| Señoras y señores:
Habréis observado que nuestro estudio de las funciones fallidas nos ha sido muy provechoso. Partiendo de las hipótesis que conocéis, hemos obtenido en él dos resultados importantes: una concepción del elemento del sueño y una técnica de interpretación onírica. Con respecto al elemento del sueño hemos descubierto que carece de autenticidad y no es sino un sustitutivo de algo ignorado por el sujeto del mismo, o mejor dicho, de algo de que dicho sujeto posee conocimiento, pero un conocimiento inaccesible para él, como lo es el de las tendencias perturbadoras para los sujetos de las funciones fallidas. Avanzando ahora en nuestra labor, esperamos poder extender esta concepción a la totalidad del sueño, o sea al conjunto de elementos. Por otra parte, la técnica de interpretación que hemos llegado a establecer consiste en hacer surgir, por asociación con cada uno de dichos elementos, otros productos sustitutivos, de los cuales podemos deducir el oculto sentido buscado. Os propongo ahora operar una modificación de nuestra terminología con el solo objeto de dar a nuestros movimientos un poco más de libertad. En lugar de decir oculto, inaccesible e inauténtico, diremos en adelante, con expresión mucho más exacta, inaccesible a la conciencia del durmiente, o inconsciente. Como en el caso de una palabra olvidada o de la tendencia perturbadora que provoca un acto fallido, no se trata aquí sino de cosas momentáneamente inconscientes. Cae, pues, de su peso que los elementos mismos del sueño y las representaciones sustitutivas obtenidas por asociación habrán de ser denominadas conscientes, por contraste con dicho inconsciente momentáneo. Esta terminología no implica aún ninguna construcción teórica. El empleo de la palabra inconsciente, a título de descripción exacta y fácilmente inteligible, resulta irreprochable.
Si extendemos nuestro punto de vista desde el elemento aislado al sueño total, hallaremos que este último constituye, como tal totalidad, una sustitución deformada de un suceso inconsciente cuyo descubrimiento es la misión que atañe a la interpretación onírica. De este hecho se derivan inmediatamente tres reglas esenciales, a las que debemos ceñirnos en nuestra labor de interpretación:
1.ª El aspecto exterior que un sueño nos ofrece no tiene que preocuparnos para nada, puesto que, sea inteligible o absurdo, claro o embrollado, no constituye en ningún modo lo inconsciente buscado. Más tarde veremos que esta regla tiene, sin embargo, una limitación.
2.ª Nuestra labor debe reducirse a despertar representaciones sustitutivas en derredor de cada elemento, sin reflexionar sobre ellas o buscar si contienen algo exacto, ni tampoco preocuparnos de averiguar si nos alejan del elemento del sueño y hasta qué punto. 3.ª Debe esperarse hasta que lo inconsciente oculto y buscado surja espontáneamente, como sucedió con la palabra Mónaco en el ejemplo de olvido antes citado.
Comprendemos ahora cuán poco importa saber en qué medida, grande o pequeña, y con qué grado de seguridad o de incertidumbre nos acordamos de un sueño, pues el que recordamos no constituye aquello que buscamos, sino tan sólo su sustitución deformada, que debe permitirnos, con ayuda de las demás imágenes sustitutivas provocadas, descubrir la esencia misma del fenómeno onírico y convertir en consciente lo inconsciente. Si nuestros recuerdos han sido infieles, ello se debe a que la formación sustitutiva por ellos constituida ha sufrido una nueva deformación que a su vez puede ser motivada. Objeto de esta labor de interpretación puede ser tanto los sueños propios como los ajenos, resultando quizá más instructivo el análisis de los primeros, pues en ellos se nos impone con mayor energía la certeza de los resultados obtenidos. Mas en cuanto emprendemos esta labor interpretativa, observamos los obstáculos que a ella se oponen. A nuestra imaginación acuden ocurrencias suficientes, pero no dejamos que surjan todas con absoluta libertad, como si algo nos impusiera una labor crítica y seleccionadora. De algunas de ellas pensamos que no tienen nada que ver con nuestro sueño, y otras las encontramos absurdas, secundarias o insignificantes, resultando que antes que nuestras ocurrencias hayan tenido tiempo de precisarse claramente, las ahogamos o eliminamos con tales objeciones. Vemos, pues, que, por un lado, nos atenemos demasiado a la representación inicial, y por otro, perturbamos el resultado de la libre asociación con una selección indebida. Cuando en lugar de interpretar nosotros mismos nuestros sueños los hacemos interpretar por otros, aparece un nuevo motivo que nos impulsa a realizar dicha perturbadora selección, pues algunas de las ideas que acuden a nuestra mente nos resultan difíciles o desagradables de comunicar a otra persona y resolvemos silenciarlas.
