| Señoras y señores:
Creo advertir que he avanzado quizá con excesiva rapidez en mi exposición y que, por tanto, convendrá que retrocedamos un poco. Antes de emprender nuestro último intento de vencer por medio de la técnica de interpretación las dificultades producidas por la deformación onírica, nos dijimos que lo mejor sería eludir tales dificultades, no sometiendo por lo pronto a interpretación más que aquellos sueños en los cuales -suponiendo que existan- la deformación es muy pequeña o falta en absoluto. Claro es que obrando de este modo seguiremos una dirección opuesta a la del desarrollo de nuestros conocimientos en estas materias, pues, en realidad, sólo después de una consecuente aplicación de la técnica interpretativa a los sueños deformados y de un análisis completo de los mismos fue cuando llegamos a darnos cuenta de la existencia de sueños no deformados.
Este género de sueños podemos observarlo en los niños. Los sueños infantiles son breves, claros, coherentes, fácilmente inteligibles e inequívocos y, sin embargo, son sueños. Mas no creáis que todos ellos presentan estas características, pues la deformación onírica aparece muy pronto y conocemos sueños de niños de cinco a ocho años que presentan ya todos los caracteres de los más tardíos. Sin embargo, limitando nuestras observaciones a la edad comprendida entre los comienzos de la actividad psíquica y el cuarto y quinto año, hallamos toda una serie de sueños que presentan un carácter que pudiéramos llamar infantil. Estos sueños de tipo infantil siguen presentándose aisladamente en niños de mayor edad, y aun algunas veces y bajo determinadas circunstancias en personas adultas.
Del análisis de estos sueños infantiles podemos deducir fácilmente con gran seguridad conclusiones, a nuestro juicio, decisivas y de una validez general sobre la naturaleza del fenómeno onírico:
1.ª Para comprender estos sueños no hay necesidad de análisis ni de técnica interpretativa. Por tanto, no someteremos a interrogatorio ninguno al infantil sujeto; pero, en cambio, habremos de añadir al relato que de su sueño nos hace algunos datos históricos, pues existe siempre algún suceso, acaecido en el día anterior al sueño, que nos proporciona la explicación del mismo, mostrándolo como una reacción del estado de reposo a dicho suceso de la vida despierta. Citemos algunos ejemplos en los que apoyaremos luego nuestras ulteriores conclusiones:
a) Un niño de veintidós meses es encargado de ofrecer a un tío suyo un cestillo de cerezas. Naturalmente, lo hace muy a disgusto, a pesar de las promesas de que podrá probar, en recompensa, la fruta ofrecida. Al día siguiente cuenta haber soñado que se comía todas las cerezas.
b) Una niña de tres años y tres meses había hecho durante el día su primera travesía por el lago, que debió de parecerla corta, pues rompió en llanto cuando la hicieron desembarcar. A la mañana siguiente relató que por la noche había navegado sobre el lago, esto es, que había continuado su interrumpido paseo y -podemos añadir por nuestra cuenta- sin que esta vez viniese nadie a acortar la duración de su placer.
c) Un niño de cinco años y tres meses tomó parte en una excursión a pie a Escherntal, cerca de Hallstatt. Había oído decir que Hallstatt se hallaba al pie de la Dachstein, y esta montaña parecía interesarle mucho. Desde su residencia en Aussee, se veía muy bien la Dachstein y podía distinguirse, con ayuda del telescopio, la Simonyhütte, cabaña emplazada en su cima. El niño había mirado varias veces por el telescopio, pero no sabemos con qué resultado. La excursión comenzó alegremente, mostrando el niño gran entusiasmo y aguda curiosidad. Cada vez que aparecía a su vista una nueva montaña, preguntaba si era la Dachstein; pero a medida que fue recibiendo respuestas negativas, se fue desanimando y terminó por enmudecer y rehusar tomar parte en una pequeña ascensión que los demás hicieron para ver una cascada. Sus acompañantes le creyeron fatigado; pero al día siguiente contó, lleno de alegría, haber soñado que subían a la Simonyhütte. Así, pues, lo que de la excursión le ilusionaba era visitar dicho punto. Por todo detalle dio el de que había oído decir que para llegar a la cabaña conocida con el nombre indicado hay que subir escaleras durante seis horas.
