- Historiales clínicos. 1895 -
La señora Emmy de N. (cuarenta años) de Livonia.
El día 1 de mayo de 1889 comencé a prestar asistencia médica a una señora de aproximadamente cuarenta años, cuyo padecimiento y personalidad llegaron a inspirarme tan vivo interés, que hube de dedicarle gran parte de mi tiempo, poniendo un tenaz empeño en lograr su curación. Tratábase de una histérica a la que no presentaba dificultad alguna sumir en estado de somnambulismo, y habiendo advertido esta circunstancia, decidí emplear con ella el método iniciado por Breuer de la investigación en la hipnosis, método que me era conocido por los datos que mi colega hubo de proporcionarme sobre el historial clínico de su primera paciente. Era éste mi primer ensayo de dicho método terapéutico: estaba aún muy lejos de dominarlo y, en realidad, no llegué a profundizar suficientemente en el análisis de los síntomas patológicos, ni tampoco lo ajusté a un plan suficientemente regular. Para dar una idea precisa del estado del enfermo y de mi propia conducta médica, creo ha de ser lo mejor transcribir aquí las notas diarias tomadas por mí durante las tres primeras semanas del tratamiento. En llamadas e intercalaciones iré dando cabida al mejor conocimiento que sobre algunos puntos me ha proporcionado mi experiencia ulterior.
1 de mayo de 1889.- Encuentro a la paciente, mujer de aspecto aún juvenil y rasgos fisonómicos muy finos y característicos, tendida en un diván, con un almohadón bajo la nuca. Su rostro presenta una expresión contraída y doliente. Tiene los ojos entornados, la mirada baja, fruncido el entrecejo e intensamente señalados los surcos nasolabiales. Habla trabajosamente y en voz muy baja. A veces tartamudea, presa de una afasia espasmódica. Sus dedos, entrelazados, muestran una constante agitación. Frecuentes contracciones, a manera de «tics», recorren los músculos de su cara y cuello, algunos de los cuales, especialmente el esternocleidomastoideo, resaltan plásticamente. Con frecuencia se interrumpe al hablar para producir un singular sonido inarticulado . Su conversación es perfectamente coherente y testimonio de una cultura y una inteligencia nada comunes. De este modo me resulta tanto más extraño ver que cada dos minutos se interrumpe de repente, contrae su rostro en una expresión de horror y repugnancia, extiende una mano hacia mí con los dedos abiertos y crispados y exclama con voz cambiada y llena de espanto: «¡Estese quieto¡ ¡No me hable! ¡No me toque!» se halla, probablemente, bajo la impresión de una terrorífica alucinación periódica y rechaza con tales exclamaciones la intervención de toda persona extraña. Este fenómeno cesa luego tan repentinamente como surgió, y la enferma continúa la interrumpida conversación sin aludir para nada a aquél, ni tampoco excusar o aclarar su conducta, por lo cual es de sospechar que no se ha dado cuenta de la interrupción.
Sobre sus circunstancias personales me es conocido lo siguiente: su familia, originaria de la Alemania Central, reside, hace ya dos generaciones, en las provincias rusas del mar Báltico, en las cuales se halla ricamente afincada. De catorce hermanos que fueron -ella hacía el número trece-, sólo cuatro quedan con vida. Su madre, mujer enérgica y severa, la había educado cuidadosamente aunque con excesivo rigor. A los veintitrés años casó con un rico industrial, muy inteligente y laborioso, pero mucho mayor que ella, el cual murió repentinamente de un ataque al corazón, después de corta vida matrimonial. Este doloroso acontecimiento y las preocupaciones y disgustos que le ha originado la educación de sus dos hijas, las cuales cuentan hoy dieciséis y catorce años respectivamente, y han sido siempre muy enfermizas, hallándose afectadas de diversas perturbaciones nerviosas, constituyen, según ella, las causas de su padecimiento. Desde la muerte de su marido, hace catorce años, ha estado siempre enferma, con mayor o menor intensidad. Hace cuatro años, un tratamiento combinado de masaje y baños eléctricos le procuró un pasajero alivio. Fuera de esto, todos sus esfuerzos para recobrar la salud han sido totalmente infructuosos. Ha viajado mucho y da muestras de vivo interés intelectual. Actualmente reside en una finca que posee a orillas del Báltico, próxima a una importante ciudad. Pero hace cuatro meses hubo de sentirse peor, y se trasladó a Abazia buscando en vano un alivio a sus males, y luego, de aquí a Viena, donde lleva seis semanas sometida a tratamiento por una de nuestras primeras autoridades médicas.
Al acudir a mí acepta sin objeción alguna mi propuesta de separarse de sus hijas, dejándolas al cuidado de la institutriz, y entrar en un sanatorio, en el que yo pueda verla diariamente. El día 2 de mayo acudo por la tarde al sanatorio, y observo que la enferma acusa un violento sobresalto cada vez que la puerta de su habitación se abre inesperadamente. En consecuencia, recomiendo al personal del establecimiento que no entre sino después de llamar y oír la contestación de «¡Adelante!». A pesar de esto, la paciente se estremece cada vez que alguien entra. En este día se queja principalmente de frío y dolores en la pierna derecha. Le prescribo baños templados y masaje en todo el cuerpo dos veces al día. Es extraordinariamente asequible a la hipnosis. Poniendo un dedo ante sus ojos y ordenándole: «¡Duerma usted!», cae en el acto hacia atrás, con una exclamación de confusión y estupor.. Le sugiero un sueño tranquilo, mejoría de todos sus síntomas, etc., y me escucha con los ojos cerrados, pero dando muestras de intensa atención, mientras que su fisonomía va serenándose poco a poco, hasta adquirir una expresión completa de paz.
Después de la primera sesión de hipnosis conserva un oscuro recuerdo de mis palabras durante aquélla, pero a partir de la segunda se presenta un somnambulismo total (amnesia). Antes de comenzar el tratamiento le había anunciado que iba a hipnotizarla, a lo cual no puso objeción alguna. No ha sido hipnotizada nunca, pero sospecho que ha leído algo sobre la hipnosis, aunque no sé cuál puede ser la idea que del estado hipnótico se forma . El tratamiento de baños templados, masaje y sugestión hipnótica fue continuado en los siguientes días. La enferma dormía bien, se reponía a ojos vistas y pasaba la mayor parte del día tranquila y reposada. Le estaba permitido ver a sus hijas, leer y despachar su correspondencia. El día 8 de mayo, en mi visita matinal, me relata terroríficas historias de animales, hallándose aparentemente en estado normal. Así, me señala un ejemplar del Frankfurter Zeitung y me dice haber leído en él que un muchacho, aprendiz, ha maniatado a un niño y le ha introducido en la boca un ratón blanco, muriendo el niño del susto. Luego me cuenta que el doctor K. ha remitido a Tiflis un cajón lleno de ratas blancas. Una profunda expresión de espanto acompaña sus palabras. Extendiendo hacia mí su mano crispada, exclama repetidamente: «¡Estese quieto! ¡No me hable! ¡No me toque! ¡Mire que si en mi cama hubiera escondido alguno de esos bichos!... (Espanto.) ¡Figúrese lo que pasará al abrir el cajón! ¡Entre las ratas hay una muerta, to-da ro-í-da!»
Durante la hipnosis me esforcé en disipar tales alucinaciones zoológicas. Mientras la enferma dormía, cogí el periódico y encontré la noticia de que un muchacho, aprendiz, había sido objeto de malos tratos, pero sin que se tratara en ella para nada de ratas ni ratones. Esto último constituía, pues, un delirio de la enferma, agregado por ella a su lectura. Por la tarde le hablé de nuestra conversación matinal sobre las ratas blancas. No recuerda nada de ella, se asombra de haber dicho tales cosas y acaba riendo alegremente . Antes de mi visita ha tenido algo de jaqueca, pero «muy corta; sólo le ha durado dos horas». Durante la hipnosis la invito a hablar, consiguiéndolo después de leve esfuerzo. Habla en voz baja y reflexiona un momento antes de cada respuesta. Su expresión cambia correlativamente al contenido de su relato, serenándose en cuanto pongo fin, por sugestión, a la impresión que el mismo le causa. Le pregunto por qué se asusta con tanta facilidad, y me responde: «Son recuerdos de mi primera infancia.» ¿De qué época? «Primeramente, de cuando tenía cinco años y mis hermanos me asustaban arrojándome bichos muertos. Por entonces tuve el primer ataque -desvanecimiento y convulsiones-; pero mí tía me dijo que debía hacer todo lo posible por dominar tales ataques, y no volví a tener ninguno.
Luego, de cuando a los siete años vi a una hermana mía muerta y metida en el ataúd; después, de cuando mi hermano, teniendo yo ocho años, me asustaba disfrazándose de fantasma con una sábana blanca, y por último, de cuando, a los nueve años, entré a ver el cadáver de mí tía y, hallándome ante él, se le abrió de repente la boca.» Esta serie de motivos traumáticos, que la paciente me comunica en respuesta a mi pregunta de por qué era tan asustadiza, debía de hallarse ya constituida y organizada en su memoria, pues en caso contrario no le hubiera sido posible buscar y reunir, en un espacio tan breve como el que medió entre mi pregunta y su contestación, los recuerdos de sucesos pertenecientes a épocas tan diversas de su infancia. Al finalizar cada uno de los fragmentos de su relato experimenta contracciones generales y muestra una expresión de espanto. Después del último abre con violencia la boca y respira como angustiada. Las palabras correspondientes a la parte temerosa de su relato surgen trabajosa y anhelantemente de sus labios. Por fin vuelve a serenarse su fisonomía. Preguntada, confirma que durante su narración veía plásticamente ante sí, con sus colores correspondientes, las escenas que iba refiriendo.
En general, piensa con gran frecuencia en dichas escenas y durante los últimos días las ha rememorado especialmente. Cada vez que piensa en ellas las ve surgir ante sí con todo el vivo relieve de la realidad. Ahora comprendo por qué me habla con tanta frecuencia de escenas en las que intervienen animales y cadáveres. Mí terapia consiste en desvanecer tales imágenes de manera que no puedan volver a surgir ante sus ojos. Para robustecer la sugestión paso varias veces mis manos sobre sus párpados.
9 de mayo, por la tarde.- Ha dormido bien, sin que haya sido necesario renovar la sugestión; pero por la mañana ha tenido dolores de estómago, que ya se le iniciaron ayer en el jardín, donde permaneció demasiado tiempo con sus hijas. Accede, sin dificultad, a limitar a dos horas y media la permanencia de aquéllas a su lado. Pocos días antes se había reprochado tenerlas muy abandonadas. Hoy la encuentro algo excitada; muestra la frente contraída, produce el singular chasquido antes descrito y se interrumpe, con frecuencia, al hablar. Durante el masaje me cuenta que la institutriz de sus hijas ha traído consigo un atlas de historia de la civilización, en el que había estampas -unos indios disfrazados de animales- que la han asustado mucho. «¡Imagínese que de repente adquieran vida!...» (Espanto.) En la hipnosis le pregunto por qué la han asustado tanto aquellas estampas, siendo así que ya no le dan miedo los animales, y me contesta que la han recordado visiones que tuvo cuando la muerte de su hermano (teniendo ella diecinueve años). Sobre este recuerdo volveré más adelante.
Luego le pregunto si ha hablado siempre interrumpiéndose y tartamudeando de cuando en cuando, y desde qué tiempo padece aquel «tic» (el singular chasquido) . Responde que el tartamudeo es un fenómeno de su enfermedad, y que el «tic» lo tiene desde una vez que, hace cinco años, se hallaba velando a su hija menor, enferma de gravedad, y se propuso guardar el más absoluto silencio. Intento debilitar la importancia de este recuerdo diciéndole que, después de todo, a su hija no le ha pasado nada, etcétera. Ella: «Pero el "tic" me vuelve cada vez que me asusto o me sobresalto.» Le mando no asustarse más de las estampas de los indios. Lo que deben causarle es risa, y ella misma habrá de llamarme la atención sobre aquéllas. Así sucede, en efecto, al despertar. Busca el libro; me pregunta si lo he visto ya; lo abre por la página en que se halla la estampa tan temida, y se ríe a carcajadas de las grotescas figuras; todo ello sin la menor señal de miedo y con rostro sereno. En esto entra inesperadamente el doctor Breuer, acompañado por el médico del sanatorio. La paciente se asusta y da muestras repetidas de gran excitación, de manera que los dos visitantes abandonan enseguida la estancia. Entonces explica su excitación diciendo que la habitual aparición del médico del sanatorio con los otros visitantes la impresiona desagradablemente.
