| Señoras y señores:
EL estudio de los sueños infantiles nos ha revelado la génesis, la esencia y la función del sueño. Es éste un medio de supresión de las excitaciones psíquicas que acuden a perturbar el reposo, supresión que se efectúa por medio de la satisfacción alucinatoria. Por lo que respecta a los sueños de los adultos, no hemos podido explicar hasta ahora más que un único grupo; esto es, el formado por aquellos que presentan lo que hemos calificado de «tipo infantil». Nada sabemos de los demás sueños de los adultos, y hasta pudiéramos decir que permanecen aún incomprensibles para nosotros. Sin embargo, hemos obtenido un resultado provisional cuyo valor no debemos despreciar, y que es el siguiente: siempre que un sueño nos resulta perfectamente inteligible, se nos revela como una satisfacción alucinatoria de un deseo. Es ésta una coincidencia que no puede ser ni accidental ni indiferente. Cuando nos encontramos en presencia de un sueño de otro género admitimos, fundándonos en diversas reflexiones y por analogía con la concepción de las funciones fallidas, que constituye una sustitución deformada de un contenido que nos es desconocido y al cual habremos de reducirlo. Así, pues, la labor que se nos plantea inmediatamente será la de analizar o comprender tal deformación del sueño.
Esta deformación onírica es la que da al sueño su singular apariencia y nos lo hace ininteligible. Muchas cosas hemos de averiguar sobre ella. En primer lugar, su origen y su dinamismo, y luego su efecto y su mecanismo de actuación. Podemos decir también que la deformación del sueño es un producto de la elaboración onírica. Vamos, pues, a describir esta elaboración y a reducirla a las fuerzas que en ella actúan. Voy a presentaros un sueño que ha sido consignado por una señora perteneciente a nuestro círculo psicoanalítico y cuyo sujeto es otra señora, ya de edad, muy estimada y culta. De este sueño no se ha hecho análisis ninguno pues nuestra informadora pretende que para las personas peritas en psicoanálisis no era necesario. El sujeto mismo del sueño no lo ha interpretado, pero lo ha juzgado y condenado como si hubiera sabido hacerlo. He aquí la opinión que sobre el mismo hubo de expresar: «Parece mentira que una mujer de cincuenta años como yo, y que día y noche no tiene otra preocupación que la de su hijo, tenga un sueño tan horrible y estúpido.» Oíd ahora el relato de este sueño, al que pudiéramos dar el título de «sueño de los servicios de amor»: La señora entra en el hospital militar N. y manifiesta al centinela que desea hablar al médico director (al que da un nombre desconocido) para ofrecerle sus servicios en el hospital.
Diciendo esto, acentúa la palabra 'servicios' de tal manera, que el centinela comprende en seguida que se trata de 'servicios de amor'. Al ver que es una señora de edad, la dejan pasar después de alguna vacilación; pero en lugar de llegar hasta el despacho del médico director, entra en una gran habitación sombría, en la que se hallan varios oficiales y médicos militares, sentados o de pie en derredor de una larga mesa. La señora comunica su oferta a un médico, que la comprende desde las primeras palabras. He aquí el texto de las mismas, tal como la señora lo pronunció en su sueño: «Yo y muchas otras mujeres casadas y solteras de Viena estamos dispuestas, con todo militar, sea oficial o soldado.» Tras de estas palabras oye (siempre en sueños) un murmullo, pero la expresión, en parte confusa y en parte maliciosa, que se pinta en los rostros de los oficiales le prueba que los circunstantes comprenden muy bien lo que quiere decir. La señora continúa: «Sé que nuestra decisión puede parecer un tanto singular, pero es completamente seria. Al soldado no se le pregunta tampoco en tiempos de guerra si quiere o no morir.»
