| Señoras y señores: Uno de los resultados obtenidos en nuestras investigaciones nos reveló que bajo la influencia de la censura comunica la elaboración onírica a las ideas latentes una particular forma expresiva. Las ideas latentes son iguales a aquellas de que en nuestra vida despierta tenemos perfecta conciencia, pero la expresión que en el sueño revisten presentan numerosos rasgos que nos son ininteligibles. Ya hemos dicho que esta forma expresiva retrocede a estados muy pretéritos de nuestro desarrollo intelectual, esto es, el lenguaje figurado, a las relaciones simbólicas y quizá a condiciones que existieron antes del desarrollo de nuestro lenguaje abstracto. En esta circunstancia es en la que nos hemos fundado para calificar de arcaico o regresivo el género de expresión de la elaboración onírica. Podemos, pues, deducir que un estudio más profundo y detenido de la elaboración ha de proporcionarnos interesantísimos datos sobre los orígenes poco conocidos de nuestro desarrollo intelectual. En realidad, espero que así sea, pero es ésta una labor que no ha sido aún emprendida.
La elaboración onírica nos hace retornar a una doble prehistoria: en primer lugar, a la prehistoria individual, o sea a la infancia, y después, en tanto en cuanto todo individuo reproduce abreviadamente en el curso de su infancia el desarrollo de la especie humana, a la prehistoria filogénica. No creo imposible que llegue a conseguirse algún día fijar qué parte de los procesos psíquicos latentes corresponde a la prehistoria individual y cuál otra a la prehistoria filogénica. Por lo pronto, creo que podemos considerar justificadamente la relación simbólica de que en el curso de estas lecciones hemos hablado y que el individuo no ha aprendido jamás a establecer como un legado filogénico.
Pero no es éste el único carácter arcaico del sueño. Todos conocéis, por propia experiencia, la singular amnesia infantil, o sea el hecho comprobado de que los cinco, seis u ocho primeros años de la vida no dejan como los sucesos de años posteriores una huella más o menos precisa en nuestra memoria. Existen ciertamente algunos individuos que pueden vanagloriarse de una continuidad mnémica que se extiende a través de toda la vida desde sus primeros comienzos, pero el caso contrario, aquel en el que la memoria del sujeto adolece de extensas lagunas, es el más frecuente y casi general. A mi juicio, no ha despertado este hecho toda la atención que merece. A la edad de dos años, el niño sabe ya hablar con bastante perfección, y poco después nos muestra que sabe también orientarse en situaciones psíquicas complicadas, y manifestar sus ideas y sentimientos por medio de palabras y actos que los que le rodean habrán de recordarle en años posteriores, pues él los olvidará por completo, a pesar de que la memoria es o debiera ser en los tempranos años infantiles, en los que se halla menos recargada, más sensible y apta para su misión retentiva. Por otra parte, nada nos autoriza a considerar la función de la memoria como una función psíquica especialmente elevada y difícil; suele, por lo contrario, suceder que personas de muy bajo nivel intelectual poseen esta facultad en alto grado.
A esta particularidad se añade la de que tal carencia de recuerdos sobre los primeros años infantiles no es ni mucho menos completa, pues en la memoria del adulto quedan algunas claras huellas de esta época, correspondientes casi siempre a impresiones plásticas, aunque con la singularidad de que no hay nada que a primera vista justifique su conservación con preferencia a otras. De las impresiones que recibimos en épocas posteriores de nuestra vida realiza nuestra memoria una selección, conservando las más importantes y dejando perderse el resto. Mas con los recuerdos que de nuestra infancia conservamos sucede algo muy distinto. Estos recuerdos no corresponden necesariamente a sucesos importantes de dicho período de nuestra vida, ni siquiera a sucesos que pudieron parecernos importantes desde el punto de vista infantil. Son, por lo contrario, tan triviales e insignificantes que nos preguntamos con asombro por qué razón han sido precisamente los que han escapado al olvido. Ya en una ocasión anterior intenté resolver el enigma de la amnesia infantil y de los restos de recuerdos conservados a pesar de la misma, y llegué a la conclusión de que también la memoria del niño efectúa una labor de selección, conservando tan sólo lo importante; mas por medio de los procesos que os son ya conocidos, el de condensación y, sobre todo, el de desplazamiento, quedan dichos recuerdos importantes sustituidos en la memoria del sujeto por otros que lo parecen menos. Basándome en esta circunstancia he dado a estos recuerdos infantiles el nombre de recuerdos encubridores (Deckerinnerungen). Un penetrante análisis de los mismos nos permite descubrir tras de ellos lo importante olvidado.
