| Señoras y señores: Habré de recordaros una vez más el camino que hemos ya recorrido? ¿Habré de recordaros cómo, habiendo tropezado en la aplicación de nuestra técnica con la deformación onírica, nos decidimos a prescindir momentáneamente de ella y pedir a los sueños infantiles datos decisivos sobre la naturaleza del fenómeno onírico? ¿Debo, por último, recordaros cómo una vez en posesión de los resultados de estas investigaciones atacamos directamente la deformación de los sueños cuyas dificultades hemos ido venciendo una por una? Mas llegados a este punto, nos vemos obligados a convenir en que lo que hemos obtenido siguiendo el primero de estos caminos no concuerda por completo con los resultados que las investigaciones efectuadas en la segunda dirección nos han proporcionado. Así, pues, nuestra labor más inmediata será la de confrontar estos dos grupos de resultados y ponerlos de acuerdo. Por ambos lados hemos visto que la elaboración onírica consiste esencialmente en una transformación de ideas en sucesos alucinatorios.
Esta transformación constituye ya de por sí un hecho enigmático, pero se trata de un problema de Psicología general, del cual no tenemos para qué ocuparnos aquí. Los sueños infantiles nos han demostrado que la elaboración tiende a suprimir, por la realización de un deseo, una excitación que perturba el reposo. De la deformación de los sueños no podíamos decir lo mismo antes de haber aprendido a interpretar éstos. Pero desde un principio esperamos poder deducir los sueños deformados al mismo punto de vista que los infantiles. La primera realización de esta esperanza nos ha sido proporcionada por el descubrimiento de que, en rigor, todos los sueños son sueños infantiles, pues todos ellos laboran con materiales infantiles y tendencias y mecanismos de este género. Y puesto que consideramos como resuelta la cuestión de la deformación onírica, nos queda únicamente por investigar si la concepción de la realización de deseos se aplica igualmente a los sueños deformados. En páginas anteriores hemos sometido a interpretación una serie de sueños sin tener en cuenta el punto de vista de la realización de deseos, y, por tanto, tengo la convicción de que más de una vez os habéis preguntado: Pero ¿qué se ha hecho de aquella realización de deseos que antes se nos presentó «como el fin de la elaboración onírica»? Esta interrogación posee una gran importancia, pues es la que generalmente nos plantean nuestros críticos profanos. Como ya sabéis, la Humanidad experimenta una aversión instintiva hacia todas las novedades intelectuales, siendo una de las manifestaciones de esta aversión el hecho de que cada novedad queda en el acto reducida a su más pequeña amplitud y como condensada en una fórmula.
Para la nueva teoría de los sueños la fórmula corriente es la de «realización de deseos». Habiendo oído decir que el sueño es una realización de deseos, puede preguntarse en seguida dónde se halla tal realización. Pero al mismo tiempo que se plantea suele ya resolverse esta interrogación en sentido negativo, sin esperar más amplias explicaciones. Fundándose en el recuerdo de innumerables experiencias personales, en las que el displacer más profundo y hasta la más desagradable angustia han aparecido ligados a los sueños, declaran nuestros críticos que las afirmaciones de la teoría psicoanalítica sobre los mismos son por completo inverosímiles. A esta objeción nos es fácil responder que en los sueños deformados puede no ser evidente la realización de deseos, debiendo ser buscada y resultando muchas veces imposible de demostrar sin una previa interpretación del sueño. Sabemos igualmente que los deseos de estos sueños deformados son deseos prohibidos y reprimidos por la censura, deseos cuya existencia constituye precisamente la causa de la deformación onírica y lo que motiva la intervención de la instancia censora. Pero es difícil hacer entrar en la cabeza del crítico profano la evidente verdad de que no se puede buscar la realización de deseos en un sueño sin antes haberlo interpretado. Nuestro crítico olvidará constantemente esta verdad, mas su actitud negativa ante la teoría de la realización de deseos no es en el fondo sino una consecuencia de la censura onírica, pues viene a sustituir en su psiquismo a los deseos censurados de los sueños y es un efecto de la negación de los mismos.