A esta declaración sigue un penoso silencio. El médico mayor rodea con su brazo la cintura de la señora y le dice: «Mi querida señora, suponed que llegásemos realmente a este punto...» (Murmullos.) La señora se liberta del abrazo, aunque pensando que lo mismo da aquel que otro cualquiera, y responde: «Dios mío: yo soy una vieja y puede que jamás me encuentre ya en ese caso. Sin embargo, habrá que organizar las cosas con cierto cuidado y tener en cuenta la edad, evitando que una mujer ya vieja y un muchacho joven... (Murmullos); sería horrible.» El médico mayor: «La comprendo a usted perfectamente.» Algunos oficiales, entre los cuales se encuentra uno que le había hecho la corte en su juventud, se echa a reír y la señora expresa su deseo de ser conducida ante el médico director, al que conoce, con el fin de poner en claro todo aquello; pero advierte, con gran sorpresa, que ignora el nombre de dicho médico. Sin embargo, aquel otro al que se ha dirigido anteriormente le muestra con gran cortesía y respeto una escalera de hierro, estrecha y en espiral, que conduce a los pisos superiores y le indica que suba hasta el segundo. Mientras sube oye decir a un oficial: «Es una decisión colosal. Sea joven o vieja la mujer de que se trate, a mi no puede menos de inspirarme respeto.» Con la conciencia de realizar un deber sube la señora por una escalera interminable.
El mismo sueño se reproduce luego dos veces más en el espacio de pocas semanas y con algunas modificaciones, que, según la apreciación de la señora, eran insignificantes y perfectamente absurdas. Este sueño se desarrolla en la misma forma que una fantasía diurna, no presenta sino escasa discontinuidad, y algunos detalles de su contenido hubieran podido ser esclarecidos si se hubiera abierto una información, cosa que, como os he dicho antes, no se llevó a cabo. Pero lo más singular y de mayor interés para nosotros es que presenta varias lagunas, no en su recuerdo, sino en su propio contenido. Por tres veces parece éste extinguirse, siendo ahogadas cada una de ellas las palabras de la señora por un murmullo. No habiéndose efectuado análisis alguno, no tenemos, en realidad, derecho a pronunciarnos sobre su sentido. Mas, sin embargo, hay en este sueño alusiones, como la implícita en las palabras «servicios de amor», que autorizan a deducir determinadas conclusiones, y sobre todo los fragmentos del discurso que procede inmediatamente a los murmullos no pueden ser completados sino en un solo y determinado sentido. Haciéndolo así, vemos que el contenido manifiesto se nos muestra como una fantasía en la que el sujeto se halla decidido, en cumplimiento de un patriótico deber, a poner su persona a la disposición de los soldados y oficiales, para la satisfacción de las necesidades amorosas de los mismos, idea de las más atrevidas y modelo de invención audazmente libidinosa. Mas esta idea o fantasía no se exterioriza en el sueño, pues allí donde el contexto parece implicar una tal confesión queda ésta reemplazada, en el contenido manifiesto, por un murmullo indistinto que la borra o suprime.
Sospecháis, sin duda, que precisamente lo indecoroso de estos pasajes es lo que motiva su supresión. Pero, ¿dónde encontráis algo muy análogo? Hoy en día no tenéis que buscar mucho para hallarlo. Abrid cualquier diario político y encontraréis, en todas sus planas, interrupciones del texto, que dejan en blanco el papel. Todos sabemos que estos blancos corresponden a una supresión ordenada por la censura, pues en ellos debían figurar noticias o comentarios que, no habiendo sido aprobados por las autoridades superiores, han tenido que ser suprimidos, y siempre lamentamos tales supresiones, pues sospechamos que los pasajes suprimidos podían ser muy bien los más interesantes. Esta censura es ejercida otras veces en el momento mismo de redactar la noticia o comentario. El periodista que los redacta, previendo que determinados pasajes habrían de tropezar con el veto de la censura, los atenúa previamente modificándolos o rozando solamente con alusiones lo que, por decirlo así, acude a los puntos de su pluma. El diario aparece entonces sin blancos, pero determinadas perífrasis y oscuridades os revelarán fácilmente los esfuerzos que el autor ha hecho para escapar a la censura oficial, imponiéndose a sí mismo una propia censura previa.
