| Señoras y señores:
Hemos hallado que la deformación que nos impide comprender el sueño es efecto de una censura que ejerce su actividad sobre los deseos inaceptables inconscientes. Pero, naturalmente, no hemos afirmado que la censura sea el único factor productor de tal deformación, y, en efecto, un más detenido estudio del fenómeno onírico nos permite comprobar la existencia de otros varios factores que coadyuvan al mismo fin. Equivale esto a afirmar que aunque la censura quedase eliminada de la elaboración onírica, no por ello resultarían los sueños más inteligibles ni coincidiría el sueño manifiesto con las ideas latentes. Estos otros factores que contribuyen a oscurecer y deformar los sueños se nos revelan al examinar una laguna de nuestra técnica. Ya anteriormente os confesé que los sujetos analizados no logran a veces asociar idea ninguna a determinados elementos de su sueño, y aunque este hecho no se confirma en todos los casos en que el sujeto lo alega al comenzar el análisis, pues con gran frecuencia se acaba por lograr, a fuerza de perseverancia e insistencia, que surjan las asociaciones buscadas, lo cierto es que algunas veces falta toda asociación, o provocadas con gran trabajo, no rinden los resultados que esperábamos. Cuando este hecho se produce en el curso de un tratamiento psicoanalítico, adquiere una importancia particular, de la que no podemos ocuparnos aquí, pero suele también surgir en la interpretación de sueños de personas normales o en la de los nuestros propios, y en estos casos acabamos por observar que tal carencia de asociaciones se manifiesta siempre con relación a ciertos elementos del sueño y descubrimos que no se trata de una insuficiencia accidental o excepcional de la técnica, sino de un fenómeno regido por determinadas leyes.
En estos casos sentimos la tentación de interpretar por nosotros mismos tales elementos «mudos» del sueño, efectuando su traducción por nuestros propios medios, y siempre que llevamos a cabo una tal interpretación nos parece obtener un satisfactorio esclarecimiento de estos sueños que antes se nos mostraban incomprensibles e incoherentes. La repetición de este satisfactorio resultado en un gran número de casos análogos acaba por dar a este nuevo procedimiento de interpretación, que comenzó constituyendo una tímida tentativa, la necesaria seguridad. Expongo esto de un modo algo esquemático pero la enseñanza admite las exposiciones de este género cuando sin deformar la cuestión logran simplificarla. Procediendo de este modo llegamos a obtener para toda una serie de elementos oníricos traducciones constantes, como aquellas que nuestros populares «libros de los sueños» dan para todas las cosas soñadas. Sucede, pues, aquí todo lo contrario de lo que antes comprobamos en la técnica de asociación, la cual no nos ofrece jamás tales traducciones constantes. Vais a decirme que este procedimiento de interpretación os parece todavía más inseguro y objetable que aquel que se apoya en las libres ocurrencias del sujeto. Mas interviene aquí un segundo factor. Cuando después de repetidos análisis de este género conseguimos reunir un número bastante considerable de tales traducciones constantes, advertimos que desde un principio hubiéramos podido sostener la posibilidad de llevar a cabo esta parte de la labor de interpretación fundándonos en conocimientos propios y sin que, por tanto, nos fuera necesario recurrir a las asociaciones del sujeto para llegar a la comprensión de determinados elementos de su sueño.
Más adelante veremos en qué se basa tal posibilidad. A esta relación constante entre el elemento del sueño y su traducción le damos el nombre de relación simbólica, puesto que el elemento mismo viene a constituir un símbolo de la idea onírica inconsciente que a él corresponde. Recordáis, sin duda, que investigando anteriormente la relación existente entre los elementos del sueño y sus substratos, establecimos que la misma podía ser de tres distintos géneros, pues el elemento podía constituir una parte de su substrato inconsciente, una alusión al mismo o, por último, su representación plástica. A continuación os anuncié que aún existía un cuarto género de relación, que por entonces no definí, y que es el que acabamos de establecer, o sea la relación simbólica. Con ella se enlazan varias interesantísimas cuestiones, de las que vamos a ocuparnos antes de entrar en la exposición de nuestras particulares observaciones sobre el simbolismo, materia que constituye quizá el capítulo más atractivo de la teoría de los sueños.
Haremos, ante todo, observar que siendo los símbolos traducciones permanentes, realizan hasta cierto punto el ideal de la antigua interpretación de los sueños -y también el de la moderna popular-; ideal de que nuestra técnica nos había alejado considerablemente. Por medio de estos símbolos se nos hace posible, en determinadas circunstancias, interpretar un sueño sin interrogar al sujeto, el cual, además, no sabría decirnos nada sobre ellos. Cuando llegamos a conocer los más usuales símbolos oníricos y, además, en cada caso, la personalidad del sujeto, las circunstancias en las que vive y las impresiones tras de las cuales ha aparecido su sueño, nos hallamos con frecuencia en situación de interpretar dicho sueño sin ninguna dificultad; esto es, de traducirlo, por decirlo así, a libro abierto. Un semejante virtuosismo es muy apropiado para halagar al intérprete e impresionar al sujeto y constituye un descanso bienhechor de los penosos interrogatorios necesarios en otros sueños. Mas no debéis dejaros seducir por esta facilidad. Nuestra misión no consiste en ejecutar brillantes habilidades. La interpretación basada en el conocimiento de los símbolos no constituye una técnica que pueda reemplazar a aquella que se funda en la asociación, ni siquiera compararse a ella, y no es sino un complemento de la misma, a la que proporciona rico acervo de datos. Además, muchas veces nos falta el conocimiento de la situación psíquica del sujeto y el de los sucesos diurnos que hayan podido provocar su sueño, pues los sueños cuya interpretación hemos de emprender no son siempre los de personas a las que tratamos íntimamente. En estos casos, sólo las ocurrencias y asociaciones del sujeto podrán proporcionarnos el necesario conocimiento de lo que hemos convenido en denominar «situación psíquica».