En la terapéutica psicoanalítica nos hallamos siempre ante la necesidad de llenar las lagunas que presentan los recuerdos infantiles, y cuando el tratamiento da resultados aproximadamente satisfactorios, esto es, en un gran número de casos, conseguimos hacer surgir el contenido de los años infantiles encubierto por el olvido. Las impresiones de este modo reconstituidas no han sido nunca realmente olvidadas; lo que sucede es que han pasado a lo inconsciente, haciéndose latentes e inaccesibles fuera del análisis. Sin embargo, suelen a veces emerger espontáneamente en relación con ciertos sueños, mostrándosenos así la vida onírica capaz de hallar el camino de acceso a estos sucesos infantiles latentes. La literatura sobre los sueños nos muestra acabados casos de este género, y yo mismo he podido aportar un ejemplo personal. Una noche soñé con una persona que me había prestado un servicio y cuya figura se me apareció con gran precisión y claridad. Era un hombre de escasa estatura, gordo, tuerto y con la cabeza metida entre los hombros. Del contexto de mi sueño deduje que aquel hombrecillo era un médico. Felizmente pude preguntar a mi madre, que vivía todavía, cuál era el aspecto exterior del médico de mi ciudad natal, de la que salí a la edad de tres años, y supe que, en efecto, era tuerto, pequeño, gordo y tenía la cabeza metida entre los hombros. Me reveló, además, mi madre en qué ocasión olvidada por mí me había prestado este médico sus servicios. Vemos, pues, que este acceso a los materiales olvidados de los primeros años de la infancia constituye un nuevo rasgo arcaico del sueño.
Idéntica explicación puede aplicarse a otro de los enigmas con los cuales tropezamos en el curso de estas investigaciones. Recordaréis, sin duda, el asombro que experimentasteis cuando os expuse la prueba de que los sueños son estimulados por deseos sexuales, fundamentalmente perversos, y a veces de una tan desenfrenada licencia, que han hecho necesaria la institución de una censura y una deformación onírica. Cuando llegamos a comunicar al sujeto la interpretación de un sueño de este género no deja nunca de hacer constar su protesta contra la misma, pero aun en los casos más favorables, es decir, en aquellos en que acepta tal interpretación, pregunta siempre de dónde puede proceder un tal deseo que tan incompatible con su carácter y tan contrario al conjunto de sus tendencias y sentimientos le parece, interrogación cuya respuesta no tenemos por qué dilatar. Tales perversos deseos tienen sus raíces en el pasado, muchas veces en un pasado harto próximo, resultando posible demostrar que en dicho pretérito fueron conocidos y conscientes. Así, una señora cuyo sueño entrañaba el deseo de que muriese su hija, de diecisiete años de edad, encontró, guiada por nosotros, que hubo una época de su vida en la que realmente deseó dicha muerte. Su hija era el fruto de un desgraciado matrimonio al que el divorcio puso término. Hallándose todavía encinta, tuvo la señora, a consecuencia de una violenta escena con su marido, un tal acceso de cólera, que, perdiendo todo el dominio de sí misma, comenzó a golpearse el vientre con intención de ocasionar la muerte a la hija que en su seno llevaba. Muchas madres que aman hoy con gran ternura a sus hijos, y hasta les demuestran un exagerado cariño, no los concibieron sino a disgusto y desearon su muerte antes del parto, llegando algunas hasta intentar criminales prácticas abortivas que, afortunadamente, no dieron resultado alguno. Resulta, pues, que el deseo expresado por algunos sueños de ver morir a una persona amada, deseo que tan inexplicablemente parece al sujeto en la época en que tiene un tal sueño, se remonta a una época pretérita de sus relaciones con dicha persona.