Tendremos, naturalmente, que explicarnos la existencia de tantos sueños de contenido penoso y en particular la de los sueños de angustia o pesadillas. Nos hallamos aquí por vez primera ante el problema de los sentimientos en el sueño, problema que merecería ser estudiado por sí mismo. Desgraciadamente, no podemos efectuar aquí tal estudio. Si el sueño es una realización de deseos, no debiera provocar sensaciones penosas. En esto parecen tener razón los críticos profanos. Pero existen tres complicaciones en las cuales no han pensado.
(1) En primer lugar, puede suceder que la elaboración onírica no consiga crear plenamente una realización de deseos y pase, por tanto, al contenido manifiesto un resto de los afectos dolorosos de las ideas latentes. El análisis deberá entonces mostrarnos -y en efecto nos lo muestra en cada caso de este género -que las ideas latentes eran aún mucho más dolorosas que el sueño formado a sus expensas. En estos sueños admitimos que la elaboración onírica no ha alcanzado el fin que se proponía, del mismo modo que aquellos sueños en los que soñamos beber no logran su objeto de dominar la excitación producida por la sed y acabamos por tener que despertarnos para beber realmente. Mas, sin embargo, hemos tenido un sueño verdadero y que no ha perdido nada de su carácter de tal por no haber conseguido constituir la realización del deseo. Debemos, pues, reconocerlo así, y decir: Ut desint vires, tamen est laudanda voluntas. Si el deseo no ha sido satisfecho, no por ello la intención deja de ser laudable.
Estos fracasos de la elaboración onírica no son nada raros. Lo que a ellos contribuye es que los afectos son a veces harto resistentes y, por tanto resulta muy difícil, para la elaboración, modificarlos en el sentido deseado. Sucede así que, aun habiendo conseguido la elaboración transformar en una realización de deseos el contenido doloroso de las ideas latentes, el sentimiento displaciente que acompaña a las mismas pasa sin modificación ninguna al sueño manifiesto. En los sueños de este género existe, pues, un completo desacuerdo entre el afecto y el contenido manifiesto, circunstancia en la que se fundan muchos críticos para negarles un carácter de realización de deseos, alegando que incluso un contenido inofensivo puede aparecer acompañado de un sentimiento de displacer. Frente a esta incomprensiva objeción haremos constar que precisamente en esta clase de sueños es en lo que la tendencia a la realización de deseos se manifiesta con más claridad, pues aparece totalmente aislada. El error proviene de que aquellos que no conocen la neurosis se imaginan que existe entre el contenido y el afecto una íntima conexión, y no comprenden que un contenido pueda quedar modificado sin que lo sea a la vez la manifestación afectiva que le corresponde.
(2) Otra circunstancia mucho más importante, que el profano omite tener en cuenta, es la que sigue: una realización de deseos debiera ser, desde luego, una causa de placer. Mas ¿para quién? Naturalmente, para aquel que abriga tal deseo. Ahora bien: sabemos que la actitud del sujeto con respecto a sus deseos es una actitud harto particular, pues los rechaza, los censura y no quiere saber nada de ellos. Resulta, pues, que la realización de los mismos no puede procurarle placer alguno, sino todo lo contrario, y la experiencia nos muestra que este afecto contrario, que permanece aún inexplicado, se manifiesta en forma de angustia. En su actitud ante los deseos de sus sueños, el durmiente se nos muestra, por tanto, como compuesto de dos personas diferentes, pero unidas, sin embargo, por una íntima comunidad. En vez de entrar en una detallada explicación de este punto concreto os recordaré un conocido cuento en el que hallamos una idéntica situación. Una hada bondadosa promete a un pobre matrimonio la realización de sus tres primeros deseos. Encantado de la generosidad del hada se dispone el matrimonio a escoger con todo cuidado, pero la mujer, seducida por el olor de unas salchichas que en la cabaña vecina están asando desea comer un par de ellas, y en el acto aparecen sobre la mesa, quedando cumplido el primer deseo. Furioso, el marido pide que las salchichas aquellas vayan a colgar de las narices de su imbécil mujer, deseo que es cumplido en el acto, como el segundo de los tres concedidos. Inútil deciros que esta situación no resulta nada agradable para la mujer, y como, en el fondo, su marido se siente unido a ella por el cariño conyugal, el tercer deseo ha de ser el de que las salchichas vuelvan a quedar sobre la mesa. Este cuento nos muestra claramente cómo la realización de deseos puede constituir una fuente de placer para una de las dos personalidades que al sujeto hemos atribuido y de displacer para la otra, cuando ambas no se hallan de acuerdo.