Un hecho por todos conceptos singular, y que no podemos por menos de señalar aquí, es la general y encarnizada resistencia con que ha tropezado esta concepción simbólica de las relaciones entre los sueños y lo inconsciente. Incluso personas reflexivas y de gran autoridad, que no formulaban contra el psicoanálisis ninguna objeción de principio, han rehusado seguirlo por este camino, actitud tanto más singular cuanto que el simbolismo no es una característica exclusiva de los sueños y que su descubrimiento no es obra del psicoanálisis, el cual ha realizado otros muchos más sorprendentes. Si a todo precio queremos situar en la época moderna el descubrimiento del simbolismo onírico, deberemos considerar como su autor al filósofo K. A. Scherner (1861). El psicoanálisis se ha limitado a proporcionar una confirmación de las teorías de este autor, aunque introduciendo en ellas profundas modificaciones. Desearéis, sin duda, saber algo de la naturaleza del simbolismo onírico y examinar algunos ejemplos del mismo. Muy gustoso os comunicaré aquello que sé sobre estas cuestiones, pero he de preveniros que nuestra inteligencia de las mismas no se halla todo lo avanzada que fuera de desear.
La esencia de la relación simbólica es una comparación, pero no una comparación cualquiera. Sospechamos, en efecto, que ésta ha de requerir determinadas condiciones, aunque no podamos decir cuáles. No todo aquello con lo que podemos comparar un objeto o un proceso aparece en el sueño como un símbolo de los mismos. Por otro lado, el sueño, lejos de representar por este medio todo lo que a ello se presta, no lo hace sino con determinados elementos de las ideas latentes. Existe, pues, una doble limitación paralela. Aparte de esto, debemos también convenir en que la noción de símbolo no se halla todavía precisamente delimitada y se confunde con las de sustitución, representación, etc., llegando incluso a aproximarse a la de alusión. En ciertos símbolos, la comparación en que se fundan resulta evidente; pero hay otros a propósito de los cuales nos vemos obligados a preguntarnos dónde debemos buscar el «tertium comparationis» o factor común de la presunta comparación. A veces logramos hallarlo después de una detenida y penetrante reflexión, pero otras permanece inencontrable. Además, si el símbolo es una comparación, parece singular que la asociación no consiga descubrírnosla y que el mismo sujeto del sueño no la conozca, a pesar de servirse de ella. Más aún: es muy extraño que el sujeto no se muestre siquiera dispuesto a reconocer dicha comparación cuando la misma le es comunicada por el analizador.
Veis así que la relación simbólica es una comparación de un género harto particular, cuyo fundamento escapa todavía a nuestra comprensión. Quizá más adelante hallaremos algunos datos que nos proporcionen un mayor esclarecimiento. Los objetos que hallan en el sueño una representación simbólica son poco numerosos. El cuerpo humano en su totalidad; los padres, hijos, hermanos y hermanas, y el nacimiento, la muerte, la desnudez y algunas cosas más. La casa es lo que constituye la única representación típica; esto es, regular, de la totalidad de la persona humana, hecho que fue ya reconocido por Scherner, que quiso atribuirle una importancia de primer orden, a nuestro juicio equivocada. Con frecuencia nos vemos, en sueños, resbalar a lo largo de fachadas de casas, y durante este descenso experimentamos unas veces sensaciones placenteras y otras angustiosas. Las casas de muros lisos representan hombres, y aquellas que muestran salientes y balcones a los cuales podemos agarrarnos, son mujeres. Los padres aparecen simbolizados en el sueño por el emperador y la emperatriz y el rey y la reina u otros personajes eminentes, desarrollándose de este modo los sueños en los que figuran los padres en una atmósfera de respeto y solemnidad. Menos tiernos son los sueños en los que figuran los hijos, hermanos o hermanas, los cuales tienen por símbolo pequeños animales y parásitos. El nacimiento es casi siempre representado por una acción en la que el agua es el factor principal: soñamos muchas veces que nos arrojamos al agua o que salimos de ella y que salvamos a una persona de morir ahogada o somos a nuestra vez salvados, acción significativa de la existencia de una relación maternal entre dicha persona y el sujeto. La muerte inminente es reemplazada en el sueño por la partida o por un viaje en ferrocarril, y estar ya muertos, por diversos indicios oscuros y siniestros. La desnudez es simbolizada por trajes y uniformes. Observaréis que en muchos de estos ejemplos se desvanecen los límites entre la representación simbólica y la alusiva.
Contrastando con la escasa amplitud de la enumeración que precede, ha de sorprendernos la extraordinaria riqueza de símbolos existente para representar los objetos y contenidos de otro distinto círculo. En éste, el círculo de la vida sexual, de los órganos genitales, de los procesos sexuales y del comercio sexual. La mayoría de los símbolos oníricos son símbolos sexuales. Pero hallamos aquí una desproporción considerable. Mientras que los contenidos que han de ser simbolizados son muy poco numerosos, los símbolos que los designan lo son extraordinariamente, de manera que cada objeto puede ser expresado por muchos símbolos, que tienen casi todos el mismo valor. Sin embargo, en el curso de la interpretación experimentamos una sorpresa desagradable. Contrariamente a las imágenes oníricas representativas, en extremo variadas, las interpretaciones de los símbolos son extraordinariamente monótonas. Es éste un hecho que decepciona a todos aquellos que tienen ocasión de advertirlo, pero no está en nuestras manos remediarlo. Siendo hoy la primera vez que en estas lecciones os hablo de contenidos de la vida sexual, debo deciros cómo pienso tratar aquí estas materias. El psicoanálisis no tiene razón alguna para hablar encubiertamente o contentarse con alusiones; no se avergüenza en modo alguno de ocuparse de este importante tema y encuentra perfectamente correcto llamar a las cosas por su nombre, pues considera que es éste el mejor medio de preservarse contra posibles pensamientos perturbadores. El hecho de hallarme aquí ante un auditorio mixto no modifica en nada esta cuestión. Lo mismo que no existe una ciencia ad usumdelphini, no debe tampoco haberla para uso de las jóvenes ingenuas, y las señoras que observo entre los concurrentes han querido, sin duda, mostrar con su presencia que quieren ser tratadas, desde el punto de vista científico, de una manera igual que los hombres.