Durante esta sesión de hipnotismo hago, además, desaparecer, por medio de pases, el dolor de estómago, y digo a la paciente que después de la comida esperará que se le vuelva a iniciar pero que no será así.
Al anochecer. -Por vez primera la encuentro alegre y decidora. Da muestras de un gracejo que yo no sospechaba en mujer de continente tan severo, y, revelando una plena conciencia de su mejoría, se burla del tratamiento prescrito por mi antecesor. Hacia ya tiempo que tenía intención de sustraerse a él, pero no encontraba una fórmula cortés para llevarlo a cabo, hasta que una observación del doctor Breuer, al que consultó una vez, le proporcionó una salida. Viendo que parezco extrañar su relato, se asusta y me reprocha vivamente haber cometido una indiscreción, pero se deja luego tranquilizar, aparentemente, por mí. No ha tenido dolores de estómago, a pesar de haberlos esperado. En la hipnosis le digo que me comunique otros sucesos más que la hayan atemorizado duraderamente, y con igual prontitud que la vez primera me relata otra serie de ellos, procedentes de años posteriores, afirmando de nuevo que ve con frecuencia ante sí dichas escenas, con todos sus detalles. Teniendo quince años vio cómo se llevaban al manicomio a una prima suya; quiso pedir auxilio, pero no pudo, y perdió la voz hasta la noche de aquel día. Como durante el estado de vigilia suele hablarme muchas veces de manicomios y sanatorios para enfermos mentales, la interrumpo y la invito a comunicarme otras ocasiones de su vida en las que se haya tratado de locos. Me cuenta entonces que su madre estuvo también algún tiempo en un manicomio. Además, tuvieron una criada que había servido a una señora, internada después en uno de tales establecimientos, y que solía referirle historias terroríficas a ellos referentes, tales como la de que los enfermos eran atados a la silla y cruelmente golpeados, etc. Durante este relato, la enferma crispa sus manos, dando muestras de espanto y denotando que ve plásticamente todo aquello de que habla. Por mi parte, me esfuerzo en rectificar su idea de los manicomios, y le aseguro que en adelante podrá oír hablar de estos establecimientos sin que ello suponga relación alguna con su propia persona. Estas palabras devuelven a su rostro la serenidad.
Luego continúa su relación de recuerdos atemorizantes. Teniendo quince años encontró un día a su madre tendida en el suelo, conmocionada por los efectos de un rayo caído en las proximidades, y cuatro años después, al volver un día a su casa, la halló muerta, con el rostro todo contraído. Naturalmente, me es mucho más difícil debilitar estos recuerdos. Después de largas explicaciones le aseguro que en adelante tampoco verá ante sí tales imágenes sino de un modo muy borroso y pálido. Por último me cuenta qué, teniendo diecinueve años, alzó una piedra, y al ver un sapo bajo ella perdió el habla durante algunas horas . En esta hipnosis me convenzo de que sabe todo lo que en la sesión anterior sucedió, mientras que en estado de vigilia no recuerda nada de ello.
10 de mayo, por la mañana.- Hoy ha tomado, por vez primera, un baño de salvado, en lugar del baño caliente habitual. La encuentro con expresión malhumorada y contraída, envueltas las manos en un chal y quejándose de frío y dolores. A mis preguntas, responde que los dolores se los ha producido la incomodidad del baño en el que se ha bañado, demasiado corto.
Durante el masaje comienza de nuevo a reprocharse su indiscreción del día anterior con respecto al doctor Breuer; la tranquilizo con la piadosa mentira de que sabía todo lo sucedido antes de contármelo ella, y de este modo desaparece su excitación (chasquidos, contracción del rostro). Mi influencia sobre la enfermedad se manifiesta ya siempre desde el comienzo de la sesión de masaje. Recobra la tranquilidad y la claridad intelectual, y encuentra, sin necesidad de interrogarla en la hipnosis, los motivos de su malestar anterior. La conversación que mantiene conmigo durante el masaje no es tampoco tan falta de significación como parece, sino que contiene la reproducción casi completa de los recuerdos y nuevas impresiones que han influido sobre ella desde nuestra última entrevista, y recae con frecuencia, inesperadamente, sobre reminiscencias patógenas, que la misma enferma se prohibe sin necesidad ya de invitación por mí parte. Sucede como si se hubiera apropiado mí procedimiento y utilizara la conversación aparentemente sin objeto y guiada tan sólo por la casualidad para completar la hipnosis. De este modo llega hoy a hablar de su familia, y mediante toda clase de rodeos, a la historia de un primo suyo -hombre raro y de inteligencia limitada-, al que sus padres hicieron extraer en una sesión toda la dentadura. Este relato se desarrolla acompañado de gestos de espanto y repetida exclamación de la fórmula protectora: «¡Estese quieto! ¡No me hable! ¡No me toque!» Después vuelve a serenarse su fisonomía y se muestra alegre y contenta. Compruebo, pues, que su conducta en el estado de vigilia es determinada por la experiencia adquirida en el estado de somnambulismo, de la cual, despierta, creía no saber nada.
En la hipnosis vuelvo a preguntarle qué es lo que le ha disgustado, y recibo las mismas respuestas, pero en orden inverso: 1ª Su indiscreción del día anterior. 2ª Los dolores causados por la incomodidad del baño. Hoy le pido me explique la significación de las frases «¡Estese quieto!», etc., y me dice que cuando tiene ideas angustiosas teme ver interrumpido su curso, pues entonces se embrolla aún más su pensamiento y crece su malestar. La frase «¡Estese quieto!» se explica por el hecho de que las figuras de animales que se le aparecen en estados de malestar adquirían movimiento y se arrojaban sobre ella en cuanto alguien hacía un movimiento ante su vista. Por último, la advertencia «¡No me toque usted!» se enlaza a los siguientes sucesos: 1º Su hermano, enfermo por el abuso de la morfina, padecía terribles ataques, y en uno de ellos (teniendo la paciente diecinueve años) la había asido fuertemente entre sus brazos. 2º Un conocido suyo había sufrido un súbito ataque de locura hallándose de visita en su casa, y la había agarrado de un brazo. 3º Un caso análogo que no recuerda con precisión. 4º Su hija menor, en el curso de una enfermedad, se le había abrazado, delirando, al cuello con tanta fuerza, que casi la ahoga. Cuando este último suceso, tenía la paciente veintiocho años. No obstante pertenecer estos sucesos a tan diversas épocas, la paciente me los refiere en rápida sucesión y dentro de una sola frase, como si constituyeran un único acontecimiento en cuatro actos. Advirtiendo que la función de la fórmula protectora es guardarla de la repetición de sucesos semejantes, hago desaparecer por sugestión tal temor y consigo así que no vuelva a pronunciarla.
Al volver por la tarde la encuentro muy contenta. Riendo, me cuenta haberse asustado de un perrito que le ha ladrado en el jardín. Sin embargo, observo en ella cierta excitación interna, que sólo desaparece después de preguntarme si me ha desagradado una observación que me hizo el día anterior durante el masaje y negarlo yo. Hoy, después de un intervalo de sólo catorce días, ha vuelto a presentársele el período. Le prometo conseguir su regularización por medio de la sugestión hipnótica, y fijo en la hipnosis un intervalo de veintiocho días . Además le pregunto si recuerda lo último que hubo de relatarme y si no tiene idea de que ayer nos quedara algún punto por aclarar. Pero, como era lo correcto, comienza por referirse a la frase «¡No me toque!», de la que tratamos en la sesión matinal de hipnosis. Tengo, pues, que retrotraerla al tema del día anterior, en el cual la había interrogado sobre el origen de su tartamudeo periódico, recibiendo por toda contestación un rotundo «No lo sé» . Por esta razón le había encargado que recordase dicho extremo hasta la hipnosis de hoy, en la cual me da, sin reflexión previa ninguna, pero muy excitada y con interrupciones espasmódicas del habla, la respuesta siguiente: «Cuando una vez se desbocaron los caballos del coche en que iban mis hijas, y cuando otra vez iba yo en coche con ellas por el bosque, y cayó un rayo en un árbol delante de los caballos, y los caballos se espantaron, y yo pensé: Ahora tienes que procurar no hacer ruido ninguno, pues si gritas, los caballos se asustarán más y el cochero no podrá retenerlos. Entonces empezó el tartamudeo.» Este deshilvanado relato la ha excitado extraordinariamente. Luego me dice que el tartamudeo se inició a raíz del primero de los sucesos referidos, pero desapareció a poco, retornando después del segundo, análogo, para hacerse ya crónico.
Borro el recuerdo plástico de tales escenas y la invito luego a representárselas de nuevo. La paciente da muestras de intentarlo, pero ya sin alterarse. A partir de aquí habla durante la hipnosis corrientemente, sin interrupción ninguna espasmódica . Como la encuentro bien dispuesta a proporcionarme aclaraciones, le pregunto también que otros acontecimientos de su vida la han asustado igualmente, hasta el punto de conservar su recuerdo plástico. En su respuesta incluye una serie de tales sucesos: 1º. Un año después de la muerte de su madre se hallaba en casa de una señora francesa, amiga suya. Esta la envió, en unión de otra muchacha, a buscar un diccionario en una habitación contigua, y al penetrar en ella vio levantarse de una cama a una persona idéntica a la que había dejado en la habitación de la que venía. Ante tan extraña aparición quedó como clavada en el suelo. Luego le dijeron que se trataba de un muñeco preparado para embromarla. Por mi parte, le explico que aquello tuvo que ser una alucinación, y apelo a su buen juicio actual, consiguiendo que desaparezca de su fisonomía toda señal de alteración. 2º Su hermano, enfermo por el abuso de la morfina, sufría terribles ataques, en los cuales la asía fuertemente, asustándola.
De este mismo suceso me había hablado ya esta mañana, y como prueba le pregunto en qué otras ocasiones la había asido alguien con violencia. Para mí mayor satisfacción y sorpresa reflexiona esta vez largo rato y pregunta luego, insegura: «¿Mí hija pequeña?», siéndole ya imposible recordar los otros dos sucesos análogos que por la mañana me había referido. Así, pues, mí prohibición y el sugerido desvanecimiento de tales recuerdos han obrado eficazmente. 3º Hallándose junto al lecho de su hermano una tía suya, que había acudido con el empeño de convertirle al catolicismo, asomó de repente su pálido rostro por encima de un biombo. Observando haber llegado aquí a la raíz de su constante temor a las sorpresas, le pregunto cuáles otras ha experimentado, obteniendo la siguiente serie: 1ª Un amigo, que pasaba temporadas en su casa, solía entrar furtivamente en las habitaciones y asustar a los que en ellas estaban. 2ª Después de la muerte de su madre enfermó de algún cuidado, y le fue prescrita una cura de aguas en determinado balneario. Hallándose en éste, una loca, hospedada en su mismo hotel, se equivocó varias noches de habitación y entró en la suya, llegando hasta la misma cama. 3ª En su viaje desde Abazia a Viena, un desconocido abrió cuatro veces la portezuela de su coche, quedándose mirándola fijamente cada una de ellas durante un gran rato. La singular conducta de aquel individuo acabó por asustarla tanto, que llamó al revisor.
Como final, borro todos aquellos recuerdos, despierto a la paciente y le aseguro que aquella noche dormirá bien, suprimiendo por hoy la sugestión correspondiente en la hipnosis. De la mejoría de su estado general testimonia su observación de que hoy no ha dedicado un solo momento a la lectura. Ella, qué, llevada antes por su interior tranquilidad, tenía siempre que estar haciendo algo, vive ahora en un feliz ensueño.