No nos será difícil llegar ahora a una mejor comprensión de las pesadillas. Utilizaremos todavía una nueva observación y nos decidiremos luego en favor de una hipótesis, en apoyo de la cual podemos alegar más de un argumento. La observación a que me refiero es la de que las pesadillas muestran con frecuencia un contenido exento de toda deformación; esto es, un contenido que, por decirlo así, ha escapado a la censura. La pesadilla es muchas veces una realización no encubierta de un deseo, pero de un deseo que, lejos de ser bien acogido por nosotros, es rechazado y reprimido. La angustia que acompaña a esta realización toma entonces el puesto de la censura. Mientras que el sueño infantil podemos decir que es la abierta realización de un deseo admitido, y del sueño ordinario, que es la realización encubierta de un deseo reprimido, no podemos definir la pesadilla sino como la franca realización de un deseo reprimido, y la angustia constituye una indicación de que tal deseo se ha mostrado más fuerte que la censura y se ha realizado o se hallaba en vías de realización, a pesar de la misma. Fácilmente se comprende que para el sujeto que se sitúa en tal punto de vista de la censura, una tal realización ha de ser obligadamente un manantial de dolorosas sensaciones y le ha de hacer colocarse en una actitud defensiva. El sentimiento de angustia que entonces experimentamos en el sueño podemos decir que es un reflejo de la angustia que sentimos ante la fuerza de determinados deseos que hasta el momento habíamos conseguido reprimir.
Lo que para las pesadillas no deformadas resulta verdadero, debe de serlo también para aquellas que han sufrido una deformación parcial y para todos los demás sueños desagradables, cuyas penosas sensaciones se aproximan más o menos a la angustia. La pesadilla es seguida generalmente por un sobresaltado despertar, quedando interrumpido nuestro reposo antes que el deseo reprimido del sueño haya alcanzado, en contra de la censura, su completa realización. En estos casos, el sueño no ha podido cumplir su función, pero esto no modifica en nada su peculiar naturaleza. En efecto, comparamos al sueño con un vigilante nocturno encargado de proteger nuestro reposo contra posibles perturbaciones; pero también los vigilantes despiertan al vecindario cuando se sienten demasiado débiles para alejar sin ayuda ninguna la perturbación o el peligro. Esto no obstante, conseguimos muchas veces continuar durmiendo aun en el momento en que el sueño comienza a hacerse sospechoso y a convertirse en pesadilla. En tales casos, solemos decirnos, sin dejar de dormir: «No es más que un sueño», y proseguimos nuestro reposo. Mas ¿cuándo adquiere el deseo onírico una potencia tal que le permite salir victorioso de la censura?
Esta circunstancia puede depender tanto del deseo como de la censura misma. Por razones desconocidas, puede el deseo adquirir, desde luego, en un momento dado, una intensidad extraordinaria, pero tenemos la impresión de que más frecuentemente es a la censura a la que se debe este desplazamiento de las relaciones recíprocas entre las fuerzas actuantes. Sabemos ya que la intensidad de la censura es muy variable y que cada elemento es tratado con muy distinto rigor. A estas observaciones podemos ahora añadir la de que dicha variabilidad va aún mucho más lejos y que la censura no aplica siempre igual rigor al mismo elemento represible. Si alguna vez le sucede hallarse impotente ante un sueño que intenta dominarla por sorpresa, utiliza, en efecto, de la deformación, el último arbitrio de que dispone, poniendo fin al reposo por medio de la angustia.
Al llegar a este punto de nuestra exposición advertimos que ignoramos aún por qué estos deseos reprimidos se manifiestan precisamente durante la noche como perturbadores de nuestro reposo. Para resolver esta interrogación hemos de fundarnos en la especial naturaleza del estado de reposo. Durante el día se hallan dichos deseos sometidos a una rigurosa censura que les prohíbe, en general, toda manifestación exterior. Pero durante la noche esta censura, como muchos otros intereses de la vida psíquica, queda suprimida o por lo menos considerablemente disminuida en provecho del deseo onírico. A esta disminución de la censura durante la noche es a lo que dichos deseos prohibidos deben la posibilidad de manifestarse. Muchos individuos nerviosos, atormentados por el insomnio, nos han confesado que al principio era el mismo voluntario, pues el miedo a los sueños, esto es, a las consecuencias del relajamiento de la censura que el reposo trae consigo, hacía que prefieran permanecer despiertos. Fácilmente se ve que tal supresión de la censura no constituye una grosera falta de previsión. El estado de reposo paraliza nuestra motilidad, y nuestras perversas intenciones, aun cuando entran en actividad, no llegarán nunca a producir cosa distinta de los sueños, los cuales son prácticamente inofensivos. Esta tranquilizadora circunstancia queda expresada en la razonable observación que el durmiente se hace de que todo aquello no es más que un sueño, observación que forma parte de la vida nocturna, pero no de la vida onírica: «Esto no es más que un sueño, y puesto que no puede pasar de ahí, dejémoslo hacer y continuemos durmiendo.»