El sueño posee, pues, para los genitales masculinos, un gran número de representaciones que podemos considerar como simbólicas, y en las cuales el factor común de la comparación es casi siempre evidente. Para la totalidad del aparato genital masculino, el símbolo de mayor importancia es el sagrado número 3. La parte principal y la más interesante para los dos sexos del aparato genital del hombre, esto es, el pene, halla en primer lugar sus sustituciones simbólicas en objetos que se le asemejan por su forma, tales como bastones, paraguas, postes, árboles, etc., y después en objetos que tienen, como él, la facultad de poder penetrar en el interior de un cuerpo y causar heridas: armas puntiagudas de toda clase, cuchillos, puñales, lanzas, sables, o también armas de fuego, tales como fusiles o pistolas, y más particularmente aquella que por su forma se presta con especialidad a esta comparación, o sea el revólver. En las pesadillas de las muchachas, la persecución por un hombre armado con un cuchillo o un arma de fuego desempeña un principal papel. Es éste, quizá, el caso más frecuente del simbolismo de los sueños, y su interpretación no presenta dificultad ninguna. No menos comprensible es la representación del miembro viril por objetos de los que mana agua: grifos, jarros y surtidores, o por otros que son susceptibles de alargarse, tales como lámparas de suspensión, lápices mecánicos, etc. El hecho de que los lápices, los palilleros, las limas para las uñas, los martillos y otros instrumentos sean incontestablemente representaciones simbólicas del órgano sexual masculino, depende también de una concepción fácilmente comprensible del mismo.
La singular propiedad que éste posee de poder erguirse en contra de la ley de gravedad, propiedad que forma una parte del fenómeno de la erección, ha creado su representación simbólica por globos, aviones y, recientemente, por los dirigibles Zeppelin. Pero el sueño conoce todavía un medio distinto, mucho más expresivo, de simbolizar la erección, pues convierte al órgano sexual en lo más esencial de la persona misma y la hace volar toda entera. No os asombraréis, por tanto, de oír de aquellos sueños, a veces tan bellos, que todos conocemos y en los cuales el vuelo desempeña un papel tan importante, deben ser interpretados como fundados en una excitación sexual general, o sea en el fenómeno de la erección. Entre los psicoanalistas, ha sido P. Federn el que ha establecido esta interpretación, basándose en pruebas irrefutables; pero, además, un hombre de ciencia tan imparcial y extraño al psicoanálisis -del que quizá no tenía la menor noticia- como Mourly-Vold ha llegado a las mismas conclusiones después de sus experimentos, que consistían en dar a los brazos y a las piernas, durante el sueño, posiciones artificiales. No me objetéis el hecho de que las mujeres pueden igualmente soñar que vuelan.
Recordad más bien que nuestros sueños quieren ser realizaciones de deseos, y que el deseo, consciente o inconsciente, de ser un hombre no es nada raro en la mujer. Aquellos de entre vosotros que se hallen algo versados en Anatomía no hallarán nada asombroso que la mujer pueda realizar este deseo en sueños provocados por sensaciones de erección análogas a las del hombre. La mujer posee, en efecto, en su aparato genital, un pequeño miembro semejante al pene viril, y este pequeño miembro, el clítoris, desempeña en la infancia y en la edad que precede a las relaciones sexuales el mismo papel que su homólogo masculino. Entre los símbolos masculinos menos comprensibles citaremos los reptiles y los peces, pero sobre todo el famoso símbolo de la serpiente. Ignoramos por qué el sombrero y el abrigo han llegado a recibir, como símbolos oníricos, igual aplicación. No resulta, en efecto, nada fácil de adivinar, pero tal significación simbólica ha sido incontestablemente comprobada. Podemos, por último, preguntarnos si la sustitución del órgano sexual masculino por otros miembros, tales como el pie o la mano, debe igualmente ser considerada como simbólica. Creo que examinando el conjunto del sueño y teniendo en cuenta los órganos correspondientes de la mujer, nos veremos casi siempre obligados a admitir esta significación.
El aparato genital de la mujer es representado simbólicamente por todos los objetos cuya característica consiste en circunscribir una cavidad en la cual puede alojarse algo: minas, fosas, cavernas, vasos y botellas, cajas de todas formas, cofres, arcas, bolsillos, etc. El barco forma igualmente parte de esta serie. Ciertos símbolos, tales como armarios, estufas, y sobre todo habitaciones, se refieren más bien al útero materno que al aparato sexual propiamente dicho. El símbolo habitación se aproxima aquí al de casa, y puerta y portal se convierten en símbolos que designan el acceso del orificio sexual. También tienen una significación simbólica de mujer materias tales como la madera y el papel, y ciertos objetos construidos con las mismas, tales como la mesa y el libro. Entre los animales, los caracoles y las conchas bivalvas son incontestablemente símbolos femeninos. Citemos todavía entre los órganos del cuerpo, la boca, como símbolo del orificio genital, y entre los edificios, la iglesia y la capilla. Veis, pues, que todos estos símbolos no son igualmente inteligibles. Los senos, que pueden considerarse como una parte del aparato genital femenino, y otros hemisferios más amplios del cuerpo de la mujer, hallan su representación simbólica en las manzanas, los melocotones y las frutas en general. El cabello que guarnece el aparato genital en los dos sexos es descrito en el sueño bajo el aspecto de un bosque o un matorral. La complicada topografía del aparato genital femenino hace que nos lo representemos frecuentemente con un paisaje con rocas, bosques y aguas, quedando, en cambio, simbolizado el imponente mecanismo del aparato genital del hombre por toda clase de máquinas difíciles de describir.