Mantengamos esta analogía. Decimos que ciertos pasajes del discurso de la señora quedan omitidos o son ahogados por un murmullo y que, por tanto, han sido también víctimas de una censura. Hablamos, pues, directamente de una censura del sueño, a la cual debe atribuirse determinada misión en la deformación de los fenómenos oníricos. Siempre que el sueño manifiesto presenta lagunas, debemos atribuirlas a la intervención de esta censura onírica. Podemos, incluso, ir más lejos y decir que siempre que nos hallamos ante un elemento del sueño particularmente débil, indeterminado y dudoso, habiendo, en cambio, otros que han dejado un claro y preciso recuerdo, debemos admitir que el primero ha sufrido la acción de la censura. Pero ésta se manifiesta raras veces de un modo tan abierto, o como pudiéramos decir, tan ingenuo, como en el sueño de que nos ocupamos. Con mayor frecuencia se ejerce siguiendo la segunda de las modalidades indicadas, esto es, imponiendo atenuaciones, aproximaciones y alusiones al pensamiento verdadero.
La censura onírica se ejerce también conforme a una tercera modalidad, para la cual no encuentro analogía alguna en el campo de la censura periodística pero que podemos observar claramente en el único sueño que hasta ahora hemos analizado. Recordáis, sin duda, el sueño en el que figuraban «tres malas localidades de un teatro por un florín cincuenta céntimos». En las ideas latentes de este sueño, el elemento «apresuradamente, demasiado pronto» ocupaba el primer plano. Fue un absurdo casarse tan pronto; fue igualmente absurdo procurarse billetes del teatro con tanta anticipación, y fue ridículo el apresuramiento de la cuñada en gastar su dinero para comprarse una alhaja. De este elemento central de las ideas del sueño no pasó nada al sueño manifiesto, en el cual todo gravitaba en torno del hecho de ir al teatro y sacar los billetes. Por este desplazamiento del centro de gravedad y esta arbitraria reunión de los elementos del contenido, el sueño manifiesto se hace tan dispar del sueño latente, que es imposible sospechar al primero a través del segundo. Este desplazamiento del centro de gravedad constituye uno de los principales medios por los cuales se efectúa la deformación de los sueños y es lo que imprime a los mismos aquel carácter singular que los presenta a los ojos del mismo sujeto como algo ajeno totalmente a su propia personalidad.
Así, pues, los efectos de la censura y los medios de que dispone la deformación de los sueños son la omisión, la modificación y la arbitraria agrupación de los materiales. La censura misma es la causa principal o una de las principales causas de la deformación onírica, cuyo examen nos ocupa ahora. En cuanto a la modificación y a la arbitraria agrupación de los materiales, las reunimos dentro del concepto de desplazamiento. Después de estas indicaciones sobre los efectos de la censura de los sueños, pasaremos a ocuparnos de su dinamismo. Espero que no toméis esta expresión en un sentido excesivamente antropomórfico, representándoos al censor onírico bajo la forma de un hombrecillo severo o de un duende alojado en un departamento del cerebro, desde el cual ejerce sus funciones censoras. No debéis dar tampoco a la palabra «dinamismo» un sentido excesivamente localizante, figurándoos un centro cerebral del que manaría la influencia censuradora, la cual podría ser suprimida por una lesión o una ablación de dicho centro. Limitaos a ver en esta palabra un término que resulta cómodo para designar una relación dinámica y no nos impide investigar por qué tendencias y sobre qué tendencias se ejerce dicho influjo. No nos sorprendería averiguar que ya anteriormente nos ha sucedido hallarnos en presencia de la censura onírica sin quizá darnos cuenta de lo que se trataba.