Es evidente que estas objeciones que a propósito de nuestras ocurrencias surgen en nosotros constituyen una amenaza para el buen éxito de nuestra labor. Debemos, pues, hacer todo lo posible para preservarnos contra ellas. Cuando se trata de nuestros propios sueños, lo lograremos tomando la firme decisión de no ceder a su influjo, y cuando hayamos de interpretar un sueño ajeno, impondremos al sujeto, como regla inviolable, la de no rehusar la comunicación de ninguna idea, aunque la encuentre insignificante, absurda, ajena al sueño o desagradable de comunicar. La persona cuyo sueño queremos interpretar prometerá obedecer a esta regla, pero habremos de alejar de nosotros toda molestia si vemos que no mantiene su promesa. Muchos creerán, en este caso, que a pesar de todas las insistentes seguridades que han dado al sujeto, no han logrado convencerle de la utilidad que para el fin buscado presenta la libre asociación y supondrán necesario comenzar por conquistar su adhesión teórica, haciéndole leer determinadas obras o asistir a determinadas conferencias susceptibles de convencerle de la verdad de nuestras ideas sobre la libre asociación. Pero haciendo esto se cometerá un grave error, y para no caer en él bastará pensar que, aunque nosotros nos hallamos seguros de nuestra convicción, no por ello dejamos de ver surgir en nosotros, contra determinadas ideas, las mismas objeciones críticas, las cuales no desaparecen sino ulteriormente, como en una segunda instancia.
En lugar de impacientarnos ante la desobediencia del sujeto del sueño, podemos utilizar estos casos para extraer de ellos nuevas enseñanzas, tanto más importantes cuanto que no nos hallábamos preparados a su aparición. Comprendemos ahora que la labor de interpretación se realiza contra determinada resistencia, que halla su expresión en las objeciones críticas de que hablábamos y es independiente de las convicciones teóricas del sujeto. Pero aún aprendemos algo más. Observamos que estas objeciones críticas no se hallan jamás justificadas y que, por el contrario, las ideas que el sujeto quisiera reprimir así revelan ser siempre y sin excepción las más importantes y decisivas desde el punto de vista del descubrimiento de lo inconsciente. Una objeción de este género constituye, por decirlo así, un distintivo de la idea a la que acompaña. Esta resistencia es un fenómeno totalmente nuevo que hemos descubierto merced a nuestras hipótesis, pero que no se hallaba implícito en las mismas.
La sorpresa que su descubrimiento nos produce no nos es, por cierto, nada agradable, pues sospechamos que no ha de facilitar precisamente nuestra labor y que incluso pudiera inducirnos a abandonar nuestra investigación de estos problemas, al ver que para esclarecer una cosa tan poco importante como los sueños tropezamos con tan inmensas dificultades técnicas. Mas, por otra parte también puede ser que tales dificultades sirvan para estimularnos, haciéndonos sospechar que la labor emprendida ha de merecer el esfuerzo que de nosotros exige. Siempre que intentamos penetrar, desde la sustitución constituida por el elemento del sueño, en lo inconsciente que tras del mismo se esconde, tropezamos con tales dificultades, circunstancia que nos da derecho a pensar que detrás de tal sustitución se esconde algo importante, pues de otro modo no podríamos comprender la utilidad de aquellos obstáculos que tienden a mantener oculto lo que nuestra investigación trata de descubrir. Cuando un niño no quiere abrir su mano para mostrarnos lo que en ella encierra, es que seguramente esconde algo que no debiera haber cogido.