11 de mayo, por la mañana.- Hoy es el día señalado por el doctor N. para reconocer a la hija mayor de la paciente, que se ha quejado de trastornos de la menstruación. Encuentro a mí enferma algo intranquila; pero su excitación se manifiesta ahora por signos somáticos más débiles que antes. De vez en vez exclama: «Tengo miedo; tanto miedo, que me parece que voy a morirme.» Le pregunto si es acaso el doctor N. quien le inspira temor, y me responde que tiene miedo, pero no sabe a qué ni a quién. Hipnotizada luego, antes de la visita del doctor N., me confiesa que tiene miedo de haberme ofendido con una observación que me hizo ayer durante el masaje, observación que ahora le parece descortés.
También le tiene miedo a todo lo nuevo, y, por tanto, al nuevo médico. Logro tranquilizarla, y luego, despierta ya, se conduce muy bien en la visita del doctor N. Tan sólo dos veces da alguna muestra de sobresalto, pero no tartamudea ni chasca la lengua. Terminada la visita, vuelvo a hipnotizarla para hacer desaparecer un posible resto de excitación. Está muy satisfecha de su conducta y pone grandes esperanzas en su curación. Por mí parte, aprovecho estas manifestaciones para demostrarle que no hay por qué asustarse de lo nuevo, que también puede ser bueno . Por la tarde la encuentro muy tranquila, y en la conversación que mantenemos antes de la hipnosis, se descarga de muchos reparos y escrúpulos. En la hipnosis le pregunto cuál es el suceso de su vida que ha dejado en ella un efecto más duradero y surge con mayor frecuencia en su memoria. Respuesta: «La muerte de mi marido.» La invito a relatarme este suceso con todo detalle y así lo hace, dando muestras de profunda emoción pero sin tartamudear ni chascar la lengua. Hallándose ambos en un lugar de la Riviera que les gustaba mucho, iban un día de paseo, y al atravesar un puente, su marido sufrió un ataque cardíaco y cayó al suelo, donde permaneció como muerto algunos minutos; pero se repuso pronto y pudo volver a casa por su pie.
Poco tiempo después, estando ella en la cama, convaleciente de un parto, su marido, que almorzaba a su lado en una mesita, se levantó de repente, la miró con expresión extraña y cayó muerto al suelo. Ella se tiró de la cama y mandó llamar al médico, pero todo fue inútil. La paciente hace aquí una pausa y continúa luego: «La niña que por entonces había yo dado a luz, y que sólo contaba unas semanas, estuvo enferma durante más de seis meses, y yo misma tuve también que guardar cama con pertinaces fiebres.» A continuación, adoptando una expresión de enfado, como cuando nos referimos a una persona de la que estamos hartos, expone, cronológicamente ordenadas, todas las molestias y preocupaciones que su hija menor le ha causado; «Durante mucho tiempo se había mostrado extraña y anormal; gritaba y lloraba de continuo; no dormía, y sufría una parálisis de la pierna izquierda, de cuya curación llegaron a desesperar los médicos. A los cuatro años tenía visiones, y no andaba ni hablaba, de manera que llegaron a creerla idiota. Los médicos declararon que padecía meningitis, mielitis y otras diversas afecciones graves.» Al llegar aquí la interrumpo, indicándole que aquella niña goza hoy de una floreciente salud normal, y la despojo de la posibilidad de ver nuevamente aquellos tristes sucesos, no sólo desvaneciendo el recuerdo plástico, sino expulsando de su memoria toda la reminiscencia, como si jamás hubiese existido en ella. Asimismo, le prometo que de este modo cesará la temerosa espera de sucesos desgraciados que de continuo la atormentan y desaparecerán los dolores generales, de los que precisamente ha vuelto a quejarse durante su relato, después de no haber hablado de ellos en varios días .
Para mí sorpresa, inmediatamente después de mí última sugestión, comienza a hablar del príncipe L., cuya fuga de un manicomio constituía por entonces el suceso del día, y manifiesta nuevas representaciones terroríficas referentes a los establecimientos de este género, tales como la de que para calmar a los enfermos se los somete a duchas heladas o se los sujeta a un aparato giratorio que los hace dar vueltas rápidas. Tres días antes, cuando me expresó por vez primera su miedo a los manicomios, había yo interrumpido sus manifestaciones al terminar de contarme una primera historia -la de que los enfermos eran amarrados a sillas-, y observo ahora que tales interrupciones son contraproducentes, y que lo mejor es escuchar hasta el final las manifestaciones de la enferma sobre cada punto concreto. La dejo, pues, agotar ahora el tema y borro las nuevas imágenes terroríficas, apelando a su buen juicio actual, y argumentando que debe prestar a mis palabras mayor crédito que a las temerosas historias relatadas por una estúpida criada. Observando que tartamudea un poco, le pregunto nuevamente de qué procede aquel defecto. Silencio. «¿No lo sabe usted?» «No.» «¿Por qué?» (Con violencia y enfado.) «¿Por qué? Porque no bebo.» En esta manifestación creo ver un resultado de mis sugestiones; pero a seguida expresa el deseo de ser despertada, y yo accedo a ello .
12 de mayo.- Contra mí esperanza, ha dormido poco y mal. La encuentro muy angustiada, pero sin que su angustia se revele con los habituales signos somáticos. No quiere decir lo que le pasa, y manifiesta únicamente haber tenido malos sueños y continuar viendo las mismas cosas. «¡Qué espanto si de repente adquiriesen vida!» Durante el masaje me hace varias preguntas que la apaciguan, y luego me relata la vida que hace en sus posesiones, a orillas del Báltico, nombrándome a las personas importantes que residen en ciudades vecinas y van a pasar temporadas a su casa, etc.
Hipnosis.- Ha tenido sueños horribles. Las patas y los respaldos de las sillas se convertían en serpientes; un monstruo con pico de buitre se arrojaba sobre ella y la devoraba; otras fieras la perseguían, etc. Luego pasa a relatar otros delirios zoológicos, distinguiéndolos de los anteriores con la advertencia: «Esto es verdad» (y no un sueño). Así, cuenta que una vez (hace ya tiempo) fue a coger del suelo un vellón de lana, y cuando llegaba casi a tocarlo vio que echaba a correr, pues era una rata blanca; otra vez, yendo de paseo, vio acercarse a ella, saltando, un repugnante sapo... Observo, pues, que mí prohibición general ha sido totalmente inútil y que habré de desvanecer por separado cada una de estas impresiones temerosas. En el curso del diálogo llego a preguntarle por qué ha tenido también dolores de estómago, y cuál es el origen de los mismos. Por lo que había observado, estos dolores se le presentaban siempre que tenía un ataque de zoopsia. De mala gana me responde que no sabe nada de lo que le pregunto, y le doy de plazo hasta mañana para recordarlo. Entonces, francamente malhumorada ya, me dice que no debo estar siempre preguntándole de dónde procede esto o aquello, sino dejarla relatarme lo que desee.
Accedo a ello, y sin otros preliminares, me dice: «Cuando se lo llevaron fuera, aún no podía yo creer que estuviera muerto.» (Me habla, pues, nuevamente, de su marido, y de este modo reconozco la causa de su mal humor en el hecho de haber sufrido bajo los efectos de los restos retenidos en esta historia.) Después odió durante tres años a su hija menor, pues se decía que si el embarazo y el parto no se lo hubiesen impedido, hubiera podido cuidar mejor a su esposo y quizá salvarle. Al quedarse viuda no tuvo, además, sino disgustos y contrariedades. La familia de su marido, que se había opuesto al casamiento, y a la que luego irritaba la felicidad de que gozaban, pretendió que le había envenenado; hasta tal extremo, que ella estuvo a punto de pedir se iniciase una investigación judicial para dejar patente su inocencia. Por medio de un odioso testaferro, le plantearon luego toda clase de litigios. Este abyecto individuo disponía de agentes, que actuaban contra ella, y publicaba en los periódicos locales artículos difamantes, enviándole luego los recortes. De esta época procede su misantropía y su odio a las personas nuevas para ella. Después de las palabras apaciguantes que enlazo a su relato, se manifiesta más tranquila.
13 de mayo. También ha dormido poco a causa de los dolores de estómago. Anoche no ha cenado. Además, se queja de dolores en el brazo izquierdo. Sin embargo, la encuentro tranquila y de buen humor. Desde ayer me trata con especial atención. Me pregunta mí opinión sobre cosas muy diversas que cree importantes, y se preocupa y excita sobre manera cuando, por ejemplo, no hallo en el sitio de costumbre los paños necesarios para el masaje, y tengo que buscarlos. El chasquido y el «tic» facial se presentan hoy con frecuencia.
Hipnosis.- Anoche ha descubierto de repente por qué los animales pequeños crecen ante su vista hasta adquirir proporciones gigantescas. La primera vez que vio algo semejante fue en una obra teatral, en la que salía un inmenso lagarto. Este recuerdo la había atormentado durante todo el día anterior. El retorno del chasquido procede de que ayer tuvo dolores de vientre, y se esforzó en no revelarlos, sollozando; del verdadero origen del mismo, tal y como me lo relató en una sesión anterior, no sabe ya nada. Recuerda que ayer le encargué que averiguase el origen de sus dolores de estómago, pero no le ha sido posible, y solicita mi ayuda. Le pregunto si alguna vez se ha forzado a comer después de haber experimentado una impresión intensa. Mi suposición resulta exacta. Al morir su marido perdió durante mucho tiempo el apetito, y sólo el deber de vivir para sus hijas la hacía sustentarse. Por entonces comenzó a padecer dolores de estómago. Con algunos pases sobre el epigastrio los hago desaparecer, y la paciente me habla luego espontáneamente de aquello que la ha excitado. «Le he dicho a usted que durante algún tiempo no quise a mi hija menor; debo añadirle ahora que nadie pudo advertir en mi conducta una tal falta de cariño. He hecho por ella todo lo necesario. Todavía hoy me reprocho querer más a la mayor.»
14 de mayo.- Está bien y contenta. Ha dormido hasta las siete y media, y sólo se queja de leves dolores en la mano, la cabeza y la cara. La conversación, en la que la enferma se desahoga, dando libre curso a sus preocupaciones, va adquiriendo cada día más importancia. Hoy no tiene casi nada terrorífico que contarme. Se queja de dolor e insensibilidad en la pierna derecha, y cuenta que en 1871, convaleciente apenas de una enfermedad intestinal, tuvo que cuidar a su hermano, enfermo, presentándose entonces los dolores de vientre que aún la aquejan a veces, y provocan, alguna, una parálisis de la pierna derecha. En la hipnosis le pregunto si le será posible volver ya a entrar en contacto con las gentes o si predomina todavía en ella el miedo a las personas extrañas. Me responde que aún le es muy desagradable sentir a alguien cerca de ella, y con este motivo me relata nuevos casos en los que la brusca aparición de una persona le ha producido desagradable sorpresa. Yendo de paseo con sus hijas por las cercanías de Ruegen surgieron repentinamente de detrás de unos arbustos dos individuos de aspecto sospechoso, y las insultaron. Otra tarde, en Abazia, le salió de pronto al paso un mendigo y se arrodilló ante ella. Luego resultó ser un loco inofensivo. Por último, me relata una nocturna tentativa de robo, de la que fue objeto en su finca aislada en medio del campo; suceso que la asustó sobre manera. Sin embargo, se observa fácilmente que su miedo a la gente procede, sobre todo, de las persecuciones de que fue víctima después de la muerte de su marido .
Por la tarde.- La encuentro muy serena en apariencia, pero me recibe exclamando: «Me muero de miedo. No puede usted figurarse el miedo que tengo. Me odio a mí misma.» Luego me entero de que el doctor Breuer ha estado a visitarla, sobresaltándose ella al verle entrar. Como el doctor advirtiese el efecto que su aparición causaba, le ha dicho la paciente: «Esta es la última vez que me asusto», pues la apenaba, por mí, no haber podido reprimir aquel resto de su anterior pusilaminidad. En general, he tenido ocasión de observar durante estos últimos días cuán dura es para consigo misma y cuán dispuesta se halla siempre a reprocharse como graves faltas los más nimios descuidos, tales como el de que no estén en su sitio habitual los paños necesarios para el masaje o el periódico que leo mientras duerme. Una vez derivada la capa primera y más superficial de reminiscencias atormentadoras, aparece su personalidad moralmente hipersensible y afectada de una tendencia a disminuirse.