Estos tres sueños bastan para proporcionarnos todas las informaciones que pudiéramos desear.
2.ª Observamos que estos sueños infantiles no se hallan desprovistos de sentido y que son actos psíquicos inteligibles y completos. Recordando ahora la opinión que los médicos sustentan sobre los sueños, y sobre todo su comparación con los sonidos que los dedos de un profano en música arrancan al piano al recorrer al azar su teclado, advertiréis la evidente contradicción que existe entre tales opiniones y los caracteres de los sueños infantiles. Pero sería también harto singular que el niño pudiese realizar, durante el estado de reposo, actos psíquicos completos y, en cambio, el adulto tuviese que limitarse, en iguales condiciones, a meras reacciones convulsiformes, tanto más cuanto que el reposo del niño es mucho más completo y profundo.
3.ª Estos sueños infantiles que no han sufrido deformación no precisan de labor interpretativa alguna, y en ellos coinciden el contenido manifiesto y el latente. La deformación onírica no constituye, pues, un carácter natural del sueño. Espero que esta circunstancia facilite vuestra comprensión del fenómeno onírico. Debo, sin embargo, advertiros que, reflexionando más penetrantemente sobre esta cuestión, nos veremos obligados a conceder incluso a estos sueños una pequeña deformación, o sea a reconocer cierta diferencia entre el contenido manifiesto y las ideas latentes.
4.ª El sueño infantil es una reacción a un suceso del día anterior que deja tras de sí un deseo insatisfecho, y trae consigo la realización directa y no velada de dicho deseo. Recordad ahora lo que antes dijimos sobre la misión de las excitaciones somáticas, externas e internas, consideradas como pertubadoras del reposo y productoras del fenómeno onírico. En relación con ellas hemos observado hechos totalmente ciertos, pero sólo un escaso número de sueños podía ser explicado por actuación. En estos sueños infantiles, tan perfectamente inteligibles, podemos afirmar, sin temor ninguno a equivocarnos, que nada en absoluto indica una posible acción de tales excitaciones somáticas. Mas no por ello habremos de abandonar por completo la teoría que atribuye la génesis de los sueños a procesos excitativos. Lo que sí haremos será recordar que las excitaciones perturbadoras del reposo pueden ser no sólo somáticas, sino también psíquicas, y que precisamente estas últimas son las que con más frecuencia perturban el reposo del adulto, pues le impiden realizar la condición psíquica del mismo; esto es, la abstracción de todo interés por el mundo exterior. Cuando el adulto no concilia el sueño es porque vacila en interrumpir su vida activa y su labor mental sobre aquello que le ha ocupado en el estado de vigilia. En el niño, esta excitación psíquica perturbadora del reposo es proporcionada por el deseo insatisfecho, al cual reacciona con el sueño.
5.ª Partiendo de esta observación, llegamos, por el camino más corto, a determinadas conclusiones sobre la función del sueño. Como reacción a la excitación psíquica, debe el sueño tener la función de alejar tal excitación, con el fin de que el reposo pueda continuar. Ignoramos aún por qué medio dinámico realiza el sueño esta función; pero podemos decir, desde ahora, que lejos de ser, como suele considerársele, un perturbador del reposo, es un fiel guardián del mismo, defendiéndolo contra todo aquello que puede perturbarlo. Cuando creemos que sin el sueño hubiéramos dormido mejor, nos equivocamos profundamente, pues, en realidad, sin el auxilio del sueño no hubiéramos dormido en absoluto y es a él a quien debemos el reposo de que hemos gozado. Claro es que no ha podido evitar ocasionarnos determinadas perturbaciones, pero hemos de tener en cuenta que también el más fiel y discreto de los vigilantes nocturnos habrá de verse obligado a producir algún ruido al perseguir a aquellos que con sus escándalos hubieran perturbado nuestro descanso en un grado mucho mayor.