En otro de los sueños de este género que hemos tenido ocasión de interpretar resultaba que el sujeto deseaba la muerte de su hijo mayor y más querido. Naturalmente, rechazó al principio la idea de haber abrigado nunca tal deseo, pero en el curso del análisis hubo de recordar que teniendo su hijo pocos meses y hallándose él descontento de su matrimonio, pensó repetidas veces que si aquel pequeño ser, por el que aún no sentía cariño alguno, llegaba a morir, podría él recuperar su libertad y haría de la misma un mejor uso. Idéntico origen puede demostrarse para un gran número de análogos sentimientos de odio que no son sino recuerdos de algo que en un pretérito más o menos lejano fue consciente y desempeñó un importante papel en la vida psíquica. Me diréis que cuando no ha habido modificación alguna en la actitud del sujeto con respecto a una persona y cuando esta actitud ha sido siempre benévola, tales deseos y tales sueños no debieran existir. Por mi parte, estoy dispuesto a admitir esta condición, pero he de recordaros que a lo que en los sueños hemos de atender no es al contenido manifiesto, sino el sentido que el mismo adquiere después de la interpretación. Puede, por tanto, suceder que el sueño manifiesto que nos presenta la muerte de una persona amada signifique algo totalmente distinto y se haya servido de triste acontecimiento tan sólo a título de disfraz o utilice a dicha persona como engañadora sustitución de otra.
Pero esta misma circunstancia despertará en vosotros una interrogación mucho más importante. Me observaréis, en efecto, que incluso admitiéndolo que este deseo de muerte haya existido y sea confirmado por el sujeto al evocar sus recuerdos, ello no constituye explicación ninguna. Un tal deseo, vencido ha largo tiempo, no puede ya existir en lo inconsciente sino como un simple recuerdo desprovisto de afecto, nunca como un enérgico sentimiento. Nada nos prueba, en realidad, que posea fuerza ninguna. Mas entonces, ¿por qué es evocado por el sueño? Encuentro esta interrogación perfectamente justificada, pero un intento de responder a ella nos llevaría muy lejos y nos obligaría a adoptar una actitud determinada sobre uno de los puntos más importantes de la teoría de los sueños. Hallándonos obligados a permanecer dentro de los límites de nuestra exposición, habremos de abstenernos por el momento de entrar en el esclarecimiento de este problema y contentarnos con haber demostrado el hecho de que dichos deseos ahogados desempeñan el papel de estímulos del sueño. Proseguiremos, pues, nuestra investigación, encaminándola ahora a descubrir si también otros malos deseos tienen igualmente su origen en el pasado del individuo.
Limitémonos, por lo pronto, a los deseos de muerte, que la mayor parte de las veces son inspirados por el limitado egoísmo del sujeto. Es muy fácil demostrar que este deseo constituye un frecuentísimo estímulo de sueños. Siempre que alguien estorba nuestro camino en la vida (y todos sabemos cuán frecuente es este caso en las complicadísimas condiciones de nuestra vida actual), el sueño se muestra dispuesto a suprimirlo, aunque la persona que ha de ser suprimida sea el padre, la madre, un hermano, una hermana, un esposo o una esposa. Esta maldad que en los sueños demuestra la naturaleza humana hubo ya de asombrarnos y provocar nuestra resistencia a admitir sin reservas la verdad de este resultado de la interpretación onírica. Pero en el momento en que se nos reveló que debíamos buscar el origen de tales deseos en el pretérito, descubrimos en seguida el período del pasado individual en el que los mismos y el feroz egoísmo que suponen no tienen nada desconcertante. Es, en efecto, el niño en sus primeros años, que, como hemos visto, quedan más tarde velados por la amnesia, el que da con frecuencia pruebas del más alto grado de este egoísmo y presenta siempre, durante el resto de la infancia, marcadísimas supervivencias del mismo. En la primera época de su vida, el niño concentra toda su facultad de amar en su propia persona, y sólo más tarde es cuando aprende a amar a los demás y a sacrificarles una parte de su yo.