(3) Si, en tercer lugar, recordáis la analogía que hemos establecido entre el durmiente que lucha contra sus deseos y un ficticio personaje compuesto de dos individualidades distintas, pero estrechamente ligadas una a otra, observaréis, sin esfuerzo, que existe otra razón para que la realización de un deseo pueda ser considerada como algo extraordinariamente desagradable, o sea como un castigo. Retornemos a nuestro cuento de los tres deseos. La aparición de las salchichas sobre la mesa constituye la realización directa del deseo de la primera persona, esto es, de la mujer; la adherencia de las mismas a la nariz de la imprudente son la realización del deseo de la segunda persona, o sea del marido, pero constituye asimismo el castigo infligido a la mujer por su absurdo deseo. Más adelante, al ocuparnos de las neurosis hallaremos la motivación del tercero de los deseos de que el cuento nos habla. Refiriéndome ahora al punto concreto del castigo, he de indicaros que en la vida psíquica del hombre existe un gran número de tendencias punitivas muy enérgicas a las que hemos de atribuir la motivación de la mayor parte de los sueños displacientes. Me objetaréis aquí que, admitiendo todo esto, nuestra famosa realización de deseos queda reducida a su más mínima expresión; pero examinando los hechos con un mayor detenimiento comprobaréis lo equivocado de vuestra crítica. Dada la variedad (de la cual ya trataremos más tarde) que la naturaleza del sueño podría revestir -y que según algunos autores reviste, en efecto- , nuestra definición (realización de un deseo, de un temor o de un castigo) resulta verdaderamente limitada.
Debemos, además, tener en cuenta que el temor o la angustia es algo por completo opuesto al deseo y que los contrarios se encuentran muy próximos unos de otros en la asociación, e incluso llegan a confundirse, como ya sabemos, en lo inconsciente. Además el castigo es por sí mismo la realización de un deseo: el de aquella parte de la doble personalidad del durmiente que se halla de acuerdo con la censura. Observaréis que no he hecho la menor concesión a vuestras objeciones contra la teoría de la realización de deseos. Pero tengo el deber, que no quiero eludir, de mostraros que cualquier sueño deformado no es otra cosa que una tal realización. Recordad el ejemplo que interpretamos en una de las lecciones anteriores y a propósito del cual hemos descubierto tantas cosas interesantes; me refiero al sueño que gravitaba en torno de tres malas localidades de un teatro por un florín cincuenta céntimos. Una señora a la cual su marido anuncia aquel mismo día que su amiga Elisa, tan sólo tres meses menor que ella, se ha prometido a un hombre honrado y digno, sueña que se encuentra con su esposo en el teatro. Una parte del patio de butacas se halla casi vacía. Su marido le dice que Elisa y su prometido hubieran querido venir también al teatro, pero que no pudieron hacerlo por no haber encontrado sino tres localidades muy malas por un florín cincuenta céntimos. Ella piensa que no ha sido ninguna desgracia no poder venir aquella noche al teatro. En este sueño descubrimos que las ideas latentes se refieren al remordimiento de la señora por haberse casado demasiado pronto y a su falta de estimación por su marido. Veamos ahora cómo estas melancólicas ideas han sido elaboradas y transformadas en la realización de un deseo y dónde aparecen sus huellas en el contenido manifiesto.