Otro interesante símbolo del aparato genital de la mujer es el de la cajita de joyas. Joyas y tesoro son cariñosos calificativos que incluso en el sueño dirigimos a la persona amada. Las golosinas sirven con frecuencia para simbolizar el goce sexual. La satisfacción sexual obtenida sin el concurso de una segunda persona es simbolizada por toda clase de juegos y por el acto de tocar el piano. El resbalamiento, el descenso brusco y el arrancamiento de una rama son representaciones claramente simbólicas del onanismo. Otra representación particularmente singular es la caída o extracción de una muela, representación indudable de la castración, considerada como un castigo de las prácticas solitarias. Los símbolos oníricos destinados a representar más particularmente las relaciones sexuales son menos numerosos de lo que hubiéramos creído, a juzgar por lo que hasta ahora sabemos. Como pertenecientes a esta categoría pueden citarse las actividades rítmicas, tales como el baile, la equitación y la ascensión, y también determinados accidentes violentos, como el de ser atropellado por un vehículo. Añadiremos todavía ciertas actividades manuales y, naturalmente, la amenaza con un arma.
La aplicación y la traducción de estos símbolos son menos sencillas de lo que quizá suponéis. Tanto en una como en otra surgen numerosas circunstancias inesperadas. Una de ellas -que nunca hubiéramos sospechado -es la de que las diferencias sexuales suelen aparecer apenas acentuadas en estas representaciones simbólicas. Muchos símbolos designan un órgano genital en general, sin distinguir si es masculino o femenino. A esta clase de símbolos pertenecen aquellos en los que figura un niño pequeño, el hijo pequeño o la hija pequeña del sujeto. Otras veces sirve un símbolo predominantemente masculino para designar una parte del aparato genital femenino, e inversamente. Todo esto resulta incomprensible mientras no nos hallamos al corriente del desarrollo de las representaciones sexuales de los hombres. Sin embargo, en ciertos casos, esta ambigüedad de los símbolos puede no ser sino aparente, y los símbolos más marcados, tales como bolsillo, arma y caja, carecen de tal aplicación bisexual. Comenzando no por lo que los símbolos representan, sino por los símbolos en sí mismos, quiero pasar revista a los dominios de los cuales los tomamos, investigación tras de la cual os expondré algunas consideraciones relativas principalmente a aquellos cuyo factor común permanece ininteligible.
Un símbolo oscuro de este género es el sombrero, y quizá todo otro cubrecabezas en general símbolo que la mayor parte de las veces tiene significación masculina; pero algunas, en cambio, femenina; igualmente sirve el abrigo para designar a un hombre, aunque con frecuencia desde un punto de vista diferente del sexual y sin que sepamos por qué. La corbata de nudo, que no es una prenda propia de la mujer, es manifiestamente un símbolo masculino. La ropa blanca y el lienzo, en general, son símbolos femeninos. Los trajes y uniformes se hallan destinados, como ya sabemos, a expresar la desnudez y las formas del cuerpo. El zapato y la zapatilla designan simbólicamente los órganos genitales de la mujer. Ya hemos hablado de ciertos símbolos enigmáticos, pero seguramente femeninos, tales como la mesa y la madera. La escalera, la rampa y el acto de subir por ellas son, desde luego, de las relaciones sexuales. Reflexionando detenidamente, hallamos en ellos, como factor común, el ritmo de la ascensión, y quizá también el incremento de la excitación; esto es, la opresión que sentimos a medida que alcanzamos una mayor altura.
Ya antes mencionamos el paisaje como representación del aparato genital de la mujer. Montaña y roca son símbolos del miembro masculino, y jardín, en cambio, lo es con gran frecuencia de los órganos genitales de la mujer. El fruto designa no al niño, sino a los senos. Los animales salvajes sirven para representar, ante todo, a los hombres sexualmente excitados y después a los malos instintos y a las pasiones. Las flores designan los órganos genitales de la mujer, y más especialmente la virginidad. Recordad, a este propósito, que las flores son efectivamente los órganos genitales de las plantas. Ya conocemos el símbolo habitación, que, desarrollándose, da a las ventanas y accesos de la misma la significación de los orificios del cuerpo humano. La habitación abierta y la habitación cerrada forman parte del mismo simbolismo, y la llave que abre es incontestablemente un símbolo masculino. Tales son los materiales que entran en la composición del simbolismo de los sueños, aunque nuestra exposición no ha sido, ni mucho menos, completa y pudiera ampliarse tanto en extensión como en profundidad. Pero creo que mi enumeración ha de pareceros más que suficiente, y hasta es posible que os haga exclamar con indignación: «Oyéndoos parece que vivimos en un mundo de símbolos sexuales. Todos los objetos que nos rodean, todos los trajes con que nos cubrimos y todas las cosas que tomamos en nuestra mano no son, a vuestro juicio, sino símbolos sexuales.» Convengo en que se trata de cosas un tanto asombrosas y que nos plantean múltiples interrogaciones, entre ellas la de cómo podemos conocer la significación de los símbolos de los sueños cuando el sujeto de los mismos no nos proporciona sobre ellos información ninguna o sólo harto insuficiente.
A esta interrogación contestaré que dicho conocimiento lo extraemos de diversas fuentes, tales como las fábulas, los mitos, el folklore o estudio de las costumbres, usos, proverbios y cantos de los diferentes pueblos, y, por último, del lenguaje poético y del lenguaje común. En todos estos sectores encontramos el mismo simbolismo, que comprendemos a menudo sin la menor dificultad. Examinando estas fuentes una tras otra, descubrimos en ellas un tal paralelismo con el simbolismo onírico, que nuestras interpretaciones adquieren en este examen comparativo una gran certidumbre. El cuerpo humano, hemos dicho, se halla con frecuencia representado, según Scherner, por el símbolo de la casa, el cual, al desarrollarse, se extiende a las ventanas y puertas, convirtiéndolas en representaciones de los accesos a las cavidades del cuerpo, y a las fachadas, lisas o provistas de salientes y balcones que pueden servir de asidero. Este simbolismo aparece igualmente en el lenguaje vulgar, pues solemos saludar a nuestros antiguos amigos con el apelativo de «altes Haus» (vieja casa), o para indicar que alguien se halla un poco trastornado decimos que tiene desalquilado el piso de arriba.