Al introducir en nuestra exposición la representación dinámica de una resistencia, hemos de advertir que se trata de un factor cuantitativamente variable. En el curso de nuestra labor interpretadora hallaremos, por tanto, resistencias de muy diferente intensidad, hecho con el que quizá podamos relacionar otra de las particularidades que en dicha labor se nos harán patentes. En efecto hallaremos algunos casos en los que una sola idea o un pequeño número de ellas bastarán para conducirnos desde el elemento del sueño a su substrato inconsciente mientras que en otros tendremos necesidad, para llegar a este resultado, de alinear largas cadenas de asociaciones y vencer numerosas objeciones críticas. Diremos, pues, y probablemente con razón, que tales diferencias corresponden a las intensidades variables de la resistencia. Cuando ésta es poco considerable la distancia que separa al sustitutivo del substrato inconsciente es mínima; en cambio, una resistencia enérgica trae consigo deformaciones considerables de dicho substrato, circunstancia que necesariamente ha de aumentar su distancia de aquella que en el sueño lo sustituye. Será, quizá, ya tiempo de realizar un ensayo práctico de nuestra técnica de interpretación para ver si confirma las esperanzas que en ella hemos cifrado. Mas, ¿qué sueño habremos de escoger para tal ensayo? No podéis figuraros hasta qué punto esta elección resulta difícil para mí, y no puedo tampoco haceros comprender, por ahora, en qué reside tal dificultad.
Debe de haber, ciertamente, sueños que en conjunto no han sufrido una gran deformación, y lo mejor sería comenzar por ellos. Pero, ¿cuáles son los sueños menos deformados? ¿Acaso aquellos razonables y nada confusos de los cuales os he citado ya dos ejemplos? Nada de eso; el análisis demuestra, precisamente, que tales sueños han sufrido una deformación extraordinaria. Por otro lado, si renunciando a toda condición particular escogiera yo el primer sueño que a mi recuerdo acudiese, quedaríais probablemente, defraudados. Pudiera ser que, habiendo de anotar y examinar a propósito de cada elemento de dicho sueño una considerable cantidad de ocurrencias, nos viésemos imposibilitados de adaptar nuestra labor a los límites dentro de los que hemos de mantenernos en estas lecciones. Transcribiendo el relato que de su sueño nos hace el interesado y registrando después todas las ideas que a propósito del mismo surgen en su imaginación, sucede, muchas veces, que esta última relación alcanza una longitud varias veces superior al texto del sueño. Será, pues, lo más indicado elegir, para analizarlos aquí, varios sueños breves, de los cuales pueda confirmar cada uno, por lo menos, alguna de nuestras afirmaciones. En espera de que una mayor experiencia en estas cuestiones nos muestre, más adelante, dónde podemos hallar sueños poco deformados, comenzaremos por seguir este procedimiento. Pero aún se nos ofrece otro medio de hacer más sencilla nuestra labor. En lugar de intentar la interpretación de sueños enteros, nos contentaremos, por ahora, con analizar tan sólo elementos aislados de los mismos con objeto de ver, en una serie de ejemplos bien escogidos, cómo la aplicación práctica de nuestra técnica nos consigue la interpretación deseada.
a) Una señora cuenta que siendo niña soñó repetidamente que Dios usaba un puntiagudo gorro de papel. Este absurdo sueño, que nos parece imposible de comprender sin el auxilio de la sujeto, queda por completo explicado al relatarnos la señora que cuando era niña le ponían con frecuencia, al ir a comer un gorro de este género para quitarle su fea costumbre de arrojar furtivas ojeadas a los platos de sus hermanos con el fin de asegurarse que no se les servía más comida que a ella. Así, pues, el gorro aquel tenía una misión parecida a las orejeras que se ponen a los caballos para limitar su campo de visión lateral. Esta información, que pudiéramos calificar de histórica, fue obtenida sin dificultad ninguna y con ella y una sola ocurrencia de la sujeto quedó completada la interpretación de todo este breve sueño. En efecto, al preguntar a la señora qué era lo que de su sueño pensaba, obtuvimos la siguiente respuesta: «Como me habían dicho por entonces que Dios lo sabía y veía todo, mi sueño no podía significar sino que como Dios mismo, yo lo sabía y lo veía todo, aun cuanto trataban de impedírmelo.» Pero este ejemplo es quizá excesivamente sencillo.