Sabemos ya que el elemento «demasiado pronto, apresuradamente», ha sido eliminado del sueño por la censura. El patio de butacas medio vacío constituye una alusión a él. El misterioso «3 por un florín cincuenta céntimos» nos resulta ahora más comprensible gracias a nuestro posterior estudio del simbolismo onírico . El 3 representa realmente en este sueño a un hombre, y el elemento manifiesto en que aparece puede traducirse sin dificultad para la idea de comprarse un marido con su dote. («Con mi dote hubiera podido comprarme un marido diez veces mejor.») El matrimonio queda claramente reemplazado por el hecho de ir al teatro, y el «tomar con demasiada anticipación los billetes» viene a sustituirse a la idea «me he casado demasiado pronto», sustitución motivada directamente por la realización de deseos. La sujeto de este sueño no se ha sentido nunca tan poco satisfecha de su temprano matrimonio como el día en que supo la noticia de los desposorios de su amiga. Hubo, sin embargo, un tiempo en el que tenía a orgullo el hallarse prometida y se consideraba superior a su amiga Elisa.
Constituye, en efecto, un hecho muy corriente el de que las jóvenes ingenuas manifiesten su alegría, en los meses que preceden al matrimonio, ante la proximidad de la época en que podrán asistir a toda clase de espectáculos, sobre todo a aquellos que de solteras les estaban prohibidos. Se transparenta en este hecho una curiosidad, que seguramente fue, en sus principios, de naturaleza sexual y recaía con especialidad sobre la vida sexual de los propios padres, curiosidad que constituyó en este caso uno de los más enérgicos motivos que impulsaron a nuestra heroína a su temprano matrimonio. De este modo es como el «ir al teatro» llega en el sueño a constituir una sustitución representativa del «estar casada». Lamentando ahora su temprano matrimonio, se transporta la señora a la época en que el mismo constituía para ella la realización de un deseo, permitiéndole satisfacer su curiosidad visual, y guiada por este deseo de una época pasada, reemplaza el hecho de hallarse casada por el de asistir al teatro.
No puedo ser acusado de haber escogido, ciertamente, el ejemplo más cómodo para demostrar la existencia de una oculta realización de deseos. Mas el procedimiento que nos permite llegar a descubrir tales realizaciones es análogo en todos los sueños deformados. No pudiendo emprender aquí ningún otro análisis de este género, he de limitarme a aseguraros que nuestra investigación quedaría en todo caso coronada por el más completo éxito. Sin embargo, quiero consagrar aún algunos momentos a este punto especial de nuestra teoría; pues sé por experiencia que es uno de los más expuestos a los ataques de la crítica y a la incomprensión. Pudierais, además, creer que el añadir que el sueño puede ser, además de la realización de un deseo, la de un angustioso temor o de un castigo, he retirado una parte de mi primera tesis, y juzgar favorable la ocasión para arrancarme otras concesiones. Por último, quiero evitar que, como otras varias veces, se me reproche el exponer demasiado sucintamente, y por tanto de un modo muy poco persuasivo, aquello que a mí me parece evidente.
Muchos de aquellos que me han seguido en la interpretación de los sueños y han aceptado los resultados obtenidos se detienen al llegar a la realización de deseos y me preguntan: Admitiendo que el sueño tiene siempre un sentido y que este sentido puede ser revelado por la técnica psicoanalítica, ¿cuál es la razón de que contra toda evidencia deba hallarse siempre moldeado en la fórmula de la realización de un deseo? ¿Por qué el pensamiento nocturno no habría de tener, a su vez, sentidos tan variados y múltiples como el diurno? O dicho de otra manera, ¿por qué el sueño no habría de corresponder unas veces a un deseo realizado, o como nos habéis expuesto, a un temor o un castigo, y otras, en cambio, a un proyecto, una advertencia, una reflexión con sus argumentos en pro y en contra, un reproche, un remordimiento, una tentativa de prepararse a un trabajo inmediato, etc.? ¿Por qué habría de expresar siempre y únicamente un deseo o todo lo más su contrario? Pudiera suponerse que una divergencia sobre ese punto carece de importancia, siempre que sobre los demás se esté de acuerdo, y que habiendo hallado el sentido del sueño y establecido el medio de descubrirlo, resulta en extremo secundaria la cuestión de fijar estrictamente dicho sentido. Pero esto constituye un grave error. Una mala inteligencia sobre este punto ataca a la esencia misma de nuestro conocimiento de los sueños y anula el valor del mismo para la inteligencia de la neurosis.