A primera vista parece extraño que los padres aparezcan representados en los sueños bajo el aspecto de una pareja real o imperial. Pero en seguida hallamos un símbolo paralelo en los cuentos infantiles. ¿No creéis que, en efecto, en muchos cuentos que comienzan por la frase «Esto era una vez un rey y una reina» nos hallamos igualmente ante una sustitución simbólica de la frase «Esto era una vez un padre y una madre»? En la vida familiar se califica cariñosamente a los niños de príncipes, y al primogénito se le da el titulo de príncipe heredero. En cambio, a los niños pequeños los calificamos, en broma, de gusanillos. Por último, el rey mismo se hace llamar padre de la nación. Pero volvamos al símbolo «casa» y a sus derivados. Cuando en un sueño utilizamos los salientes de las casas como asidero, tenemos que ver en esto una reminiscencia de la conocidísima reflexión que la gente del pueblo formula al encontrar una mujer de senos muy desarrollados: «Esa tiene donde agarrarse.» En la misma ocasión, la gente del pueblo suele decir también: «Es ésa una mujer que tiene mucha madera delante de su casa», como si quisiera confirmar nuestra interpretación que ve en la madera un símbolo femenino y materno.
Sólo invocando en nuestra ayuda a la Filología comparada podremos hallar la razón que ha convertido el concepto madera en símbolo femenino y materno. Nuestra palabra alemana Holz (madera) tendría la misma raíz que la palabra griega lgh, que significa materia o materia bruta. Pero sucede con frecuencia que una palabra genérica acabe por designar un objeto particular. Así, existe en el Atlántico una isla llamada Madeira, nombre debido a los extensos bosques que la poblaban al ser descubierta por los navegantes portugueses. Ahora bien: Madeira significa, en portugués, madera, palabra derivada de la latina materia, que significa materia en general, y es, a su vez, un derivado de mater (madre). La materia de que una cosa está hecha es la parte que de sí misma debe a la aportación materna, antigua concepción que se perpetúa en el uso simbólico de madera por mujer y madre.
El nacimiento se halla regularmente expresado en el sueño por la intervención del agua; nos sumergimos en el agua o salimos de ella, lo cual quiere decir que parimos o somos paridos. Mas habéis de observar que este símbolo posee un doble enlace con la realidad biológica: en primer lugar -y esta es la relación más lejana y primitiva-, todos los mamíferos terrestres, incluso los ascendientes del hombre, descienden de animales acuáticos; pero, además, todo mamífero y todo ser humano pasa la primer fase de su existencia en el agua, pues su vida embrionaria transcurre en el líquido placentario del seno materno. De este modo, el nacimiento equivale a salir del agua. No afirmo que el durmiente sepa todo esto, pero sí que no tiene necesidad ninguna de saberlo. Incluso una infantil explicación del nacimiento, que a todos nos ha sido dada cuando niños, y en la que interviene también el agua, no influye, a mi juicio, para nada en la formación del símbolo que nos ocupa. Es esta explicación la de que los niños son traídos por una cigüeña que los encuentra en los estanques, los ríos o los pozos. Uno de mis pacientes me contó que, siendo niño, oyó relatar esta historia y desapareció de su casa durante toda una tarde, hasta que sus padres acabaron por encontrarle al borde de un estanque, inclinado sobre el agua e intentando ver en el fondo a los niños que de allí sacaba la cigüeña.
En los mitos relativos al nacimiento del héroe, que O. Rank ha sometido a un análisis comparado (el más antiguo es el referente al nacimiento del rey Sargón de Agades en el año 2800 antes de Jesucristo), la inmersión en el agua y el salvamento desempeñan un papel predominante, y Rank ha establecido que estas representaciones míticas del nacimiento son semejantes a las que el fenómeno onírico emplea generalmente. Cuando en nuestros sueños salvamos a una persona de las aguas, hacemos de nosotros su madre o simplemente una madre. Análogamente, en la persona que salva a un niño de igual peligro nos presenta el mito a la madre del salvado. Existe una anécdota bien conocida en la que un pequeño judío inteligente, preguntado sobre quién fue la madre de Moisés, contestó sin vacilar que la princesa, y al objetarle que ésta no había hecho más que salvarle de las aguas, respondió: «Eso es lo que ella dice», mostrando así que había encontrado la significación exacta del mito. La partida simboliza en el sueño la muerte. Del mismo modo, cuando un niño pide noticias de una persona que no ha visto hace mucho tiempo, se le contesta habitualmente, si se trata de una persona fallecida, que la misma ha emprendido un viaje. Pero también en este caso he de afirmar que el símbolo onírico no tiene nada que ver con esta explicación infantil. El poeta se sirve de la misma relación simbólica cuando habla del más allá como de un país inexplorado del que ningún viajero retorna, y hasta en nuestras conversaciones cotidianas hablamos a veces del último viaje.
Todos los conocedores de los antiguos ritos saben que la representación de un viaje al país de la muerte formaba parte de la religión del antiguo Egipto, y aun han llegado hasta nosotros numerosos ejemplares del «libro de los muertos» que, como un Baedecker, acompañaba a la momia en este viaje. Desde que los lugares de sepultura han sido separados de las habitaciones de los vivos, este último viaje del muerto ha llegado a ser una realidad. Tampoco el simbolismo genital es exclusivo del sueño. A todos nosotros nos ha sucedido alguna vez en la vida llevar nuestra falta de cortesía hasta el extremo de calificar a una mujer de vieja caja ('alte Schachtel'), sin saber quizá que diciendo esto nos servíamos de un símbolo genital. En el Nuevo Testamento se dice que la mujer es un vaso débil, y los libros sagrados de los judíos se hallan en su poético estilo llenos de expresiones tomadas del simbolismo sexual, que no han sido siempre exactamente comprendidas y cuya interpretación (por ejemplo, la del Cantar de los Cantares) ha dado motivo a numerosos errores. En la literatura hebrea posterior se encuentra muy frecuentemente el símbolo que representa a la mujer como una casa cuya puerta corresponde al orificio genital. Así, en los casos de pérdida de la virginidad se lamenta el marido de haber hallado la puerta abierta. La representación de la mujer por el símbolo «mesa» es también frecuente en esta literatura. La mujer dice de su marido: «Le preparé la mesa, pero él la volcó.» Los niños deformes nacen por haber volcado la mesa su padre. Estas informaciones que aquí expongo las he tomado de una monografía de L. Levy, de Brünn, sobre el simbolismo sexual en la Biblia y en el Talmud.