b) Una paciente escéptica tiene un sueño un poco más largo que el anterior, en el curso del cual le hablan varias personas haciéndole grandes elogios de mi libro sobre el chiste. Después, en el mismo sueño, se hace mención de un canal, quizá de otro libro en el que se habla de un canal o de algo que tiene alguna relación con un canal...; no puede decir más...; sus recuerdos del sueño son muy confusos. Esperaréis, quizá, que hallándose tan indeterminado el elemento canal, escapara a toda interpretación. Cierto es que la misma tropieza en este caso con algunas dificultades, pero éstas no son debidas a la impresión del elemento analizado, pues lo que sucede es que tanto esta imprecisión como aquellas dificultades provienen de una causa común. A la imaginación de la sujeto no acudió por el momento idea ninguna a propósito del concepto «canal», y, naturalmente, tampoco a mí se me ocurría nada sobre él. Pero más tarde, al siguiente día de este primer intento de interpretación, recordó algo que, a su juicio, poseía quizá una relación con dicho elemento de su sueño. Tratábase de un chiste que había oído contar. En un barco destinado al servicio entre Dover y Calais entabló un conocido escritor conversación con un inglés, citando éste, en el curso del diálogo, la conocida frase de que «de lo sublime a lo ridículo no hay sino un paso», a lo cual respondió el escritor: «Sí, el Paso de Calais», juego de palabras con el que da a entender que halla a Francia sublime y ridícula a Inglaterra. Pero el Paso de Calais es un canal, el canal de la Mancha.
Anticipándome a la interrogación que, sin duda, estáis pensando dirigirme sobre qué relación puedo hallar entre este recuerdo evocado por la sujeto y el sueño cuya interpretación buscamos, os diré que no sólo existe tal relación, sino que dicho recuerdo nos proporciona íntegramente la solución deseada. ¿O es que dudáis de que el mismo existiese antes del sueño como substrato inconsciente del elemento «canal» y creáis que ha sido aprovechado después para proporcionar una apariencia de interpretación? Nada de eso; la ocurrencia de la sujeto testimonia precisamente del escepticismo que, a pesar de una naciente e involuntaria convicción, abriga con respecto a nuestras teorías, y esta resistencia es con seguridad el motivo común del retraso con que surgió la ocurrencia y de la impresión del elemento correspondiente. Ahora vemos ya con toda claridad la relación que existe entre el elemento del sueño y su substrato inconsciente. El primero es como un fragmento del segundo o como una alusión al mismo, y lo que motiva su apariencia totalmente incomprensible es su aislamiento de dicho substrato.
c) Uno de mis pacientes tiene en una ocasión un sueño bastante largo: Varios miembros de su familia se hallan sentados en derredor de una mesa, que tiene una forma particular, etc. A propósito de esta mesa, recuerda el sujeto haber visto un mueble muy semejante en casa de una familia conocida. A esta primera ocurrencia se enlaza luego la de que en dicha familia no son precisamente muy cordiales las relaciones entre el padre y el hijo. Por último, confiesa el sujeto que algo análogo le ocurre también a él con su padre. Así, pues, la introducción de la mesa en el sueño servía para designar este paralelo.
La persona que tuvo este sueño se hallaba, desde tiempo atrás, familiarizada con las exigencias de la interpretación onírica. No siendo así, hubiera, quizá, extrañado que un detalle tan insignificante como la forma de una mesa se convirtiese en objeto de investigación. Pero no debe olvidarse que para nosotros no hay en el sueño nada accidental o indiferente, y que precisamente por la elucidación de tales detalles, en apariencia tan insignificantes y no motivados, es como llegamos a obtener las informaciones que nos interesan. Lo que quizá os asombre todavía es que la elaboración del sueño que nos ocupa haya elegido la mesa para expresar la idea del sujeto de que en su casa sucede lo mismo que en la de aquella otra familia. Mas también os explicaréis esta particularidad cuando sepáis que el apellido de dicha familia era el de Tischler (carpintero, palabra derivada de Tisch, mesa). Observaréis ahora cuán indiscretos nos vemos obligados a ser cuando queremos comunicar la interpretación de algún sueño, circunstancia que constituye una de las dificultades con las cuales tropezamos, como ya os anuncié anteriormente, para elegir ejemplos con que ilustrar nuestras explicaciones. Me hubiera sido fácil reemplazar este ejemplo por otro, pero es probable que no hubiera evitado la indiscreción cometida más que al precio de otra indiscreción diferente.