Incluso el cariño que parece demostrar desde un principio a las personas que le cuidan y guardan no obedece sino a razones egoístas, pues necesita imprescindiblemente de ellas para subsistir, y pasará mucho tiempo hasta que logre hacerse independiente en él el amor del egoísmo. Puede decirse, por tanto, que en realidad es el egoísmo lo que le enseña a amar. Desde este punto de vista resulta muy instructiva la comparación entre la actitud del niño con respecto a sus hermanos y hermanas y aquella que observa para con sus padres. El niño no ama necesariamente a sus hermanos y hermanas, y con harta frecuencia abriga hacia ellos sentimientos hostiles, considerándolos como competidores, actitud que se mantiene muchas veces sin interrupción durante largos años hasta la pubertad y aun después de ella. En ocasiones queda reemplazada o, más bien, encubierta, por sentimientos más cariñosos; pero, de un modo general, la actitud hostil es la primitiva, y se nos muestra con toda evidencia en los niños de dos años y medio a cinco con motivo del nacimiento de un nuevo hermano o una nueva hermana, los cuales reciben casi siempre una acogida nada amistosa. En estas ocasiones no es nada raro oír expresar al niño su protesta y el deseo de que la cigüeña vuelva a llevarse al recién nacido.
Posteriormente aprovechará todas las ocasiones para denigrar al intruso, y llegará a veces hasta atentar directamente contra él. Cuando la diferencia de edad es menor, se encuentra ya el niño, al despertar su actividad psíquica, con la presencia del hermanito, y le acepta sin resistencia, como un hecho inevitable y consumado. En los casos en que dicha diferencia es, por lo contrario, más considerable, puede despertar el recién nacido determinadas simpatías, siendo considerado como un objeto interesante -una muñeca viva- . Por último, cuando entre los hermanos hay ya un intervalo de ocho o más años, suelen surgir en los mayores, y sobre todo en las niñas, sentimientos de maternal solicitud. De todos modos, creo sinceramente que cuando en un sueño descubrimos el deseo de ver morir a un hermano o a una hermana, no tenemos por qué asombrarnos y calificarlo de enigmático, pues sin gran trabajo se suele hallar la fuente del mismo en la primera infancia, y con alguna frecuencia en épocas más tardías de la vida en común. Difícilmente se encontrará una nursery sin conflictos violentos entre sus habitantes, motivados por el deseo de cada uno de monopolizar en provecho propio la ternura de los padres, la posesión de los objetos y el espacio disponible. Los sentimientos hostiles se dirigen tanto hacia los hermanos menores como hacia los mayores. Ha sido, creo, Bernard Shaw quien ha dicho que si hay un ser al que una joven inglesa odie más que a su madre, es, seguramente, su hermana mayor. Mas en esta observación hay algo que nos desconcierta. Podemos en rigor concebir todavía el odio y la competencia entre hermanos y hermanas. Lo que no llegamos a explicarnos es que entre el padre y los hijos o entre la madre y las hijas puedan también surgir tales sentimientos hostiles.
Los hijos manifiestan ciertamente un mayor cariño hacia sus padres que hacia sus hermanos, circunstancia conforme en todo a nuestra concepción de las relaciones familiares, pues la falta de cariño entre padres e hijos nos parece mucho más contra naturaleza que la enemistad entre hermanos y hermanas. Pudiéramos decir que el cariño entre padres e hijos ha sido revestido por nosotros de un carácter sagrado que, en cambio, no hemos concedido a las relaciones fraternales. Y, sin embargo, la observación cotidiana nos demuestra cuán frecuentemente quedan las relaciones sentimentales entre padres e hijos muy por debajo del ideal marcado por la sociedad y cuánta hostilidad suelen entrañar, hostilidad que se manifestaría al exterior sin la intervención inhibitoria de determinadas tendencias afectivas. Las razones de este hecho son, generalmente, conocidas: trátase, ante todo, de una fuerza que tiende a separar a los miembros del mismo sexo dentro de una familia; esto es, a la hija de la madre y al hijo del padre. La hija encuentra en la madre una autoridad que coarta su voluntad y se halla encargada de la misión de imponerle el renunciamiento a la libertad sexual exigido por la sociedad. Esto, sin hablar de aquellos casos, nada raros, en los que entre madre e hija existe una especie de rivalidad o de verdadera competencia. Algo idéntico, pero de una intensidad aún mayor, sucede entre el padre y los hijos. Para el hijo representa el padre la personificación de la coerción social impacientemente soportada. El padre se opone a la libre voluntad del hijo cerrándole el acceso a los placeres sexuales y a la libre posesión de la fortuna familiar. La espera de la muerte del padre se eleva en el sucesor al trono a una verdadera altura trágica. En cambio, las relaciones entre padres e hijas y entre madres e hijos parecen más francamente amistosas.