Tanto en la vigilia como en la hipnosis le repito, parafraseando el antiguo principio de minima non curat praetor, que entre lo bueno y lo malo existe todo un amplio grupo de cosas pequeñas e indiferentes, de las que nadie debe hacerse un reproche. Pero me parece observar que no hace de estas enseñanzas caso mayor del que haría un asceta de la Edad Media, que vería la mano de Dios y la tentación del demonio en los menores sucesos, y sería incapaz de imaginarse por un solo momento el mundo, o siquiera una mínima parte de él, exento de relación con su propia persona. En la hipnosis añade algunas imágenes terroríficas a las relatadas en sesiones anteriores. Así, cuenta que en Abazia veía cabezas sangrientas bailando en la cresta de las olas. Luego hago repetir los consejos que le he dado en estado de vigilia.
15 de mayo.- Ha dormido hasta las ocho y media, pero por la mañana se ha sentido intranquila. «Tic», castañeteo y dificultad para hablar. «Me muero de miedo.» Interrogada, me cuenta que la pensión en la que se hospedan sus hijas se halla en un cuarto piso y que ayer solicitó que las dejaran también utilizar el ascensor para bajar; petición de la que ahora se arrepiente, pues el ascensor no es de confianza, según le ha manifestado el mismo dueño de la pensión. En un accidente de ascensor murió en Roma la condesa de Sch... Pero yo conozco la pensión de que se trata, y me parece inverosímil que el mismo dueño, que menciona en sus anuncios el ascensor como una de las comodidades de su casa, prevenga después a sus huéspedes contra él. Opino, pues, que se trata de una confusión de la memoria, producida por la angustia. Se lo comunico así, y logro sin dificultad que ella misma se ría de la inverosimilitud de sus temores. Esto mismo me confirma en mí sospecha de que la causa de su angustia era muy otra, y me propongo interrogar luego sobre la materia a su conciencia hipnótica.
Durante el masaje, que emprendo hoy de nuevo, después de varios días de interrupción, me relata sucesivamente varias historias sin conexión alguna entre si, pero que pueden ser verdad, hablándome así de un sapo que encontró en una bodega; de una mujer excéntrica, que cuidaba a un hijo idiota con un singular procedimiento, y de otra mujer, que padecía de melancolía y fue encerrada en un manicomio. De este modo revela las reminiscencias que atraviesan su pensamiento cuando se apodera de ella el malestar. Después de haberse desahogado con estos relatos se serena y me habla de la vida que hace en su finca y de las relaciones que mantiene con personas notables de Alemania y Rusia, resultándome difícil conciliar este aspecto social de su personalidad con la idea de una mujer tan intensamente nerviosa. En la hipnosis le pregunto por qué estaba esta mañana tan intranquila, y en lugar de repetirme sus temores con respecto al ascensor, me dice haber temido que se le presentara de nuevo el período, obligándola a una nueva interrupción del masaje. A continuación hago que me relate la historia de sus dolores de piernas.
Comenzando como ayer, narra después una larga serie de sucesos penosos y debilitantes, al tiempo de los cuales padeció dichos dolores, y cuyos efectos hubieron de intensificarlos, hasta producirle una parálisis y anestesia de ambas piernas. Análogamente sucede con los dolores en los brazos, que comenzaron simultáneamente a los que dice sentir en la nuca una vez que se hallaba asistiendo a un enfermo. Sobre los dolores en la nuca me dice que sucedieron a singulares estados de intranquilidad y mal humor, y consisten en una sensación de «presión helada» en la nuca, rigidez y frío doloroso en las extremidades, incapacidad de hablar y postración. Suelen durarle de seis a doce horas. Mis tentativas de reducir este complejo de síntomas a una reminiscencia fallan por completo, siendo contestadas negativamente las preguntas, a dicho fin encaminadas, sobre si su hermano, al que asistió en ocasión de hallarse delirando, la cogió alguna vez por la nuca. En definitiva, no sabe de dónde provienen tales ataques. Por la tarde la encuentro muy contenta y dando muestras de un excelente humor. Lo del ascensor -me dice- no era como antes me lo había contado.
Luego me dirige una serie de preguntas, en las que no hay nada patológico. Ha tenido fuertes dolores en la cara, en la mano, por la parte del pulgar y en la pierna. Cuando había estado sentada mucho tiempo o mirando fijamente algún punto sentía rigidez y dolor en los ojos. El intento de levantar algún objeto pesado le producía dolores en los brazos. El reconocimiento de la pierna derecha revela sensibilidad relativamente buena del muslo, intensa anestesia de la rodilla para abajo y menor en la región de los riñones. En la hipnosis me dice que de cuando en cuando tiene aún representaciones angustiosas, tales como las de que sus hijas pueden enfermar y morir prematuramente, o que a su hermano, ahora en viaje de novios, puede ocurrirle algún accidente o morírsele su mujer, pues todos los hermanos han tenido la desgracia de enviudar pronto. Se ve que abriga aún otros temores, pero no logro hacérselos revelar. Le reprocho aquella necesidad que siente de angustiarse, aunque no exista motivo alguno para ello, y me promete no hacerlo más «porque yo se lo pido». Siguen otras sugestiones relativas a los dolores que sufre, etc.
16 de mayo.- Ha dormido bien. Se queja aún de dolores en la cara, brazos y piernas; pero está contenta y de buen humor. Faradización de la pierna anestésica.
Por la tarde.- La encuentro muy sobresaltada. «Me alegro mucho de que venga usted. Estoy muy asustada.» Muestra todas las señales de espanto, «tic» y tartamudez. Antes de la hipnosis, le hago relatarme lo que le ha sucedido, y extendiendo hacia mí sus manos crispadas, en una magnífica personificación del terror, me dice: «Estando en el jardín, una rata monstruosa ha saltado de repente por encima de mi mano, desapareciendo luego. Por todas partes surgían y desaparecían ratas y ratones. (Ilusión producida quizá por los juegos de sombras.) En los árboles había también muchos ratones. ¿No oye usted piafar a los caballos en el circo? Ahí al lado se queja un señor. Debe de tener dolores, de resultas de la operación. ¿Estoy quizá en Ruegen? Allí tenía una estufa parecida.» Perdida en la multitud de pensamientos que por su imaginación cruzaban, se esforzaba en fijar, en medio de su confusión, el presente. No sabe contestar a mis preguntas sobre cosas actuales; por ejemplo, a la de si sus hijas habían estado con ella.
En la hipnosis intento deshacer la confusión de este estado.
Hipnosis. -«¿De qué se ha asustado usted?» Me repite la historia de los ratones, dando nuevas muestras de espanto, y agrega que luego, al subir la escalera había en ella un animal repugnante, que desapareció, al acercarse, ante su paso. Le declaro que todo aquello son alucinaciones y le reprocho su miedo a los ratones, indicándole que es propio de los alcohólicos (que le inspira gran repugnancia). Luego le cuento la leyenda del obispo Hatto , que ella conoce ya, a pesar de lo cual la oye dando muestras de espanto. «¿Cómo se le ha ocurrido a usted hablarme del circo?» Dice que oye perfectamente cómo piafan los caballos en el establo, enredándose las patas en los ramajes, cosa que puede hacerlos caer y herirse gravemente. Cuando esto pasaba, solía Juan ir al establo a desatarlos. Le discuto la proximidad del establo y niego que haya podido oír quejarse al vecino. Luego le pregunto si sabe dónde está. Ahora lo sabe; pero antes creía estar en Ruegen. ¿Cómo ha podido creer tal cosa? Antes han hablado de que en el jardín había un sitio muy oscuro, y esto le ha hecho recordar la terraza de Ruegen, desprovista en absoluto de sombra.
«¿Qué recuerdos penosos tiene usted de su estancia en Ruegen?» Padeció allí terribles dolores en brazos y piernas; se perdió entre la niebla en varias excursiones; fue dos veces perseguida por un toro, etc. «¿Cómo ha tenido usted hoy este ataque?» Ha escrito muchas cartas. Se ha pasado tres horas escribiendo, y esto le ha cargado la cabeza. Puedo, por tanto, suponer que la fatiga ha provocado el ataque de delirio, cuyo contenido ha quedado determinado por reminiscencias surgidas al estímulo de ciertas analogías de lugar, tales como la parte soleada del jardín, etc. Repito los consejos de costumbre y la dejo adormecida.
17 de mayo.- Ha dormido muy bien. En el baño de salvado prescrito para hoy ha gritado varias veces, pues las partículas de salvado se le antojaban gusanos. Esto lo sé por la enfermera, pues ella rehúye contármelo. Se muestra satisfecha y alegre, pero se interrumpe frecuentemente con gritos inarticulados y gestos de espanto, tartamudeando más que en los últimos días. Ha soñado que andaba sobre un suelo plagado de sanguijuelas. Durante la noche anterior había tenido también horribles sueños, en los que se veía obligada a amortajar varios cadáveres y a colocarlos en sus ataúdes. Pero no podía decidirse nunca a cerrar la tapa de los mismos. (Seguramente, una reminiscencia de la muerte de su marido.) Cuenta luego que en su vida le han sucedido numerosas aventuras con animales, la más terrible, una vez que encontró un murciélago en su tocador, y tuvo que salir del cuarto a medio vestir. Su hermano le regaló por aquella ocasión un imperdible que figuraba un murciélago para curarla de su miedo, pero no pudo ponérselo jamás.
Hipnosis.- Su miedo a los gusanos procede de una vez que le regalaron una almohadilla para clavar alfileres, y al ir a utilizarla vio salir de ella multitud de pequeños gusanos, nacidos de la humedad del salvado que la rellenaba. (¿Alucinación? Quizá realidad.) Le pido me cuente más historias de animales. Una vez que iba de paseo con su marido por un parque vieron que el camino que conducía al estanque se hallaba cubierto de sapos, y tuvieron que dar la vuelta. Ha tenido épocas en las que no se atrevía a dar la mano a nadie, de miedo a que al hacerlo se convirtiese en un animal repugnante, caso que ya había sucedido muchas veces. Intento libertarla de su miedo a los animales, nombrándole gran cantidad de ellos uno por uno, y preguntándole cada vez si aquél le daba miedo. Unas veces me contesta negativamente, y otras, «No debo asustarme». Le pregunto por qué ha tartamudeado y mostrado tanto sobresalto ayer y hoy. «Eso lo hago siempre que tengo miedo». «¿Y por qué tenía usted ayer tanto miedo?» Estando en el jardín ha pensado en muchas cosas que la preocupan. Entre ellas, en cómo podría evitar una posible recaída cuando yo diera por terminado el tratamiento. Le repito las tres razones que tiene para hallarse más esperanzada y que ya le he indicado en la vigilia: 1.ª Que está ya mejor y tiene una mayor resistencia. 2ª Que se acostumbrará a hablar tranquilamente a una persona que se halle a su lado. 3ª Que una porción de cosas que ahora la preocupan le serán luego indiferentes. Además, la ha preocupado no haberme dado ayer las gracias por mí última visita y el pensamiento de que, habiendo empeorado en estos días, acabará por hacerme perder la paciencia. Asimismo le ha impresionado mucho oír cómo uno de los médicos de la casa preguntaba a un señor en el jardín si se encontraba ya con valor para operarse. La mujer del interrogado se hallaba presente, y debió de pensar, como ella, que aquella tarde podía ser la última del pobre enfermo. Después de este relato parece desvanecerse su malestar. Por la tarde se muestra muy serena y satisfecha. La hipnosis no revela nada importante. Me dedico al tratamiento de los dolores musculares y a restablecer la sensibilidad de la pierna derecha, cosa que logro fácilmente en la hipnosis. Pero al despertar vuelve la anestesia, aunque algo menor. Antes de dar por terminada mí visita me expresa su asombro por no haber tenido desde hace muchos días los dolores de la nuca, que surgían antes siempre que el tiempo amenazaba tormenta.