Creo indicado introducir ya en mi exposición dos términos de los que nos hubiéramos podido servir hace mucho tiempo. Llamaremos contenido manifiesto del sueño a aquello que el mismo desarrolla ante nosotros, e ideas latentes del sueño a aquello que permanece oculto y que intentamos descubrir por medio del análisis de las asociaciones que surgen en el sujeto a propósito de su sueño. Examinaremos, pues, ahora las relaciones que en los sueños antes analizados aparecen entre el contenido manifiesto y las ideas latentes, relaciones que pueden ser muy diversas. En los ejemplos a) y b), el elemento manifiesto resulta ser un fragmento, aunque pequeñísimo, de las ideas latentes. Una parte del gran conjunto psíquico formado por las ideas inconscientes del sueño ha surgido en el sueño manifiesto, constituyendo un fragmento del mismo. En otros casos, dicha parte de las ideas latentes surge también en el sueño manifiesto como una alusión, un símbolo o una abreviación de estilo telegráfico. A la labor interpretadora incumbe completar este fragmento o desentrañar la alusión, cosa que hemos conseguido con particular éxito en el caso b). La sustitución por un fragmento o una alusión constituye, pues, uno de los métodos de deformación empleados por la elaboración onírica. En el sueño hallamos aún otra distinta particularidad que los ejemplos que siguen nos mostrarán con mayor claridad y precisión.
d) El sujeto del sueño hace salir de detrás de una cama a una señora a la que conoce. La primera idea que en el análisis acude a su imaginación nos proporciona el sentido de este elemento del sueño, el cual quiere decir que el sujeto da a esta señora la preferencia (juego de palabras: hacer salir-hervorziehen; preferencia- Vorzug).
e) Otro individuo sueña que su hermano se halla encerrado en un baúl. La primera idea reemplaza el baúl por un armario (Schrank), y la siguiente nos da en seguida la interpretación del sueño: su hermano restringe sus gastos (schränkt sich ein).
f) El sujeto del sueño sube a una montaña, desde la cual descubre un panorama extraordinariamente amplio. Tan comprensible y natural resulta este sueño, que nos parece no necesitar de interpretación ninguna, debiendo limitarse nuestro análisis a averiguar a qué recuerdo del sujeto se halla enlazado y cuál es el motivo que lo ha hecho surgir. Mas esta primera impresión es totalmente errónea, pues a pesar de su aparente claridad se halla este sueño tan necesitado de interpretación como los más embrollados y confusos. En efecto, lo que en el análisis acude a la imaginación del sujeto no es el recuerdo de ascensiones realizadas por él anteriormente, sino el de uno de sus amigos, editor de una revista (Rundschau) que se ocupa de nuestras relaciones con los más lejanos países. El pensamiento latente del sueño consiste, pues, en este caso, en la identificación del sujeto del mismo con aquel que pasa revista al espacio que le rodea (Rundschauer).
Hallamos aquí un nuevo género de relación entre el elemento manifiesto y el elemento latente del sueño. El primero, más que una deformación del segundo, es una representación del mismo, o sea su imagen plástica y concreta derivada de la forma de expresión verbal. Claro es que, en último término, también esto constituye una deformación, pues cuando pronunciamos una palabra hemos olvidado ya hace mucho tiempo la imagen concreta que la ha dado origen, siéndonos, por tanto, imposible reconocerla cuando en su lugar se nos presenta dicha imagen. Si tenéis en cuenta que el sueño manifiesto se compone principalmente de imágenes visuales y sólo rara vez de ideas y palabras, comprenderéis la particular importancia que esta relación posee en la formación de los sueños. Veréis también que de este modo resulta posible crear en el sueño manifiesto y para toda una serie de pensamientos abstractos imágenes sustitutivas nada incompatibles con la latencia en que dichos pensamientos deben ser conservados. Es esta misma técnica de los jeroglíficos que componemos por puro pasatiempo. Observamos además que estas representaciones plásticas poseen en el sueño, con gran frecuencia, un marcado carácter «chistoso». Pero la procedencia de este singular carácter constituye un problema cuya investigación no podemos abordar en estas lecciones.