Los etimologistas han hecho verosímil la hipótesis de que el barco constituye una representación simbólica de la mujer. La palabra Schiff (barco), que servía primitivamente para designar un vaso de arcilla, no sería, en realidad, sino una modificación de la palabra Schaff (escudilla). La leyenda griega de Periandro de Corinto y su mujer, Melisa, nos confirma que el horno es un símbolo de la mujer y del útero. Según nos cuenta Herodoto, el tirano Periandro asesinó a su mujer, a la que amaba ardientemente, en un arrebato de celos. Habiendo luego conjurado su sombra, se le apareció una vaga forma femenina, y para convencerle de que era el espíritu de su muerta esposa, le recordó que había metido su pan en un horno frío, velada expresión alusiva a un acto de Periandro que ninguna otra persona podía conocer. En la Anthropophyteia, publicada por F. S. Krauss, que constituye un inagotable manantial de informaciones sobre todo lo referente a la vida sexual de los pueblos, leemos que en determinadas regiones de Alemania se dice de las mujeres que acaban de parir que se les ha derrumbado el horno. La preparación del fuego, con todo lo que a la misma se enlaza, se halla profundamente penetrada del simbolismo sexual.
La llama simboliza siempre el órgano genital del hombre, y el fogón, el genital femenino. Si halláis sorprendente que los paisajes sirven con tanta frecuencia, en los sueños, para representar simbólicamente el aparato genital de la mujer, acudid a los mitologistas y veréis cuán importantísimo papel ha desempeñado siempre la madre tierra en las representaciones y los cultos de los pueblos antiguos y hasta qué punto la concepción de la agricultura ha sido determinada por ese simbolismo. Las razones que en los sueños hacen del concepto «habitación» la representación simbólica de la mujer pueden derivarse fácilmente del lenguaje vulgar, pues en alemán decimos muchas veces Frauenzimmer (habitación de la mujer) en sustitución de Frau (mujer), reemplazando de este modo a la persona humana por el lugar que le está destinado. Del mismo modo hablamos de la Sublime Puerta, designando con esta expresión al sultán de Turquía o a su Gobierno. También la palabra Faraón, que servía para designar a los soberanos del antiguo Egipto, significaba patio grande. (En el antiguo Oriente, los patios dispuestos entre las dobles puertas de la ciudad eran lugares de reunión análogamente a las plazas de mercado en el mundo clásico.) Creo, sin embargo, que esta filiación es un tanto superficial, y a mi juicio, si «habitación» ha llegado a constituir un símbolo femenino, es por el hecho de que la mujer misma constituye el espacio en que el ser humano habita durante su vida intrauterina. El símbolo «casa» nos es ya conocido desde este punto de vista, y la Mitología y el estilo poético nos autorizan a admitir como otras representaciones simbólicas de la mujer las de castillos, fortaleza y ciudad.
Así, pues, para admitir esta filiación del símbolo que nos ocupa, sólo nos faltará comprender si personas de idioma distinto del alemán utilizan en sus sueños el concepto habitación como símbolo femenino, y creo recordar que en un gran número de pacientes extranjeros tratados por mí en estos últimos años sucedía así en efecto, a pesar de que en sus idiomas respectivos la palabra «mujer» carecía de relación alguna con lo de «habitación», no existiendo tampoco locución alguna que aproximara ambos conceptos como en alemán sucede (Frauenzimmer por Frau). Todavía existen otros indicios de que la relación simbólica puede rebasar los límites lingüísticos, hecho que ha sido ya reconocido por el onirocrítico Schubert (1814). Debo decir, sin embargo, que ninguno de mis pacientes ignoraba totalmente la lengua alemana, de manera que habremos de aplazar toda conclusión definitiva sobre este punto concreto hasta que psicoanalistas extranjeros puedan darnos datos de observaciones efectuadas en sujetos ignorantes del alemán.
De las representaciones simbólicas del órgano sexual masculino no hay una sola que no se encuentre expresada en el lenguaje corriente o en el poético e incluso a veces en las obras de los poetas de la antigüedad clásica. Entre estas representaciones figuran no solamente los símbolos que se manifiestan en los sueños, sino también otros, como, por ejemplo, diversas herramientas, y principalmente el arado. Además, la representación simbólica del órgano sexual masculino se relaciona con un dominio muy extenso y discutido, del cual, por razones de economía, queremos mantenernos alejados. Unicamente haremos algunas observaciones a propósito de uno solo de estos símbolos extraordinarios: el constituido por el número 3. Dejando a un lado la cuestión de si es a tal relación simbólica a lo que este número debe su carácter sagrado, la verdad es que, si ciertos objetos compuestos de tres partes (por ejemplo, los tréboles de tres hojas) han pasado a la categoría de figuras heráldicas y de emblemas, ello ha sido únicamente a causa de su significación simbólica. Así, la flor de lis francesa, de tres ramas, y el triquedro (tres piernas semidobladas partiendo de un centro común), singular blasón de dos islas tan alejadas una de otra como Sicilia y la de Man, no son, a mi juicio, sino reproducciones simbólicas y estilizadas del aparato genital del hombre.