6.ª La circunstancia de ser el deseo el estímulo del sueño y su realización el contenido del mismo, constituye uno de los caracteres fundamentales del fenómeno onírico. Otro carácter no menos constante consiste en que el sueño no expresa simplemente un pensamiento optativo, sino que muestra el deseo, realizándose en forma de un suceso psíquico alucinatorio. El deseo estimulador de uno de los sueños antes expuestos puede encerrarse en la frase Yo quisiera navegar por el lago, y en cambio, el contenido de dicho sueño podría traducirse en esta otra: Yo navego por el lago. Persiste, pues, hasta en estos sencillos sueños infantiles una diferencia entre el sueño latente y el manifiesto, o sea una deformación del pensamiento latente del sueño, constituida por la transformación del pensamiento en suceso vivido. En la interpretación del sueño precisa, ante todo, deshacer la labor de esta transformación. Si demostramos que es éste un carácter general del fenómeno onírico, el fragmento de sueño citado anteriormente: «Veo a mi hermano encerrado en un baúl», no deberá ya traducirse por «Mi hermano restringe sus gastos», sino por Yo quisiera que mi hermano restringiese, etc. De los caracteres generales del sueño que acabamos de hacer resaltar, el segundo tiene más probabilidades de ser aceptado sin oposición. En cambio, sólo después de investigaciones más amplias y minuciosas podremos demostrar que el estímulo del sueño habrá de ser siempre un deseo y no una preocupación, un proyecto o un reproche; pero esto no influye para nada en el otro de los caracteres fijados, o sea el de que el sueño, en lugar de reproducir pura y simplemente la excitación, la suprime, la aleja y la agota por una especie de asimilación vital.
7.ª Partiendo de estos dos caracteres del sueño, podemos continuar la comparación del mismo con la función fallida. En esta última distinguimos una tendencia perturbadora y otro perturbada, siendo el acto fallido mismo una transacción entre tales dos tendencias. Idéntico esquema podemos establecer para el sueño. En éste, la tendencia perturbada no puede ser otra que la tendencia a dormir. En cambio, la perturbadora queda reemplazada por la excitación psíquica, o sea, puesto que hasta ahora no conocemos otra excitación de este género capaz de perturbar el reposo, por el deseo que exige ser satifecho. Así, pues, también el sueño sería en estos casos el resultado de una transacción. Sin dejar de dormir satisfacemos un deseo, y satisfaciéndolo podemos continuar durmiendo. Ambas instancias quedan, pues, en parte satisfechas y en parte contrariadas.
8.ª Recordad ahora la esperanza que concebimos anteriormente de poder utilizar, como vía de acceso a la inteligencia de los problemas oníricos, el hecho de que ciertos productos muy transparentes de la imaginación han recibido el nombre de sueños diurnos o despiertos (Tagträume). En efecto, estos sueños diurnos no son otra cosa que el cumplimiento de deseos ambiciosos y eróticos que nos son bien conocidos; pero estas realizaciones de deseos, aunque vivamente representadas en nuestra fantasía, no toman jamás la forma de sucesos alucinatorios.
Resulta, pues, que de los dos caracteres del fenómeno onírico antes indicados sólo el que no habíamos llegado aún a demostrar evidentemente es el que aparece en estos «sueños diurnos», mientras que el otro desaparece en absoluto, mostrándosenos así dependiente por completo del estado de reposo e irrealizable en la vida despierta. De estas observaciones tenemos que deducir que el lenguaje corriente parece haber sospechado que el principal carácter de los sueños consiste en la realización de deseos. Digamos de pasada que si los sucesos vividos en el sueño no constituyen sino un género especial de ideación, hecho posible por las condiciones del estado de reposo, esto es, un «ensoñar o fantasear nocturno», comprenderemos que el proceso de la formación onírica tenga por efecto el de suprimir la excitación nocturna y satisfacer el deseo, pues también el «soñar despierto» implica la satisfacción de deseos y obedece exclusivamente a esta causa. Otras locuciones usuales expresan también el mismo sentido. Todo el mundo conoce proverbios como los siguientes: «El cerdo sueña con bellotas y el ganso con el maíz», o la pregunta: «¿Con qué sueña la gallina? Con los granos de trigo.» De este modo, descendiendo aún más bajo que nosotros, esto es, desde el niño al animal, el proverbio ve también en el contenido del sueño la satisfacción de una necesidad. Muy numerosas son las expresiones que implican igual sentido, tales como «bello como un sueño», «yo no hubiera soñado jamás cosa semejante» o «es una cosa que ni siquiera se me podía haber ocurrido en sueños». Hay aquí por parte del lenguaje corriente una evidente parcialidad. Existen también sueños que aparecen acompañados de angustia y otros cuyo contenido es penoso o indiferente; pero estos sueños no han recibido hospitalidad alguna en el lenguaje.