18 de mayo.- Esta noche ha dormido como hacía muchos años que no lo conseguía; pero desde la hora del baño se queja de frío en la nuca, tirantez y dolores en la cara manos y pies. Su rostro aparece contraído y crispadas sus manos. La hipnosis no revela ningún contenido psíquico de este estado, que consigo luego aliviar, despierta ya la paciente, por medio del masaje. Espero que el precedente extracto de la crónica de las tres primeras semanas de tratamiento bastará para ofrecer al lector un cuadro evidente del estado de la enferma, de la naturaleza de mi labor terapéutica y de sus resultados. Completaré ahora el historial clínico.
El delirio histérico, últimamente descrito, fue también la última perturbación importante del estado de la señora Emmy de N. Como yo no me dedicaba a buscar síntomas patológicos, sino que esperaba a que se presentasen o a que la enferma me comunicase un pensamiento temeroso, las hipnosis resultaron pronto ineficaces, y las utilicé en su mayor parte para imbuirle enseñanzas que habían de perdurar siempre presentes en su pensamiento y evitar que al reintegrarse a su hogar cayera de nuevo en semejantes estados. Por entonces me hallaba por completo bajo el dominio de la obra de Charcot sobre la sugestión, y esperaba de tal influencia instructiva más de lo que hoy esperaría. El estado de mí paciente mejoró tanto en poco tiempo, que ella misma aseguraba no haberse encontrado nunca mejor desde la muerte de su marido. A las siete semanas de tratamiento la autoricé a volver a su residencia, en las orillas del Báltico.
Siete meses después recibió noticias suyas el doctor Breuer. Su mejoría se había mantenido a través de varios meses, pero había acabado por sucumbir a una nueva conmoción psíquica. Su hija mayor, que ya durante su primera estancia en Viena había imitado a la madre, presentando calambres en la nuca y leves estados histéricos, padecía principalmente de dolores al andar, provocados por una retroflexio-uteri, y por indicación mía había ido a consultar al doctor N., uno de nuestros más reputados ginecólogos, el cual corrigió, por medio del masaje, la retroflexión indicada, librando a la enferma de sus molestias por algunos meses. Pero hallándose ya la familia en su residencia, volvieron aquéllas a presentarse, y la madre se dirigió a un ginecólogo de la cercana ciudad universitaria, el cual prescribió a la muchacha una terapia combinada, local y general, que le provocó una grave enfermedad nerviosa. Probablemente no fue esto sino la primera manifestación de la disposición patológica de la muchacha, la cual tenía entonces diecisiete años; disposición que se evidenció un año después en una modificación de su carácter. La madre, que había puesto a su hija en manos de los médicos con su habitual mezcla de obediencia y desconfianza, se hizo objeto de los más duros reproches al comprobar el mal resultado del tratamiento, y por un camino mental que yo no había sospechado llegó a la conclusión de que el doctor N. y yo éramos responsables de la enfermedad de la muchacha por haber calificado como leve su grave dolencia. En esta creencia anuló, por medio de una enérgica volición, los efectos de mí tratamiento y cayó enseguida en los mismos estados de los que yo la había libertado. Un excelente médico de su región y el doctor Breuer, con el que comunicaba por escrito, consiguieron convencerla de nuestra inocencia; pero la animosidad surgida en esta época contra mí perduró en ella, a pesar de todo, en calidad de resto histérico, y declaró que le era imposible volver a ponerse en mis manos.
Siguiendo el consejo del médico al que antes aludimos, ingresó en un sanatorio de Alemania del Norte, y por indicación de Breuer comuniqué yo al director de dicho establecimiento qué modificación de la terapia hipnótica se había demostrado eficaz en aquel caso. Esta tentativa de transferencia fracasó por completo. La enferma pareció no entenderse desde un principio con el médico, se agotó en una tenaz resistencia contra todo lo que con ella se emprendía, perdió el apetito y el sueño y no se repuso hasta que una amiga suya, que iba a visitarla al sanatorio, la sacó de él casi subrepticiamente y se la llevó a su casa, donde le prodigó sus cuidados. Poco tiempo después, precisamente el año de su primera visita a mí consulta, volvió a Viena y se puso de nuevo en mis manos. La encontré mucho mejor de lo que por sus cartas me había imaginado. Animada y exenta de angustiosos temores, mostraba conservar, a pesar de todo, gran parte de mí obra terapéutica. Se quejaba principalmente de frecuente confusión mental o, para decirlo con sus propias palabras, de tener «una tempestad en el cerebro». Además, padecía insomnios, se pasaba a veces llorando horas enteras y se entristecía al llegar determinada hora de la tarde (las cinco); esto es, la hora en que solía visitar a su hija enferma mientras ésta permaneció en un sanatorio.
Tartamudeaba y castañeteaba la lengua con gran frecuencia, se retorcía las manos como si estuviese encolerizada, y cuando le pregunté si veía muchos animales, me respondió tan sólo: «¡Oh, calle usted!» En la primera tentativa de hipnotizarla cerró enérgicamente los puños y gritó: «No quiero inyecciones de antipirina. Prefiero que no se me quite el dolor. No quiero ver al doctor R.; me es muy antipático.» Se hallaba, pues, dominada por la reminiscencia de una hipnosis en el sanatorio en que últimamente había residido, y se tranquilizó en cuanto la transferí a su situación presente. Al principio mismo del tratamiento realicé un descubrimiento muy instructivo. Preguntada la paciente desde cuándo había vuelto a tartamudear, me respondió que desde un susto que había recibido aquel invierno, hallándose en D. Un camarero de la fonda en que habitaba se había escondido en su cuarto. En la oscuridad, creyó ella que se trataba de un gabán caído de una percha, y al ir a cogerlo se alzó de repente ante ella el intruso. Una vez borrada por sugestión esta imagen mnémica, no volvió a tartamudear sino imperceptiblemente, ni en la hipnosis ni en la vigilia; pero, movido yo por no sé qué impulso, me propuse someter el buen resultado obtenido a una prueba definitiva, y al volver aquella tarde le pregunté, aparentando la mayor inocencia, como había de hacer, al irme dejándola dormida, para cerrar la puerta de manera que nadie pudiese penetrar en la habitación. Con gran sorpresa mía se sobresaltó extraordinariamente al oír lo que antecede, comenzó a castañetear los dientes y retorcerse las manos, e indicó que en D. había recibido un susto de este género, pero no pude conseguir que me lo relatara. Sin embargo, pude observar que se trataba del mismo suceso que me había narrado por la mañana en la hipnosis y que yo creía haber borrado de su pensamiento. En la hipnosis siguiente me hizo ya un relato más detallado y fiel del mismo.
Una tarde que paseaba presa de gran excitación por los pasillos de la fonda, halló abierta la habitación de la camarera que le servía y quiso entrar para sentarse allí un momento. La camarera intentó evitarlo, pero ella no hizo caso, y al entrar vio junto a la pared un bulto oscuro, que luego resultó ser un hombre. Lo que movió a la enferma a hacerme un relato inexacto de esta pequeña aventura fue, sin duda, un matiz erótico. Pero de este modo me reveló que los relatos hechos por los enfermos en la hipnosis carecían, cuando eran incompletos, de todo efecto curativo, y a partir de este día me fui habituando a ver en el rostro de los pacientes cuándo me silenciaban una parte esencial de su confesión. La labor que ahora había de llevar a cabo con esta enferma era la de anular, por medio de la sugestión hipnótica, las impresiones desagradables que había recibido durante el tratamiento de su hija y durante su propia estancia en el sanatorio alemán. Se hallaba colmada de ira contra el médico de dicho establecimiento que la había obligado, en la hipnosis, a deletrear la palabra «sapo», y me hizo prometerle que jamás le haría pronunciar tal palabra. En este punto me permití utilizar la sugestión un poco en broma, único abuso de la hipnosis, bien inocente por cierto, de que he de acusarme con esta paciente, asegurándole que su estancia en X quedaría en adelante tan alejada de su memoria, que ni siquiera recordaría bien el nombre de dicha localidad, dudando, cada vez que quisiera pronunciarlo, entre Valle..., Monte..., Bosque..., y otros comienzos análogos. Así sucedió, en efecto, y pronto fue su vacilación al pronunciar tal nombre la única perturbación que se podía observar en el habla de la paciente hasta que, obedeciendo a una observación del doctor Breuer, la liberté de esta forzada paramnesia.
Mayor tiempo que con los restos de estos sucesos tuve que luchar con los estados que la enferma describía diciendo sentir una «tempestad en el cerebro». La primera vez que la vi en tal estado yacía sobre un diván con el rostro contraído, el cuerpo en constante inquietud, apretándose la frente entre las manos y repitiendo perdidamente el nombre de «Emmy», que era el suyo y el de su hija mayor. En la hipnosis explicó que aquel estado constitutía la repetición de los muchos ataques de desesperación que solían acometerla durante la enfermedad de su hija, después de largas horas de meditar en vano cómo sería posible remediar el fracaso del tratamiento. Cuando entonces comenzaba a sentir que sus ideas se embrollaban, se habituó a repetir en alta voz el nombre de su hija, sirviéndose de él como un punto de apoyo para recobrar la lucidez, pues por aquellos días, en los que el estado de su hija le imponía nuevos deberes y sentía que la nerviosidad volvía a dominarla, se había propuesto que lo que se refiriera a aquella hija debía ser respetado con su confusión mental, aunque todo lo demás sucumbiese a ella. Al cabo de algunas semanas quedaron también dominadas estas reminiscencias y la paciente recobró la salud; pero, a instancias mías, permaneció aún algún tiempo en observación. Próximo ya el día señalado para su partida de Viena, sucedió algo que relataré detalladamente, por arrojar viva luz sobre el carácter de la enferma y sobre la génesis de sus estados.
Un día que fui a visitarla a la hora del almuerzo la sorprendí en el momento en que arrojaba al jardín -donde lo recogieron los hijos del portero- un objeto envuelto en papeles. Interrogada, confesó que era el postre lo que así tiraba todos los días. Este descubrimiento me llevó a inspeccionar los demás restos de su almuerzo, comprobando que se lo había dejado casi todo. Preguntada por qué comía tan poco, me respondió que no acostumbraba a comer más y que le haría daño, pues era lo mismo que su difunto padre, el cual se mantuvo siempre extremadamente sobrio. Al enterarme luego de lo que bebía, me contestó que sólo toleraba líquidos de cierta consistencia, tales como la leche, el café, el cacao, etcétera, y que siempre que bebía agua natural o mineral se le estropeaba el estómago. Todo esto presentaba el sello inconfundible de una elección nerviosa. Efectué un análisis de orina y la encontré muy concentrada. Consideré, pues, conveniente aconsejarle que bebiese más agua y me propuse aumentar también su alimentación. No se hallaba excesivamente delgada, pero de todos modos me pareció deseable algo de sobrealimentación. Pero cuando en mí visita siguiente le prescribí un agua mineral alcalina y le prohibí que arrojase al Jardín el postre, se excito visiblemente y me dijo: «Lo haré porque usted me lo manda, pero desde ahora le aseguro que me sentará mal, pues es contrario a mí naturaleza, y ya a mí padre le pasaba lo mismo.» En la hipnosis le pregunté luego por qué no podía comer más ni beber agua, contestándome ella, de muy mal humor, que lo ignoraba.
Al día siguiente me comunicó la enfermera que la paciente había comido bien, sin dejarse nada, y bebido un vaso entero de agua alcalina. Pero, al entrar a verla, la encontré tendida en el diván, profundamente malhumorada y quejándose de dolor de estómago: «¿No se lo dije a usted? Ya hemos perdido todo lo que tanto trabajo nos ha costado conseguir. Me he estropeado el estómago, como siempre que bebo agua o tomo más alimento que de costumbre. Ahora tendré que estar a dieta seis u ocho días, hasta poder volver a tolerar la comida.» Le aseguré que no tendría que ponerse a dieta, pues era imposible que un poco más de alimentación y un vaso de agua alcalina le estropeasen el estómago. Los dolores eran una consecuencia del miedo con el que había comido y bebido. Pero esta explicación mía no debió de causarle impresión alguna, pues cuando, después, quise dormirla, fracasó la hipnosis por primera vez, y en la colérica mirada que me dirigió reconocí que se hallaba en rebelión completa contra mí y que la situación era harto grave. Renunciando a la hipnosis, le anuncié que le daba veinticuatro horas para reflexionar y convencerse de que sus dolores de estómago no provenían sino de su miedo.