Así es, en efecto. Recordad el sorprendente descubrimiento que efectuamos cuando comenzamos a aplicar nuestra técnica de la libre asociación. Sentimos entonces que una resistencia se oponía a nuestros esfuerzos de pasar del elemento del sueño al elemento inconsciente, del cual es aquél una sustitución. Esta resistencia, dijimos, puede variar de intensidad, siendo unas veces prodigiosamente elevada y otras insignificantes. En este último caso, nuestra labor de interpretación no tiene que franquear sino muy escasas etapas, pero cuando la resistencia se hace mayor, nos vemos obligados a seguir, partiendo del elemento del sueño, largas cadenas de asociaciones que nos alejan mucho de él y tenemos que vencer en este largo camino todas las dificultades que se nos presentan bajo la forma de objeciones críticas contra las ideas que surgen en el sujeto. Esto, que en nuestra labor de interpretación aparecía como una resistencia, debemos trasladarlo a la elaboración onírica, en la cual constituye aquello que hemos convenido en calificar de «censura», pues la resistencia y la interpretación no son otra cosa que la objetividad de la censura onírica. Vemos así que la censura no limita su función a determinar una deformación del sueño, sino que actúa de una manera permanente e ininterrumpida, con el fin de mantener y conservar la deformación producida. Además, del mismo modo que la resistencia con la cual tropezábamos en la interpretación variaba de intensidad de un elemento a otro, la deformación producida por la censura difiere también en los diversos elementos de un mismo sueño. Si comparamos el sueño manifiesto y el sueño latente, observaremos que determinados elementos latentes han sido completamente eliminados, que otros han sufrido modificaciones más o menos importantes, y otros, por último, han pasado al contenido manifiesto del sueño sin haber sufrido modificación alguna y ganado, quizá, en intensidad.
Pero queríamos saber por qué y contra qué tendencias se ejerce la censura. A esta interrogación, que es de una importancia fundamental para la inteligencia del sueño y quizá hasta para la de la vida humana en general, se obtiene fácil respuesta recorriendo la serie de sueños que han podido ser sometidos a interpretación. Las tendencias que ejerce la censura son aquellas que el sujeto reconoce como suyas en la vida despierta y con las cuales se encuentra de acuerdo. Podéis estar convencidos de que cuando rehusáis dar vuestra aquiescencia a una interpretación correcta de uno de vuestros sueños, las razones que os dictan tal negativa son las mismas que presiden a la censura y a la deformación oníricas haciendo necesaria tal interpretación. Pensad solamente en el sueño de nuestra buena señora quincuagenaria. Sin haberlo interpretado lo halla ya horrible, pero aún se desolaría más si la señora v. Hug le hubiera comunicado alguno de los datos obtenidos por la interpretación que en este caso se imponía, y precisamente este juicio condenatorio es el que ha hecho que las partes más indecorosas del sueño se hallen reemplazadas en él por un murmullo. Las tendencias contra las cuales se dirige la censura de los sueños deben ser descritas, en principio, colocándonos desde el punto de vista de la instancia representada por la censura. Podremos decir entonces que se trata de tendencias reprensibles e indecentes desde el punto de vista ético, estético y social, y que son cosas en las que no nos atrevemos a pensar o en las cuales no pensamos sino con horror. Estos deseos censurados y que reciben en el sueño una expresión deformada son, ante todo, manifestaciones de un egoísmo sin límites ni escrúpulos. No existe, además, sueño ninguno en el que el yo del sujeto no desempeñe el papel principal, aunque sepa disimularse muy bien en el contenido manifiesto.
Este «sacro egoísmo» del sueño no carece ciertamente de relación con nuestra disposición al reposo, que consiste precisamente en el desligamiento de todo interés por el mundo exterior. Desembarazado el yo de toda ligadura moral, cede asimismo a todas las exigencias del instinto sexual, a aquellas que nuestra educación estética ha condenado desde hace mucho tiempo y a aquellas otras que se hallan en oposición con todas las reglas de restricción moral. La busca del placer, o como nosotros decimos, la libido, escoge en los sueños sus objetos, sin tropezar con resistencia ninguna, y los escoge preferentemente entre los prohibidos. No elige solamente la mujer ajena, sino también los objetos a los cuales el acuerdo unánime de la humanidad ha revestido de un carácter sagrado: el hombre hace recaer su elección sobre su madre o su hermana y la mujer sobre su padre o su hermano. (Así, el sueño de los «servicios amorosos» resulta plenamente incestuoso, pues la libido de la sujeto se dirige en él, incontestablemente, hacia su propio hijo.) Estos deseos que creemos ajenos a la naturaleza humana, se muestran, sin embargo, suficientemente intensos para provocar sueños. El odio se manifiesta en ellos francamente, y los deseos de venganza y de muerte contra aquellas personas a las que mayor afecto tenemos en nuestra vida -parientes, hermanos, hermanas, esposos e hijos- se hallan muy lejos de ser manifestaciones excepcionales en los sueños. Estos deseos censurados parecen surgir de un verdadero infierno, y al descubrirlos en nuestras interpretaciones, realizadas en la vida despierta, toda censura nos parece poco para conseguir mantenerlos encadenados.