Hablamos, sin duda, de «malos sueños», pero el sueño por antonomasia no es, para el lenguaje, sino aquel que produce la dulce satisfacción de un deseo. No hay, en efecto, proverbio alguno en el cual se nos diga que el puerco o el ganso suena con el matarife. Hubiera sido, sin duda, incomprensible que los autores que se han ocupado del sueño no hubieran advertido que su principal función consistía en la realización de deseos, y claro es que han indicado con gran frecuencia este carácter, pero nadie tuvo jamás la idea de reconocerle un alcance general y considerarlo como la piedra angular de la explicación del sueño. Sospechamos, y más adelante volveremos sobre ello, qué es lo que les ha impedido obrar así. Pensad en las preciosas informaciones que hemos podido obtener casi sin ningún trabajo mediante el examen de los sueños infantiles. Hemos visto que la función del sueño es guardar y proteger el reposo, que el mismo resulta del encuentro de dos tendencias opuestas, una de las cuales, la necesidad de dormir, permanece constante, mientras que la otra intenta satisfacer una excitación psíquica. Poseemos, pues, la prueba de que el sueño es un acto psíquico representativo y conocemos sus dos principales caracteres: realización de deseos y vida psíquica alucinatoria. Al adquirir todas estas nociones hemos podido olvidar que nos ocupábamos de psicoanálisis, pues fuera de su enlace con los actos fallidos no tenía nuestra labor nada de específica. Cualquier psicólogo, aun ignorando totalmente las premisas del psicoanálisis, hubiera podido dar esta explicación de los sueños infantiles. ¿Por qué, pues, ninguno lo ha hecho así?
Si no existieran más sueños que los infantiles, el problema quedaría resuelto y nuestra investigación terminada, sin que hubiéramos tenido necesidad de interrogar al soñador ni tampoco de hacer intervenir lo inconsciente y recurrir a la libre asociación. Mas nuestra labor ha de ser proseguida. Hemos comprobado ya repetidas veces que ciertos caracteres, a los cuales habíamos comenzado por atribuir un alcance general, no pertenecían en realidad más que a cierta categoría y a cierto número de sueños. Trátase, pues, de saber si los caracteres generales que nos ofrecen los sueños infantiles son más estables y si pertenecen igualmente a los sueños menos transparentes, cuyo contenido manifiesto no presenta relación ninguna con la supervivencia de un deseo diurno. Conforme a nuestro modo de ver, estos otros sueños han sufrido una deformación considerable, circunstancia que no nos permite resolver inmediatamente el problema que plantean. Entrevemos también que para explicar esta deformación no será necesario recurrir a la técnica psicoanalítica, de la cual hemos podido prescindir cuando se trataba del conocimiento de los sueños infantiles.