Transcurrido dicho plazo, le preguntaría si continuaba opinando que un vaso de agua mineral y una modesta comida podían estropearle el estómago para ocho días, y si me contestaba afirmativamente, daría por terminada mí misión facultativa cerca de ella y le rogaría se encomendase a otro médico. Esta pequeña escena contrastó intensamente con el tono general de nuestras relaciones, fuera de ella muy amistosas. Veinticuatro horas después la encontré humilde y dócil. A mi pregunta de cuál era su opinión sobre el origen de sus dolores de estómago, me respondió, incapaz de fingimiento: «Creo que son consecuencia de mi miedo, pero sólo porque usted me lo asegura así.» Inmediatamente la hipnosis y le pregunto de nuevo: «¿Por qué no puede usted comer más?». La respuesta siguió en el acto, y consistió en una serie cronológicamente ordenada de motivos dados en su memoria: «Siendo niña, me negaba a veces, por puro capricho, a comer la carne que me servían. Mí madre se mostraba siempre muy severa en tales ocasiones, y como castigo me hacía comer dos horas después lo que me había dejado, sin calentarlo ni cambiarlo de plato. La carne estaba entonces fría y la grasa se había solidificado en derredor... (Repugnancia.) Aún veo ante mí el tenedor que mí madre me hacía coger... Una de sus púas estaba algo doblada. Cuando ahora me siento a la mesa veo siempre delante el plato con la carne fría y la grasa solidificada. Muchos años después viví con un hermano mío, oficial del Ejército, que padecía una terrible enfermedad. Yo sabía que era contagiosa y tenía un miedo horrible de equivocarme y usar sus cubiertos (Terror); pero, sin embargo, comía con él para que nadie advirtiera que estaba enfermo. Poco después hube de asistir a otro hermano mío, tuberculoso.
Durante su enfermedad comíamos junto a su lecho, y a su lado, encima de la mesa, tenía siempre una escupidera (Terror), en la cual escupía por encima de los platos. Todo esto me causaba terrible repugnancia, a la que no podía dar expresión por temor a ofender a mí hermano. Ahora, cuando me siento a comer veo ante mí la escupidera de entonces y me da asco.» Después de borrar todas estas reminiscencias motivo de asco, le pregunté por qué no podía beber agua. Su respuesta fue que, teniendo diecisiete años, paso por Munich algunos meses con su familia, padeciendo casi todos ellos catarros intestinales, debidos a las malas condiciones de potabilidad del agua natural. Todos curaron pronto, menos ella, que permaneció enferma bastante tiempo, no obstante haber sustituido el agua natural por agua mineral. Al encomendarle el médico tal sustitución, pensó que ya no iba a servirle de nada. Desde esta época volvió a padecer innumerables veces tal intolerancia en relación al agua natural y mineral.
El efecto terapéutico de esta investigación hipnótica fue inmediato y duradero. La enferma cesó en su propósito de guardar dieta durante ocho días, y ya al siguiente comió y bebió sin preocupación ni trastorno ulterior alguno. Dos meses después me escribía: «Como muy bien y he engordado mucho. Del agua mineral que usted me prescribió, he bebido ya cuarenta botellas. Dígame si debo seguir bebiéndola.» Un año después vi a la paciente en su finca de X. Su hija mayor, aquella cuyo nombre solía repetir en sus estados de «tempestad de cerebro», entró, por esta época, en una fase de desarrollo anormal, mostrando un desmesurado amor propio, desproporcionado a sus escasas dotes, y tornándose rebelde e incluso agresiva para con su madre. Yo poseía aún la confianza de esta última y fui llamado por ella para dar mi opinión sobre el estado de su hija. La transformación psíquica de la muchacha me produjo mala impresión, tanto más, cuanto que para establecer mí pronóstico había de tener en cuenta que todas las hermanastras de la muchacha (hijas de un primer matrimonio de su padre) habían sucumbido a la demencia paranoica. En la familia de su madre tampoco faltaban individuos neurópatas, aunque ninguno de los miembros más cercanos a ella sufriera una psicosis declarada. La madre, a la que manifesté claramente mi opinión, la acogió serena y comprensivamente. Había recobrado sus fuerzas, presentaba un aspecto floreciente, y durante los nueve meses transcurridos desde la terminación del tratamiento había gozado de buena salud, sólo perturbada por algunos dolores en la nuca y otros pequeños trastornos. Durante los días qué, en esta ocasión, pasé en su casa fue cuando pude darme buena cuenta de la extensión de sus ocupaciones, deberes e interés intelectuales. Una conversación con el médico que allí solía asistirla me demostró también que había acabado por reconciliarse con nuestra profesión.
La enferma había mejorado extraordinariamente, pero los rasgos fundamentales de su carácter habían variado poco, a pesar de todas mis sugestiones instructivas. No parecía haber aceptado mi proposición de establecer una amplia categoría de «cosas indiferentes», y su tendencia a atormentarse por nimiedades era apenas menor que durante el tratamiento. Su disposición histérica no había reposado tampoco durante este tiempo. Así, se quejaba de que durante los últimos meses se le había manifestado una incapacidad de resistir largos viajes en ferrocarril, y una rápida y forzada tentativa de disipar tal incapacidad no reveló sino diversas impresiones desagradables, exentas de importancia, experimentadas por la sujeto en sus últimos viajes a X y sus alrededores. Pude observar también que en la hipnosis no se mostraba tan dócil como antes, y ya por este tiempo surgió en mí la sospecha de que estaba en vías de sustraerse nuevamente a mí influencia y de que la secreta intención de su incapacidad de viajar era la de impedirle acudir otra vez a mí consulta de Viena. En estos días fue también cuando se lamentó de haber observado en su memoria lagunas que se referían «precisamente a los sucesos más importantes de su vida», afirmación de la cual deduje que mi labor terapéutica de hacía dos años había ejercido sobre la paciente una profunda y duradera influencia. Paseando un día por un camino que llevaba desde la casa a una pequeña ensenada, me atreví a preguntarle si por allí solía haber muchos sapos. La respuesta fue una dura mirada de reproche, no acompañada, sin embargo, de signo alguno de terror, y luego: «Pues sí que los hay.»
Durante la hipnosis, en la que me dediqué a desvanecer su repugnancia a los viajes en ferrocarril, se mostró ella misma insatisfecha de sus respuestas y expresó el temor de no obedecer ahora a mis sugestiones tan dócilmente como antes. Decidí, pues, convencerla de lo contrario. Escribí algunas líneas en un papel y se lo entregué, diciéndole: «En el almuerzo de hoy me servirá usted un vaso de vino, como ayer lo hizo. Luego, cuando me vea llevarme el vaso a los labios, me dirá usted: «Hágame el favor de servirme también vino», y al extender yo la mano hacia la botella, exclamará, deteniéndome: «¡Déjelo! Prefiero no beber.» En seguida se echará usted mano al bolsillo y sacará y leerá el papel que ahora le entrego, el cual contiene estas mismas palabras.» Esto era por la mañana, y pocas horas después se desarrolló, en el almuerzo, la escena descrita, sin que ninguno de los comensales advirtiera nada singular. La sujeto pareció luchar consigo misma al pedirme que le sirviera vino -jamás lo bebía-, y después de volver de su acuerdo, con visible satisfacción, echó mano al bolsillo, sacó el papel en el que constaban las palabras antes transcritas y, moviendo perpleja la cabeza, me miró asombrada. Desde esta visita a la señora N., en mayo de 1890, fueron haciéndose cada vez menos frecuentes sus noticias. Indirectamente supe que el mal estado de su hija, fuente inagotable de penosas excitaciones para ella, acabó por dar al traste con su mejoría. Por último (1893), recibí una breve carta suya, en la que me rogaba diese mí autorización para que la hipnotizase otro médico, pues se hallaba enferma de nuevo y no podía venir a Viena. Al principio no comprendí por qué precisaba de tal autorización, hasta que recordé que en 1890 le había sugerido, a su demanda, la prohibición correspondiente, para evitarle el peligro de sufrir el penoso dominio de un médico que no le inspirara confianza ni simpatía, como sucedió con el del sanatorio del Monte... (Valle..., Bosque...). Así, pues, renuncié inmediatamente por escrito a mí exclusivo derecho anterior.
Epicrisis
Sin una previa y detallada fijación del valor y el significado de la palabra «histeria», no es fácil decidir si un caso patológico puede situarse bajo dicho concepto o incluirse entre las demás neurosis (no puramente neurasténicas). Por otra parte, tampoco en el sector de las neurosis mixtas corrientes se ha llevado aún a cabo una labor ordenadora de diferenciación y delimitación. De este modo, si para diagnosticar la histeria propiamente dicha acostumbramos, hasta ahora, guiarnos por la analogía del caso de que se trate con los casos típicos conocidos de tal enfermedad, es indudable que el de Emmy de N. debe ser diagnosticado de histeria. La frecuencia de los delirios y de las alucinaciones, en medio de una absoluta normalidad de la función anímica; la transformación de su personalidad y de la memoria durante el somnambulismo artificial; la anestesia de la extremidad dolorosa, ciertos datos de la anamnesia, etc., no dejan lugar a dudas sobre la naturaleza histérica de la enfermedad o, por lo menos, de la enferma. Si, a pesar de todo esto, puede ofrecernos alguna duda tal diagnóstico, ello depende de determinado carácter de este caso, que nos da pretexto para desarrollar una observación de orden general. Según ya hemos expuesto en el primer capítulo del presente trabajo, consideramos los síntomas histéricos como efectos y restos de excitaciones que han actuado en calidad de traumas sobre el sistema nervioso. Cuando la excitación primitiva queda derivada por reacción o mediante una elaboración intelectual, no subsisten tales restos. Así, pues, habremos ya de tener en cuenta cantidades, aunque no mensurables, y describiremos el proceso diciendo que una magnitud de excitación afluyente al sistema nervioso queda transformada en síntomas permanentes, en aquella medida, proporcional a su montaje, en la que no ha sido utilizada para la acción exterior. Ahora bien: en la histeria estamos acostumbrados a comprobar que una parte importante de la «magnitud de la excitación» del trauma se transforma en síntomas puramente somáticos. Esta peculiaridad de la histeria es lo que ha constituido durante mucho tiempo un obstáculo para considerarla como una afección psíquica.
Si en gracia a la brevedad denominamos «conversión» a la transformación de la excitación psíquica en síntomas somáticos permanentes, característica de la histeria, podemos decir que el caso de Emmy de N. muestra un escaso montante de conversión; la primitiva excitación psíquica permanece circunscrita en él, casi por completo, al sector psíquico, haciéndole así presentar una gran analogía con los de neurosis no histéricas. Existen casos de histeria en los que la conversión afecta a todo el incremento de excitación, de manera que los síntomas somáticos de la histeria emergen en una conciencia aparentemente normal. Sin embargo, es más corriente la conversión incompleta, de suerte que por lo menos una parte del afecto concomitante al trauma perdura en la conciencia como componente del estado de ánimo. Los síntomas psíquicos de nuestro caso de histeria con escaso montante de conversión pueden agruparse bajo los conceptos de transformación de estado de ánimo (angustia, depresión, melancolía), fobias y abulias. Estas dos últimas clases de perturbación psíquica, consideradas por los psiquíatras de la escuela francesa como estigmas de la degeneración nerviosa, se muestran en nuestro caso suficientemente determinadas por sucesos traumáticos, constituyendo, en su mayor parte, como luego demostraremos, fobias y abulias traumáticas.
