se halla fundada la afirmación de que detrás de cada sueño se esconde la «cláusula de la muerte». No sé exactamente lo que tal fórmula puede significar, pero supongo que se deriva de una confusión entre el sueño y la personalidad total del sujeto.
Como muestra de una injustificada generalización, deducida de unos cuantos casos efectivos, citaré la teoría según la cual todo sueño es susceptible de dos interpretaciones: la psicoanalítica, tal y como en estas lecciones la hemos expuesto, y la denominada anagógica, que hace abstracción de los deseos y tiende a la representación de las funciones psíquicas superiores (H. Silberer). Existen, desde luego, sueños de este género; pero sería inútil que intentaseis extender esta concepción, aunque sólo fuese a una parte de los fenómenos oníricos. Después de todo lo que en estas lecciones habéis oído, os parecerá también inconcebible la afirmación de que todos los sueños son bisexuales y deben ser interpretados en el sentido de una interferencia entre las tendencias masculinas y las femeninas (A. Adler). Existen, naturalmente, algunos sueños aislados de este género, y más tarde veréis que presentan idéntica estructura que determinados síntomas histéricos. Si menciono todos estos descubrimientos de nuevos caracteres generales de los sueños, es para poneros en guardia contra ello o, por lo menos, para no dejaros duda alguna de mi opinión sobre los mismos.
4º. Se ha intentado asimismo atacar el valor objetivo de la investigación onírica alegando que los pacientes sometidos al tratamiento psicoanalítico adaptan sus sueños a las teorías favoritas de sus médicos y que de este modo pretenden unos que en sus sueños dominan las tendencias sexuales, mientras que otros presentan especialmente sueños de ambición o de palingenesia (W. Stekel). Pero esta observación pierde también todo valor en cuanto reflexionamos que los hombres soñaban ya antes de la existencia de un tratamiento psicoanalítico que pudiese guiar sus sueños y que los pacientes sometidos actualmente a dicho tratamiento también solían soñar antes de acudir al médico. Además, lo que en ella hay de verdad es algo natural y lógico que en nada contradice a nuestra teoría de los sueños. En efecto, los restos diurnos que suscitan el sueño proceden de los intereses intensos de la vida despierta.
De este modo, si las palabras y los estímulos del médico adquieren para el analizado una cierta importancia, entrarán a formar parte del círculo de los restos diurnos y podrán, análogamente a los demás intereses afectivos aún no satisfechos del día, proporcionar excitaciones psíquicas para la formación de un sueño y actuar en idéntica forma que las excitaciones somáticas que influyen sobre el durmiente durante el reposo. Al igual de los demás estímulos de los sueños, las ideas despertadas por el médico pueden aparecer en el sueño manifiesto o ser descubiertas en el contenido latente. Por otro lado, sabemos también que es posible provocar los sueños experimentalmente, o dicho con más exactitud, introducir en un sueño una parte de los materiales de que el mismo ha de componerse. En estas influencias ejercidas sobre los pacientes desempeña el análisis un papel idéntico al del hombre de ciencia que emprende un experimento, actuando, por ejemplo, como Mourly-Vold cuando hacía adoptar a los sujetos de sus investigaciones determinadas posturas al ir a entregarse al reposo. Puede alguna vez sugerirse al sujeto que sueñe con algo determinado, pero es imposible actuar sobre lo que va a soñar.
El mecanismo de la elaboración onírica y el deseo inconsciente del sueño escapan a toda influencia extraña. Ya al examinar los sueños provocados por una excitación somática hubimos de reconocer que la peculiar naturaleza y la autonomía de la vida onírica se revelan en la relación con la que el sueño responde a las excitaciones somáticas y psíquicas que recibe. Vemos, pues, que la objeción de que aquí nos ocupamos y que quisiera poner en duda la objetividad de la investigación onírica se halla también basada en una confusión: la del sueño con sus materiales.
Es esto todo lo que sobre los problemas de la vida onírica me proponía exponeros. Adivináis, sin duda, que he omitido muchas cosas y habréis asimismo advertido que me he visto obligado a interrumpirme muchas veces antes de agotar la materia tratada. Pero estos defectos de mi exposición dependen de las relaciones existentes entre los fenómenos del sueño y las neurosis. Hemos investigado el sueño a título de introducción al estudio de las neurosis, procedimiento, desde luego, mucho más correcto y conveniente que el inverso; pero así como la inteligencia de los sueños prepara para la comprensión de las neurosis, no pueden, a su vez, los primeros revelarnos todos sus secretos sino cuando hemos llegado a adquirir un exacto conocimiento de los fenómenos neuróticos. Ignoro lo que de todo esto pensaréis; pero puedo aseguraros que no lamento, en ningún modo, haber despertado vuestro interés por los problemas del sueño y haber consagrado a su estudio una parte tan considerable del tiempo de que disponemos, pues no existe ningún otro sector cuyo estudio pueda proporcionar tan rápidamente la convicción de la exactitud de los principios psicoanalíticos. Así, para demostrar que los síntomas de un caso patológico neurótico poseen un sentido, sirven a una intención y se explican por la historia del paciente, son necesarios varios meses y a veces años enteros de asidua y paciente labor. En cambio, el obtener idénticos resultados en un sueño que al principio nos parece confuso e incomprensible es tan sólo cuestión de algunas horas y nos permite alcanzar simultáneamente una confirmación de todas las hipótesis del psicoanálisis sobre la inconsciencia de los procesos psíquicos, los especiales mecanismos a los que tales procesos obedecen y las tendencias que en ellos se manifiestan. Y si a la perfecta analogía que existe entre la formación de un sueño y la de un síntoma neurótico añadimos la rapidez de la transformación que hace del soñador un sujeto despierto y razonable, adquiriremos también la certidumbre de que la neurosis reposa igualmente en una alteración de las relaciones que existen normalmente entre las energías de los diferentes poderes de la vida anímica.
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