Existe, sin embargo, un grupo de sueños no deformados que, al igual de los infantiles, se nos muestran como realizaciones de deseos. Son éstos los sueños que durante toda la vida son provocados por imperiosas necesidades orgánicas, tales como el hambre, la sed y la necesidad sexual, y que, por tanto, constituyen realizaciones de deseos correspondientes a reacciones o excitaciones internas. Un caso de este género es el de una niña de diecinueve meses que tuvo un sueño compuesto por una lista de platos a la cual añadió ella su nombre (Ana F... fresas, frambuesas, tortilla, papa). Este sueño es una reacción a la dieta a la que la niña había sido sometida durante el día, a consecuencia de una indigestión atribuida al abuso de las fresas y frambuesas. Del mismo modo, la abuela de esta niña, cuya edad, añadida a la de su nieta, daba un total de setenta años, habiéndose visto obligada, a consecuencia de perturbaciones orgánicas ocasionadas por un riñón flotante, a abstenerse de alimentación durante un día entero, soñó a la noche siguiente que se hallaba invitada a comer en casa de unos amigos y que le ofrecían un suculento almuerzo. Las observaciones efectuadas en prisioneros privados de alimento o en personas que en el curso de viaje o expediciones se han encontrado sometidas a duras privaciones muestran que en estas circunstancias todos los sueños tienen por objeto la satisfacción de necesidades que no pueden ser satisfechas en la realidad. En su libro Antartic (vol. I, pág. 336), Otto Nordenskjöld habla así de la tripulación que había invernado con él: «Nuestros sueños, que no habían sido nunca tan vivos y numerosos como entonces, eran muy significativos, pues indicaban claramente la dirección de nuestras ideas.
Hasta aquellos de nuestros camaradas que en la vida normal no soñaban sino excepcionalmente nos relataban todas las mañanas largas historias cuando nos reuníamos para cambiar nuestras últimas experiencias extraídas del mundo imaginativo de los sueños. Todas ellas se referían al mundo de la relación social, del que tan alejados nos hallábamos, pero también con frecuencia a nuestra situación de momento. Comer y beber eran los centros en derredor de los cuales gravitaban casi siempre nuestros sueños. Uno de mis camaradas, que tenía la especialidad de soñar con grandes banquetes, se mostraba encantado cuando podía anunciarnos por la mañana que había saboreado una comida compuesta de tres platos. Otro soñaba con montañas de tabaco, y otro, por último, veía en sus sueños avanzar a nuestro barco con las velas hinchadas sobre el mar libre. Uno de estos sueños merece mención especial: El cartero trae el correo y explica largamente por qué ha tardado tanto en llegar hasta nosotros. Se equivocó en la distribución, y sólo con mucho trabajo logró volver a hallar las cartas erróneamente entregadas. Naturalmente, nos ocupábamos en nuestros sueños de cosas aún más imposibles; pero en todos los que yo he tenido y en aquellos que me han sido relatados por mis camaradas podía observarse una singular pobreza de imaginación. Si todos estos sueños hubiesen podido ser anotados, tendríamos una colección de documentos de un gran interés psicológico. Mas se comprenderá fácilmente lo encantadores que resultaban para nosotros tales sueños, que podían ofrecernos lo que más ardientemente deseábamos.»
Citaré aquí también unas palabras de Du Prel: «Mungo Park, llegado en su viaje a través del Africa a un extremo estado de debilidad por la carencia de alimentos, soñaba todas las noches con los fructíferos valles de su país natal. Asimismo, el Barón Trenck, atormentado por el hambre, se veía sentado en una cervecería de Magdeburgo ante una mesa colmada de los más suculentos manjares, y Jorge Back, que tomó parte en la primera expedición de Franklin, soñaba siempre con grandes comidas durante los días en que estuvo próximo a la muerte por inanición.» Aquellos que habiendo cenado manjares muy cargados de especies, sienten durante la noche una sensación de sed, sueñan, con gran facilidad, que beben copiosamente. Como es natural, el sueño no suprime las sensaciones más o menos intensas de hambre o de sed, y al despertar nos sentimos hambrientos o sedientos y nos vemos obligados a comer o beber. Así, pues, desde el punto de vista práctico el servicio que rinden estos sueños es insignificante, pero no es menos manifiesto que su misión es la de mantener el reposo contra la excitación que impulsa al sujeto a despertar.