Volvamos, pues, a nuestra interrogación de por qué un sueño no ha de corresponder a cosa distinta de la realización de un deseo. Mi primera respuesta será la que en todos estos casos acostumbro formular: ignoro por qué razón no sucede así, y por mi parte no tendría ningún inconveniente en que así fuera, pero la realidad es distinta y nos obliga a rechazar una tal concepción de los sueños, más amplia y cómoda que la que aquí sostenemos. En segundo lugar, tampoco me es ajena la hipótesis de que el sueño puede corresponder a diversas operaciones intelectuales. En una historia clínica publicada por mí se halla incluida la interpretación de un sueño que, después de repetirse tres noches consecutivas, no volvió a presentarse, y mi explicación de esta particularísima circunstancia es la de que este sueño correspondía a un proyecto, ejecutado el cual no tenía ya razón ninguna para continuar reproduciéndose. Posteriormente he hecho también público el análisis de otro sueño que correspondía a una confesión. Pero entonces, ¿cómo puedo contradecirme y afirmar que el sueño no es siempre sino un deseo realizado? Lo hago así para alejar el peligro de una ingenua incomprensión que podría destruir por completo el fruto de los esfuerzos realizados para alcanzar la inteligencia del sueño, incomprensión que confunde el sueño con las ideas oníricas latentes y atribuye al primero algo que sólo a las segundas pertenece. Es exacto que el sueño puede representar todo aquello que antes hemos enumerado y sustituirlo: proyectos, advertencias, reflexiones, preparativos, intentos de resolver un problema, etc., pero un atento y detenido examen os hará observar que nada de esto resulta cierto con respecto a las ideas latentes, de cuya transformación ha nacido el contenido manifiesto. La interpretación onírica nos ha mostrado que el pensamiento inconsciente del hombre se ocupa con tales proyectos y reflexiones, con los que la elaboración onírica forma después los sueños.
Sólo si esta elaboración no os interesa y la elimináis por completo para no atender sino a la ideación inconsciente del hombre, es como podréis decir que el sueño corresponde a un proyecto, una advertencia, etc. Este procedimiento se sigue con gran frecuencia en la actividad psicoanalítica cuando se trata de destruir la forma que ha revestido el sueño y sustituirla por las ideas latentes que le han dado origen. Se nos revela, pues, en el examen particular de las ideas latentes que todos aquellos actos psíquicos tan complicados que antes hemos enumerado pueden realizarse fuera de la conciencia; resultado tan magnífico como desorientante. Pero, volviendo a la multiplicidad de los sentidos que los sueños pueden poseer, os he de indicar que no tenéis derecho a hablar de una tal multiplicidad sino sabiendo que os servís de una fórmula que no puede hacerse extensible a la esencia del fenómeno onírico. Al hablar de «sueños», habréis de referiros siempre al sueño manifiesto, esto es, al producto de la elaboración onírica, o todo lo más a esta elaboración misma, o sea al proceso psíquico que, sirviéndose de las ideas latentes, forma el sueño manifiesto. Cualquier otro empleo que deis a dicho término podrá crear graves confusiones.
Cuando, en cambio, queráis referiros a las ideas latentes que se ocultan detrás del contenido manifiesto, decidlo directamente y no contribuyáis a complicar el problema -ya harto intrincado -con un error de concepto o una expresión imprecisa. Las ideas latentes son la materia prima que la elaboración onírica transforma en el contenido manifiesto. Deberéis, por tanto, evitar toda confusión entre esta materia y la labor que le imprime una forma determinada, pues si no, ¿qué ventaja lleváis a aquellos que no conocen más que al producto de dicha elaboración y no pueden explicarse de dónde proviene y cómo se constituye? El único elemento esencial del sueño se halla constituido por la elaboración, la cual actúa sobre la materia ideológica. Aunque en determinados casos prácticos nos veamos obligados a prescindir de este hecho, no nos es posible ignorarlo en teoría. La observación analítica muestra igualmente que la elaboración no se limita a dar a estas ideas la forma de expresión arcaica o regresiva que conocéis, sino que, además, añade siempre a ellas algo que no pertenece a las ideas latentes del día, pero que constituye, por decirlo así, la fuerza motriz de la formación del sueño. Este indispensable complemento es el deseo, también inconsciente, para cuya realización sufre el contenido del sueño todas las transformaciones de que ya hemos hablado.