Pero este perverso contenido no debe ser imputado al sueño mismo. No debéis olvidar que el sueño cumple con una función inofensiva y hasta útil, consistente en defender al reposo contra todas las causas de perturbación. Tal perversidad no es inherente a la naturaleza misma del sueño, pues no ignoráis que hay sueños en los cuales podemos reconocer la satisfacción de deseos legítimos y de necesidades orgánicas imperiosas. Estos últimos sueños no sufren además deformación alguna ni la necesitan para nada, pues pueden cumplir su función sin ofender en lo más mínimo a las tendencias morales y estéticas del yo. Sabed igualmente que la deformación del sueño se realiza en función de dos factores, siendo tanto más pronunciada cuanto más reprensible es el deseo que ha de sufrir la censura y más severas las exigencias de ésta en un momento dado. Por esta razón, una muchacha bien educada y de rígido pudor deformará, imponiéndolas una censura implacable, las tentaciones sentidas en el sueño, mientras que tales tentaciones nos parecerán a nosotros, médicos, deseos inocentemente libidinosos, opinión que la propia interesada compartirá algunos años después.
Además, no tenemos razones suficientes para indignarnos a propósito de este resultado de nuestra labor interpretativa. Creo que aún no hemos llegado a comprenderla bien, pero ya desde ahora tenemos el deber de preservarla contra determinados ataques. No es difícil hallar sus puntos débiles. Nuestras interpretaciones oníricas han sido realizadas bajo la reserva de un determinado número de hipótesis, pues hemos supuesto que el sueño, en general, tiene un sentido, que debemos atribuir al reposo normal, procesos psíquicos inconscientes análogos a aquellos que se manifiestan en el sueño hipnótico y que todas las ideas que surgen a propósito de los sueños son determinadas. Si partiendo de estas hipótesis hemos llegado, en nuestras interpretaciones de sueños, a resultados plausibles, tendremos derecho a asentar la conclusión de que tales hipótesis que nos han servido de punto de partida responden a la realidad de los hechos; pero ante los resultados que hemos obtenido efectivamente es muy posible que más de uno nos diga que siendo los mismos imposibles y absurdos, o por lo menos harto inverosímiles, anulan las hipótesis que les sirven de base. O el sueño no es un fenómeno psíquico o el estado normal no trae consigo ningún proceso inconsciente o, por último, la técnica psicoanalítica resulta equivocada en alguno de sus puntos. ¿No son acaso estas conclusiones mucho más sencillas y satisfactorias que todos los horrores que decimos haber descubierto partiendo de nuestras hipótesis ? Concederemos, en efecto, que son más sencillas y satisfactorias, pero esto no quiere decir que sean más exactas.
Tengamos paciencia y esperemos, para entrar en su discusión, a haber completado nuestro estudio. De aquí a entonces dejaremos que la crítica que se eleva contra la interpretación onírica vaya intensificando su energía. Importa muy poco que los resultados de nuestras interpretaciones sean escasamente satisfactorios y agradables, mas existe un argumento crítico de mayor solidez, y es el de que los sujetos a los que ponemos al corriente de las tendencias optativas que de la interpretación de sus sueños extraemos, rechazan dichos deseos y tendencias con la mayor energía y apoyándose en razones de gran peso. «¿Cómo -dice uno- queréis demostrarme, deduciéndolo de mis sueños, que lamento las cantidades que he gastado para dotar a mis hermanas y educar a mi hermano? Pero, ¿no estáis viendo que trabajo con todo entusiasmo para sacar adelante a mi familia y no tengo otro interés en la vida que el cumplimiento de mi deber para con ella, como así lo prometí, en calidad de hermano mayor, a mi pobre madre?» O también: «¿Osáis pretender que deseo la muerte de mi marido? ¡Qué absurdo ! Aunque no me creáis, os diré que no sólo constituimos un matrimonio de los más felices sino que su muerte me privaría de todo lo que en el mundo poseo.» Por último, nos dirán otros: «Pero, ¿tenéis la audacia de decir que deseo sexualmente a mi hermana? ¡Qué ridícula pretensión! No sólo no vivimos juntos, sino que ni siquiera me intereso por ella como hermano, pues estamos reñidos y hace muchos años que no hemos cruzado palabra.»