Algunas de las fobias podían contarse, sin embargo, entre las primarias, comunes a todos los hombres y especialmente a los neurópatas. Así, ante todo la zoofobia (miedo a las serpientes, a los sapos y a todas aquellas sabandijas que reconocen por soberano a Mefistófeles), el miedo a las tormentas, etc. Pero también estas fobias fueron intensificadas por sucesos traumáticos. Así, el miedo a los sapos, por la impresión de la sujeto, siendo niña, el día que su hermano le arrojó un sapo muerto, lo que le produjo un ataque de contracciones histéricas; el miedo a las tormentas, por el sobresalto ya descrito, que dio lugar al vicio de castañetear la lengua, y el miedo a la niebla, por sus paseos en Ruegen. De todos modos, el miedo primario y, por decirlo así, instintivo desempeña, considerado como estigma psíquico, el papel principal en este grupo. Las demás fobias, más especiales, aparecen también determinadas por sucesos particulares. El miedo a un sobresalto súbito e inesperado es consecuencia de la tremenda impresión recibida al ver morir repentinamente a su marido fulminado por un ataque al corazón.
El miedo a las personas extrañas, y en general a todo el mundo, demuestra ser un residuo de la época en la que se vio perseguida por la familia de su marido y creía descubrir en cada desconocido un agente de sus perseguidores o pensaba que todo el que a ella se aproximaba conocía las infamias que verbalmente o por escrito se difundían sobre ella. El miedo a los manicomios y a sus infortunados huéspedes se relaciona con toda una serie de tristes sucesos acaecidos en su círculo familiar y con los relatos qué, siendo niña escuchó de labios de una estúpida criada. Esta última fobia se apoya, además, por un lado, en el horror instintivo primario del hombre sano al demente y, por otro, en su preocupación, común a todo nervioso, de sucumbir a la locura. El miedo, particularmente especializado, a tener a alguien detrás de ella aparece motivado por varias temerosas impresiones de su infancia y épocas posteriores. Después del suceso del hotel, particularmente penoso para el sujeto por integrar un elemento erótico se acentuó más que nunca su miedo a la entrada subrepticia de una persona extraña en su cuarto. Por último, el miedo a ser enterrada viva, tan frecuente en los neurópatas, encuentra una completa explicación en su creencia de que su marido no estaba muerto cuando sacaron de la casa el cadáver, creencia en la que se manifiesta conmovedoramente la incapacidad de aceptar la brusca interrupción de la vida de la persona amada. Por lo demás, todos estos factores psíquicos sólo pueden explicar, a mí juicio, la elección de las fobias, pero no su duración. Por lo que a ésta respecta, hemos de tener en cuenta un factor neurótico, o sea, la circunstancia de que la paciente observaba desde años atrás una completa abstinencia sexual, motivo frecuentísimo de tendencia a la angustia.
Menos aún que las fobias, pueden ser consideradas las abulias de nuestros enfermos como estigmas psíquicos consiguientes a una disminución general de la capacidad funcional. El análisis hipnótico del caso demuestra más bien que las abulias se hallan condicionadas por un doble mecanismo físico, simple en el fondo. La abulia puede ser de dos clases. Puede ser, sencillamente, una consecuencia de la fobia, y así sucede cuando la fobia se enlaza a un acto propio (salir de casa, buscar la sociedad de los demás, etc.) en lugar de a una expectación (que alguien pueda introducirse subrepticiamente en el cuarto, etc.), siendo entonces la angustia enlazada con el resultado del acto la causa de la coerción de la voluntad. Sería equivocado presentar esta clase de abulias al lado de sus fobias correspondientes como síntomas especiales; pero ha de tenerse en cuenta, sin embargo, que tales fobias pueden existir, cuando no son demasiado intensas, sin conducir a la abulia. La otra clase de abulias se halla basada en la existencia de asociaciones no desenlazadas y saturadas de afecto, que se oponen a la constitución de otras nuevas, sobre todo a las de carácter penoso. La anorexia de nuestra enferma nos ofrece el mejor ejemplo de una tal abulia. Si come tan poco, es porque no halla gusto ninguno en la comida, y esto último depende, a su vez, de que el acto de comer se halla enlazado en ella, desde mucho tiempo atrás, con recuerdos repugnantes, cuyo montante de afecto no ha experimentado disminución alguna. Naturalmente, es imposible comer con repugnancia y placer al mismo tiempo. La repugnancia concomitante a la comida desde muy antiguo no ha disminuido porque la sujeto tenía que reprimirla todas las veces, en lugar de libertarse de ella por medio de la reacción. Cuando niña, el miedo al castigo la forzaba a comer con repugnancia la comida fría, y en años posteriores, el temor a disgustar a sus hermanos le impidió exteriorizar los afectos que la dominaban mientras comía con ellos.
He de referirme aquí a un pequeño trabajo en el que intenté dar una explicación psicológica de las parálisis histéricas, llegando a la conclusión de que la causa de tales parálisis era la inaccesibilidad de un círculo de representaciones -por ejemplo, del correspondiente a una extremidad- a nuevas asociaciones. Esta inaccesibilidad asociativa procedería, a su vez, de que la representación del miembro paralizado se hallaba incluida en el recuerdo del trauma, cargado de afecto no derivado. Con ejemplos tomados de la vida ordinaria mostraba que tal catexis de una representación por afecto no derivado trae siempre consigo cierta medida de inaccesibilidad asociativa, o sea, de incompatibilidad con nuevas catexis . No me ha sido posible todavía demostrar tales hipótesis en un caso de parálisis motora por medio del análisis hipnótico, pero puedo aducir la anorexia de Emmy de N. como prueba de que el mecanismo descrito es efectivamente, el de algunas abulias, y las abulias no son sino parálisis psíquicas muy especializadas o -según la expresión francesa- «sistematizadas».
El estado psíquico de Emmy de N. puede caracterizarse haciendo resaltar dos extremos: 1º. Perduran en ella, sin haber experimentado derivación alguna, los efectos penosos de diversos sucesos traumáticos; así, la tristeza, el dolor (desde la muerte de su marido), la cólera (desde las persecuciones de que fue objeto por parte de la familia del muerto), la repugnancia (desde las comidas que se vio forzada a ingerir), el miedo (desde los múltiples acontecimientos terroríficos de que fue protagonista o testigo), etc. 2º. Existe en ella una intensa actividad mnémica, que tan pronto espontáneamente como a consecuencia de estímulos del presente (por ejemplo, en el caso de la noticia de haber estallado la revolución de Santo Domingo) atrae a la conciencia actual, trozo por trozo, los traumas, con todos sus efectos concomitantes. Mí terapia se enlazó a la marcha de dicha actividad mnémica e intentó solucionar y derivar, día por día, lo que en cada uno de ellos surgía a la superficie hasta que la provisión asequible de recuerdos patógenos pareció quedar agotada. A estos dos caracteres psíquicos, propios, a mi juicio, de todos los paroxismos histéricos, podríamos enlazar varias observaciones, que aplazaremos hasta haber dedicado alguna atención al mecanismo de los síntomas somáticos.
No es posible aceptar para todos los síntomas somáticos la misma génesis. Por el contrario, incluso en el caso de Emmy de N., poco instructivo desde este punto de vista, nos muestra que los síntomas somáticos de una histeria surgen de muy diversos modos. A mí juicio, una parte de los dolores de la sujeto se hallaba orgánicamente determinada por aquellos leves trastornos (reumáticos) musculares, a los que ya nos referimos antes; trastornos más dolorosos para los nerviosos que para los normales. En cambio, otra parte de sus dolores era, muy probablemente, un símbolo mnémico de las épocas de excitación en las que hubo de asistir a enfermos de su familia, épocas que tanto lugar habían ocupado en la vida de la paciente. Estos últimos dolores pudieron tener también alguna vez, primitivamente, una justificación orgánica, pero después fueron objeto de una elaboración que los adaptó a los fines de la neurosis. Estas afirmaciones sobre los dolores de Emmy de N. se apoyan en observaciones realizadas en otros casos, que más adelante expondré, pues su propio caso no llegó a proporcionarme aclaración suficiente con respecto a este punto concreto.
Parte de los singulares fenómenos motores de la sujeto eran simplemente una manifestación, nada difícil de reconocer como tal, de sus estados de ánimo. Así, al extender las manos crispando los dedos (manifestación del terror), la contracción del rostro, etc. De todos modos, esta expresión de los estados de ánimo era más viva y menos retenida de lo que la mímica habitual de la sujeto, su educación y su raza hacían esperar. En efecto, fuera de los estados histéricos, la paciente era muy mesurada y sobria en la expresión de sus emociones. Otra parte de sus síntomas motores se hallaba, según ella, en conexión directa con sus dolores. Si agitaba incesantemente sus dedos (1888) o se retorcía las manos (1889), era para retenerse de gritar, motivación que recuerda uno de los principios establecidos por Darwin para el esclarecimiento de los movimientos expresivos; esto es, el principio de la «derivación de las excitaciones», por medio del cual explica, por ejemplo, el agitar la cola de los perros. La sustitución de los gritos por otras inervaciones motoras en los casos de estímulos dolorosos es algo que todos conocemos. Aquel que se propone mantener inmóvil la boca y la cabeza durante la intervención del dentista y evita también separar las manos de los brazos del sillón, acaba siempre por mover los pies.
Los movimientos análogos a «tics» observables en la sujeto -el castañetear la lengua, la tartamudez, la repetición del nombre «Emmy» en sus accesos de confusión mental y la fórmula compuesta: «Estese quieto. No hable usted. No me toque», muestran una complicada forma de conversión. Dos de estas manifestaciones motoras, la tartamudez y el castañeteo, encuentran su explicación en un mecanismo calificado por mí de «objetivación de la representación contrastante» en un ensayo publicado por la Revista de Hipnotismo (tomo primero, 1893). Este proceso sería, en el caso que nos ocupa, el siguiente: «La histérica, agotada por la fatiga y la preocupación que le ocasiona la enfermedad de su hija, se halla sentada a la cabecera del lecho en el que la misma yace, y comprueba qué, ¡por fin!, ha logrado conciliar el sueño. En su vista, formula el firme propósito de evitar todo el ruido que pudiera despertar a la enfermita. Este propósito hace surgir, probablemente, una representación contrastante, el temor de qué, a pesar de todo, haría algún ruido que despertase a la pequeña del tan deseado reposo. Tales representaciones contrastantes, opuestas al propósito, se constituyen en nosotros, singularmente, cuando no nos sentimos seguros de la ejecución de un propósito importante.» El neurótico, en cuya conciencia de sí mismo falta muy pocas veces un rasgo de depresión y expectación angustiosa, forma gran cantidad de tales representaciones contrastantes o las percibe con mayor facilidad, dándoles, además, mayor importancia. En el estado de agotamiento de nuestra paciente, la representación contrastante, que en otras circunstancias hubiera sido rechazada, demuestra ser la más fuerte y es la que se objetiva, originando, con espanto de la sujeto, el tan temido ruido. Para la explicación total del proceso, habremos de suponer que el agotamiento de la paciente no es sino parcial, recayendo únicamente, para expresarnos en los términos de Janet y sus discípulos, sobre el yo primario de la sujeto, y no teniendo por consecuencia una igual debilitación de la representación contrastante.
Suponemos, además, que el factor que da al suceso un carácter traumático y fija el ruido producido por la sujeto, en calidad de síntoma somático evocador de toda la escena, es el espanto que le causó comprobar qué, contra toda su voluntad, acababa por producirlo. Llego incluso a creer que el carácter mismo de este «tic», consistente en varios sonidos espasmódicamente emitidos y separados por ligeras pausas, revela huella del proceso al que debe su origen. Parece haberse desarrollado una lucha entre el propósito y la representación contrastante -la «voluntad contraria»-, lucha que ha dado al «tic» su carácter peculiar y limitado la representación contrastante a desusados caminos de inervación de los músculos vocales. Un suceso de análoga naturaleza dejó tras de sí la inhibición espasmódica del habla, la singular tartamudez, con la diferencia de que el recuerdo no eligió aquí, para símbolo del suceso, el resultado de la inervación final, o sea, el grito sino el proceso mismo de inervación, esto es, el intento de una inhibición convulsiva de los órganos vocales. Ambos síntomas, el castañeteo y la tartamudez, afines por su génesis, entraron, además, en mutua asociación, y su repetición en una ocasión análoga a las de su origen los convirtió en síntomas permanentes. Una vez llegados a esta categoría, encontraron distinto empleo. Nacidos en un intento estado de sobresalto, se unieron desde este punto (conforme al mecanismo de la histeria monosintomática, del que más adelante trataremos) a todos los estados de este género, incluso a aquellos que no podían dar ocasión a la objetivación de una representación contrastante.