También he de pasar, por ahora, en silencio un cuarto género de relación entre el elemento latente y el elemento manifiesto, relación de la que ya os hablaré cuando se nos revele por sí misma en la aplicación de nuestra técnica. Mi enumeración no será, pues, completa, pero de todos modos bastará para nuestras actuales necesidades. ¿Tendréis ahora valor para abordar la interpretación de un sueño completo? Ensayémoslo, con el fin de ver si nos hallamos suficientemente preparados para emprender esta labor.
Escogeré un sueño que, sin ser de los más oscuros, presenta todas las características de esta clase de fenómenos con la mayor agudeza posible: Una señora joven, casada hace varios años, tiene el sueño siguiente: se halla en el teatro con su marido. Una parte del patio de butacas esta desocupada. Su marido le cuenta que Elisa L. y su prometido hubieran querido venir también al teatro, pero no habían conseguido sino muy malas localidades -tres por un florín cincuenta céntimos- y no quisieron tomarlas. Ella piensa que el no haber podido ir aquella noche al teatro no es ninguna desgracia. Lo primero que la sujeto del sueño nos comunica a propósito del mismo nos demuestra que el estímulo que lo hizo surgir aparece claramente en el contenido manifiesto. Su marido le había contado, en efecto, que Elisa L., una amiga suya de su misma edad, acababa de desposarse. El sueño constituye, pues, una reacción a esta noticia. Sabemos ya que en muchos casos es fácil hallar el estímulo del sueño en los sucesos del día que le precedió y que los analizados indican sin dificultad alguna esta filiación.
En este ejemplo el sujeto nos proporcionó informaciones del mismo género con respecto a otros elementos del contenido manifiesto. Así, el detalle de la ausencia de espectadores en una parte del patio de butacas constituye una alusión a un suceso real de la semana precedente. Habiéndose propuesto asistir a cierta representación, había comprado las localidades con tanta anticipación, que tuvo que pagar un sobreprecio. Mas luego, cuando llegó con su marido al teatro, advirtió que sus precauciones habían sido inútiles; pues una parte del patio de butacas se hallaba casi vacío. Por tanto, no hubiera perdido nada comprando los billetes el mismo día de la representación, y su marido la embromó por su exagerada impaciencia. Otro de los detalles del sueño, la suma de un florín cincuenta céntimos, tiene su origen en un suceso totalmente distinto y sin relación alguna con lo que acabamos de exponer, pero constituye también una alusión a una noticia que la señora recibió el día mismo del sueño. Su cuñada, habiendo recibido de su marido la suma de ciento cincuenta florines como regalo, no tuvo mejor ocurrencia (la muy estúpida) que correr a la joyería y comprarse una joya que le costó toda la suma recibida. Sobre el origen del número tres que aparece en el sueño (tres localidades) no acierta a decirnos nada la sujeto, a menos que veamos una explicación en el dato de que aquella amiga que acababa de desposarse es tan sólo tres meses más joven que ella, que, sin embargo, se halla casada ya hace diez años. Por último, al querer hallar la explicación del absurdo de tomar tres billetes para dos personas, la sujeto rehúsa ya todo nuevo esfuerzo de memoria y toda nueva información.