Sobre todo, en la relación de madre e hijo, y en su recíproca, es donde hallamos los más puros ejemplos de una invariable ternura exenta de toda consideración egoísta. Os preguntaréis, sin duda, por qué os hablo de estas cosas tan triviales y generalmente conocidas. Lo hago porque existe una fuerte tendencia a negar su importancia en la vida y a considerar que el ideal social es seguido y obedecido siempre y en todos los casos. Es preferible que, en lugar del cínico, sea el psicólogo el que diga la verdad, y conviene, además, hacer constar que la negación de la existencia de tales sentimientos hostiles sólo se mantiene con respecto a la vida real, pues a la poesía narrativa y dramática se las deja toda libertad para servirse de situaciones originales por la perturbación del ideal social sobre las relaciones familiares.
No habremos, por tanto, de extrañar que en muchas personas revela el sueño el deseo de ver morir al padre o a la madre, siendo lo más frecuente que los hijos deseen lo primero y las hijas lo segundo, y debemos incluso admitir que este deseo existe igualmente en la vida despierta, llegando a veces hasta hacerse consciente cuando puede disimularse detrás de un distinto motivo, como sucedía en uno de los sueños citados anteriormente (número 3), en el que el deseo de ver morir al padre se disfrazaba de compasión por sus sufrimientos. Es raro que la hostilidad domine exclusivamente en estas situaciones, pues casi siempre se esconde detrás de sentimientos más tiernos, que la mantienen reprimida, y se ve obligada a esperar que un sueño venga a aislarla. Aquello que tras este proceso toma en el sueño exageradas proporciones, disminuye de nuevo después que la interpretación lo ha hecho entrar en el conjunto vital (H. Sachs). Pero tales deseos de muerte se nos revelan también en casos en los que la vida no les ofrece ningún punto de apoyo y en los que el hombre despierto no consiente jamás en confesarlas. Esto se explica por el hecho de que el motivo más profundo y habitual de la hostilidad, sobre todo entre personas del mismo sexo, surge ya en la primera instancia, pues no es otro que la competencia amorosa, con especial acentuación del carácter sexual. Ya en los primeros años infantiles comienza el hijo a sentir por la madre una particular ternura. La considera como cosa suya y ve en el padre una especie de competidor que le disputa la posesión. Análogamente considera la niña a su madre como alguien que estorba sus cariñosas relaciones con el padre y ocupa un lugar que la hija quisiera monopolizar. Determinadas observaciones nos muestran a qué tempranísima edad debemos hacer remontarse esta actitud, a la que hemos dado el nombre de complejo de Edipo por aparecer realizados, con muy ligeras modificaciones, en la leyenda que a Edipo tiene por protagonista los dos deseos extremos derivados de la situación del hijo; esto es, los de matar al padre y desposar a la madre.
No quiero con esto afirmar que el complejo de Edipo agote todo lo que se relaciona con la actitud recíproca de padres e hijos, pues esta actitud puede ser mucho más complicada. Por otra parte, puede el complejo mismo hallarse más o menos acentuado y hasta sufrir una inversión, pero de todas maneras constituye siempre un factor regular y muy importante de la vida psíquica infantil, y si algún riesgo corremos en su estimación, será más bien el de darle menos valor del que efectivamente posee que el de exagerar su influencia y efectos. Además, sucede muchas veces que los niños llegan a adoptar la actitud correspondiente al complejo de Edipo por reacción al estímulo de sus mismos padres, los cuales se dejan guiar, en sus predilecciones, por la diferencia sexual que impulsa al padre a preferir a la hija, y a la madre a preferir al hijo, o hacer que el padre haga recaer sobre la hija, y la madre sobre el hijo, el afecto que uno u otro cesan de hallar en el hogar conyugal.