Si estos individuos se contentaran con no confirmar o negar las tendencias que les atribuimos, podríamos decir todavía que se trataba de cosas que ignoran, pero lo que llega a ser desconcertante es que pretenden sentir deseos totalmente opuestos a aquellos que les atribuimos al interpretar sus sueños y que les es posible demostrarnos el predominio de tales deseos opuestos en toda su conducta en la vida. ¿No sería, pues, tiempo ya de renunciar de una vez para siempre a nuestra labor de interpretación, cuyos resultados nos han llevado al absurdo? Nada de eso. Tampoco este argumento logra, como no lo lograron los anteriores, resistir a nuestra crítica. Supuesto que en la vida psíquica existen tendencias inconscientes, ¿qué prueba puede deducirse contra ellas de la existencia de tendencias diametralmente opuestas en la vida consciente? Para todas ellas hay quizá lugar en nuestro psiquismo, en el cual pueden muy bien convivir las más radicales antinomias y hasta es muy posible que el predominio de una tendencia sea precisamente la condición de la represión en lo inconsciente de aquella que es contraria a ella.
Queda, sin embargo, la objeción, según la cual los resultados de la interpretación de los sueños no serían ni sencillos ni alentadores. Desde luego; pero si sólo lo sencillo os atrae, no lograréis resolver ninguno de los problemas relativos a los sueños, pues cada uno de estos problemas nos sitúa desde el principio ante circunstancias complicadísimas. Mas, por lo que respecta al carácter poco alentador de nuestros resultados, debo deciros que os equivocáis dejándoos guiar por la simpatía o antipatía en vuestros juicios científicos. Los resultados de la interpretación de los sueños os parecen poco agradables y hasta vergonzosos y repulsivos. Pero, ¿qué importancia tiene esto? 'Ça n'empêche pas d'exister', oí decir en un caso análogo a mi maestro Charcot, cuando siendo yo un joven médico asistía a sus experimentos clínicos. Es preciso tener la humildad de reprimir nuestras simpatías y antipatías si queremos conocer la realidad de las cosas de este mundo. Si un físico os demostrara que la vida orgánica debe extinguirse sobre la Tierra en un plazo muy próximo, ¿le responderíais acaso que esta extinción no era posible por constituir una perspectiva excesivamente desalentadora? Creo más bien que guardaríais silencio hasta que otro físico consiguiese demostraros que la conclusión del primero reposaba sobre una falsa hipótesis y cálculos equivocados.
Rechazando lo que os es desagradable, reproducís el mecanismo de la formación de los sueños en lugar de intentar comprenderlo y dominarlo. Ante estos argumentos os decidiréis quizá a hacer abstracción del carácter repulsivo de los deseos censurados de los sueños y esgrimiréis, en cambio, el argumento de que resulta inverosímil que el mal ocupe tan amplio lugar en la constitución del hombre. Pero, ¿es que vuestra propia experiencia os autoriza a serviros de este argumento ? No me refiero a la opinión que podáis tener de vosotros mismos; pero, ¿acaso vuestros superiores y vuestros competidores os han dado siempre pruebas de una gran benevolencia? ¿Habéis hallado siempre en vuestros enemigos una tan exquisita caballerosidad y un tal desinterés en los que os rodean, que creáis deber protestar contra la parte que asignamos al mal egoísta de la naturaleza humana? ¿No sabéis acaso hasta qué punto la mayoría de los humanos es incapaz de dominar sus pasiones en cuanto se trata de la vida sexual o ignoráis que todos los excesos y todas las inmoralidades que soñamos por las noches son diariamente cometidas y degeneran con frecuencia en crímenes reales? ¿Qué otra cosa hace el psicoanálisis sino confirmar la vieja máxima de Platón de que los buenos son aquellos que se contentan con soñar lo que los malos efectúan realmente? Y ahora, apartándonos de lo individual, recordad la gran guerra que acaba de devastar a Europa y pensad en toda la bestialidad, toda la ferocidad y toda la mentira que la misma ha desencadenado sobre el mundo civilizado.