Limitándonos a tender en el sueño a las ideas por él representadas, podemos, desde luego, atribuirle las más diversas significaciones, tales como las de una advertencia, un proyecto, una preparación, etc., pero al mismo tiempo será siempre la realización de un deseo inconsciente, y considerado como un producto de la elaboración, no será nunca cosa distinta de una tal realización. Así, pues, un sueño no es nunca exclusivamente un proyecto, una advertencia, etc., sino siempre un proyecto o una advertencia que han recibido, merced a un deseo inconsciente, una forma de expresión arcaica y han sido transformados para servir a la realización de dicho deseo. Uno de estos caracteres, la realización de deseos, es constante. En cambio, el otro puede variar e incluso ser también a veces un deseo, caso en el que el sueño representará un deseo latente del día, realizado con ayuda de un deseo inconsciente. Todo esto me parece fácilmente comprensible, pero no sé si he logrado exponéroslo con suficiente claridad. Además, tropiezo para su demostración con dos graves dificultades. En primer lugar, sería necesario realizar un gran número de minuciosos análisis y, por otro lado, resulta que esta cuestión, la más espinosa e importante de nuestra teoría de los sueños, no puede ser expuesta de un modo convincente sino relacionándola con algo de lo que aún no hemos tratado. La íntima conexión que une a todas las cosas entre sí hace que no se pueda profundizar en la naturaleza de una de ellas sin antes haber sometido a investigación aquellas otras de naturaleza análoga. Siendo así, y desconociendo todavía por completo aquellos fenómenos que se aproximan más al sueño, o sea los síntomas neuróticos, debemos contentarnos por ahora con los resultados logrados hasta el momento. Por tanto, me limitaré, mientras adquirimos los datos necesarios para continuar nuestra investigación, a elucidar aquí un ejemplo más y someterlo a vuestra consideración.
Examinaremos nuevamente aquel sueño del que ya varias veces nos hemos ocupado, o sea el de las tres localidades de un teatro por un florín cincuenta céntimos. Puedo aseguraros que la primera vez que lo escogí como ejemplo fue sin ninguna intención especial. Sabéis ya que las ideas latentes de este sueño son el sentimiento por haberse casado tan pronto, despertado por la noticia del próximo matrimonio de su amiga, el desprecio hacia su propio marido y la sospecha de que hubiera podido encontrar uno mejor si hubiera querido esperar. Conocéis también el deseo que con todas estas ideas ha formado un sueño, y que es la afición de los espectáculos y a frecuentar los teatros, ramificación probable a su vez de la antigua curiosidad de enterarse de lo que sucede al contraer matrimonio. En los niños recae generalmente esta curiosidad sobre la vida sexual de sus padres. Trátase, pues, de una curiosidad de carácter infantil, o sea de una tendencia cuyas raíces alcanzan a los primeros años de la vida del sujeto. Mas la noticia recibida por la señora en el día anterior a su sueño no proporcionaba pretexto alguno para despertar su tendencia al placer visual, sino únicamente sus remordimientos por haberse casado tan pronto.
La tendencia optativa no formaba parte, al principio, de las ideas latentes y, por tanto, pudimos realizar la interpretación de este sueño sin tenerla para nada en cuenta. Pero, por otro lado, la contrariedad de la sujeto por haberse casado tan pronto no era suficiente por sí sola para producir el sueño. Sólo después de haber despertado el antiguo deseo de ver lo que sucedía al casarse es cuando la idea «fue un absurdo casarme tan pronto» adquirió capacidad para originar un sueño. Una vez conseguido esto formó dicho deseo el contenido manifiesto del sueño, reemplazando el matrimonio por el hecho de ir al teatro y presentando al sueño como la realización de un antiguo deseo: «Yo podré ya ir al teatro y ver todo aquello que antes me estaba prohibido y que para ti sigue estándolo. Voy a casarme dentro de poco, y, en cambio, tú tienes todavía que esperar.» De este modo, la situación actual quedó transformada en su contraria y sustituida una reciente decepción por un triunfo pretérito. Al mismo tiempo aparecen mezcladas en el sueño la satisfacción de la afición de la sujeto a los espectáculos y una satisfacción egoísta procurada por el triunfo sobre una competidora. Esta satisfacción es la que determina el contenido manifiesto del sueño, en el que vemos realmente que la sujeto se halla en el teatro mientras que su amiga no ha podido lograr acceso a él.