No puede afirmarse que el mundo haya agradecido a la investigación psicoanalítica su descubrimiento del complejo de Edipo, el cual provocó, por lo contrario, la resistencia más encarnizada, y aun aquellos que omitieron sumarse a la indignada negación de la existencia de una tal relación sentimental prohibida o «tabú», han compensado su falta dando al complejo que la representa interpretaciones que la despojaban de todo su valor. Por mi parte, yo permanezco inquebrantablemente convencido de que no hay nada que negar ni atenuar, siendo necesario que nos familiaricemos con este hecho que la misma leyenda griega reconoce como una fatalidad ineluctable. Resulta, por otra parte, interesante que este complejo de Edipo, al que se quisiera eliminar de la vida real, queda, en cambio, abandonado a la libre disposición de la poesía. O. Rank ha demostrado, en un concienzudo estudio, que el complejo de Edipo ha sido un rico manantial de la inspiración para la literatura dramática, la cual nos lo presenta en infinidad de formas y lo ha hecho pasar por toda clase de modificaciones, atenuaciones y deformaciones, análogas a las que realiza la censura onírica que ya conocemos. Podremos, pues, atribuir también al complejo de Edipo incluso a aquellos sujetos que han tenido la dicha de evitar, en años posteriores a la infancia, todo conflicto con sus padres. En íntima conexión con él descubrimos, por último, otro complejo, al que llamaremos complejo de castración, y que es una reacción a las trabas que el padre impone a la actividad sexual precoz de su hijo.
Habiendo sido conducidos por las investigaciones que preceden al estudio de la vida psíquica infantil, podemos abrigar la esperanza de que el mismo nos proporcione también una explicación del origen de los restantes deseos prohibidos que se manifiestan en los sueños, o sea de los sentimientos sexuales excesivos. Impulsados de este modo a estudiar igualmente la vida sexual del niño, llegamos a observar los hechos siguientes: Constituye, ante todo, un gran error negar la realidad de una vida sexual infantil y admitir que la sexualidad no aparece sino en el momento de la pubertad, esto es, cuando los órganos genitales alcanzan su pleno desarrollo. Por el contrario, el niño posee, desde un principio, una amplia vida sexual que difiere en diversos puntos de la vida sexual ulterior considerada como normal. Aquello que en la vida del adulto calificamos de «perverso» se aparta de lo normal por el desconocimiento de la diferencia específica (del abismo que separa al hombre del animal), la transgresión de los límites establecidos por la repugnancia, el incesto (prohibición de intentar satisfacer los deseos sexuales en personas a las que nos unen lazos de consanguinidad) y la homosexualidad y por la transferencia de la función genital a otros órganos y partes del cuerpo. Todos estos límites, lejos de existir desde un principio, son edificados, poco a poco, en el curso del desarrollo y de la educación. El niño los desconoce por completo. Ignora que existe entre el hombre y el animal un abismo infranqueable, y sólo más tarde adquiere el orgullo con que el hombre se opone a la bestia. Tampoco manifiesta, al principio, repugnancia alguna por los excrementos, repugnancia que irá adquiriendo después, poco a poco, bajo el influjo de la educación. Lejos de sospechar las diferencias sexuales, cree que ambos sexos poseen genitales idénticos, y sus primeros impulsos de carácter esencial y sus primeras curiosidades de este género recaen sobre aquellas personas que tiene más próximas y que, por otras razones, le son más queridas, tales como los padres, hermanos y guardadores.
Por último, se manifiesta en él un hecho que volvemos a encontrar en el momento cumbre de las relaciones amorosas, o sea el de que no es únicamente en los órganos genitales donde sitúa la fuente del placer que espera, sino que otras distintas partes de su cuerpo aspiran en él a una igual sensibilidad, proporcionando análogas sensaciones de placer y pudiendo desempeñar de este modo el papel de órganos genitales. El niño puede, pues, presentar lo que llamaríamos una «perversidad polimórfica», y si todas estas tendencias no se advierten en él sino como débiles indicios, ello se debe, de una parte, a su menor intensidad en comparación con la que alcanzan en una edad más avanzada, y de otra, a que la educación reprime con la mayor energía, conforme van apareciendo todas las manifestaciones sexuales del niño. Esta supresión pasa después, por decirlo así, de la práctica a la teoría y los adultos se esfuerzan en no darse cuenta de una parte de las manifestaciones sexuales del niño y en despojar el resto de las mismas, con ayuda de determinadas interpretaciones, de su naturaleza sexual. Hecho esto, nada más fácil que negar la totalidad de tales fenómenos.