Acabaron, pues, por hallarse enlazados a tantos traumas y por tener tan amplia razón de reproducirse en la memoria, que llegaron a interrumpir constantemente el habla, sin estímulo ninguno que a ello los llevase, a manera de un «tic» falto de todo sentido. Pero el análisis hipnótico pudo demostrar que aquel aparente «tic» poseía un preciso significado, y si el método de Breuer no consiguió, en este caso, hacer desaparecer de una vez y por completo ambos síntomas, ello fue debido a que la catarsis sólo recayó sobre los tres traumas principales, sin extenderse a los secundariamente asociados. La repetición del nombre «Emmy» en los accesos de confusión mental qué, según las normas de los ataques histéricos, reproducen los frecuentes estados de perplejidad de la paciente durante el tratamiento al que su hija estuvo sometida, se hallaba enlazada, por medio de un complicado encadenamiento de ideas, al contenido del acceso y correspondía quizá a una fórmula protectora usada por la enferma contra el mismo. Esta exclamación hubiera sido también, probablemente, susceptible, dado un más amplio aprovechamiento de su significación, de convertirse en un «tic», como ya lo había llegado a ser la complicada fórmula protectora: «No me toque usted», etc.; pero la terapia hipnótica detuvo, en ambos casos, el ulterior desarrollo de estos síntomas. La exclamación «¡Emmy!», recientemente surgida cuando me llamó la atención, se hallaba aún limitada a su lugar de origen; esto es, al acceso de confusión mental.
Cualquiera que sea la génesis de estos síntomas motores -el castañeteo, por objetivación de una representación contrastante, la tartamudez, por simple conversión de la excitación psíquica en un fenómeno motor, y la exclamación «¡Emmy!» y la otra fórmula más extensa, como dispositivos protectores, por un acto voluntario de la enferma, en el paroxismo histérico-; cualquiera que sea su génesis, repetimos, poseen el carácter común de hallarse en una visible conexión -primitiva o permanente- con traumas, de los cuales constituyen símbolos en la actividad mnémica. Otros de los síntomas somáticos de la enferma no eran de naturaleza histérica; por ejemplo, los calambres en la nuca, que hemos de considerar como una jaqueca modificada, debiendo incluirse, por tanto, entre las afecciones orgánicas y no entre las neurosis. Pero a ellos suelen enlazarse casi siempre síntomas histéricos. Así, Emmy de N. los aprovechaba como contenido de sus ataques histéricos, no mostrando, en cambio, los fenómenos típicos de esta clase de accesos. Para completar la característica del estado psíquico de esta paciente, examinaremos ahora las modificaciones patológicas de la conciencia en ella observables. Del mismo modo que los calambres en la nuca, también las impresiones penosas (cf. el último delirio en el jardín) o las alusiones a cualquiera de sus traumas provocaban en la enferma un estado delirante en el cual -según las escasas observaciones que sobre este extremo puedo realizar- dominaban una disminución de la conciencia y una forzosa asociación, análogas a las que comprobamos en el fenómeno onírico, quedando sumamente facilitadas las alucinaciones y las ilusiones, y siendo deducidas conclusiones falsas o hasta insensatas.
Este estado, comparable con el de enajenación mental, sustituye verosímilmente al ataque, siendo quizá una psicosis aguda surgida como equivalente del ataque histérico, psicosis que podríamos calificar de «demencia alucinatoria». El hecho de que a veces se revelase un fragmento de los antiguos recuerdos traumáticos, como fundamento del delirio, nos muestra otra analogía de estos estados con el ataque histérico típico. El paso desde el estado normal a este delirio tiene lugar, a veces, de un modo imperceptible. Al principio del tratamiento se extendía el delirio a través de todo el día, haciéndose así difícil decir, con respecto a cada uno de los síntomas, si correspondían únicamente -como los gestos- al estado psíquico, en calidad de síntomas del acceso, o habían llegado a ser, como el castañeteo y la tartamudez, verdaderos síntomas crónicos. Muchas veces, sólo a posteriori se lograba diferenciar qué pertenecía al delirio y qué al estado normal. Estos dos estados se hallaban separados por la memoria, asombrándose la paciente cuando se la hacía ver lo que el delirio había introducido en una conversación sostenida en estado normal. Mí primera conversación con ella constituyó un singularísimo ejemplo de cómo se mezclaban ambos estados sin tener la menor noticia de otro. Una sola vez me fue dado comprobar, durante este desequilibrio psíquico, un influjo de conciencia normal, que perseguía el presente. Ello fue cuando me dio la respuesta, procedente del delirio, de que era una mujer del siglo pasado.
El análisis de este delirio de Emmy de N. no pudo llevarse a su último término, porque el estado de la paciente mejoró en seguida, hasta tal punto, que los delirios se diferenciaron con toda precisión de la vida normal, limitándose a los accesos de calambres en la nuca. En cambio, logré una amplia experiencia sobre la conducta de la paciente en un tercer estado psíquico; esto es, en el somnambulismo artificial. Mientras que en su propio estado normal ignoraba lo que había experimentado psíquicamente en sus delirios o en el somnambulismo, disponía en este último de los recuerdos correspondientes a dichos tres estados, siendo realmente el somnambulismo su estado más normal. Haciendo abstracción, en primer lugar, de que en el somnambulismo se mostraba menos reservada para conmigo que en sus mejores momentos de la vida corriente, hablándome de sus circunstancias familiares, etc., mientras que fuera de dicho estado me trataba como a un extraño, y prescindiendo también de su completa sugestibilidad como sujeto hipnótico, puedo afirmar que durante el somnambulismo se hallaba en un perfecto estado normal. Era muy interesante observar que este somnambulismo no mostraba, por otra parte, ningún carácter supranormal, entrañando todos los defectos psíquicos que atribuimos al estado normal de conciencia.
Los siguientes ejemplos aclararán los caracteres de la memoria de la paciente en el estado de somnambulismo. En una de nuestras conversaciones me habló de lo bonita que era una planta que adornaba el hall del sanatorio, preguntándome luego: «¿Puede usted decirme cómo se llama? Yo sabía antes su nombre alemán y su nombre latino, pero he olvidado ambos.» La paciente era una excelente botánica, mientras que yo hube de confesar mi ignorancia en estas materias. Pocos minutos después le pregunté en la hipnosis: «¿Sabe usted ahora el nombre de la planta que hay en el hall?». Y, sin pararse a reflexionar un solo instante, me contestó: «Su nombre vulgar es hortensia; el nombre latino lo he olvidado de verdad.» Otra vez, sintiéndose bien y muy animada, me hablaba de una visita a las catacumbas romanas, y al hacerme su descripción le fue imposible hallar los nombres correspondientes a dos lugares de las mismas, sin que luego, en la hipnosis, lograse tampoco recordarlos. Entonces le mandé que no pensase más en ellos, pues al día siguiente, cuando se hallara en el jardín y fueran ya cerca de las seis, surgirían de repente en su memoria.
Al siguiente día hablamos de un tema sin relación alguna con las catacumbas, cuando de súbito se interrumpió, exclamando: «¡La cripta y el columbarium, doctor!» «¡Ah! Esas son las palabras que ayer no podía usted encontrar. ¿Cuándo las ha recordado usted?» «Esta tarde, en el jardín, poco antes de subir.» Con estas últimas palabras me indicaba que se había atenido estrictamente al momento marcado, pues solía permanecer en el jardín hasta las seis. Así, pues, tampoco en el somnambulismo disponía de todo su conocimiento, existiendo aún para ella una conciencia actual y otra potencial. Con frecuencia sucedía también que al preguntarle yo, en el somnambulismo, de dónde procedía determinado fenómeno arrugaba el entrecejo y contestaba tímidamente: «No lo sé.» En estos casos acostumbraba yo decirle: «Reflexione usted un poco y en seguida lo sabrá», como así sucedía, en efecto, pues al cabo de algunos instantes de reflexión me proporcionaba casi siempre la respuesta pedida. Cuando esta inmediata reflexión no tenía resultado, daba a la paciente el plazo de un día para recordar lo buscado, obteniendo siempre la información deseada. La sujeto, que en la vida corriente evitaba con todo escrúpulo faltar a la verdad, no mentía tampoco nunca en la hipnosis: únicamente le sucedía a veces dar informaciones incompletas, silenciando una parte de las mismas, hasta que yo la forzaba a completarlas en una segunda sesión. En general. era la repugnancia que el tema le inspiraba lo que sellaba sus labios en estas ocasiones. No obstante estas restricciones, su conducta en el somnambulismo daba la impresión de un libre desarrollo de su energía mental y de un completo dominio de su acervo de recuerdos.
Su gran sugestibilidad en el somnambulismo se hallaba, sin embargo, muy lejos de constituir una falta patológica de resistencia. En general, mis sugestiones no le producían más impresión que la que era de esperar, dada una semejante penetración en el mecanismo psíquico en toda persona que me hubiese escuchado con gran confianza y completa claridad mental, con la sola diferencia de qué esta paciente no podía en su estado normal observar con respecto a mí una disposición favorable. Cuando no me era posible aducirle argumentos convincentes, como sucedió con respecto a la zoofobia, y quería actuar por medio de la sugestión autoritaria, se pintaba siempre una expresión tirante y desconocida en el rostro de la sujeto, y cuando al final le preguntaba: «Vamos a ver: ¿seguirá usted teniendo miedo a ese animal?», su respuesta era: «No... Porque usted me lo manda.» Estas promesas, que sólo se apoyaban en su docilidad a mis mandatos, no dieron nunca el resultado apetecido, análogamente a las instrucciones generales que le prodigué, en lugar de las cuales hubiera podido repetir, con igual resultado, la sugestión: «Ya está usted completamente sana.» La sujeto, que conservaba tan tenazmente sus síntomas contra toda sugestión y sólo los abandonaba ante el análisis psíquico o la convicción, se mostraba en cambio, docilísima cuando la sugestión versaba sobre temas carentes de relación con su enfermedad. En páginas anteriores hemos consignado ya varios ejemplos de tal obediencia posthipnótica. A mí juicio, no existe aquí contradicción alguna. En este terreno había también de vencer, como siempre, la representación más enérgica. Examinando el mecanismo de la «idea fija» patológica, la hallamos basada y apoyada en tantos y tan intensos sucesos, que no puede asombrarnos comprobar su propiedad de oponer victoriosa resistencia a una representación contraria no provista sino de cierta energía. Un cerebro del que fuese posible hacer desaparecer por medio de la sugestión consecuencias tan justificadas de intensos procesos psíquicos sería verdaderamente patológico .
Al estudiar el estado de somnambulismo de Emmy de N. surgieron en mí importantes dudas sobre la exactitud del principio de Bernheim: «Tout est dans la suggestion», y de la deducción de Delboeuf, su ingenioso amigo: «Comme qu'il n'y a pas d'hypnotisme.» Todavía hoy me es imposible comprender que mí dedo extendido ante los ojos del paciente y el mandato «¡Duerma usted!» hayan podido crear por si solos aquel especial estado anímico, en el cual la memoria de los enfermos abarca todas sus experiencias psíquicas. Todo lo más, podía haber provocado dicho estado, pero nunca haberlo creado por medio de mí sugestión, dado que los caracteres que presentaba, comunes en general a los estados de este orden, me sorprendieron extraordinariamente. El historial clínico de esta enferma antes transcrito muestra con suficiente claridad en qué forma desarrollaba yo mi acción terapéutica durante el somnambulismo. Combatía, en primer lugar, como es uso de la psicoterapia hipnótica, las representaciones patológicas dadas por medio de razonamientos, mandatos e introducción de representaciones contrarias de todo género; pero no me limitaba a ello, sino que investigaba la génesis de cada uno de los síntomas para poder combatir también las premisas sobre las cuales habían sido construidas las ideas patológicas.
Durante estos análisis sucedía regularmente que la enferma rompía a hablar, dando muestras de violenta excitación, sobre temas cuyo afecto no había hallado hasta entonces exutorio distinto de la expresión de las emociones. No me es posible indicar cuánta parte del resultado terap&eacu |