¿Creéis que un puñado de ambiciosos y de gobernantes sin escrúpulos hubiera bastado para desencadenar todos estos malos espíritus sin la complicidad de millones de dirigidos? Y ante estas circunstancias, ¿tendréis aún valor para romper una lanza en favor de la exclusión del mal de la constitución física del hombre? Me objetaréis que este juicio mío sobre la guerra es unilateral, pues la misma ha hecho surgir también lo más bello y noble de la naturaleza humana: el heroísmo, el espíritu de sacrificio y el sentimiento de solidaridad social. Sin duda, pero no debéis haceros culpables de la injusticia que con tanta frecuencia se ha cometido para con el psicoanálisis, reprochándole negar una cosa por la única razón de sostener ella una afirmación contraria. Nunca hemos abrigado la intención de negar las nobles tendencias de la naturaleza humana ni intentado rebajar su valor. Ya habéis visto que si os he hablado de los malos deseos censurados en el sueño, también lo he hecho de la censura que reprime estos deseos, haciéndolos irreconocibles. Si insistimos sobre lo que de malo hay en el hombre, es únicamente porque hay otros que lo niegan, conducta que, lejos de contribuir a mejorar la naturaleza humana, no logra sino hacérnosla ininteligible. Renunciando a la apreciación ética unilateral es como tendremos probabilidades de hallar la fórmula que exprese exactamente las relaciones que existen entre lo que hay de bueno y lo que hay de malo en nuestro humano ser.
Atengámonos, pues, a este punto de vista. Aun cuando hallemos harto singulares los resultados de nuestra labor de interpretación de los sueños, no deberemos abandonarlos. Quizá más tarde nos sea posible aproximarnos a su inteligencia por un distinto camino, mas por el momento tenemos que mantener la afirmación siguiente: la deformación onírica es una consecuencia de la censura de las tendencias confesadas del yo ejercida contra a tendencias y deseos indecorosos que surgen en nosotros durante el reposo nocturno. Por qué estos deseos y tendencias nacen durante la noche y de dónde provienen son interrogaciones que dejaremos abiertas en espera de nuevas investigaciones. Pero sería injusto por nuestra parte no hacer resaltar sin más dilación otro resultado de nuestra labor investigadora. Los deseos que surgiendo nocturnamente vienen a perturbar nuestro reposo nos son desconocidos. Ignoramos su existencia hasta después de verificar la interpretación de nuestros sueños. Puede, pues, calificárselos provisionalmente de inconscientes, en el sentido corriente de la palabra. Mas debemos deciros que son más interinamente inconscientes, pues como en muchos casos hemos observado, el sujeto los niega aun después que la interpretación los ha hecho manifiestos. Nos hallamos aquí en la misma situación que cuando interpretamos el lapsus «aufstossen», en el que el orador indignado, nos afirmaba que ignoraba haber tenido jamás un sentimiento irrespetuoso hacia su jefe. Ya en esta ocasión pusimos en duda el valor de tal afirmación y admitimos tan sólo que el orador podía no tener conciencia de la realidad en él de un tal sentimiento. La misma situación se reproduce siempre que interpretamos un sueño muy deformado, circunstancia que tiene necesariamente que aumentar su importancia para nuestra concepción.
Habremos, pues, de admitir que en la vida psíquica existen procesos y tendencias que generalmente ignoramos y de los que quizá nunca hemos tenido la menor noticia. De este modo adquiere a nuestros ojos lo inconsciente un distinto sentido. El factor actualidad o momentaneidad deja de ser uno de sus caracteres fundamentales y descubrimos que lo inconsciente puede serlo de una manera permanente y no significar tan sólo algo momentáneamente latente. Claro es que tendremos que volver a estas consideraciones en páginas posteriores y reanudarlas con mayor detalle. |