Pero lo curioso es que los que sostienen esta negativa son con frecuencia los mismos que en la nursery truenan contra todas las «mañas» sexuales de los niños, cosa que no les impide, una vez ante su mesa de trabajo, defender a capa y espada la pureza sexual de la infancia. Siempre que los niños son abandonados a sí mismos o sufren influencias desmoralizantes, podemos observar en ellos manifestaciones, a veces muy pronunciadas, de perversidad sexual. Sin duda tienen razón los adultos en no tomar demasiado en serio tales «niñerías», dado que el niño no es responsable de sus actos ni puede ser juzgado por el tribunal de las costumbres o el de las leyes, pero de todos modos resultará siempre que tales cosas existen y poseen su importancia, tanto como síntoma de una constitución congénita como a título de antecedentes y factores de la orientación del desarrollo posterior, revelándonos, además, datos muy interesantes sobre la vida sexual infantil y con ellos sobre la vida sexual humana en general. De este modo, si volvemos a hallar todos estos deseos perversos detrás de nuestros sueños deformados, ello significará solamente que también en este dominio ha llevado a cabo el sueño una regresión al estado infantil.
Entre estos deseos prohibidos merecen especial mención los incestuosos; esto es, los deseos sexuales dirigidos hacia los padres, hermanos y hermanas. Conocéis ya la aversión que la sociedad humana experimenta, o por lo menos promulga, con respecto al incesto y qué fuerza coercitiva poseen las prohibiciones contra el mismo. Los hombres de ciencia se han esforzado en hallar las razones de esta fobia al incesto. Unos han visto en su prohibición una representación psíquica de la selección natural, puesto que las relaciones sexuales entre parientes consanguíneos habrían de tener por consecuencia una degeneración de los caracteres raciales. Otros, en cambio, han pretendido que la vida en común practicada desde la más tierna infancia, desvía nuestros deseos sexuales de las personas con las que nos hallamos en contacto permanente. Pero tanto en un caso como en otro, el incesto se hallaría eliminado automáticamente y entonces no habría habido necesidad de recurrir a severas prohibiciones, las cuales testimonian más bien de una fuerte inclinación a cometerlo. Las investigaciones psicoanalíticas han establecido de un modo incontestable que el amor incestuoso es el más primitivo y existe de una manera regular, siendo solamente más tarde cuando tropieza con una oposición cuyo origen podemos hallar en la psicología individual.
Recapitulemos ahora los datos que para la comprensión del sueño nos ha proporcionado el estudio de la psicología infantil. No solamente hemos hallado que los materiales de que se componen los sucesos olvidados de la vida infantil son accesibles al sueño, sino que hemos visto, además, que la vida psíquica de los niños, con todas sus particularidades, su egoísmo, sus tendencias incestuosas, etc., sobrevive en lo inconsciente y emerge en los sueños, los cuales nos hacen retornar cada noche a la vida infantil. Constituye esto una confirmación de que lo inconsciente de la vida psíquica no es otra cosa que lo infantil. La penosa impresión que nos deja el descubrimiento de la existencia de tantos rasgos malignos de la naturaleza humana comienza ahora a atenuarse. Estos rasgos, tan terriblemente perversos, son simplemente lo inicial, primitivo e infantil de la vida psíquica, elementos que podemos hallar en estado de actividad en el niño, pero que pasan inadvertidos a causa de sus pequeñas dimensiones, aparte de que, en muchos casos, no los tomamos en serio, por no ser muy elevado el nivel moral que al niño exigimos. Al retroceder los sueños hasta esta fase, parecen hacer surgir a la luz aquello que de más perverso hay en nuestra naturaleza, pero esto no es sino una engañosa apariencia que no debe alarmarnos. En realidad, somos mucho menos perversos de lo que hubimos de inclinarnos a creer después de estudiar la interpretación onírica.