Cuando se trata de necesidades de pequeña intensidad, los sueños de satisfacción ejercen, con frecuencia, una acción eficaz. Igualmente, bajo la influencia de la excitación sexual procura el sueño satisfacciones que presentan particularidades dignas de ser anotadas. Dependiendo la necesidad sexual menos estrechamente de su objeto que el hambre y la sed de los suyos respectivos, puede recibir, merced a la emisión involuntaria del líquido espermático, una satisfacción real, y a consecuencia de determinadas dificultades en lo que respecta a las relaciones con el objeto, y de las que más tarde trataremos, sucede con frecuencia que el sueño que acompaña a la sensación real presenta un contenido vago o deformado. Esta particularidad de los sueños en que se producen emisiones involuntarias de esperma hace que los mismos se presten muy bien, según la observación de Rank, para el estudio de la deformación onírica. Todos los sueños de adultos que tienen por objeto necesidades encierran, además de la satisfacción, algo distinto que proviene de fuentes de excitación puramente psíquicas y tiene necesidad, para ser comprendido, de una interpretación.
No afirmamos, sin embargo, que los sueños de tipo infantil de los adultos, o sea aquellos que constituyen la satisfacción no deformada de un deseo, no se presenten sino como reacciones a las necesidades imperiosas que antes hemos enumerado. Conocemos también sueños de adultos que, a pesar de presentar aquellos caracteres de brevedad y precisión peculiares a estos sueños de tipo infantil, proceden de fuentes de excitación incontestablemente psíquicas. Tales son, por ejemplo, los sueños de impaciencia. Después de haber hecho los preparativos de un viaje o tomado todas las disposiciones para asistir a un espectáculo que particularmente nos interesa, a una conferencia o a una reunión, se suele soñar que el fin que nos proponíamos ha llegado y que asistimos al teatro o conversamos con la persona que proyectábamos ver. De este género son también los sueños justificadamente denominados «sueños de pereza» de aquellas personas que, gustando de prolongar su reposo, sueñan que se han levantado ya y se están vistiendo o que se hallan entregadas a sus ocupaciones, cuando en realidad continúan durmiendo y testimonian de este modo que prefieren haberse levantado en sueños que realmente. El deseo de dormir, que, como hemos visto, participa normalmente en la formación de los sueños, se manifiesta con extrema claridad en los de este género, de los cuales incluso constituye el factor esencial. Así, pues, la necesidad de dormir ocupa justificadamente un lugar al lado de las otras grandes necesidades orgánicas.
En un cuadro de Schwind que se encuentra en la galería Schack en Munich, nos muestra la poderosa intuición del pintor el origen de un sueño reducido a su situación dominante. Nos presenta este cuadro el sueño de un prisionero, sueño que, naturalmente, no puede tener otro contenido que el de la evasión. Pero lo que se halla perfectamente visto en esta composición pictórica es que la evasión debe efectuarse por la ventana, pues es por ella por la que penetra la excitación luminosa que pone término al sueño del prisionero. Los duendecillos, montados unos sobre otros, representan las actitudes sucesivas que el prisionero debería tomar para alcanzar la ventana, y a menos que no me engañe y atribuya al pintor intenciones que no tenía, me parece que el duende que forma el vértice de la pirámide y lima los barrotes de la reja, haciendo así aquello que el prisionero seria feliz de poder realizar, presenta una semejanza singular con este último. En todos los demás sueños, salvo en los infantiles y en los de tipo infantil, la deformación constituye, como ya hemos dicho, un obstáculo a nuestra labor. No podemos ver, desde luego, si también ellos representan realizaciones de deseos, como nos hallamos inclinados a creer. Su contenido manifiesto no nos revela nada sobre la excitación psíquica a la que deben su origen, y nos es imposible probar que tienden igualmente a alejar o a anular tal excitación. Estos sueños deben ser interpretados, esto es, traducidos, y su deformación debe hacerse desaparecer reemplazando su contenido manifiesto por su contenido latente. Sólo entonces podremos juzgar si los datos aplicables a los sueños infantiles lo son igualmente a todos los sueños, sin excepción. |