Pero lo poco que nos ha dicho basta para descubrirnos las ideas latentes de su sueño. Lo que primeramente debe atraer nuestra atención es que las informaciones que a propósito de su sueño nos han dado nos proporcionan repetidamente detalles del orden temporal que establecen una analogía entre dos diferentes partes del mismo. Había pensado en los billetes demasiado pronto y los había comprado con excesiva anticipación, de manera que tuvo que pagarlos más caros. Su cuñada se había apresurado igualmente a correr a la joyería para comprarse una joya, como si temiera perderla. Si a las nociones tan acentuadas de demasiado pronto, con anticipación, añadimos el hecho que ha servido de pretexto al sueño, la información de que su amiga, que tan sólo tiene tres meses menos de edad que ella, se halla prometida a un hombre honrado y distinguido, más por la crítica reprobatoria dirigida contra su cuñada, que había obrado absurdamente al apresurarse tanto, descubriremos que las ideas latentes del sueño, de las cuales el contenido manifiesto no es sino una mala sustitución deformada, son las que siguen: «Fue un desatino apresurarme tanto en casarme. Por el ejemplo de Elisa veo que no hubiera perdido nada esperando.» (El apresuramiento queda representado por su conducta al adquirir las localidades y la de su cuñada en la compra de la joya. El concepto de matrimonio encuentra su sustitución en el hecho de haber ido con su marido al teatro.)
Esta idea sería la principal. Aunque con menos seguridad, pues carecemos ya de indicaciones de la sujeto, podríamos añadir a esta idea principal la siguiente: «Por el mismo dinero hubiera podido encontrar uno cien veces mejor.» (Ciento cincuenta florines forman una suma cien veces superior a un florín cincuenta céntimos.) Si reemplazamos la palabra dinero por la palabra dote, el sentido de la última frase sería el de que con una buena dote se compra un marido. La joya y las malas localidades del teatro serían entonces las nociones que vendrían a sustituir a la de marido. Nos interesaría todavía más saber si el elemento «tres billetes» se refiere igualmente a un hombre, pero nada nos permite ir tan lejos. Hemos encontrado solamente que el sueño analizado expresa la escasa estimación de la mujer por su marido y su remordimiento por haberse casado tan pronto.
A mi juicio, el resultado de esta primera interpretación de un sueño, más que satisfacernos, ha de causarnos sorpresa y confusión, pues nos ofrece demasiadas cosas a la vez, circunstancia que dificulta enormemente nuestra orientación. No pudiendo, desde luego, agotar las enseñanzas que de este análisis se desprenden, nos apresuraremos a extraer de él aquellos datos que consideremos como nuevas e irrefutables aportaciones a nuestro conocimiento del fenómeno onírico. Lo primero que atrae nuestra atención es que, siendo la noción de apresuramiento la más acentuada en las ideas latentes, no aparezca el menor rastro de ella en el sueño manifiesto. Sin el análisis no habríamos sospechado jamás que esta noción desempeñaba un papel en el sueño. Parece, pues, posible que precisamente el nódulo central de las ideas inconscientes no aparezca en el contenido manifiesto, circunstancia que ha de imprimir una modificación profunda a la impresión que deja el sueño en conjunto.
Hallamos, además, en este sueño un detalle absurdo: «Tres por un florín cincuenta céntimos», y en las ideas del sueño descubrimos la proposición siguiente: «Fue un absurdo (casarse tan pronto).» ¿Puede negarse absolutamente que la idea fue un absurdo se halle representada por la introducción de un elemento absurdo en el sueño manifiesto? Por último, un examen comparativo nos revela que las relaciones entre los elementos manifiestos y los latentes se hallan muy lejos de ser sencillas. Es muy raro que cada elemento manifiesto corresponda a otro latente, y las relaciones entre uno y otro campo son más bien relaciones de conjunto, pudiendo un elemento manifiesto reemplazar a varios elementos latentes y un elemento latente ser reemplazado por varios elementos manifiestos. Sobre el sentido de sueño y sobre la actitud de la sujeto con respecto al mismo podríamos decir también cosas sorprendentes. La sujeto confirma nuestra interpretación, pero se muestra asombrada por ella. Ignoraba que tuviera en tan poca estima a su marido y desconoce las razones por las cuales ha adoptado esta actitud. Quedan todavía aquí muchos puntos incomprensibles. Creo, pues, decididamente, que no nos hallamos todavía en circunstancias de poder emprender la interpretación de los sueños y que tenemos necesidad de una mayor preparación. |