Las reproducciones del órgano sexual masculino eran consideradas en la antigüedad como poderosos medios preservadores (Apotropaico) de los maleficios, y quizá constituye una supervivencia de esta superstición el hecho de que incluso en nuestros días todos los amuletos usuales no son otra cosa que símbolos genitales o sexuales. Examinad una colección de estos amuletos, que suelen llevarse como pequeños dijes o colgantes, y encontraréis, entre ellos, un trébol de cuatro hojas, un cerdo, una seta, una herradura, una escalera y un deshollinador. El trébol de cuatro hojas reemplaza al más propiamente simbólico de tres. El cerdo es un antiguo símbolo de la fecundidad. La seta lo es incontestablemente del pene e incluso existen algunas que, como el Phallus impudicus, deben su nombre a su gran semejanza con el órgano sexual del hombre. La herradura reproduce los contornos del orificio genital de la mujer y el deshollinador que lleva la escalera debe el haber entrado a formar parte de la colección al hecho de ejercer una de aquellas profesiones que comportan actos a los que el vulgo suele comparar las relaciones sexuales (véase Anthropophyteia) .
Por último, la escalera nos es ya conocida como elemento del simbolismo sexual de los sueños, circunstancia apoyada también por el lenguaje vulgar, pues (en alemán) solemos emplear el verbo subir en un sentido sexual, hablando de subir detrás de las mujeres (Den Frauen nachsteigen), calificando de viejo subidor (alter Steiger) a los viejos vividores. En francés, idioma en el que la palabra alemana Stufe (escalón) se traduce por la palabra «marche», se llama a un viejo juerguista vieux marcheur. El hecho de que muchos animales verifiquen el coito subiendo o montándose sobre la hembra no es, sin duda, extraño a esta aproximación. El arrancamiento de una rama como representación simbólica del onanismo no corresponde solamente a las locuciones vulgares con que (en alemán) se designa el acto de la masturbación, sino que posee también numerosas analogías mitológicas. Mas lo que resulta especialmente singular es la representación del onanismo, o más bien de la castración considerada como un castigo de este pecado, por la caída o la extracción de una muela, pues en la Antropología hallamos un paralelo a esta representación, paralelo que pocos de los que han tenido un tal sueño deben de conocer. No creo equivocarme viendo en la circuncisión practicada en tantos pueblos un equivalente o un sucedáneo de la castración. Sabemos, además, que ciertas tribus primitivas de Australia practican la circuncisión a título de rito de la pubertad (para celebrar la entrada del joven en la edad viril), mientras que otras tribus cercanas a éstas reemplazan la circuncisión por la extracción de un diente.
Con estos ejemplos daré por terminada mi exposición, pero he de advertiros que me he limitado a presentaros algunas muestras del simbolismo onírico, pues nuestro conocimiento del mismo es bastante más amplio, y si nosotros, que no podemos considerarnos sino como meros aficionados en las cuestiones relativas a la Mitología, la Lingüística, la Antropología y el folklore, hemos logrado, sin embargo, reunir una tan interesante colección de símbolos, podéis figuraros lo que sería la que formaran los especialistas en estas materias. Pero, de todos modos, lo expuesto en esta lección basta para permitirnos deducir determinadas conclusiones, que, sin agotar el tema, nos dan hartos motivos de reflexión. Observamos, en primer lugar, que el sujeto del sueño dispone de una forma de expresión simbólica de la que no sólo no tiene el menor conocimiento en la vida despierta, sino que tampoco le es posible reconocerla cuando le es comunicada por otra persona, hecho que nos produce igual asombro que si un día nos enterásemos que nuestra criada, de la que sabemos que ha nacido en una aldea de Bohemia y no ha hecho jamás ninguna clase de estudios, comprendía el sánscrito. Nuestras concepciones psicológicas no pueden proporcionarnos aquí luz ninguna. Lo único que podremos decir es que el conocimiento que del simbolismo posee el sujeto es inconsciente; esto es, forma parte de su vida psíquica inconsciente. Pero esta explicación no nos saca de dudas.
Hasta ahora no nos habíamos visto obligados a admitir más que tendencias inconscientes, o sea tendencias que ignoramos durante un lapso de tiempo más o menos largo. Pero esta vez se trata de algo más, se trata de conocimientos inconscientes, de relaciones inconscientes entre ciertas ideas y de comparaciones inconscientes entre diversos objetos, a consecuencia de los cuales uno de dichos objetos pasa a instalarse de un modo permanente en el lugar correspondiente al otro. Resulta además, que estas comparaciones no son para cada caso diferentes, sino que se hallan establecidas de un modo fijo y dispuestas para ser utilizadas. Prueba de ello es que son siempre idénticas en las personas más distintas y subsisten quizá a pesar de las diferencias de lenguaje.
¿De dónde puede, pues, provenir nuestro conocimiento de tales relaciones simbólicas? El lenguaje corriente no nos proporciona sino una muy pequeña parte, y las numerosas analogías que podemos hallar en otros campos son casi siempre ignoradas por el sujeto del sueño, habiendo sido necesaria una paciente labor para reunir las que hasta aquí hemos expuesto. En segundo lugar, estas relaciones simbólicas no son algo privativo del sujeto del sueño ni tampoco constituyen una característica de la elaboración onírica en la que hallan su expresión, pues sabemos que los mitos y las fábulas, el pueblo en sus proverbios y sus cantos, el lenguaje corriente y la fantasía poética utilizan igual simbolismo. De este modo, no constituyendo los símbolos oníricos sino una pequeña provincia del extenso reino del simbolismo, no ha de ser lo más indicado atacar el problema general partiendo de la investigación de los sueños. Muchos de los símbolos empleados en otros sectores no se manifiestan en los sueños o sólo muy raras veces. Por otro lado, los símbolos oníricos pertenecen muchas veces exclusivamente al sueño, y otras no se los encuentra sino muy rara vez en sectores distintos. Estas circunstancias hacen que experimentemos la impresión de hallarnos ante una primitiva forma de expresión, desaparecida, de la que sólo quedan algunos restos diseminados en diferentes sectores y conservados en formas ligeramente modificadas.