Puesto que las tendencias que se manifiestan en los sueños no son sino supervivencias infantiles y un retorno a los principios de nuestro desarrollo moral, y puesto que el sueño nos transforma, por decirlo así, en niños, desde el punto de vista de la inteligencia y del sentimiento, no tenemos ya razón plausible alguna para avergonzarnos de estos malignos sueños. Pero como lo racional no forma sino una parte de la vida psíquica, la cual encierra en sí muchos otros elementos que nada tienen de racionales, resulta que, sin embargo, experimentamos una irracional vergüenza de nuestros sueños de este género. Por esta razón los sometemos a la censura y nos avergüenza y contraría el que uno de estos deseos prohibidos consiga penetrar hasta la conciencia bajo una forma suficientemente inalterada para poder ser reconocido. En algunos casos llegamos incluso a avergonzarnos de nuestros sueños deformados, como si los comprendiésemos. Recordad el indignado juicio que la buena señora que tuvo el sueño de los «servicios de amor» hizo recaer sobre el mismo, aun no conociendo su interpretación psicoanalítica. No podemos, pues considerar resuelto el problema, y es posible que prosiguiendo nuestro estudio sobre los perversos elementos que se manifiestan en los sueños lleguemos a formarnos una distinta idea y a establecer una diferente apreciación de la naturaleza humana.
Como resultado de nuestra investigación hemos obtenido dos nuevos datos pero vemos en seguida que los mismos constituyen el punto de partida de nuevos enigmas y nuevas vacilaciones. Nos damos cuenta, en primer lugar, de que la regresión que caracteriza a la elaboración onírica no es únicamente formal, sino también material. No satisfecha con dar a nuestras ideas una forma de expresión primitiva, despierta asimismo las particularidades de nuestra vida psíquica primitiva, o sea la antigua preponderancia del yo, las tendencias iniciales de nuestra vida sexual y hasta nuestro primitivo bagaje intelectual, si es que se nos permite considerar como tal la relación simbólica. En segundo lugar, observamos que todo este primitivo infantilismo, que en épocas anteriores ejerció una total hegemonía, debe ser localizado actualmente en lo inconsciente, circunstancia que modifica y amplía las nociones que de esta instancia psíquica poseemos. Lo inconsciente no es ya tan sólo aquello que se encuentra en un momentáneo estado de latencia, sino que forma un dominio psíquico particular, con sus tendencias optativas propias, su privativo modo de expresión y mecanismos psíquicos particulares. Pero las ideas latentes del sueño que nos han sido reveladas por la interpretación onírica no forman parte de este dominio y podríamos tenerlas igualmente en la vida despierta. Sin embargo, son inconscientes. ¿Cómo resolver una tal contradicción? Comenzamos a sospechar que nos ha de ser preciso efectuar aquí una diferenciación. Algo que proviene de nuestra vida consciente y que participa de sus caracteres -los «restos diurnos»- se asocia a algo que proviene del dominio de lo inconsciente, y de esta asociación resulta el sueño.
La elaboración onírica se efectúa entre estos dos grupos de elementos, y la influencia ejercida por lo inconsciente sobre los restos diurnos contiene quizá la condición de la regresión. Es ésta la idea más adecuada que, en tanto que exploramos otros dominios psíquicos, podemos formarnos de la naturaleza del sueño. Pero no se halla lejano el momento de aplicar al carácter inconsciente de las ideas latentes del sueño una distinta calificación que permita diferenciarlo de los elementos inconscientes procedentes del dominio de lo infantil. Naturalmente, podemos plantearnos todavía las siguientes interrogaciones: ¿Qué es lo que impone a la actividad psíquica esta regresión durante el sueño? ¿Por qué no suprime dicha actividad las excitaciones perturbadoras del sueño sin la ayuda de una tal regresión? Y si para ejercer la censura se halla obligada a disfrazar las manifestaciones del sueño, dándoles una expresión primitiva actualmente incomprensible, ¿para qué le sirve hacer revivir las tendencias psíquicas, los deseos y los rasgos característicos desvanecidos hace largo tiempo, o dicho de otra manera, de qué le sirve añadir la regresión material a la regresión formal? La única respuesta susceptible de satisfacernos sería la de que es éste el único medio de formar un sueño y que desde el punto de vista dinámico resulta imposible concebir de un modo distinto la supresión del estímulo perturbador del reposo. Pero dado el estado actual de nuestros conocimientos, no tenemos todavía el derecho de dar tal respuesta. |