Sobre esta situación de satisfacción se acumulan luego, como modificaciones sin relación con ella e incomprensibles, aquellos fragmentos del contenido del sueño detrás de los cuales se disimulan todavía las ideas latentes. La interpretación debe hacer caso omiso de todo aquello que sirve para representar la realización de deseos y reconstituir, guiándose por los elementos que a dicha realización se superponen, las dolorosas ideas latentes de este sueño. La nueva consideración que me proponía someteros se halla destinada a atraer vuestra atención sobre las ideas latentes que ahora hemos colocado en primer término. Os ruego no olvidéis que tales ideas son inconscientes en el sujeto, perfectamente inteligibles y coherentes, resultando explicables como naturales reacciones al estímulo del sueño, y pueden, por último, tener el mismo valor que cualquier otra tendencia psíquica u operación intelectual. Denominando ahora a estas ideas restos diurnos (Tagesreste) en un sentido más riguroso que el que antes dábamos a esta calificación y sin que nos importe ya que el sujeto las confirme o no como tales restos, estableceremos una distinción entre restos diurnos e ideas latentes, dando este nombre a todo aquello que averiguamos por medio de la interpretación y reservando el de «restos diurnos» para una parte especial del conjunto de tales ideas. Diremos entonces que a los restos diurnos ha venido a agregarse algo que pertenecía también a lo inconsciente, o sea un deseo intenso, pero reprimido, y que este deseo es lo que ha hecho posible la formación del sueño. La acción ejercida por él sobre los restos diurnos crea un nuevo acervo de ideas latentes, y precisamente aquellas que no pueden ya ser consideradas como racionales y explicables en la vida despierta.
Para ilustrar las relaciones que existen entre los restos diurnos y el deseo inconsciente me he servido ya repetidas veces de una comparación que habré de reproducir aquí. Cada empresa tiene necesidad de un capitalista que subvenga a los gastos y de un socio industrial que organice y dirija la explotación. En la formación de un sueño, el deseo inconsciente desempeña siempre el papel de capitalista, siendo el que proporciona la energía psíquica necesaria para la misma. El socio industrial queda representado por el resto diurno que dirige el empleo de dicha energía. Ahora bien: en ciertos casos es el mismo capitalista quien puede organizar la empresa y poseer los conocimientos especiales que exige su realización y en otros es el socio industrial el que dispone del capital necesario para montar el negocio. Esto simplifica la situación práctica; pero hace, en cambio, más difícil su comprensión teórica. Reconociéndolo así, descompone siempre la economía política esta doble personalidad y considera separadamente los elementos que la integran restableciendo la situación fundamental que ha servido de punto de partida a nuestra comparación. Idénticas variantes, cuyas modalidades podéis deducir por vosotros mismos, se producen en la formación de los sueños.
No quiero pasar adelante sin antes contestar a una importantísima interrogación que sospecho ha de haber surgido en vosotros hace ya largo tiempo. «Los restos diurnos -preguntáis -, ¿son verdaderamente inconscientes en el mismo sentido que el deseo inconsciente, cuya intervención es necesaria pare hacerlos aptos para provocar un sueño ?» Nada más justificado que esta pregunta, pues, como con razón sospecháis al plantearla, se refiere a la esencia misma del problema que investigamos. Pues bien: los restos diurnos no son inconscientes en el mismo sentido que el deseo que los capacita para formar un sueño. Este deseo pertenece a otro inconsciente distinto; esto es, a aquel que reconocimos como de origen infantil y al que hallamos provisto de especialísimos mecanismos. Sería muy indicado diferenciar estas dos variedades de inconsciente, dando a cada una su especial calificación; mas para hacerlo así esperamos a familiarizarnos con la fenomenología de las neurosis. Si ya se tachan de fantásticas nuestras teorías porque admitimos la existencia de un sistema inconsciente figuraos lo que de ellas se dirá viendo que ya no nos basta con uno solo, y afirmamos que aún existe otro más. Detengámonos, pues, aquí. De nuevo os he expuesto cosas incompletas; pero de todos modos, creo muy satisfactoria la idea de que estos conocimientos son susceptibles de un ulterior desarrollo que será efectuado un día, sea por nuestros propios trabajos, sea por los de aquellos que en el estudio de estas materias nos sucedan. Además, lo que hasta ahora hemos averiguado me parece ya lo bastante nuevo y sorprendente para compensar nuestra labor de investigación. |