Recuerdo, en este punto, la fantasía de un interesante alienado que llegó a imaginar la existencia de un «idioma fundamental», del cual todas estas relaciones simbólicas eran, a su juicio, supervivencias [véase el caso 'Schreber']. En tercer lugar, ha de pareceros sorprendente que el simbolismo no sea en todos los demás sectores necesario y únicamente sexual, mientras que en los sueños sirven los símbolos casi exclusivamente para la expresión de objetos y relaciones sexuales. Tampoco esto resulta fácil de explicar. ¿Será quizá que símbolos primitivamente sexuales recibieron después una aplicación distinta que poco a poco fue despojándolos de su carácter simbólico hasta dejarlos adscritos a otro género de representación? Mas es evidente que mientras permanezcamos limitados a la investigación del simbolismo onírico, nos ha de ser imposible conseguir la solución de estos problemas. Nos contentaremos, por tanto, con mantener la hipótesis de que entre todos los símbolos propiamente dichos y lo sexual existe una íntima relación.
Sobre este punto concreto hemos de citar aquí una reciente e importantísima aportación. Un filólogo, H. Sperber, de Upsala, ajeno a nuestra labor psicoanalítica, ha formulado la teoría de que las necesidades sexuales han intervenido esencialmente en la génesis y la evolución de la expresión oral. Los primeros sonidos articulados sirvieron para comunicar las ideas y llamar al objeto sexual. El desarrollo ulterior de las raíces de la lengua acompañó la organización del trabajo en la humanidad primitiva. Los trabajos eran efectuados en común y con el acompañamiento de expresiones orales rítmicamente repetidas, resultando así un desplazamiento del interés sexual sobre el trabajo. Diríase que el hombre primitivo no se resignó al trabajo sino haciéndolo equivalente y sustitutivo de la actividad sexual. De este modo, la palabra lanzada durante el trabajo en común tenía dos sentidos, uno que expresaba el acto sexual y otro el trabajo activo que era asimilado a dicho acto. Poco a poco, la palabra se desligó de su significación sexual para enlazarse definitivamente al trabajo. Análogamente sucedió en generaciones ulteriores, las cuales, después de inventar nuevas palabras de significación sexual, las aplicaron a nuevos géneros de trabajo. En esta forma se habrían constituido numerosas raíces, que todas tuvieron un origen sexual, pero perdieron luego su significación primitiva. Si la teoría cuyo esquema acabamos de trazar es exacta, nos ofrecerá una posibilidad de llegar a la inteligencia del simbolismo de los sueños. Nos explicaremos, sobre todo, por qué el sueño, que conserva algo de estas primitivas condiciones, presenta tantos símbolos referentes a la vida sexual y por qué de un modo general las armas y herramientas son símbolos masculinos, mientras que las telas y los objetos elaborados lo son femeninos. La relación simbólica sería, pues, una supervivencia de la antigua identidad de las palabras. Objetos que antiguamente tuvieron el mismo nombre que aquellos otros referentes al sector y a la vida genitales, aparecerían ahora en los sueños a título de símbolos de dicha esfera y dicha vida.
Todas estas analogías evocadas a propósito del simbolismo de los sueños os permitirán formaros una idea de aquellas especialísimas características del psicoanálisis que la convierten en una disciplina de interés general, cosa que no sucede ni a la Psicología ni a la Psiquiatría. La labor psicoanalítica nos pone en relación con una gran cantidad de otras ciencias mentales, tales como la Mitología, la Lingüística, el folklore, la psicología de los pueblos y la ciencia de las religiones, ciencias todas cuyas investigaciones pueden proporcionarnos los más preciosos datos. Así, pues, no extrañaréis que el movimiento psicoanalítico haya creado un órgano consagrado exclusivamente al estudio de estas relaciones: la revista Imago, fundada en 1912 y dirigida por Hans Sachs y Otto Rank. En todas estas relaciones con las demás ciencias, el psicoanálisis da más que recibe. Los resultados, a veces harto extraños, anunciados por el psicoanálisis, se hacen más aceptables al ser confirmados por las investigaciones efectuadas en otros sectores, pero nuestra disciplina es la que proporciona los métodos técnicos y establece los puntos de vista, cuya aplicación a las otras ciencias produce tan fructíferos resultados.
La investigación psicoanalítica descubre en la vida psíquica del individuo humano hechos que nos permiten resolver más de un enigma de la vida colectiva de los hombres o, por lo menos, fijar su verdadera naturaleza. No os he dicho aún en qué circunstancias podemos obtener la visión más profunda de este presunto «idioma fundamental», ni cuál es el dominio que de él ha conservado los restos más numerosos. Hasta tanto lleguéis a conocer esta circunstancia, os será imposible daros cuenta de toda la importancia de nuestro estudio. Ahora bien: este dominio es el de las neurosis, y sus materiales se hallan constituidos por los síntomas y otras manifestaciones de los sujetos nerviosos, síntomas y manifestaciones cuya explicación y tratamiento constituye precisamente el objeto del psicoanálisis.
Mi cuarto punto de vista nos hace retornar, por tanto, a nuestro punto de partida y nos orienta en la dirección que nos ha sido trazada. Hemos dicho que, aun cuando no existiera la censura de los sueños, no nos resultarían éstos más inteligibles, pues tendríamos entonces que resolver el problema, consistente en traducir el lenguaje simbólico del sueño a aquel otro que corresponde a nuestro pensamiento despierto. El simbolismo es, pues, otro factor de deformación de los sueños, independiente de la censura; pero podemos suponer que esta última encuentra muy cómodo servirse de él, puesto que concurre al mismo fin que ella persigue, o sea el de convertir el sueño en algo extraño o incomprensible. El estudio ulterior del sueño puede llevarnos a descubrir todavía otro factor de la deformación, pero no quiero abandonar aquí la cuestión del simbolismo sin recordaros una vez más la actitud enigmática que las personas cultas han creído deber adoptar ante ellas; actitud de absoluta resistencia, a pesar de que la realidad del simbolismo se ha demostrado con absoluta certidumbre en el mito, la religión, el arte y el idioma, factores todos que se hallan plenos de símbolos. ¿Deberemos acaso ver nuevamente la razón de esta actitud en las relaciones que hemos establecido entre el simbolismo de los sueños y la sexualidad? |